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28 de diciembre de 2015

Reconciliación: los patrimonios de México

El doctor José Escalante de la Hidalga ha escrito un recorrido por las ciudades, monumentos, edificios, sitios arqueológicos y bienes naturales mexicanos declarados por su belleza o singularidad como patrimonio de la humanidad por la Unesco. Sintiendo los patrimonios de México algo tiene de libro de viajes, de guía turística, pero sobre todo de celebración y testimonio de un viajero enamorado de su país.

México, es el sexto país en el mundo con más sitios declarados patrimonio de la humanidad, y es el país de América con el mayor número de distinciones. Y no hay ninguna razón para que esa lista no crezca año con año. Este país de culturas originarias, algunas de ellas de varios milenios de antigüedad, que supo encontrar su identidad en una mezcla de civilizaciones, con una biodiversidad privilegiada, posee lugares magníficos y asombrosos y reservas naturales que reclaman nuestra atención.

En noviembre de 2014, el doctor Escalante se propuso visitar cada uno de esos bienes declarados patrimonio de la humanidad. El objetivo era recorrer el país, de la península de Baja California a la de Yucatán, teniendo como brújula la lista de los reconocimientos de la Unesco. No se trataba de recorrer lo mejor de México, ni de atender gustos o preferencias personales, sino seguir los pasos de esos expertos internacionales y encontrar las razones por las que habían quedado cautivados por esos rincones de México.

Su empresa me parece admirable. La anima la misma curiosidad y el mismo impulso que motivó a los grandes viajeros y descubridores. Es el mismo que impulsó a Heródoto a salir de casa para ver el mundo y volver para contar lo que había encontrado; y es también esa curiosidad la que llevó por el mundo a Ryszard Kapuściński, el periodista y ensayista polaco, que empezó a viajar para saber qué había más allá de la frontera. El doctor Escalante, que ha viajado por el mundo, se propuso ahora hacer el viaje inverso: descubrir el mundo y sus maravillas sin cruzar las fronteras nacionales.

(Y su empeño no termina: en octubre de 2016 visitó el archipiélago de Revillagigedo, en el océano Pacífico, recién elegido por la Unesco. Y que nadie dude de que seguirá visitando los sitios que se incorporen a esa lista. No es demasiado aventurado imaginar que algún día será algo así como asesor de la Unesco y señalará dónde mirar, dónde buscar, y por qué deben ser distinguidos como patrimonio de la humanidad otros sitios y lugares de México.)

En un año justo, el doctor Escalante da cuenta de su periplo, nos entrega los resultados de su itinerario, peregrino en su patria, para decirlo con Lope de Vega, con un libro. Sintiendo los patrimonios de México fue escrito con urgencia, entre las etapas de su aventura, en aeropuertos y habitaciones de hoteles, en los trayectos, en la oficina y, cuando paraba un poco, en su casa. El resultado es un libro urgente para dar prueba y testimonio de lo hallado, con textos que son noticias para viajeros y relatos dulces para los sedentarios, ilustrado con setecientas de las miles de fotografías que el autor también hizo mientras tomaba notas y gozaba sus hallazgos.

Este no es un libro de imaginación, pero sí imaginado. No es tampoco uno de recuerdos, pero hay muchos. No es el diario de un viaje, pero tiene apuntes y páginas que podrían serlo. No es una guía, pero podría ser útil como tal. Es todo eso y la crónica de un encuentro, de un descubrimiento y un reconocimiento. Es la expresión de un espíritu inquieto, maravillado y agradecido con su país.

Esa es una de las claves del libro: el México que surge de la mirada del doctor Escalante es tan intenso y puro, tan limpio y profundo que pareciera que lo ha imaginado. Su visión ha encontrado un país extraordinario porque lo ha visto con una mirada limpia y generosa. El viajero imagina un México maravilloso que coincide con el país que ha visitado. Este libro coincide con la épica y la visión prístina con la que Ramón López Velarde cantara la Suave Patria.

La literatura desemboca en la realidad: la historia, el pasado, la cultura, el paisaje. Todo cabe en sus páginas: el recuerdo de las enseñanzas del padre del autor y su sutil pedagogía para enseñarle al hijo la historia de su país, la anécdota personal, el comentario histórico o zoológico, la referencia urbana, arquitectónica. El goce callejero, la alegría de saborear los antojitos, el goce de recorrer las calles de un lugar mágico, el placer de estar ahí, en el momento justo en que la fiesta popular se desborda por las calles.

Al doctor Escalante (nos lo dicen sus palabras, lo confirma su mirada) todo le gusta, todo lo alegra, todo le encanta, todo lo asombra. Goza y celebra junto a la ventana de una habitación de un hotel una puesta de sol espectacular, la lluvia suave que lo refresca en la selva, el arcoíris que le indica el camino de vuelta. 

