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20 de noviembre de 2016

El acecho de los recuerdos

"No abro los cajones por no encontrar recuerdos", dice Joan Manuel Serrat en una pequeña canción, inolvidable desde hace muchos años para los heridos de nostalgia y recuerdos, para los que guardan objetos en los cajones, con los que podía armarse, en un rompecabezas imposible, una biografía material de alguien, un compendio de vida que nada tiene que ver con lo que dicen los currículum ni los perfiles ni las notas biográficas.

Uno está en los objetos que atesora, en los que guarda en los cajones o pone en una repisa. En los libros que lee y procura, en la música que escucha. Y el que lleva una vida ascética, o franciscana, la notable escasez de objetos no será menos reveladora: entre menos haya, más entrañables o trascendentes. La ausencia y el silencio también son significativos e incluso elocuentes.

Bastaría un examen atento de las fotografías, los cuadernos, los tesoros familiares heredados para hacernos una idea de quién es su poseedor, para imaginar una historia en la que la fantasía no se aleje demasiado de los sucesos de una vida.

Guardar objetos, adornos, a veces centenarios, porque es imposible desprenderse de ellos, por lo que representan, suele ser tarea de melancólicos y sentimentales. Creo que nada censurable hay en ello, el riesgo son las estocadas de la memoria y los secretos y verdades ocultas en los objetos.

No me refiero a un coleccionista, a alguien que busca conformar una colección única y preciosa, hecha a su gusto, semejanza y poder adquisitivo. No. Me refiero al que tiene un abrecartas del abuelo, un álbum de fotos de parientes que no conoció y que no piensa ni remotamente deshacerse de ellos.

Conozco alguien que conserva intacto en un baúl el ajuar de su abuela, el vestido de novia, el velo, los zapatos, la ropa destinada a la noche de bodas, y los frascos con afeites y objetos de belleza guardados en un neceser.

Yo guardo una serie de objetos tan dispares que tal vez un escritor con el talento de Georges Perec haría una nouvelle. Caleidoscopios italianos de lujo y otros hechos por artesanos, postales viejas que ya no podría explicar de dónde salieron, libros tan antiguos que ya es imposible leerlos, un frasco de vidrio repleto de viejas monedas de cobre de veinte centavos. Conservo un pequeño trozo rectangular del Alcázar de Sevilla que mi abuelo de haber recogido del suelo hace un siglo.

En esta tarde de domingo, abro un cajón en busca de papeles que sospecho que no aparecerán por ningún lado, y de una carpeta se ha caído una tarjeta muy blanca, de papel muy fino, que un amigo mío, al que ya no frecuento, me trajo hace años de París. Entonces escribía sus primeros relatos y, deslumbrado por Madame Bovary, declaraba sin rubor que Flaubert era dios.

La tarjeta, con una bellísima composición tipográfica dice: Tout le talent d'écrire ne consiste aprés tout que dans le choix des mots. Al pie, con tinta verde, aparece el autógrafo del autor de la frase, tomada de su Correspondance: Gustave Flaubert.

El reencuentro estimula la memoria. Nadie necesita una máquina del tiempo si cultiva sus recuerdos. Por un instante se aniquila el tiempo. Guardar objetos tiene un precio alto para los proclives a la nostalgia. Por un instante recordé a mi amigo perdido, y al que fui cuando escribíamos nuestros primeros relatos. Serrat sabe bien lo que canta. Hay que tener mucho cuidado al abrir los cajones. En cada uno nos acechan los recuerdos.

8 de noviembre de 2016

Un pequeño argumento

Encuentro en la sección de crónicas o sucesos un hecho irrelevante que me ha devuelto a mí mismo, al que fui hace muchos años. Proust lo sabía. Lo supo antes y mejor que nadie.

Es asombroso el poder evocador del sabor de una magdalena, o de una fruta. Pero también algunos olores, una vieja canción, ciertas palabras, algunos hábitos abandonados, un viejo cuaderno de escritura. Todo eso, como un juguete de la infancia, pueden devolvernos como un latigazo a un momento de vida que teníamos rotundamente olvidado.

Decía la crónica que una mujer de Portland, Oregon (¿en qué otro país esto sería esto una noticia y se publicaría y le daría la vuelta al mundo si no en los Estados Unidos?), robó involuntariamente un coche. Por error, se llevó uno igual al de una amiga que le había pedido el favor de recogerlo.

La mujer, que difícilmente podría ser con justicia llamada ladrona, en cuanto se dio cuenta de su error, tal vez muerta de miedo, regresó el coche al lugar donde lo encontró, dejó una nota de disculpa y dinero para compensar la gasolina que había gastado.

El periódico dice que el marido de la despojada miró esa noche por la ventana cómo el coche robado (como un perrito extraviado que vuelve a su hogar) regresaba y era estacionado a la puerta de su casa.

La crónica ofrece otros detalles, pero sólo uno es relevante: un oficial de policía dijo que las llaves de ese modelo de coche son intercambiables, lo que explicaría lo fácil que le fue a la ladrona llevarse un coche equivocado.

La historia no es relevante ni tiene mucha gracia. Es casi un comentario, una anécdota que pasa y se olvida, y sin embargo para mí fue un chicotazo de vuelta del olvido. El centro del relato es el argumento del primer cuento que escribí.

El personaje, ahora lo recuerdo, se llamaba Luis, y una noche se sube a un coche que no es el suyo. Pronto descubre su error: uno conoce su propio coche. Mira con atención y encuentra documentos, un pasaporte, dinero. Insatisfecho con su vida, sabe que pronto lo buscarán. Decide huir y cambiar de identidad.

Este relato, tan adolescente, ha vuelto a mí con la emoción íntegra y heroica con la que sólo se puede escribir el primer cuento. Me he sentido de pronto, mientras leía la crónica, como se sentía Luis al huir en un coche robado. En realidad, como me sentía yo mismo al escribirlo e imaginar lo que sentiría el personaje o alguien que jamás se hubiera llevado un coche robado.

El relato era muy malo, por supuesto. Y por fortuna no se publicó. Y espero que haya desaparecido del todo, que el fuego acabara con él y con los otros cuentos como ése que escribí luego en un cuaderno.

Todo esto no le interesa a nadie, por supuesto. Y la verdad es que a mí tampoco, salvo por el asombro de leer en un periódico como un hecho un pequeño argumento que imaginé hace muchos años, y con el que escribí mi primer cuento.

A veces, sucede lo que imaginamos. Otras, creemos imaginar lo que sucede. La Historia y la memoria se entretejen, las une el azar, el tiempo y el destiempo. Con frecuencia creemos que imaginamos o inventamos algo sin darnos cuenta de que se trata de un recuerdo deformado.