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8 de abril de 2014

La novela es de quien la escribe

La autora danesa Janne Teller ha escrito Ven (Seix Barral), novela en la que, antes que sus méritos literarios, destaca el dilema moral que plantea. Un editor está a punto de publicar un libro, en realidad un producto editorial del que espera grandes ventas. El libro será un escándalo, un best-seller con enormes repercusiones. Una amiga del editor va hasta su despacho en la editorial y le pide que no publique ese libro por una razón tan simple como poderosa: ese libro cuenta su historia. 

Entonces el editor duda. Entra en conflicto en una larga noche de reflexión. Él dirige una empresa, se dice, y las ventas son las ventas. Su trabajo consiste en velar por los intereses de los accionistas. Algunos libros… perdón, algunos productos son mejores que otros, y los que más venden son los mejores. Cuando era joven, recuerda, sabía lo que era buena literatura, y admite que amaba a Proust. Ahora ni siquiera se atreve a valorar los libros.

Pero ella tiene sus razones. Le ha dicho que mientras trabajaba para la ONU en el proceso de paz de Morenzao sufrió una agresión brutal, masiva, en un contexto sociopolítico muy delicado y que ella ha decidido no hacerla nunca pública. El editor se pregunta si puede publicar un libro sobre una mujer danesa que mientras trabajaba para la ONU en proceso de paz de Morenzao sufre una agresión brutal, masiva, en un contexto sociopolítico muy delicado.

El editor escribe: «No corresponde a la editorial asumir la responsabilidad ética que tiene el autor. La responsabilidad del editor sólo consiste en advertirle… pero es únicamente responsabilidad del autor el decidir publicar algo que puede resultar ofensivo para alguien.» Además: «La ficción no es la realidad. Y por tanto un texto novelado no puede ser juzgado con los mismos criterios éticos que rigen los demás ámbitos de la vida.»

El que debe juzgar es el lector o el mercado. Si gusta el libro o no el editor está exento de toda responsabilidad, dice el editor. Entonces, se pregunta, ¿en quién recae la responsabilidad? «Una historia no tiene dueño», le dice el editor a su amiga. Y falta algo más: fue ella, la amiga del editor, la mujer agredida, la que contó su propia historia a un escritor. Él vio una historia de la que podría hacer una novela. Y la escribió.

El diario El Tiempo, de Bogotá, publicó el 29 de noviembre de 2011 que un tribunal de Barranquilla había fallado en segunda instancia a favor de Gabriel García Márquez ante la demanda de Miguel Reyes, cuya historia es la fuente de Crónica de una muerte anunciada.

Miguel Reyes se casó con Margarita Chica el 21 de enero de 1951 en un pueblo al norte de Colombia. La noche de bodas devolvió a su mujer a casa de sus padres porque no era virgen. Margarita admitió que había tenido amores con un vecino. Los hermanos de Margarita asesinaron al vecino para «limpiar el honor» de la familia.

Los hechos eran conocidos de todo el mundo, estaban en la «memoria colectiva del pueblo», pero fue García Márquez quien comprendió las posibilidades literarias de esa historia y escribió una obra maestra absoluta. Mejor: hizo de esa historia una obra maestra porque supo contarla impecablemente. El genio y el talento son atributos del novelista, no de las historias que escribe, por singulares y asombrosas que sean.

García Márquez tuvo la decencia de cambiar los nombres de los protagonistas, de modificar la historia, de inventar pasajes de la trama y se dio el lujo de incluir entre los personajes a algunos parientes suyos. (Aparece Luisa Santiaga, nombre de la madre del novelista.) Pero Reyes vio la posibilidad de «salvar su honor» o de enriquecerse a costa del talento ajeno, y pidió ante la justicia el cincuenta por ciento de las ganancias obtenidas por el libro en todo el mundo. Dijo: «El verdadero Bayardo San Román [el personaje de la novela que devolvió a la esposa] soy yo.» En mayo de 2010 un juez dictó sentencia a favor de García Márquez. Reyes apeló y la justicia falló, en segunda instancia, de nuevo a favor del novelista.

