En enero de 1937 Marguerite Yourcenar visitó en Londres a Virginia Woolf. Se vieron, al parecer, para revisar la traducción que hacía al francés de esa novela admirable, obra maestra absoluta llamada The Waves (Las olas).
Se reunieron una sola vez, y no parece haber sido el gran encuentro. Ambas, sin embargo, muy formales, dejaron unas palabras sobre su entrevista. Virginia Woolf, en el punto más alto de su vida, señora de la novela inglesa, escribió casi con soberbia en su diario, en la entrada del 23 de enero de 1937, sobre su joven traductora:
«No tengo tiempo ni espacio para describir a la traductora, salvo para decir que llevaba unas lindas hojas de oro en el vestido negro; es una mujer que supongo oculta algo en su pasado; dada al amor; intelectual; vive la mitad del año en Atenas; es parte del grupo de Jaloux; de labios rojos; tenaz; una francesa trabajadora; amiga de los Margerie; prosaica [...] se trata de una señora o señorita Youniac. No es ese su nombre».
Marguerite Yourcenar, como si hubiera leído ese apunte, escribió: «En las tinieblas de un salón iluminado apenas por el fulgor del hogar, miraba perfilarse en la penumbra aquel pálido rostro de joven parca apenas envejecida [...] uno de los cuatro o cinco virtuosos de la lengua inglesa».
Tal vez no debería decepcionarnos que dos autores de inconmensurable talento tengan un gran desencuentro; al contrario, podría ser lo normal si el recelo, la desconfianza y el ego gritan que están frente a alguien capaz de hacerle sombra. Acaso es natural mirar como un rival a alguien de su propia estatura literaria.
Pero no deja de ser una pena, y hubiera sido espléndido que alguna de ellas, o un imposible testigo, hubiera dejado por escrito el testimonio de una gran conversación irrepetible, en la que el genio, la cultura y la poesía se impusieran sobre pequeñas mezquindades. Sí, fue un gran desencuentro.
Al parecer, así lo cuenta la leyenda, Joyce y Proust se vieron una noche en París, y algún comentario dice que se fueron en el mismo taxi. Tal vez, como no hubiera dejado de señalar Beckett, viajaron en silencio. No se dijeron nada, ni una palabra. Quizá un buenas noches al bajarse; de lo que no tengo duda, si ese encuentro sucedió, es que el taxi lo pagó Proust.
Como en el desencuentro Woolf-Yourcenar, puede ser que la genialidad de ambos y dos concepciones tan distintas de la literatura entorpecieron el diálogo, la posible conversación fluida en la que no puedo imaginar qué hubieran podido decirse, y mejor no saber si sólo se dijeron banalidades.
Releí hace poco Memorias de Adriano, por segunda vez, y me gustó tanto como mi primera lectura, hace muchos años. Aquel encuentro fue deslumbrante: me abrió los ojos a un mundo desconocido. Luego, me asombré. Ahora el asombro permanece, me sigue gustando esa fusión impecable de imaginación e historia, el binomio Adriano/Yourcenar, y surge una serie de preguntas que van del ejercicio del poder a Roma, del emperador al enamorado, del aspirante a sabio frente a su frágil condición de hombre ante su muerte.
Ante esa pregunta que es una tortura sobre los libros que uno salvaría o se llevaría a una isla, no dudo en llevar esa novela admirable, obra maestra absoluta de Marguerite Yourcenar llamada Memorias de Adriano.
Julio Cortázar tradujo al español Memorias de Adriano, y más de una vez me he preguntado cuál era su relación con el libro y con su autora. En su Obra crítica (Obra completas VI) sólo hace un par de menciones circunstanciales, al paso: «en mi juventud viví tiempos de delicia mientras traducía libros como Mémoires d'Hadrien.»
En los cinco gruesos volúmenes de sus cartas, Yourcenar tampoco aparece salvo en el tomo dos; en una carta a Damián Bayón del 15 de enero de 1955 escribió: «En estos días empiezo a traducir para Sudamericana las Mémoires d'Hadrien. Te lo digo porque sé que te gustará saber que está en mis manos. Lo leí en Italia, el año pasado, y me entusiasmó (más que a Aurora, que lo encuentra retórico). La traducción plantea problemas pavorosos, pero no creo que ninguno sea insuperable; hay que andar despacio, repitiendo un poco la actitud de la autora, que debió escribirlo pesando y paladeando cada frase.»
