Anoche escuché que mi hija tosía. Me levanté de la cama y fui a su habitación. No estoy seguro de que no estuviera despierta, abrió los ojos en cuanto puse la mano en su frente.
—Papi, ¿qué haces aquí?
—Vine a verte.
—Tengo tos. Tengo sed. No puedo respirar.
—Sí. Ahora te vas a aliviar.
Fui a la cocina. Le di una cucharada de jarabe y un vaso de agua. Le limpié la nariz. Le puse las almohadas, ligeramente altas. Se acomodó. Hablamos un momento del libro de Oliver Jeffers que estamos leyendo. Dejó de toser. Luego se durmió. Volví a mi cama con la satisfacción del deber cumplido, la pequeña vanidad de haber hecho levemente el bien.
En la mañana, al otro día, me dijo que había dormido mejor después de que fui a verla. Tal vez pensó que yo tenía algo que ver con su mejoría, con el sueño que durmió el resto de la noche.
Eso me preocupa, ella no sabe que mis atributos son muy limitados. Aunque es cierto que por un momento me sentí casi poderoso, capaz de darle a mi hija un sueño en paz en la oscuridad de la noche. Por fortuna, sólo por un momento. Luego me sentí casi un impostor.
Al otro día se fue a la escuela sin darse cuenta de que en las mañanas, como en todas las horas del día, soy infinitamente vulnerable, frágil, falible, que no tengo magia ni poder alguno, salvo en su imaginación y en la oscuridad de algunas noches cuando tiene tos.
25 de mayo de 2011
En la oscuridad de algunas noches
19 de abril de 2008
El único deseo
—No vale la pena recordar aquellos días, han pasado muchos años. Ahora reino y la sangre de mi sangre continuará mi reinado. Pero has vuelto de tu largo destierro, bienvenido seas, justo es que te recompense como merece tu persona. ¡Pídeme lo que quieras! ¡Todo, lo que pidas, salvo el trono, tuyo será! ¡Te doy mi palabra! Piensa bien cuál será tu deseo, porque sólo una vez y por tratarse de ti seré magnánimo. Que venga la corte, los ministros, los sabios, los jueces, delante de ellos escucharé tu voluntad, sea cual sea la encontraré justa y la satisfaré. ¿Quieres oro? ¡Tendrás más del que has imaginado! Tu peso multiplicado por dos, por cinco, por diez, por cien. ¿Un palacio? Ya lo tienes. ¿Tierras? Necesitarás una semana a caballo para cruzarlas. ¿Mujeres? Ajá, mujeres. La que quieras, las que quieras. Te advierto que no me gustaría, pero estoy dispuesto a cederte mi favorita. ¿Quieres ser mi ministro? ¡Concedido! ¿Algún otro privilegio? ¡Concedido! Recuerda que sólo una cosa no te daré. ¿Ya sabes qué pedirás? Bien. ¡Ya están aquí! ¡Vengan, vengan! ¡Que entren todos! Delante del reino, te ordeno que me pidas un deseo, que yo te concederé:
—Sólo te pido, oh rey, que hagas justicia por tu propia mano. Quiero que hoy, aquí, antes de la medianoche, te quites la vida con esta daga que ya una vez manchaste de sangre y que ahora te entrego.