«Cientos de obras literarias, artísticas y cinematográficas han tenido como historia central hechos de la vida real, siendo adaptados a la perspectiva de su creador», señaló el tribunal. El abogado de García Márquez dijo que los argumentos de Miguel Reyes fueron desvirtuados porque el objeto del arte «no es el hecho de la vida real, sino la forma como se presenta y porque la violación de la privacidad no fue responsabilidad del escritor, que puso el nombre de “Bayardo San Román” en la historia, sino del propio Reyes, al decir que a él le había ocurrido ese caso. Es como si una mujer que posa para un pintor exigiera luego la mitad de los derechos de autor. Ella es propietaria de su cuerpo, pero la obra, como tal, es del pintor.»

La idea de la pintura también la menciona Janne Teller en boca del editor, su personaje: «Los escritores, y todos los artistas, han utilizado desde siempre el material al alcance de su mano. Lo han expuesto al daño de las miradas, diría alguien, pero tratándose de arte no puede considerarse que sea un daño. Fijémonos por ejemplo en las reveladoras pinturas de Picasso sobre sus mujeres. ¿No le produce satisfacción a Dora Maar ser exhibida en Mujeres llorosas? ¿No seríamos más pobres sin esas pinturas? Tomemos también En busca del tiempo perdido, El gran Gatsby, Los Buddenbrook.

»Quizá ser escritor, en sí mismo, consista en establecer un pacto fáustico. Vender el alma para poder engendrar algo singular y grande. Porque, ¿de dónde surge la idea para una obra? ¿De dónde nace la ficción si no es de la realidad circundante?»

García Márquez explicó las claves de su arte: «Puedo demostrar que, salvo el simple mecanismo del drama, todo el contexto es totalmente falso, inventado por mí. La identidad de los personajes es falsa. Los caracteres de los personajes son falsos, salvo los de mi familia, que yo quise que fueran auténticos, y todos los episodios que estaban alrededor del drama mismo obedecen a una técnica primordial del arte de novelar, que es tomar de la vida real solamente los elementos que a uno le interesan desde el punto de vista dramático y humano, y volver a armarlos en el libro como a uno le parece.»

Y pareciera que Janne Teller aprendió del novelista colombiano. «Cuando las historias son privadas y ha sido explicadas por personas que no podían saber que serían usadas en un libro, el autor debe convertirlas en anónimas. Asegurarse de que será imposible identificarlas en la esfera de lo real… Distorsionar el espejo para penetrar más allá de la mera superficie. Hacer universal lo personal… U obtener permiso…»

Las ideas no pueden registrarse, no tienen creador ni autor ni dueño, y el «préstamo» o el «robo» dependerá en cómo se plasme. Otra cosa es el llamado plagio, el tomar una a una las piezas y momentos de la trama, apoderarse indebidamente (sin citar) una a una de las palabras que otro ha escrito, esa vileza que practica un tal Bryce Echenique, entre otros ladronzuelos. Pero la manera de ejecutar una obra, eso no se puede tomar de otro. Lo dice Teller así: «La plasmación de una idea no se puede robar.»

Me parece que fue el gran cervantista y medievalista Martín de Riquer, tan sabio como era, el que dijo que cuando alguien toma una idea o una trama de otro (o la escucha en las mesas de los cafés y en las calles en boca de todos, o está en un libro mal escrita, por debajo de sus posibilidades), y escribe una obra superior o maestra con esa idea o esa trama, no ha cometido un plagio ni un robo sino un asesinato: le ha demostrado al primer redactor lo que podría haber hecho si tuviera talento.

«La tierra es de quien la trabaja» proclamó Emiliano Zapata. Janne Teller, Gabriel García Márquez y la justicia colombiana nos dicen que no es relevante la fuente o la idea de una novela; lo que importa es la forma en que se plasma, en que se erige en obra literaria, y ésta es de quien la escribe.

9 de junio de 2012

Carlos Fuentes: el sediento escritor del absoluto


Carlos Fuentes fue un hombre de diversos talentos. No es difícil imaginar que pudo haber sido director de cine o estadista, pero su mirada lúcida y clara, su visión penetrante de la realidad, lo llevó a la literatura y la crítica, a cultivar con soltura el artículo político, a impartir con autoridad conferencias magistrales. A celebrar la cultura como una fiesta y a fundirla con la vida misma.