Para él todo tiene un significado, un valor estimulante. Le gusta salir a caminar, ser uno más en la plaza pública, en la heladería o en un café de la provincia. Conversar con la gente, gozar de sus costumbres, su trato, su habla y vestido particular. Disfruta la comida popular, la de los mercados, la callejera y la de los chefs de los restaurantes de los hoteles con muchas estrellas. Le gustan las ciudades y los pueblos, las playas y los desiertos, los valles, las selvas, las islas y las montañas.

Visita entusiasmado una misión franciscana o un templo o un acueducto, lo mismo que se abre paso como puede para ir a ver una cueva de difícil acceso con pinturas rupestres. Le gusta la música que le salta al oído, se admira ante un sitio arqueológico y con la fauna de una reserva natural. Va y viene, sube y baja, entra y sale, prueba y degusta, disfruta y goza. 

Si está en Tlacotalpan bebe encantado un torito, en Guadalajara toma tequila y en Oaxaca un mezcal. En cada rincón pide los platos locales, busca el lado amable de cada cosa como el fotógrafo que busca el mejor ángulo. Todo lo mira como si acabara de llegar de otro mundo, como si fuera un encantamiento. A todo le encuentra sentido y gozo, busca la razón de ser de las cosas, y es capaz de encontrar belleza y nobleza en cualquier sitio y situación.

Esto es una lección de vida, de actitud, de admirable relación con el país. Y una de las grandes virtudes del libro. Le ha tomado el pulso a su país desde la historia, la arquitectura, la geografía, la cultura popular, la alta cultura, su gente, con las múltiples formas de ser y estar en México, mosaico de pueblos y culturas, y se ha sorprendido a sí mismo. 

El doctor Escalante nos invita a ver a México con nuevos ojos, con la mirada abierta a lo mejor de cada día en cada lugar. El doctor Escalante nos invita a un pacto, a ser generosos con nuestra tierra. Nos propone una conciliación con un país convulsionado al que algunos vituperan y violentan. Nos propone una reconciliación con México y, de fondo, con nosotros mismos.

En la medida en que con generosa tolerancia mejor comprendamos al país, su geografía y su historia, y digamos como el poeta zacatecano: la patria es impecable y diamantina, alcanzaremos la más alta forma del conocimiento. Para decirlo con Píndaro: entre más conozcamos y respetemos a México, nos conoceremos a nosotros mismos. No hay fórmulas ni atajos. El doctor Escalante, como aquellos viajeros y descubridores, nos da su testimonio, comparte su tesoro, la crónica de su búsqueda, y nos dice qué encontró en el camino. Y no ha sido poco.


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Texto para la presentación de la segunda edición de Sintiendo los patrimonios de México, de José Escalante de la Hidalga.

14 de noviembre de 2012

El México de Le Clézio

Es un hombre alto, erguido, rubio, con el cabello muy corto, de rostro anguloso y gesto adusto en el que aparece y se esfuma en seguida una sonrisa. Su aspecto es distinguido y juvenil a sus setenta años, su trato cortés, sus movimientos suaves, serenos. Aun así, no es difícil adivinar su timidez, se nota que le pesa sobrellevar la celebridad.

Se llama Jean-Marie Gustave Le Clézio, obtuvo en 2008 el premio Nobel de Literatura (al que le resta importancia: «todos los premios son iguales») y es digno de reconocimiento al menos por otros dos hechos notables, al margen de su literatura: ha escrito sobre los pueblos y culturas originarios de México y su historia con una mirada singular y atenta, por lo que es una pena que entre nosotros sea tan mal conocido y menos leído. El segundo hecho es un hallazgo invaluable: he descubierto que es el escritor menos engreído y vanidoso del mundo.

Lejos de hablar de sí mismo y de su obra, a Le Clézio le gusta hablar de las lenguas minoritarias y del peligro de que desaparezcan, en cualquier parte del mundo («no sólo en México, en Bretaña, en Francia, también hay lenguas que se están muriendo»).

Dice con absoluta claridad, ya sea en francés o en inglés o en español, que sin educación no hay futuro (y ésta debe ser bilingüe o trilingüe) y que cada ser humano con su cultura, su condición particular e individual, acarrea un beneficio para su comunidad, la enriquece, por lo tanto debe ser respetado en su identidad, en su forma de hablar, en sus lenguas, sus culturas. Está convencido de que es necesario favorecer las relaciones interculturales porque la multiculturalidad no es suficiente, no basta que las culturas vivan una junto a la otra, es necesaria la comunicación y el intercambio, el diálogo entre las culturas.

Le Clézio es un escritor y viajero asombrado por el mundo, abierto a las culturas y geografías, interesado en los pueblos y sus conflictos, sus cambios, sus pérdidas. Nació en Niza, Francia, en 1940, hijo de un médico inglés y de una bretona.

Pasó parte de su infancia en África (El africano es un libro de memorias de la infancia tan bello e intenso como breve), se educó en Inglaterra y Francia y luego se marchó a la isla Mauricio (además de la francesa tiene la nacionalidad mauriciana), a la que había emigrado en el siglo XVIII una rama de su familia.

