Mostrando entradas con la etiqueta traductor. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta traductor. Mostrar todas las entradas

2 de febrero de 2018

Casi inocente, casi culpable

La definición de traductor como un coautor que dice casi lo mismo que el original pero en otra lengua no es del todo desechable. Ese «casi lo mismo» es inevitable, es lo insondable de una lengua, es decir del ethos del pueblo que habla esa lengua. Lo intraducible sería el alma, lo particular, que no tiene equivalente porque no existe o no se manifiesta igual en otro pueblo, en otra lengua.

Y no existe la traducción definitiva, es sabido que una o dos generaciones después es necesario volver a verter los textos. Una traducción castellana del siglo XIX de Shakespeare hoy nos parece casi ilegible. Las lenguas cambian. Los clásicos siguen impasibles, son las aproximaciones a sus obras las que tenemos que revisar y actualizar.

Hay un adagio que reduce a los traductores a traidores; el desencanto y la sospecha son casi la norma. Por eso nos sorprende una traducción que satisfaga a propios y extraños, y más con el correr de los años. Pero el margen del traductor tiene un límite.

Transcribo unas líneas de los Los hermanos Karamázov de Dostoievski en dos versiones españolas. Dice la traducción de Rafael Cansinos Assens (Obras completas I, Aguilar, 1953, p. 505):

Kalgánov volvióse corriendo al portal, sentóse en un rincón, agachó la cabeza, cubrióse la cara con las manos y se echó a llorar, y así se estuvo largo rato, acurrucado y llorando..., llorando cual si fuese un chiquillo y no un joven de veinte años ya. ¡Oh, creía casi plenamente en la inocencia de Mitia!
Dice la traducción de Augusto Vidal (Alianza, 2006, p. 813):
Kalgánov corrió al vestíbulo, se sentó en un rincón, inclinó la cabeza, se cubrió la cara con las manos y se echó a llorar: permaneció mucho tiempo sentado, llorando; lloraba como si fuera aún un niño y no un hombre de veinte años. ¡Oh, estaba casi convencido de la culpabilidad de Mitia!
Estoy casi convencido de que alguno de los dos traductores se confundió, o fue víctima de las travesuras de Titivillus o Tutivillus, ese pequeño demonio al servicio de Lucifer, que gozó de mayor prestigio en el medievo, cuya misión consistía en inducir el error y la confusión en los escritos de los autores y los textos que copiaban los escribas.

Para saber si Kalgánov creía que Mitia era casi plenamente inocente, o si estaba convencido de su culpabilidad necesitaré recurrir a otra traducción, y para asegurarme de que Titivillus no está metido en este caso buscaré la confirmación en alguna versión al inglés o al francés, ante mi imposibilidad de leer en ruso. Las traducciones son absolutamente necesarias, y ningún traductor está libre del error o la confusión, o para decirlo como en la Edad Media, de las diabluras de los pequeños demonios.

30 de diciembre de 2016

Traducciones, traductores

Verter un texto a otra lengua es, si el arte y ciencia de la traducción fuese un acto circense, un triple salto mortal con extremo grado de dificultad al vacío, sin red.

Tengo amigos profesionales de la traducción, y sé bien de sus desvelos, de sus luchas con los escollos insuperables (la figura ya es un escollo); los he visto fatigarse por desentrañar el sentido y la precisión y la belleza de textos imposibles; los he visto ejercer su oficio casi siempre mal pagado. Los he visto ir del texto al diccionario y a otro diccionario y a otras fuentes; Octavio Paz decía que un traductor es un hombre rodeado de diccionarios.

Traducir es darle vida a un texto en otra lengua; es hacer que la nueva versión diga casi lo mismo que en su lengua original. Es volver a escribir un texto que ya fue escrito por otro en otra lengua. Casi todos los traductores estarían más o menos de acuerdo con estas sentencias. Y también con esta: la traducción es imposible, sólo hay aproximaciones.

Tengo que preparar un artículo sobre Andrómaca, de Jean Racine. Si hubiera podido elegir, me habría inclinado por Berenice, y apoyado en George Steiner tendría una parte sustanciosa del trabajo. En mi biblioteca encuentro tres versiones. No recordaba que las tuviera. No me dedico al teatro ni soy especialista en teatro francés y mucho menos en Racine, pero el punto es que tengo tres. Tendré que elegir alguna. Voy del original a las versiones. Sus diferencias son tan profundas y esenciales, sus aproximaciones al texto, sus omisiones y añadidos, que pareciera que alguna por momentos apuñala a Racine.

No las comento. Eso daría para un artículo en una revista de filología, para un proyecto de tesis. Sólo presento el incio del diálogo de la primera escena del acto primero de la Andrómaca de Racine.

Escena Primera
Orestes, Pílades

Versión de M. Pérez Ferrero y R. Santos Torroella (Austral, Buenos Aires, 1948):

Orestes.- Ya que vuelvo a encontrar a un amigo tan fiel como vos, espero que mi fortuna tomará un nuevo cariz. Y también, puesto que Harmione se ha preocupado de venir a hallarnos aquí, parece que se dulcifica su irritación. ¿Quién hubiera dicho que una perspectiva tan funesta a mi amor,* comenzaría por hacer que Pílades apareciese ante los ojos de Orestes y que después de haberte perdido habría de recobrarte, al cabo de seis meses, en la corte de Pirro?

