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20 de diciembre de 2024

El tío Salvador

Salvador Llarena Díaz nació hacia 1900 en el puerto de Veracruz, hijo y nieto de empresarios españoles... me dice mi madre, solemne, grave, orgullosa de su linaje. Sabe que grabo su voz para este apunte, y cuando pongo en marcha la grabación se pone seria y se endereza en su silla y pareciera que está en una tertulia de la radio o en una declaración ante un juez. Le pido que me hable de ese personaje entrañable y casi olvidado, el más extraño de la familia. 

Salvador Llarena era el hermano mayor de mi abuelo Ramón, que también nació en Veracruz en 1910. Recibió la educación de los señoritos de entonces, y también sus privilegios. 

Su padre, Eusebio, murió cuando Salvador tendría veinte años, me dice mi informante (y me promete buscar en sus papeles, en los archivos familiares para buscar la fecha de muerte de su abuelo, y todas las otras fechas de esta historia). 

La muerte inesperada del padre lo obligó, como a ciertos héroes de Conrad, a convertirse en jefe de familia al fin de la adolescencia. Tuvo que dejar los estudios. Se hizo el padre de sus hermanos menores, Modesto, Ramón y Mundo, y en el soporte de doña Virginia Díaz, su madre. También tuvo que ponerse al frente de la empresa familiar. Y tuvo éxito como empresario.

Era un hombre guapo, serio, formal. Pronto se convirtió en un buen partido para las muchachas de la colonia española de Veracruz (sic). No le faltaban enamoradas, y aunque coqueteaba y salía con chicas, ninguna ganaba su corazón. Con los años, se casaron sus hermanos. Él permanecía soltero. 

Al fin apareció la mujer de sus sueños: María. El tío Salvador enloqueció de amor. Vivió el amor loco. Se casó con su único y gran amor. 

María era guapa, alta, rubia, atractiva, muy gallega (sic). Una buena persona, simpática. Una muchacha de la que Salvador se enamoró desde que la conoció.

A mi informante la faltan fechas, datos. Pero es un hecho que el matrimonio sólo duró unos cuántos años, y no tuvo hijos. María enfermó; debe de haber sido algo así como un cáncer muy agresivo, que en unos meses segó una vida joven y plena. 

Llevaron a María a Ciudad de México desde Veracruz. Fue a consulta con los médicos más célebres. Murió en un hospital privado de la capital. 

Salvador, el tío Salvador, perdió el sentido de la vida. Dijo que no quería vivir sin María. Y lo dijo en serio: se descerrajó un tiro en la sien izquierda.

No era un hombre de armas, no tenía una pistola, o nadie lo sabía en la familia. Dónde y cómo consiguió ese revólver son dos de las muchas preguntas sin respuesta. Pero está claro que no sabía disparar. Le sobrevino otra desgracia, la peor para un suicida decidido: no pudo matarse, no supo matarse. 

No apuntó a la sien exactamente, o movió el cañón en el último instante. El balazo le destrozó el ojo izquierdo, pero nada más. Sus facultades quedaron intactas. Su vida no corrió peligro. 

Si no era zurdo, estaba jugando ruleta rusa con Dios. Si era zurdo, como supongo, no supo cómo colocar el arma. Tal vez no había cumplido los cuarenta años. Prefería irse del mundo que ser el viudo roto, destrozado, por la partida del gran amor de su vida. 

El tío Salvador fue un fallido aprendiz de Werther, que pagó su error con dolor y amargura y soledad el resto de su existencia. Perdió el gran motivo para vivir. Mi madre define así su drama: «Murió junto con María. Siguió con vida pero no tenía vida.»

Instalaron al tío Salvador con su madre en una casa de Ciudad de México. Mi abuelo se hizo cargo del negocio. La familia lo arropa, le procura bienestar. Luego lo mudaron a la casa contigua a la de su hermano Ramón, donde crecieron nueve sobrinos que lo visitaban. Un ama de llaves cuidaba de él. El tío Salvador estaba muerto en vida. Vivía ensimismado en su dolor, en sus desgracias. 

