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4 de noviembre de 2016

Nobleza de espíritu

Rob Riemen, pensador holandés, ha decidido difundir lo que, sin ruborizarnos, deberíamos llamar humanismo. ¿Qué querrá decir esa palabra en nuestros días? ¿Entre violencia y atropellos sin fin, qué puede ser la virtud hoy entre nosotros? La barbarie no es un asunto del pasado.

Riemen, que creó en Ámsterdam una fundación para difundir ideas y valores humanistas, publicó hace unos años un volumen de ensayos que en español se llamó Nobleza de espíritu. Una idea olvidada (UNAM-Conaculta-El Equilibrista; 2008). Si bien el libro fue reseñado y comentado, me parece que no alcanzó la trascendencia que merecía.

Ahora, la obra tiene una segunda oportunidad con una nueva edición (Taurus). Con algunas ideas y pasajes de las vidas de Sócrates, Goethe, Spinoza y Mann, Riemen hace un llamado para recuperar lo que llama nobleza de espíritu, la celebración de la verdad, la justicia, la razón, la bondad y la belleza. La gran cultura aún puede iluminarnos el camino.

La cultura, está claro, no puede florecer sin libertad, y tal vez la libertad sin cultura, sin un motivo trascendente que la anime no valga demasiado. Desdeñar la convocatoria de Riemen es desperdiciar una oportunidad valiosa, tacharla de burguesa y anacrónica sólo revelaría por lo menos ceguera y estulticia.

Estas líneas no son una noticia editorial, ni una reseña. Este texto es una botella al mar, en busca de esos espíritus que están convencidos de que vivimos horas turbias y de que vale la pena dar la batalla por algo tan grave como la civilización. Aún hay tiempo o sol en las bardas. Este texto llegará a alguien, a una mujer o un hombre que comprende que están en peligro los mejores valores, y se sumará a su manera. Si, no todo está perdido.

7 de agosto de 2012

Incendios

Desde hace miles de años no hemos cesado de contarnos algunas historias, esas que nos dicen quiénes somos, por eso no dejamos de reescribirlas y representarlas. Volvemos a ellas de vez en cuando y vamos al teatro a gozar de la avasalladora presencia escénica, de la magia absoluta, del encantamiento de la representación y la palabra. Vamos al teatro y una vez más se impone la fuerza de la palabra, pura e hiriente, la que nos llama, la que nos nombra.


En Incendios, de Wajdi Mouawad, todo está allí, el argumento impecable, la trama astuta,el artificio de la puesta en escena, el engranaje escénico del que no hay manera de librarse, de ser avasallado por la violencia cruda, ciega, devastadora, puesta al servicio de la gratuidad de la muerte en la guerra, en cualquier guerra y cualquier conflicto, por cualquier causa. Allí está el dolor, las vidas rotas, las vejaciones sin fin, el desarraigo, la orfandad, la urgente búsqueda de la justicia, necesaria para seguir viviendo.

Vamos al teatro a gozar y terminamos por mirar una galería de horrores de la que no somos ajenos. En el gran teatro, en el silencio, en los claroscuros, en los actores doblados en personajes imposibles, en el tiempo fuera del tiempo del drama, asistimos agazapados en una butaca al milagro de ver la Historia y las pequeñas tragedias personales.

Una mujer que quiere otra vida y quiere aprender a leer y escribir y a pensar, una mujer que busca un hijo arrebatado, una mujer que sufre lo inefable, una mujer que guarda silencio y escribe dos cartas, el encargo absurdo para dos hermanos gemelos que buscan a su padre y a un hijo anterior de su madre del que no tenían noticia.

En esa búsqueda surgirá el reconocimiento (anagnórisis le llamaban los griegos), recurso que anima y da sentido a la vida de los personajes. Todo está allí, la vida del drama en su esplendor, la muerte, la vida. El teatro posee una fuerza inmensa, oceánica. El teatro es magia y rito y una celebración conmovedora. El teatro puede ser una experiencia más intensa que tantos sucesos de la propia vida.

El teatro es efímero y el presente eterno porque ofrece una situación extrema. Presenciar la escena del testimonio de Nawal, la protagonista, en esa lección magistral de arte dramático que hace la actriz Karina Gidi es una experiencia arrebatadora de la que no es posible salir indemne.

19 de abril de 2008

El único deseo

   —No vale la pena recordar aquellos días, han pasado muchos años. Ahora reino y la sangre de mi sangre continuará mi reinado. Pero has vuelto de tu largo destierro, bienvenido seas, justo es que te recompense como merece tu persona. ¡Pídeme lo que quieras! ¡Todo, lo que pidas, salvo el trono, tuyo será! ¡Te doy mi palabra! Piensa bien cuál será tu deseo, porque sólo una vez y por tratarse de ti seré magnánimo. Que venga la corte, los ministros, los sabios, los jueces, delante de ellos escucharé tu voluntad, sea cual sea la encontraré justa y la satisfaré. ¿Quieres oro? ¡Tendrás más del que has imaginado! Tu peso multiplicado por dos, por cinco, por diez, por cien. ¿Un palacio? Ya lo tienes. ¿Tierras? Necesitarás una semana a caballo para cruzarlas. ¿Mujeres? Ajá, mujeres. La que quieras, las que quieras. Te advierto que no me gustaría, pero estoy dispuesto a cederte mi favorita. ¿Quieres ser mi ministro? ¡Concedido! ¿Algún otro privilegio? ¡Concedido! Recuerda que sólo una cosa no te daré. ¿Ya sabes qué pedirás? Bien. ¡Ya están aquí! ¡Vengan, vengan! ¡Que entren todos! Delante del reino, te ordeno que me pidas un deseo, que yo te concederé:

   —Sólo te pido, oh rey, que hagas justicia por tu propia mano. Quiero que hoy, aquí, antes de la medianoche, te quites la vida con esta daga que ya una vez manchaste de sangre y que ahora te entrego.