Pílades.- Doy gracias al cielo porque, desde el día fatal en que la furia de las aguas distanció nuestras naves, casi a la vista de Espiro, parecía, al detenerme continuamente, que me cerraba las puertas de Grecia. ¡Cuántos riesgos padecí en este exilio! ¡Cuántas lágrimas he derramado al pensar en vuestras desventuras, temiendo siempre para vos algún nuevo daño que a mi triste amistad no le sería dado compartir! Y lamentaba, sobre todo, esa melancolía en la que por tanto tiempo he visto sepultada vuestra alma. Temí que el cielo os concediera la cruel ayuda de proporcionaros la muerte que tanto deseábais. Mas yo os veo, señor; y si me es dado decirlo, creo que un destino mejor es el que os conduce hasta aquí: el brillante séquito que sigue vuestros pasos no es, ciertamente, el de un desgraciado que buscara la muerte.

* Orestes ama a Hermione, y ésta lo rechaza.



Traducción de María Dolores Fernández Lladó (Ediciones Cátedra, Madrid, 1999):

Orestes
Sí, puesto que vuelvo a encontrar a tan fiel amigo,
entiendo que mi destino empieza a cambiar;
ya su cólera parece dulcificada,
dado que se preocupa por reunirnos aquí.
Quien creyera que, en orillas para mí tan funestas,
se me mostraría en primer lugar el rostro de Pílades;
que tras seis meses de creerte perdido,
me serías devuelto en la corte de Pirro. 

Pílades
Gracias doy al cielo que, interponiéndose sin tregua,
 parecía haberme cerrado el camino de Grecia.
Desde el día fatal en que el furor de las aguas,
casi a la vista del Epiro, separó nuestras naves,
¡cuántos sobresaltos he sufrido en el exilio!
¡Cuánto llanto derramado por vuestras desgracias,
temiendo siempre algún nuevo peligro para vos
que mi pobre amistad no podía compartir!
Sobre todo recelaba de esa melancolía
que por tan largo tiempo sepultó vuestra alma.
Temí que el cielo, en su clemencia cruel,
os brindara la muerte que tanto anhelabais.
Mas ahora os veo, señor, y me atrevo a decir,
que un destino más feliz os conduce al Espiro.
El pomposo cortejo, que hasta aquí os acompaña,
no es el de un desdichado que desea la muerte.



Traducción de Paloma Ortiz García (Gredos, Madrid, 2003):

Orestes:
Sí, ya que me encuentro un amigo tan fiel
adoptará un nuevo aspecto mi suerte.
Su ira parece haberse suavizado
desde que aceptó* venir aquí a verme.
¿Quién hubiera dicho que esta costa funesta
para mis deseos lo primero traería
a Pílades a ponerlo ante Orestes?
¿Que tras más de seis meses que te había perdido
me serías devuelto en la corte de Pirro?

Pílades:

¡Gracias doy al cielo! Deteniéndome siempre,
parecía tenerme cerrada la Hélade
desde el día fatal en que el furor de las aguas
a vista del Epiro separó nuestros rumbos.
¡Cuántas alarmas pasé en este exilio!
¡Cuánto llanto vertí por vuestras desdichas
temiendo que en nuevos peligros cayerais
que mi triste amistad no fuera a compartir!
Sobre todo temía esa melancolía
en la que vuestra alma había estado enterrada.
Temía que el cielo, con socorro cruel,
la muerte os deparara que siempre buscabais.
Mas os veo, Señor; y, si puedo decirlo,
más feliz destino os trae al Epiro.
El pomposo aparato que os viene siguiendo
no es el de un desdichado que busca la muerte.

*Entiéndase como sujeto «la fortuna».


Al parecer, en ese oficio tan ingrato, hasta san Jerónimo ha sido reprendido. Yo sólo comparto mi asombro y  mi incertidumbre a la hora de elegir una versión. Las diferencias son tan relevantes y significativas, que es indispensable recurrir a Racine, al original en francés.

13 de agosto de 2012

Sergio Pitol: un traductor

Sergio Pitol es un maestro en el arte de mezclar con acierto y soltura sus recuerdos con el apunte de un diario, el ensayo y la ficción, es decir, la experiencia y la memoria con la escritura misma y la reflexión no exenta de imaginación.

En uno de esos textos tan suyos como inclasificables, tanto que pareciera que inician un nuevo género, común a unos cuantos escritores de varias nacionalidades cuyo otro rasgo común sería la celebración de su amistad, en uno de ellos, “La lucha con el Ángel”, Pitol cuenta una tarde de su vida en Varsovia, en la que aparece plena y terrible su lucha entre la dedicación al trabajo, la traducción de “Tatarak”, un cuento de Iwaszkiewicz, y la corrección de su libro Los climas, con sus demonios que lo quieren llevar a la calle, a vivir la noche.