Su casa era oscura, austera. Olía a encierro. Las persianas siempre estaban cerradas, echadas las cortinas. Era la casa de alguien que le ha dado la espalda al mundo. No salió de sus habitaciones en años. Literalmente y llanamente no salió de su casa en mucho tiempo. 

Comía bien, pero poco. Vestía bien, con colores oscuros, sin gracia ni lujos. No tenía necesidades ni apetitos ni antojos ni gustos. Con el tiempo, se permitió escuchar la radio y con la ayuda de una gran lupa leer el periódico. No se aficionó a nada. Ni a los toros, ni al futbol, ni al boxeo, ni a la zarzuela (que de joven le gustaba). 

No iba a un restaurante ni a un café ni a una cantina. No iba al parque. Tampoco iba a misa. No le interesaba nada, absolutamente nada. Y nada le importaba. Su única alegría, su verdadera razón vital de cada día fue su perro. 

Se resignó. Aceptó vivir sus días sin María. Es decir, no volvería a intentar suicidarse. Pero nunca logró salir de la oscuridad en la que cayó. Me pregunto si hoy un médico competente y los medicamentos adecuados, desde el principio, no hubieran podido hacer algo o mucho por él. La pastilla correcta le hubiera cambiado/salvado la vida. 

Tenía el párpado cerrado, pero no le pusieron un ojo de vidrio, ni un parche, ni gafas oscuras. No había motivo, no salía de casa. Y ante la insistencia sin fin de la familia para que se incorporara a las comidas del domingo, a las celebraciones de cumpleaños y Navidad, decía que no quería que nadie lo viera en su condición. 

Con el tiempo, la visita de los sobrinos nietos le dieron momentos de entretenimiento y alegría. Cuando asistió con un parche a la fiesta de quince años de la mayor de sus sobrinas, ese fue el verdadero acontecimiento de esa noche. Hacía al menos diez años que no salía de su casa.

Galán en su  juventud, ya viejo recibía la visita de Mercedes, Mechita, ya viuda, amiga o pretendienta de juventud. Ella lo acompañaba un poco, de vez en cuando. No admitía la visita de extraños; no había amigos ni conocidos. 

Ya grande, se tornó amable, empático. Hizo con algunos parientes un viaje a Cantabria, a conocer la tierra de sus padres. Su vuelta al mundo fue tardía y poco fructífera. Tal vez ya era muy tarde. Su encierro tal vez había durado cerca de treinta años. 

Tengo el vago recuerdo infantil de haberlo visto un domingo en la tarde, solo, abandonado, sentado en el escalón del zaguán de su casa. Eso es todo. 

Enfermó. Su hermano Ramón, su protector, estaba de viaje con su mujer. Sus sobrinos lo llevaron a un hospital. Lloró. Alguien lo vio llorar. Tal vez por su vida, por su tragedia, por el recuerdo de María. Murió solo, nadie lo acompañó en el trance trascendente. Murió como vivió. Mi tío Salvador cuando se fue tendría, tal vez, me dice mi madre, setenta y cinco años.

31 de julio de 2023

Escrito en otra lengua

Los escritores que han logrado páginas y libros que podemos llamar una obra, en otra lengua que no sea la materna o de la primera infancia, siempre han despertado en mí asombro, una particular admiración, y no sé si una curiosidad malsana que oculta algo así como una envidia tenue e inocua. 

Escribir no es fácil, en ningún caso, y hacerlo en una lengua aprendida lo encuentro tan arriesgado como el equilibrista que va en su alambre, sin red, a quince metros del suelo. Un traductor incapaz que arremete una obra extranjera por necesidad, inconsciencia o soberbia es un funambulista irresponsable e improvisado que en su caída y fracaso literario puede hacer mucho daño. 

Tal vez el autor cuya maestría literaria se agiganta por su hazaña sea Joseph Conrad, súbdito ruso (hoy sería ucraniano), que aprendió inglés hacia los veinte años al enrolarse en la marina mercante inglesa, y la lectura de Shakespeare le permitió convertirse en un clásico de la literatura inglesa con una escritura singular. Un verdadero monstruo (para evaluar esta palabra, consúltese el Diccionario, por favor).