Cortázar le dijo a Elena Poniatowska en una entrevista: «La editorial Sudamericana, justamente en el
momento en que me fui de Argentina [1951] me dieron elegir entre unos cuatro
libros; vi las Memorias de Adriano que había leído en francés y me había
fascinado, y le pedí y exigí a la editorial un plazo largo para hacerlo, porque
sabía que ese libro había que hacerlo bien. Incluso empecé a trabajarlo en el
barco que me llevó de Buenos Aires a Marsella, releí el libro, intenté
distintos enfoques de la traducción, la fui trabajando. La traducción de Memorias
de Adriano la hice en París, se publicó y la crítica siempre ha dicho que
se trata de una buena traducción. A Marguerite Yourcenar nunca la he visto,
salvo en una pantalla de televisión.»
Al parecer, no es escribieron. Y no conozco ninguna mención de Yourcenar sobre Cortázar o su traducción. Ella encarnaba la concepción del mundo y la estética de las que él luchó por abandonar y subvertir. La elegancia de la prosa, el estilo y las humanidades en el sentido clásico, que Cortázar estudió y gozó con provecho, representaban el punto de partida hacia otra literatura, despeinada a su modo, que aspiraba a sacudir y conmover desde una propuesta que sólo puedo llamar cortazariana.
Tal vez, si se hubieran reunido en 1955, cuando Cortázar no era el escritor ni el hombre que fue en la segunda mitad de su vida, cuando todavía la escritura de Los reyes, por ejemplo, con su belleza clásica, seguía vigente para él, hubiera sido un encuentro memorable. Ese era el momento, y no sucedió.
Claro, sin restarle peso al desinterés, Yourcenar vivía en Maine, en los Estados Unidos, y Cortázar en París. Haberse encontrado después, sobre todo cuando ambos ya habían sido maldecidos con la fama y la gloria literaria, que suele ser como una forma de la peste, seguro que esa reunión hubiera sido un desastre, otro gran desencuentro. Mejor así.
Mostrando entradas con la etiqueta encuentro. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta encuentro. Mostrar todas las entradas
31 de julio de 2019
Desencuentros
22 de julio de 2018
Tomados de las manos
Entré al
café a tomar notas para un relato. Tenía cuarenta y cinco minutos antes de la
hora del taller de lectura. Pedí un expreso y fui a sentarme a la única mesa
libre. Elegí la silla en la que tendría más luz. Enfrente de mí, al fondo, a unos
tres o cuatro metros, junto al ventanal, en un encuadre perfecto, al centro,
sin obstáculos, estaba la pareja.
Ella, a la
derecha, mostrándome el lado izquierdo de su perfil griego. Muy delgada, de
rasgos finos sin llegar del todo a bonita, con una trenzas delgadas que se
enlazaban en la nuca sobre el cabello a los hombros. Llevaba ropa deportiva,
oscura. Él, a mi izquierda, frente a ella, llevaba el cabello muy corto y una
barba muy cuidada, a la moda, pantalones claros y una camiseta. Eran muy jóvenes,
acababan de dejar atrás la adolescencia.
Eran una
pareja de jóvenes adultos, al principio de sus veinte años. No llevaban
mochilas ni bolsos ni tabletas ni computadoras; tampoco usaron sus teléfonos. Los
imaginé estudiantes universitarios. Nada había de particular en ellos, pero
pronto supe que era su primera cita. Se veían en las aulas y los pasillos, tal
vez eran compañeros de clase y se sentaban juntos; aunque quizá no estudiaban
la misma carrera pero se conocían, seguro tenían amigos en común.
Yo no
escuchaba ni una palabra de lo que decían, pero su conversación fluía, uno y
otro tomaban la palabra, se reían. Sin saberlo medían el terreno. Aún había una
distancia, aguardaban con las espaldas en los respaldos de las sillas, como si
no hubiera llegado su hora o no supieran qué esperar. Estaban en el filo de un plano
superior de su relación.
