7 de agosto de 2012

Incendios


Desde hace miles de años no hemos cesado de contarnos algunas historias, esas que nos dicen quiénes somos, por eso no dejamos de reescribirlas y representarlas. Volvemos a ellas de vez en cuando y vamos al teatro a gozar de la avasalladora presencia escénica, de la magia absoluta, del encantamiento de la representación y la palabra. Vamos al teatro y una vez más se impone la fuerza de la palabra, pura e hiriente, la que nos llama, la que nos nombra.

En Incendios, de Wajdi Mouawad, todo está allí, el argumento impecable, la trama astuta,el artificio de la puesta en escena, el engranaje escénico del que no hay manera de librarse, de ser avasallado por la violencia cruda, ciega, devastadora, puesta al servicio de la gratuidad de la muerte en la guerra, en cualquier guerra y cualquier conflicto, por cualquier causa. Allí está el dolor, las vidas rotas, las vejaciones sin fin, el desarraigo, la orfandad, la urgente búsqueda de la justicia, necesaria para seguir viviendo.

Vamos al teatro a gozar y terminamos por mirar una galería de horrores de la que no somos ajenos. En el gran teatro, en el silencio, en los claroscuros, en los actores doblados en personajes imposibles, en el tiempo fuera del tiempo del drama, asistimos agazapados en una butaca al milagro de ver la Historia y las pequeñas tragedias personales. Una mujer que quiere otra vida y quiere aprender a leer y escribir y a pensar, una mujer que busca un hijo arrebatado, una mujer que sufre lo inefable, una mujer que guarda silencio y escribe dos cartas, el encargo absurdo para dos hermanos gemelos que buscan a su padre y a un hijo anterior de su madre del que no tenían noticia.

En esa búsqueda surgirá el reconocimiento (anagnórisis le llamaban los griegos), recurso que anima y da sentido a la vida de los personajes. Todo está allí, la vida del drama en su esplendor, la muerte, la vida. El teatro posee una fuerza inmensa, oceánica. El teatro es magia y rito y una celebración conmovedora. El teatro puede ser una experiencia más intensa que tantos sucesos de la propia vida. El teatro es efímero y el presente eterno porque ofrece una situación extrema. Presenciar la escena del testimonio de Nawal, la protagonista, en esa lección magistral de arte dramático que hace la actriz Karina Gidi es una experiencia arrebatadora de la que no es posible salir indemne.