Y ese es el punto: los múltiples matices y significados y guiños que puede tener una palabra o una expresión en la pluma de un autor dotado, por no hablar de un genio. Las palabras significan, y están plenas de significados; y no significan ni dicen lo mismo. Flaubert sabía que no hay sinónimos. Entre niño, crío, chaval, escuincle, chamaco, chavito, angelito, chico, chiquillo, muchacho, infante, hijo... hay un abismo en la intención y en el habla del personaje o la expresión estética, el tono y lenguaje que ha elegido el narrador. 

Por eso es tan difícil comprender todo lo que dicen y sugieren las palabras. Comprender en todos los niveles es saber leer de manera plena. Hacerlo en otra lengua parece una hazaña. Este punto alcanza su extremo en el caso de la poesía, por supuesto. 

¿Cómo expresar en otra lengua eso que a veces tanto esfuerzo cuesta encontrar en la propia? Dicen que se puede escribir en otra lengua cuando se piensa en ella, y es posible hacer operaciones aritméticas mentales. Puede ser. Pero yo encuentro que con frecuencia me faltan palabras en español, y los nombres de cosas y objetos, de situaciones y conceptos se me escapan. Siempre habrá una palabra que nos falta o se nos niega: el vocabulario no tiene fin.

Con todo, la lista de los que han incursionado en otras lenguas no es breve, y algunos nombres son célebres. Pero más interesante sería conocer las razones para escribir en otra lengua. 

Mi admiración por Vladimir Nabokov, en este sentido, remitió un poco cuando leí, en Habla, memoria, su autobiografía, que, cuando tenía seis años «mi progenitor [sic] comprobó aquel año, con patriótico disgusto, que mi hermano y yo sabíamos leer y escribir en inglés pero no en ruso», gracias a los buenos oficios de su institutriz inglesa, seguramente Miss Norcott. (¿Por qué dice progenitor, palabra áspera, y no padre, papá, papi, entre otras posibilidades?) Si la obra de Nabokov es admirable, y lo es, no debe sorprender que buena parte de ella la haya escrito en inglés. 

Guillaume Apollinaire, italiano de origen polaco, incidió de tal manera en la lengua francesa que cambió el curso de la poesía, y no sólo en esa lengua. Residente desde joven en Francia, terminó por convertirse en un poeta tan francés como esencial. 

Rainer Maria Rilke incursionó en la lengua francesa, pero tengo la impresión de que lo suyo fue una exploración, una incursión temeraria, más que una búsqueda o revelación poética. 

Emil Cioran llegó muy joven a Francia, y terminó por escribir en francés. Es el mismo caso de Clarice Lispector, ucraniana de nacimiento y de lengua materna pero que al emigrar a Brasil hizo suya la lengua portuguesa, en la que escribió con maestría libros definitivos.

Samuel Beckett escribió una parte de su obra en francés, y parece que no son sus mejores páginas. Esos textos «dicen menos, no están tan bien escritos», lo cual también podría ser la intención de Beckett. 

Milan Kundera, escribió en checo sus primeros libros, entre ellos La insoportable levedad del ser, novela que le basta para ser recordado entre los grandes autores europeos del siglo XX. Le preocupaba mucho, como a muchos otros escritores, la fidelidad de las traducciones* a otras lenguas, y no le faltaba razón. 

Leía y cotejaba, preguntaba y consultaba y descubría que los traductores con frecuencia hacen paráfrasis, versiones, aproximaciones impresentables o inadmisibles a su pensamiento y sus palabras, sus figuras, sus imágenes. Kundera, desesperado ante este problema, acabó por escribir sus últimos libros en francés. Y aunque tenía muchos de residir en Francia, su obra perdió brillo, calidad, precisión. 

No es fácil escribir literatura en una lengua extranjera, aprendida. Sin embargo, he conocido a dos autores, los dos italianos, y editado un libro de cada uno y puedo dar fe de su conocimiento de la lengua española. Nadie conoce tan bien un libro, después del autor, que un traductor o editor que ejerza bien su oficio.  

