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30 de mayo de 2025

Pardear la tarde

Pardear, como fin de la tarde, oscurecer, caer la noche, es una expresión mexicana, al parecer de origen campesino o rural. Supongo que su encanto y delicadeza para nombrar un suceso antes que una hora del día, le dieron una dignidad que la llevó a inscribirse en la alta literatura. 

También ha corrido con buena fortuna entre los diccionarios y los académicos, que la tratan con respeto y la definen con razonable corrección.* Su frágil versatilidad la ha llevado a ser considerada una locución adverbial o un verbo intransitivo. 

De cualquier modo, tengo la impresión de que su uso decae, tanto en el habla popular, urbana o campesina, como en la literatura. Tal vez este apunte es también un tímido lamento, una leve defensa de su causa. 

Consigno aquí los registros que tengo de su encuentro, cuando me sale al paso en la lectura. No aspiro a una investigación filológica, ni a una consigna en forma de su uso y frecuencia. Y añadiré con alegría otros felices encuentros como hallazgos. 

Registro aquí a tres autores mexicanos que la celebraron en obras que están a mi alcance. Se echa de menos que no aparezca en la obra de Alfonso Reyes, pero la cultura popular y del campo  no era la especialidad de don Alfonso, sino todo lo contrario, que hizo de la celebración de la alta cultura y de Grecia su vocación y su obra. Esto podría explicar esa ausencia, y también que se fue muy joven del país y que estuvo en el extranjero cerca de un cuarto de siglo. 

No he revisado las obras de Juan José Arreola, autor con el que me parece que podría haber una firme afinidad. Por supuesto, debe aparecer en los libros de otros muchos autores, y entre los citados, debe estar también en otras páginas. 

Pardear, el pardear, al pardear, me ha salido al paso aquí: 

Juan Rulfo escribe en el cuento «El llano en llamas»: «Se les veía la cara prieta entre el pardear de la tarde.» En «¡Diles que no me maten!»: «Los había visto por primera vez al pardear de la tarde, en esa hora desteñida en que todo parece chamuscado.» En Pedro Páramo: «Pardeando la tarde, aparecieron los hombres.»

Martín Luis Guzmán lo expresa así en las Memorias de Pancho Villa: «Al pardear la tarde salí con mi gente y el 7° de Caballería.»

Octavio Paz, en el poema «Conscriptos U.S.A.», dice: «—Pardeaba. Les dije entonces:»

Al parecer, el uso más extendido es pardear, pardeaba, pardeando... la tarde. 


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* El Diccionario de la lengua española, de la RAE, recoge al pardear como locución adverbial de México: «Al atardecer, al anochecer, al oscurecer.» (Definición que da Guido Gómez de Silva en su Diccionario.)

Diccionario de americanismos de la Asociación de Academias de la Lengua Española: a || al pardear, es una locución adverbial usada en México: «Al atardecer, al anochecer, al oscurecer.»

María Moliner, en su Diccionario de uso del español, dice que pardear es atardecer en México.

Manuel Seco et al., no recogen la palabra en la acepción de este apunte en su Diccionario del español actual.

Pardear para el Diccionario de variantes del español es un verbo intransitivo usado en México: «Anochecer – Atardecer – Oscurecer». «No tenemos todo el tiempo del mundo, la tarde ya está pardeando. Piñera, Falsas 234.»

Guido Gómez de Silva incluye en su Diccionario breve de mexicanos a la locución al pardear, como «al atardecer, al anochecer, al oscurecer.»

Al pardear, para el Diccionario de mexicanismos de la Academia Mexicana de la Lengua es una locución adverbial rural que dice: «Al atardecer, al oscurecer.» «Nos fuimos al pardear el día.»

Para el Diccionario del español de México, de El Colegio de México, pardear es un verbo intransitivo (se conjuga como amar): «Comenzar a oscurecer al final de la tarde: “El jacal del viejo Maclovio se vio concurridísimo desde que empezó a pardear.”»

29 de agosto de 2018

Una beca por un millón de palabras

Un prolífico escritor y profesor en una universidad de Europa central, con el que me gusta conversar cuando vuelve de vacaciones, me ha contado algo que me sorprendió. Yo sabía que él ha sido varias veces becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes para escribir sus obras de creación y sus ensayos académicos, pero no sabía que también ha sido jurado del mismo Fondo.

Le pregunté cómo era  posible esa doble condición, y, sobre todo, qué difícil debería ser elegir, darle el voto a alguien, entre decenas y tal vez cientos de aspirantes. Su respuesta fue contundente:

—No. Seleccionar a un becario es muy fácil. Le doy mi voto al que tiene más producción. Al que ha escrito más. Sin duda es el más comprometido y el que mejor aprovechará la beca.