En su mesa
sólo había un vaso con naranjada y un capuchino. Ella se estiraba las mangas y
se cubría con ellas las manos. Subía los pies a la silla y se abrazaba las
rodillas con ambas manos, encerrándose en sí misma. No era un gesto elegante.
Luego las soltaba, se llevaba las mangas (con las manos ocultas) a la cara, se
revolvía en la silla. Él no se movía, pero movía mucho las manos al hablar.
Mi mirada
iba de la pareja al cuaderno. En la mesa de enfrente y en la página en blanco
estaba por suceder algo. En la mesa, un amanecer; en el cuaderno, la crónica de
eso que emergía. Todo comienzo es distinto, y ellos no sabían por dónde
avanzar.
La
conversación, supongo, dejó de ser anecdótica y poblada de nombres y lugares
comunes. Tal vez empezaban a hablarse en verdad, a decirse al fin lo que tenían
que decir. Sus movimientos fueron más pausados, se miraban atentos, se concentraban
en ellos mismos.
Ella dio un
sorbo a su capuchino y lo puso en la orilla de la mesa, junto a la ventana. Él
hizo lo mismo con su naranjada. Ella adelantó la silla, se acercó a la mesa,
puso los brazos en la mesa, las manos seguían ocultas en las mangas.
Él acercó
sus manos a la mesa y las dejó en reposo, muy quietas. Ella retiró las manos, y
las movía a los lados, las llevaba a su pelo, y volvían a posarse en la mesa. Él
mantenía las suyas inmóviles.
La
conversación era cada vez más íntima, más seria. Ya no tomaban sus bebidas, ya
no se distraían. Estaban solos en el mundo, y se bastaban a sí mismos. Estaban
construyendo el tú y yo. Pero todavía faltaba un poco más. Esas palabras justas
y necesarias como un puente que habría que cruzar con las miradas, las manos,
las bocas.
Ella sacó
las manos de las mangas tímidamente, como si salieran dos conejitos blancos de
su madriguera. Y se quedaron muy quietas, no lejos del centro de la mesa. Mientras
ellos hablaban, y tenían mucho que decirse, las manos de él, lentas como dos
caracoles después de la lluvia, emprendieron el gran viaje al centro de la
mesa. Era un empresa enorme y arriesgada: tal vez sería les posible acariciar suavemente
a los conejitos.
Las manos
caracoles hicieron el viaje, las manos conejitos aguardaban. Las palabras y las
miradas lo eran todo en el aire, en los oídos, en los ojos y la imaginación. La
respiración agitada o un corazón acelerado podría delatarlos, por ello estaban
muy quietos y atentos, mientras las manos se acercaban. Tal vez los conejitos
se acercaron un poco más al centro de la mesa; los caracoles seguían su penosa
marcha, sabían que tendrían una recompensa maravillosa.
La
conversación seguía, cada vez más intensa, más íntima, más tú y yo. Es arduo y
complicado construir un nosotros. Ya no había marcha atrás, los delataban sus
miradas, un leve rubor, la risa nerviosa. En el microuniverso de una mesa
estaban solos (en el café había dos docenas de parroquianos; detrás del
ventanal, el mundo). Un suceso común, no por ello menos maravilloso, íntimo y
secreto sucedía ante nosotros.
Entonces,
con timidez, las manos caracoles se hicieron de valor y rozaron a las manos
conejitos blancos que no se movieron, resistieron estoicos el llamado del amor.
Las manos caracoles acariciaron suavemente las manos conejitos como si lo
hicieran no en el dorso sino el lomo.
Las miradas estaban fijas en el centro de
la mesa. Las manos caracoles tomaron las manos conejitos, que aceptaron
gustosas y respondieron tomando a su vez para sí a las manos caracoles. Las
manos se acariciaban y conocían por primera vez. Celebraban con alegría la
magia su encuentro.
Miré el
reloj. Habían pasado cincuenta minutos. Cerré el cuaderno con la página en
blanco y me fui. Había sido el testigo privilegiado del nacimiento de algo
trascendente para ellos. Los dejé ahí, conversando, mirándose sin cesar, por
primera vez tomados de las manos que ya no se soltaron. No es difícil imaginar
lo que muy pronto sucedería entre ellos.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