Carlo Cóccioli era un escritor italiano afincado en México. Escribía en español y algunos de sus libros con temas mexicanos. Tuvo muchos años una columna en el Excélsior, y se regodeaba de la calidad de su prosa. Pero, además, había escrito en francés libros que fueron celebrados y premiados en Francia (quiero decir, al menos estaban muy bien escritos), y algunos los tradujo él mismo al italiano. 

Lo conocí cuando ya era un viejo imposible y nada agradable. Y trabajamos juntos en una versión revisada de una biografía suya de Buda. Tenía un gurú, un gramático colombiano, en Bogotá, que lo asesoraba. Le llamaba por teléfono y le pedía razones y explicaciones gramaticales muy complejas. Su conocimiento del español era impresionante, y sus escritos tenían una calidad muy superior a la media de los colaboradores de los diarios, por decir lo menos. No he conocido otro caso como el suyo. 

El otro autor es autora, Francesca Gargallo, escritora e investigadora de múltiples intereses y actividades de la que edité la novela Al paso de los días. Fue una alegría trabajar con ella en la versión final. Tenía poco más de veinte años cuando llegó a México, y su español, impecable, se caracterizaba por algunos giros y usos poco comunes que antes de revelar su extranjería mostraban una curiosa singularidad. 

Tengo noticia de otro italiano. Fabio Morábito llegó en su adolescencia a México, decidió escribir en español y sigue entre nosotros. Me dicen que sus dudas y sorpresas lo llevan a consultar gramáticas y manuales, y todos los días el Diccionario. A Morábito no lo conozco, ni he editado ninguno de sus escritos, pero he leído un par de libros de cuentos, en lo que he encontrado alegrías y no poco esparcimiento.


___________ 

*No conozco el original checo, y aunque lo tuviera frente a mí no comprendería ni una palabra. Los traductores son imprescindibles, por ello debemos vigilar sus traducciones o versiones. Una oración de La insoportable levedad del ser dice en una versión en inglés: «In the sunset of dissolution, everything is illuminated by the aura of nostalgia». 

La versión española de Fernando Valenzuela (Tusquets) dice: «El crepúsculo de la desesperación lo baña todo con la magia de la nostalgia.» La distancia es considerable; las oraciones dicen dos cosas distintas a partir de una original. Aquí hay gato encerrado o un traidor...

¿Disolución o desesperación? ¿Iluminado o bañado? ¿Por el aura o la magia de la nostalgia? Una traducción de Google dice: «En el ocaso de la disolución, todo está iluminado por el aura de la nostalgia.» Uf. Que alguien encienda las alarmas. No le faltaba razón a Kundera.

13 de diciembre de 2016

La patria

Norman Manea recordaba en La quinta imposibilidad que Emil Cioran, a sus 26 años, intentaba apropiarse «como un ávido pirata» de los tesoros de la lengua francesa. La verdadera ruptura con Rumania y su pasado consistía en dejar de hablar y escribir en rumano. Si uno es hijo de la lengua en la que escribe (también en la que ora, hace aritmética e insulta), un hombre moría al renunciar a la lengua de su pasado, y uno nuevo se abre paso en su nueva lengua. 

Cioran contó su conversión: «Escribir en otra lengua es una experiencia deslumbrante. Uno se pone a reflexionar sobre las palabras, sobre la escritura. Cuando escribía en rumano, las palabras no eran independientes de mí. Desde que empecé a escribir en francés, todas las palabras se me han vuelto conscientes: las tenía delante, fuera de mí, en sus respectivas celdas y yo las recogía: "Ahora a ti y ahora a ti".» (Procedimiento éste de indudable cepa francesa, pues Flaubert decía que el oficio de escribir sólo consistía, después de todo, en elegir una palabra y ponerla y luego elegir otra...)

Ese cambio de lengua, de identidad, es «el mayor  suceso que puede acontecerle a un escritor, y más dramático. ¡Las catástrofes históricas no son nada comparadas con ésta!... Cambiando de lengua, he liquidado mi pasado: he cambiado totalmente de vida», dijo Cioran. Y luego, en otra ocasión, remató así: «No habitamos un país, habitamos una lengua. Una patria es esto y nada más.»