La capacidad de mirar de manera singular y personal la realidad es el mayor atributo de un artista, y Fuentes supo darle a la realidad para enriquecerla un mundo imaginario que no podría ser sino de palabras. Por ello su verdadera vocación fue la literatura, no la que se agota mientras se desenreda la trama, sino la que se da de bofetadas con la realidad para fundirse con ella, que es la mayor aspiración de un novelista.

 Fuentes dijo que “la literatura es una herida por donde mana el indispensable divorcio entre las palabras y las cosas. Toda la sangre se nos puede ir por ese hoyo"; sabía bien lo que decía. No ha habido entre nosotros un escritor más sediento de absoluto (para decirlo con Cortázar, tan cercano a Fuentes); no hubo en el siglo XX mexicano un novelista con mayores pretensiones. Pagó el precio de su osadía, y tuvo su justa recompensa.

Cuando la imaginación se funde con la realidad, la historia y el sueño por el prodigio de la ficción en manos de un novelista de enorme talento, la obra deslumbra y se fija para desafiar a las siguientes generaciones a través de l tiempo. Carlos Fuentes lo logró, está claro que no en todas sus novelas, pero en sí en algunas de ellas, en algunos relatos, en ciertos ensayos, en esas páginas que hace tiempo empezaron a fundirse con la tradición y el gusto literario y que no dejaran de tener buenos lectores.

Carlos Fuentes fue un escritor de tiempo completo, con una formidable capacidad de trabajo y una disciplina asombrosa, pero no vivió en la literatura, como tantos otros. Fue uno de los autores más literarios pero no se quedó a vivir en su casa de palabras. Carlos Fuentes vivió con intensidad: fue mundano, viajero y cosmopolita, amigo de  la belleza y los placeres; asombraba su seguridad en sí mismo, su agilidad mental, su memoria, su inmensa cultura, su capacidad para comprender e interpretar la importancia de un libro, un autor, una tesis, para aproximarse con acierto a la realidad histórica y cultural, en particular de México y de Hispanoamérica.

Era capaz de expresar en media página y a veces con una oración una respuesta a una gran pregunta, de revelar a partir de una anécdota sin aparente importancia una idea que abría de par en par las puertas a una explicación cultural, una tesis de impecable coherencia histórica: “Hace algún tiempo viajaba por el Estado de Morelos, en el centro de México, tratando de hallar el lugar de nacimiento de Emiliano Zapata, la aldea de Anenecuilco. Me detuve para preguntar a un campesino a qué distancia se encontraba aquella aldea. Me respondió: ‘Si hubiese partido usted al despuntar el alba, estaría ahora allí’. Este hombre poseía un reloj interno que marcaba su propio tiempo y el de su cultura. Pues los relojes de todos los hombres y mujeres de todas las civilizaciones, no están puestos a la misma hora. Una de las maravillas de nuestro mundo amenazado consiste en la variedad de sus experiencias, memorias y ansias. Todo intento de imponer políticas uniformes a esta diversidad es como un preludio a la muerte".

Carlos Fuentes fue contemporáneo, en su reloj interno, en su tiempo y en su cultura, de algunos momentos decisivos en la historia y la cultura de México; fue un intérprete notable de nuestra múltiple realidad cultural y haríamos bien en escucharlo con menos apasionamientos y prejuicios y con más atención.

Sus mejores libros, algunos de ellos con ese estilo cortado, rudo, directo, con algunas técnicas narrativas que se imponían hace unos decenios, no siempre cultivan un gusto por la belleza puesta en página para seducir al lector. Tal vez no sea el más fino de los estilistas de las letras mexicanas, o de la brillante generación de las letras hispanoamericanas de la que fue protagonista absoluto, pero el lector atento y sensible recibe sus recompensas al esfuerzo de comprender el mecanismo de esas estructuras complejas y sutiles.

Aura es quizá su libro más bello, Terra nostra sea tal vez su obra maestra y una obra maestra de la lengua. De dimensiones colosales en su extensión y complejidad, en su ambición humanista y en su riqueza histórica, en la galería de personajes, de voces, es ésta una novela portentosa que bastaría para darle el sitio clave y privilegiado que tiene en nuestras letras.