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15 de febrero de 2015

Un ejemplar del Quijote

El Museo Franz Mayer está alojado en una construcción magnífica del siglo XVI, de muros sólidos y anchos, techos altos con vigas, que siempre me ha parecido un espacio de luz y paz en el centro de la Ciudad de México. Sin embargo, su historia ha sido muy agitada.

Fue durante el virreinato el Hospital de San Juan de Dios, y desde la Independencia fue usado sucesivamente como convento de monjas, colegio de niñas, cuartel, albergue de prostitutas, de nuevo hospital, oficinas gubernamentales, sede del Diario Oficial de la Federación y depósito de Correos. Ahora es un museo de artes decorativas con colecciones valiosas.


Una mañana de domingo, después de mirar cuadros y muebles, relojes y gobelinos, vajillas de talavera y toda clase de objetos de plata, subí las escaleras y miré el magnífico patio central. En una esquina, a la que casi no llegan visitantes, está una biblioteca, cuyas maderas, escaleras, estantes y balaustradas ya justifican la visita.

Estaba vacía, una bibliotecaria trabajaba y me saludó casi sorprendida de verme ahí. Entré a mirar, atraído por el encanto de los volúmenes, por la fascinación que ejerce sobre mí ese objeto mágico llamado libro. Por fortuna no soy un bibliófilo, pero al acercarme a una de las vitrinas supe al instante que estaba delante de un tesoro.

Ahí estaban, delante de mis ojos, ediciones tan viejas y tan raras del Quijote que apenas podía creerlo. El Museo Franz Mayer tiene casi ochocientas ediciones del Quijote en dieciocho idiomas, las más recientes de hace poco más de un siglo.

La joya de la corona, me parece, es una edición de 1605, la de Valencia, que según los grabados que he visto debe ser igual a la de Madrid de ese mismo año, la primera, la verdadera edición príncipe del Quijote. (Algunos especialistas hablan de otra, anterior, por unos meses; pero entiendo que esa edición es más una conjetura que un libro de verdad.)

Ese pequeño libro, editado en octavo, hace cuatrocientos diez años, me despertó una emoción súbita, como un encantamiento. Pensé que quizá Cervantes lo vio y hasta lo tuvo entre sus manos. Imaginé las vicisitudes, rotundamente novelescas que habrán sucedido para que ese ejemplar llegara a la Biblioteca del Museo Franz Mayer.

A veces bastas mirarlos para que los libros, fuente inagotable de satisfacciones, nos regalen una alegría. Nunca había imaginado que vería una edición del Quijote de 1605. Nunca imaginé que ese hallazgo me conmoviera tanto. Al salir a la calle, me sentía pleno, y me pareció que la luz del día era más clara y más limpia.

30 de septiembre de 2008

Un ejemplar de Virginia Woolf y el libro más caro del mundo

Algunas de las mejores cosas de la vida llegan a nuestras manos cuando no las buscamos, incluso cuando hemos dejado de anhelarlas. Otras, aparecen de pronto sin que la voluntad las procure o el pensamiento las evoque. Los días se distinguen por los pequeños hallazgos, cuya suma acaba por configurar, sin que nos demos cuenta, los rasgos esenciales de un devenir que casi nunca sabemos qué nos depara.

Del otro lado de una puerta está el amor, la amistad, una conversación trascendente, la respuesta, un objeto, un libro, cuya presencia y trato acabará por revelarnos quiénes somos. Un orden secreto, al que con frecuencia llamamos azar, nos acerca a lo que merecemos porque, de otra manera, tal vez ni advertiríamos su presencia, no comprenderíamos el bien que nos acecha.

Así llegó a mis manos un ejemplar con seis novelas de Virginia Woolf olvidado en un estante. El tiempo ha respetado su integridad, el color de sus páginas, la solidez de sus pastas bien encuadernadas, pero aún más lo han hecho los hombres porque en más de medio siglo apenas lo han tocado pero nunca lo han abierto. El papel fino de sus páginas inmaculadas me dice que no ha habido ojos que descifren sus palabras ni manos que lo mancillen por la frecuencia del trato.

No hay dedicatorias, huellas, marcas, manchas, mucho menos subrayados o dobleces. No guarda un boleto del Metro ni una tarjeta de presentación. Posee, en cambio, la dignidad de un tesoro encuadernado, la solidez vetusta de una pieza rara, y quitarle el polvo que lo cubre me parece la exhumación de un hallazgo arqueológico que encierra el placer de la lectura de obras no por conocidas menos deseadas.

En un instante hice dos pactos conmigo. No saldría de la librería de viejo sin mi ejemplar, y lo leería con la codicia del avaro, con la alegría del loco y la atención maravillada de un niño. Algo guardan esas páginas para mí, me dije, el orden secreto lo ha puesto en mis manos. Me lo llevé a casa por un precio razonable, es decir, por menos de lo que tenía en el bolsillo, casi nada comparado con los cien mil euros que cuesta el libro más caro y acaso el más bello del mundo, una pieza de museo de la que sólo habrá noventa y nueve ejemplares.

Se llama Michelangelo. La dotta mano (Miguel Ángel. La mano maestra), una obra digna del gran artista del Renacimiento de la editorial italiana FMR. Exquisita en sus materiales, papel de algodón hecho a mano fibra a fibra, mármol en la cubierta, y bocetos, cartas inéditas y fotografías que quitan el aliento. El trabajo supremo de artesanos sin par, el moribundo arte de la tipografía y la edición al servicio de un objeto que supera la categoría de lujo para erigirse como una obra de arte en sí misma.

Su gran formato y sus veinticuatro kilos, si fuera el caso, no me permitirían leerlo y mirarlo en el autobús hasta que me dolieran los ojos. No importa, tal vez el orden secreto me permita verlo en un museo, aquí o allá, mañana o pasado mañana. Me distraigo, divago.

Con el permiso de Miguel Ángel y la suprema belleza encuadernada, debo adentrarme en mi ejemplar, en Las olas, sumergirme en las palabras eléctricas y la sabiduría novelística, en la celebración de mi amor secreto por Virginia Woolf.