Renunciar a la lengua materna y escribir en una extranjera es un hecho muy extraño. No me refiero al conocimiento y uso de la lengua del país en que se vive, ni al que ha crecido en un medio bilingüe, ni a la redacción de cartas, artículos y otros documentos, sino a la escritura de una obra literaria, forjar un texto desde las entrañas de una lengua, donde cada preposición y cada coma tienen una intención y una función esencial, un sentido, un matiz.

Son célebres los casos de Conrad, Nabokov, Beckett y Kundera, y aunque no es esta una lista cerrada, no deben ser muchos más los escritores que por razones más o menos personajes y esencialmente subjetivas cambian de lengua. De estos cuatro, el de Conrad es el caso ejemplar: ya era un adulto cuando se hizo un maestro indiscutible de la lengua inglesa. Nabokov recibió una educación bilingüe, y Beckett y Kundera se traducían a sí mismos, en un juego de ida y vuelta. Rilke tiene poemas en francés que no tienen la contundencia de Elegías de Duino.

Escribir literatura en otra lengua se antoja estimulante como ser otro hombre. Y supongo que la mirada de ese nuevo hombre es distinta del que que ha quedado atrás, con esa primera lengua desechada. Tiene que ser así: nadie cambia para seguir siendo el mismo. Por eso la búsqueda de Cioran es admirable: no sólo quiso apoderarse como un pirata de la lengua francesa, sino adquirir un estilo, claridad y precisión, que lo llevara al centro de esa lengua. No cualquiera escribe sus mejores páginas en una lengua que era desconocida en plena juventud.

Mi amigo Raúl Berea es un lector impecable, e implacable. Gramático aunque lo niegue, ha hecho de la lectura un ejercicio profundo y gozoso por el que ha tenido que pagar un alto precio: como sólo conoce a fondo el español, como sólo en su lengua puede desmenuzar un texto y comprender el porqué de un adjetivo o un adverbio; como sólo en español puede apreciar las virtudes y rasgos de una sintaxis, ha renunciado a leer en otras lenguas y aún en traducciones (es intolerante con las malas traducciones, y estas no son la excepción). 


Raúl sólo puede leer obras escritas en español, y no conozco a nadie que goce tanto como él los aciertos y secretos placeres que ofrece una buena prosa. Raúl no ha cambiado de lengua, se ha ensimismado en la suya. Tal vez sean dos hechos equivalentes, las dos caras de una medalla.

La lengua es, a fin de cuentas, lo único que posee un escritor. Sin lengua es nadie, acaso como también lo sería cualquier hombre. Borges imaginó que el tiempo se detuvo mientras un autor no terminara de componer su drama; luego, el tiempo fluiría, y el autor sería fusilado. Jorge Brash, poeta amigo mío, se retaba a sí mismo a componer y memorizar un soneto mientras conducía de la Ciudad de México a Jalapa. Un escritor sólo tiene las letras, y el fascinante código que las regula, ordena y modifica.

Fernando Pessoa lo supo antes y mejor que nadie. En el Libro del desasosiego escribe Bernardo Soares, su semiheterónimo: «a minha pátria é a língua portuguesa». Albert Camus escribió en sus Carnets, en un apunte de septiembre de 1950: «Sí, yo tengo una patria: la lengua francesa», y Octavio Paz repetía la misma idea: la patria de un escritor es su lengua. La sentencia es de una lucidez deslumbrante. La oración es justa y perfecta. Tan cierta como excitante.

Dice Manea que «antes de morir, en su lecho de hospital, el expatriado Cioran conversaba ¡en la lengua que durante décadas se había negado a hablar! Había reencontrado la lengua rumana, pero sin poder encontrarse ya consigo mismo.» No sé si fue un regreso a casa, a la fuente, al origen, o si en el final de su vida se volvió un apátrida, condición que no le desagradaba, en absoluto.