Nunca hubiera pensado que el número de palabras, de cuartillas o de libros sería el factor determinante para favorecer un proyecto literario. Yo hubiera pensado en el talento, en la calidad, en la originalidad, en la creatividad, en la innovación como factores decisivos. Por algo no soy jurado del Fondo.

Recordé a mi amigo cuando encontré que su opinión coincide con la de un enorme escritor que ha vuelto de un olvido casi unánime, ya que su reaparición editorial parece, más que un regreso, una resurrección después de una muerte literaria de varios decenios: Stefan Zweig.

Zweig en el prólogo de un libro de ensayos [Tres maestros (Balzac, Dickens, Dostoievksi); Acantilado] dice más o menos lo mismo. Reconoce en esos tres autores a los verdaderos novelistas europeos del siglo XIX. Admite que no pretende «en absoluto ignorar la grandeza de ciertas obras de Goethe, Gottfried Keller, Stendhal, Flaubert, Tolstói, Victor Hugo y otros, algunos de cuyas novelas, tomadas por separado, superan a veces en mucho a las de Balzac y Dickens».

Menos mal que les reconoce algún mérito, pero Zweig se siente obligado a «aclarar explícitamente su profunda y firme convicción de que existe una diferencia entre el autor de una novela y el novelista. Novelista, en el sentido más elevado de la palabra, sólo lo es el genio enciclopédico, el artista universal que —aquí la extensión de la obra y la plétora de personajes se convierten en argumento— construye todo un cosmos, que junto al mundo terrenal crea el suyo propio con su propios modelos, sus propias leyes de gravitación y su propio firmamento.» (Nótese que Tolstói no alcanza la categoría de novelista.)

Para ser novelista, según Zweig, hace falta un mundo literario propio, una larga serie de novelas, miles de páginas que muestren, reconstruyan, imiten, reflejen una sociedad, o mejor aún, un universo propio, paralelo, que no se somete a las leyes y características de nuestro mundo. Así, para él, tal vez sería novelista J. R. R. Tolkien, y Virginia Woolf o James Joyce sólo autores de novelas. En México, el único que calificaría como novelista en esa clasificación regida por la «extensión de la obra y la plétora de personajes» sería, tal vez, Carlos Fuentes.

Yo no sé si el profesor amigo mío y el gran Zweig extenderían su criterio a la poesía. En ese caso, Walt Whitman y Pablo Neruda serían becarios, seguro, pero no Salomón y San Juan de la Cruz. El dictamen correspondiente podría decir: «Si bien el Cantar de los cantares es una obra con notables aciertos y no exenta de méritos, la escasa producción del autor no garantiza ni justifica un estímulo pecuniario, y menos aún si consideramos que seguramente esa segunda obra, de realizarse, no alcanzaría los mejores momentos eróticos de su opera prima.»

«Y la producción del señor De la Cruz es tan escasa como oscura, permeada de un misticismo tan obsesivo y repetitivo que no cabe lugar a dudas de que no escribirá mucho más. Es un poeta de cierta calidad que revela un agotamiento y el fin de su producción, tan breve y lírica como alucinada y fantasiosa.» 

Tal vez el que más escribe (y más publica) es el que más trabaja. Pero aún así tengo la vaga impresión de que calidad no es lo mismo que cantidad. Entre nosotros es casi unánime (y el casi casi sobra) la opinión o juicio inapelable de que la mejor novela mexicana es Pedro Páramo (no es del todo imposible que un fundamentalista de ese opinión tenga la ocurrencia de proponer a la Nación elevarla a la mismísima Constitución y considerar su lectura como el primero de los derechos culturales).

Está claro que Juan Rulfo no es un novelista según el criterio de Zweig. Esta tarde de lluvia he sonreído al imaginar lo que le podrían decir a Rulfo, en un juego absurdo, fuera del tiempo y la historia, si se presentara como aspirante a becario del Fondo para escribir una novela, según ese criterio:

—Señor Rulfo, usted no es novelista, es el autor de una novela. «Aquí la extensión de la obra y la plétora de personajes se convierten en argumento.» Además, cómo se le ocurre pedir una beca si en toda una vida además de su novela de doscientas páginas sólo ha escrito un librito de cuentos?  Demasiado poco. ¿Sería usted capaz de ponerse a escribir y realizar una obra de al menos unas tres mil páginas, más o menos de un millón de palabras?

La respuesta es obvia. Rulfo y Gorostiza y Arreola, entre otros maestros de la brevedad y el silencio, no serían becarios.