El gobierno francés lo envió a Tailandia, pero fue expulsado de allí por denunciar la prostitución infantil. Entonces lo mandaron a trabajar en el Instituto Francés de América Latina en la ciudad de México. Ese día cambió su vida. Si su primer contacto fue accidental, quedarse muchos años fue su elección. Para conocer el país empezó por leer las crónicas de Bernal Díaz del Castillo y recorrerlo de punta a punta.

«Todavía no acabo de conocer a México, para mí es un país misterioso que tiene tantas formas, caras, idiomas y maneras de pensar. Es el país de la aventura total» Vivió algunos años en Michoacán, aprendió lenguas e historia con la tutela del notable historiador Luis González y González. Luego se marchó a otros países, pero no deja de regresar a México, vuelve sigiloso y con el asombro intacto.

Le Clézio es uno más de los escritores franceses que han venido a México. Una lista intensa más que exhaustiva da cuenta de la fascinación que un país como un surtidor de culturas puede animar en espíritus inquietos: André Breton, Antonin Artaud, Benjamin Péret, André Pieyre de Mandiargues, Serge Gruzinski, Philippe Ollé-Laprune o Jean Meyer (gran amigo de Le Clézio), también estuvieron o aún están aquí y han escrito sobre este país.

No son pocas las páginas que J. M. G. Le Clézio (así firma) ha dedicado a México, la identidad amerindia, las marcadas etapas de nuestra historia. Dos títulos entre otros: La conquista divina de Michoacán y El sueño mexicano o el pensamiento interrumpido (Fondo de Cultura Económica),  y trabaja en un ensayo sobre tres escritores fundamentales para él: Sor Juana Inés de la Cruz, Luis González y González y Juan Rulfo, al que considera el mejor novelista del siglo XX.

Lo veo como a un amigo, y no me refiero a esa palabra con intención amable con que se saluda al turista extranjero, no a la expresión correcta y diplomática, me refiero al que vive y busca disolverse como uno más entre nosotros, al que se interese por nuestra historia.

«No soy un historiador, soy un novelista, no sirvo para otra cosa», dice, pero conoce bien el vínculo estrecho que hay entre la imaginación literaria y la verdad histórica: no puede concebir al mundo sin Historia ni historias, en especial porque los escritores son parte verdadera de la dimensión humana: no inventan, su tarea es relatar todo lo que han percibido: «El escritor es un testigo, un contador y, a veces, un mentiroso...

»Al encontrar la historia en México, hallé una dimensión que no existe en Europa: en México la historia está viva, se percibe como un elemento vivo y dinámico todos los días. Ser historiador en México significa algo totalmente diferente a serlo en Europa: donde la historia es algo distante, es una ciencia. En México, la historia tiene mucho más que ver con la fe o con el ser profundo de los seres humanos». Sí, para vernos en un ligero escorzo, al margen de su otra literatura, es necesario leer a Le Clézio.

15 de mayo de 2012

Carlos Fuentes

Fiel a sí mismo, se pintaba de cuerpo entero en cada novela, en cada cuento, en cada artículo y en cada ensayo, en cada conferencia, en cada opinión que publicaban los revistas y los diarios. Pareciera que siempre fue el mismo, el que desde siempre lo había visto todo y lo había leído todo y viajado por todas partes. 

Lo sabía todo y desde siempre se entrevistaba con jefes de Estado y artistas, con estrellas de Hollywood y líderes sociales. Era el mexicano universal, el hombre de letras y de mundo, el escritor y intelectual cosmopolita. 

Desde siempre, sus juicios y comentarios fueron lúcidos, inteligentes, provocadores, con frecuencia incómodos. Tardé muchos años en reconocer su maestría y las virtudes de su prosa. Sus libros, por ese estilo cortado, a veces rudo, directo, señalaban un camino en la estética y el lenguaje que no es el mío. Desdeñar su literatura fue una moda y un gesto tan común que darlo por leído sin leerlo, que juzgarlo a priori era la conclusión y el último argumento. 

Sin embargo, libro a libro, poco a poco, aprendí a comprender su mirada lúcida sobre México. Poco a poco, con los años y las lecturas, aprendí a leerlo y escucharlo con respeto. Hace muchos años, el día que le extendí mi ejemplar de Terra nostra para que lo firmara (en realidad entonces no era mío sino de mi padre) me dijo: "Ya lo leíste". Me miró y antes de que yo respondiera me dijo: "Sé que vas a hacerlo".  

Al puñado de libros que sobrevivirán a la devastación del tiempo, sumo su lección intelectual, su integridad, su ejemplar dedicación a su oficio y su voluntad de sobreponerse a los infortunios de su vida. Ya no podré dejar de leerlo y esta noche empezaré de nuevo Terra nostra. 

Cuando abra el libro y haga mías sus palabras, la gran lección humanista de su novela majestuosa, me preguntaré, incrédulo: ¿es cierto que hoy ha muerto? No, me diré, aquí están sus libros; como todos los grandes, Carlos Fuentes no ha muerto.