El propio Pitol habla de esa lucha y recurre a una novela corta de Thomas Mann para decirnos que ese conflicto que le aqueja con violencia lo han sufrido otros: el oscuro desgarramiento que aquejó a Tonio Kröger, el combate entre la tentación del mundo y la soledad indispensable al proceso de creación. Es decir, la apetencia del mundo y al mismo tiempo su rechazo. 

Pitol, en aquella tarde en Varsovia, solo en su habitación del último piso del hotel Bristol, trabaja, traduce, consulta el diccionario (un traductor es un hombre rodeado de diccionarios dijo Octavio Paz). De pronto, se detiene, se prepara un café. Mira por la ventana. Mejor aún, se fuga por la ventana: el espectáculo de la calle y el jardín era atractivo e inquietante. Mira a la gente que pasea y se sienta en un banco, mira a un grupo de muchachas, luego a unos muchachos e imagina historias, crea una aventura y una pareja fugaz en su imaginación. 

Afuera, en la calle, está la vida y él tiene que traducir, revisar su libro. El conflicto florece en toda su potencia: hacer una obra o vivir la vida. Trabajar toda la noche o salir, ir al teatro, a una fiesta, recorrer bares y sitios, salir a vivir la noche. 

El propio Thomas Mann, tan caro a Pitol, imaginó una noche de Schiller en “Hora difícil”, un relato en el que el gran poeta, enfermo, con frío, con la cabeza revuelta, duda de su talento, de la calidad de su trabajo, en un tormento que algo tiene de vanidad y reflexión profunda sobre el sentido y alcance de sus desvelos.

Schiller, según Mann, en una lucha consigo mismo, termina por despreciar el cansancio, el dolor y pone el cuerpo y el alma en su poema: el talento es una insatisfacción cuya habilidad no se crea ni se incrementa más que a fuerza de tormento. Más todavía: para los más grandes, para los más insatisfechos, el propio talento es el más doloroso de los látigos… Es necesario trabajar. ¡Trabajar! Hasta que llegue la luz del nuevo día, hasta concluir la obra continuar, seguir adelante, no desfallecer: la obra es hija del sufrimiento.

Muchos años después, cuando ya era Premio Cervantes y un hombre mayor, cuando ya había escrito casi toda su obra como autor y traductor, Sergio Pitol seguía preocupado por la dedicación a su trabajo.

Una tarde, en su casa de Xalapa, me explicó su manera de ganar tiempo. En una pequeña agenda, en donde otros anotan citas y cosas cotidianas por hacer, él llevaba el registro de las horas que trabajaba por día, según una cuota y un plan draconiano. Con frecuencia, trabajaba de más, de manera que tenía un superávit de muchas horas. Así y sólo así podía regalarse horas de distracción y aun días de descanso.

La constancia y dedicación de Sergio Pitol son dos de los atributos mayores de su talento. Y a sus novelas, cuentos y ensayos, y esos textos de mixtura que para algunos son lo mejor de su obra porque su talento alcanza una libertad de expresión que no es común en los géneros cerrados, debemos agregar los libros traducidos y de ninguna manera desdeñarlos o ponerlos en un cajón aparte.

Sergio Pitol ha sido tan escritor y tan creativo en sus relatos como en sus traducciones, y las novelas que ha traducido con fortuna son tan suyas como del autor. Traducir es un acto generoso, un gesto de humildad, un reconocimiento por el trabajo de otro que obliga a estar a la altura de lo mejor de uno mismo.

Un traductor es alguien que se desvela, que desdeña vivir la noche, por seguir una a una, con paciencia y sabiduría, con intuición poética, con conocimiento filológico, las palabras que otro ha fijado en otra lengua. Por tanto, traducir, imaginar en la propia lengua lo que otros han hecho en lenguas extranjeras, es un acto de recreación muy cercano al acto de creación original y un ejercicio fascinante.

Un traductor es un amigo de otros autores, de otras palabras, un descubridor de mundos, un soldado al servicio de la literatura. Sergio Pitol ha ejercido el arte de la traducción con la nobleza de un apostolado y el goce de una vocación. Ha hecho de la traducción su segundo oficio, el otro lado de la moneda de su trabajo literario.

Las páginas traducidas por Sergio Pitol deben ser varias veces más numerosas que sus páginas de creación, pero no hay nada que lamentar. En esa colección impresionante, que ha vertido amorosamente, con impecable certeza y precisión, con cuidado y mesura y buena fortuna, también está el escritor Sergio Pitol presente de cuerpo entero.

Pitol puede jactarse de haber traducido, de sus lenguas originales a un español límpido, a un puñado de autores indispensables como Chéjov, Austen, Lowry, Graves, Conrad, entre otros. Bastaría uno sólo de esos títulos, Las puertas del paraíso, de Jerzy Andrzejewski, para que Pitol merezca nuestro reconocimiento. Ha puesto a nuestro alcance, y de qué manera, libros que de otro modo nos serían inaccesibles.

Que a nadie le sorprenda que un nuevo premio literario, uno que celebra la trayectoria de autores destacados en el arte de traducir, lleve el nombre de Sergio Pitol.