13 de agosto de 2012

Sergio Pitol: un traductor

Sergio Pitol es un maestro en el arte de mezclar con acierto y soltura sus recuerdos con el apunte de un diario, el ensayo y la ficción, es decir, la experiencia y la memoria con la escritura misma y la reflexión no exenta de imaginación.

En uno de esos textos tan suyos como inclasificables, tanto que pareciera que inician un nuevo género, común a unos cuantos escritores de varias nacionalidades cuyo otro rasgo común sería la celebración de su amistad, en uno de ellos, “La lucha con el Ángel”, Pitol cuenta una tarde de su vida en Varsovia, en la que aparece plena y terrible su lucha entre la dedicación al trabajo, la traducción de “Tatarak”, un cuento de Iwaszkiewicz, y la corrección de su libro Los climas, con sus demonios que lo quieren llevar a la calle, a vivir la noche.

El propio Pitol habla de esa lucha y recurre a una novela corta de Thomas Mann para decirnos que ese conflicto que le aqueja con violencia lo han sufrido otros: el oscuro desgarramiento que aquejó a Tonio Kröger, el combate entre la tentación del mundo y la soledad indispensable al proceso de creación. Es decir, la apetencia del mundo y al mismo tiempo su rechazo. 

Pitol, en aquella tarde en Varsovia, solo en su habitación del último piso del hotel Bristol, trabaja, traduce, consulta el diccionario (un traductor es un hombre rodeado de diccionarios dijo Octavio Paz). De pronto, se detiene, se prepara un café. Mira por la ventana. Mejor aún, se fuga por la ventana: el espectáculo de la calle y el jardín era atractivo e inquietante. Mira a la gente que pasea y se sienta en un banco, mira a un grupo de muchachas, luego a unos muchachos e imagina historias, crea una aventura y una pareja fugaz en su imaginación. 

Afuera, en la calle, está la vida y él tiene que traducir, revisar su libro. El conflicto florece en toda su potencia: hacer una obra o vivir la vida. Trabajar toda la noche o salir, ir al teatro, a una fiesta, recorrer bares y sitios, salir a vivir la noche. 

El propio Thomas Mann, tan caro a Pitol, imaginó una noche de Schiller en “Hora difícil”, un relato en el que el gran poeta, enfermo, con frío, con la cabeza revuelta, duda de su talento, de la calidad de su trabajo, en un tormento que algo tiene de vanidad y reflexión profunda sobre el sentido y alcance de sus desvelos.

Schiller, según Mann, en una lucha consigo mismo, termina por despreciar el cansancio, el dolor y pone el cuerpo y el alma en su poema: el talento es una insatisfacción cuya habilidad no se crea ni se incrementa más que a fuerza de tormento. Más todavía: para los más grandes, para los más insatisfechos, el propio talento es el más doloroso de los látigos… Es necesario trabajar. ¡Trabajar! Hasta que llegue la luz del nuevo día, hasta concluir la obra continuar, seguir adelante, no desfallecer: la obra es hija del sufrimiento.

Muchos años después, cuando ya era Premio Cervantes y un hombre mayor, cuando ya había escrito casi toda su obra como autor y traductor, Sergio Pitol seguía preocupado por la dedicación a su trabajo.

Una tarde, en su casa de Xalapa, me explicó su manera de ganar tiempo. En una pequeña agenda, en donde otros anotan citas y cosas cotidianas por hacer, él llevaba el registro de las horas que trabajaba por día, según una cuota y un plan draconiano. Con frecuencia, trabajaba de más, de manera que tenía un superávit de muchas horas. Así y sólo así podía regalarse horas de distracción y aun días de descanso.

La constancia y dedicación de Sergio Pitol son dos de los atributos mayores de su talento. Y a sus novelas, cuentos y ensayos, y esos textos de mixtura que para algunos son lo mejor de su obra porque su talento alcanza una libertad de expresión que no es común en los géneros cerrados, debemos agregar los libros traducidos y de ninguna manera desdeñarlos o ponerlos en un cajón aparte.

Sergio Pitol ha sido tan escritor y tan creativo en sus relatos como en sus traducciones, y las novelas que ha traducido con fortuna son tan suyas como del autor. Traducir es un acto generoso, un gesto de humildad, un reconocimiento por el trabajo de otro que obliga a estar a la altura de lo mejor de uno mismo.

Un traductor es alguien que se desvela, que desdeña vivir la noche, por seguir una a una, con paciencia y sabiduría, con intuición poética, con conocimiento filológico, las palabras que otro ha fijado en otra lengua. Por tanto, traducir, imaginar en la propia lengua lo que otros han hecho en lenguas extranjeras, es un acto de recreación muy cercano al acto de creación original y un ejercicio fascinante.

Un traductor es un amigo de otros autores, de otras palabras, un descubridor de mundos, un soldado al servicio de la literatura. Sergio Pitol ha ejercido el arte de la traducción con la nobleza de un apostolado y el goce de una vocación. Ha hecho de la traducción su segundo oficio, el otro lado de la moneda de su trabajo literario.

Las páginas traducidas por Sergio Pitol deben ser varias veces más numerosas que sus páginas de creación, pero no hay nada que lamentar. En esa colección impresionante, que ha vertido amorosamente, con impecable certeza y precisión, con cuidado y mesura y buena fortuna, también está el escritor Sergio Pitol presente de cuerpo entero.

Pitol puede jactarse de haber traducido, de sus lenguas originales a un español límpido, a un puñado de autores indispensables como Chéjov, Austen, Lowry, Graves, Conrad, entre otros. Bastaría uno sólo de esos títulos, Las puertas del paraíso, de Jerzy Andrzejewski, para que Pitol merezca nuestro reconocimiento. Ha puesto a nuestro alcance, y de qué manera, libros que de otro modo nos serían inaccesibles.

Que a nadie le sorprenda que un nuevo premio literario, uno que celebra la trayectoria de autores destacados en el arte de traducir, lleve el nombre de Sergio Pitol.

12 de abril de 2009

Navegar o escribir es necesario

La Odisea es tal vez la más antigua y célebre de las historias del mar y de sus hombres, esos intrépidos marinos que son los grandes héroes de cierta literatura de aventuras. Homero, Defoe, Conrad, Melville, Stevenson, Salgari, Verne, nos han hecho soñar con el mar, con los barcos, con travesías impensables y aventuras de novela, con tesoros, piratas, naufragios, islas misteriosas, animales y seres fantásticos.

Para los lectores de tierra adentro las novelas náuticas eran el resquicio por el que se llegaba a cubierta y se escudriñaba con un catalejo imaginario desde un puente también inexistente el horizonte. Navegar es necesario, vivir no lo es, decía Pompeyo, y su sentencia es norma no sólo para marinos, sino también para los entusiastas de un género que no los ha abandonado a pesar de dejar atrás la primera o la segunda juventud.

Para algunos de ellos, Patrick O'Brian es el célebre autor de algunas de las mejores novelas náuticas británicas, que ya es decir, en las que se celebra con toda la flema y romanticismo que el tema merece las glorias y hazañas de una armada imperial. La precisión de las descripciones de las maniobras de los barcos, de los marineros haciendo nudos, izando y arriando velas, era modelo literario y alarde técnico que sólo podía realizar un viejo lobo de mar, un héroe al servicio de su majestad.

Al menos eso pensaban marinos y lectores, pero ahora, una biografía viene a decir que Patrick O'Brian se llamaba en realidad Richard Patrick Russ, que era un impostor, que jamás navegó ni fue admitido en la Royal Navy, que no sabía hacer nudos marineros, que se inventó un pasado glorioso que nunca tuvo.

La biografía puede decir la verdad, pero no le quita mérito a las hazañas literarias de O'Brian, aun antes las mejoran. Para algunos O'Brian es un impostor, pero la literatura no es la vida, tampoco la autobiografía del que escribe, acaso lo sea en un sentido aristotélico y esa falsa autobiografía narraría la vida que debió ser o podría haber sido o la que le hubiera gustado vivir al autor.

O'Brian navegó aunque nunca haya navegado, fue un marino literario al que algunos almirantes leen con una mezcla de admiración, envidia y asombro. Sí, navegar o escribir es necesario.