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16 de marzo de 2016

Usted no existe

Al señor X lo visitaron muy temprano dos agentes del Ministerio de Ministerios. Ha sucedido un error fatal, le dijeron. Un fallo general en todos los subsistemas del Gran Sistema. Quizá fallaron todos los nodos y todos los servidores al tiempo que se corrompieron todos los archivos y se borraron todos los datos; es tan increíble que sucediera algo así como decir que todos los simios del mundo amanecieron hablando francés. No hay una explicación satisfactoria, científica, pero el protocolo es muy claro sobre el procedimiento a seguir en errores de esa magnitud.

Sé que puede ser difícil, pero trate de comprender, señor X. El error es tan grave que técnicamente es imposible que haya sucedido, y por lo tanto no existe. El Ministerio no puede admitir que se han perdido todos sus registros. ¡Todos! Sus operaciones financieras y bancarias, su historia académica, sus expedientes médicos, sus correos electrónicos. Han desaparecido todas las cuentas a su nombre, sus títulos de propiedad, sus facturas, sus documentos legales, su página de Internet, sus conversaciones, sus mensajes de texto, sus videos, sus grabaciones y sus fotos.

Lo hemos confirmado con el Ejército y la Marina, con el Ejército del Aire y del Espacio, y con la Armada Submarina. Usted no aparece en el Registro Civil ni en los archivos de Pensiones y Seguridad Social, de la Policía Cívica y de la Policía Política. Tampoco saben nada de usted en la Agencia de Recaudación Tributaria, ni en el Centro Nacional de Inteligencia ni en el Instituto de la Gran Democracia Electoral.  A usted no lo conoce ni el banco con el que tiene una deuda. Ha desaparecido de la nómina en la que cobraba, ya no es socio del club social ni está inscrito en ningún gimnasio.

A la medianoche usted entró en un estado de inexistencia digital-virtual. Usted ya no puede tramitar el documento de identidad supranacional, ni un pasaporte, ni una licencia de conducir, ni usar una tarjeta de crédito. Los documentos que usted tiene y lo acreditaban ya son falsos, apócrifos; identifican a un hombre que no está en ninguna máquina, en ninguna pantalla. Por lo tanto usted no existe.

No es posible generar para usted una nueva personalidad digital. ¿De dónde sale un hombre de su edad sin pasado, sin identidad computacional? Usted pasaría por un impostor, un suplantador de sí mismo, un ladrón, un terrorista que incitaría al caos social. De hecho, en este momento su persona ya es ilegal. ¿Cómo demostrará que usted es el señor X, un honesto ciudadano, si no hay en el universo registros de usted?

Los testimonios de su mujer, de sus hijos, de sus amigos nada podrán demostrar si en ninguna base de datos ni en ningún servidor está inscrito su nombre. Serían una banda de locos tan extraños como esos simios que amanecieran hablando en francés. A usted informática y electrónicamente no lo reconoce nadie. En su caso ha desaparecido el inmenso cúmulo de datos y registros que un hombre genera en su vida. Como le digo, es increíble, y un error fatal.

No hay algoritmo para devolverlo a usted a la vida. Es como si ya hubiera muerto; en realidad es peor: ya es usted un peligro para el Gran Sistema. Créame, no sabe cuánto lo siento. Tendrá que acompañarnos ahora mismo. Le doy mi palabra de que el proceso será muy rápido. Le doy mi palabra de que no le dolerá.

5 de agosto de 2012

En busca de un nombre

Venía hacia mí. A unos metros de distancia su silueta de golpe me fue familiar. Alto, regordete, con su andar cansino, despreocupado, tal como era cuando lo conocí, en la universidad. Caminábamos en una avenida ancha, él de sur a norte, yo de norte a sur. Nos acercamos un poco más y de pronto su rostro, a pesar de mis ojos, fue nítido. Iba silbando, un tanto distraído, sin prisa por la acera.

Recordé de golpe todo lo que sabía de él, la música que escuchaba, los libros que leía, su interés por la historia, su erudición en la Revolución Francesa. Era él. Apenas había cambiado en tantos años. El mismo corte de pelo, casi al cero.

Vestía como solía hacerlo en los años universitarios: los pantalones vaqueros, la camisa a cuadros, los mocasines. Lo recordé todo de él, menos su nombre. Faltaba sólo un instante para que pasara a mi lado en la avenida y yo buscaba su nombre, me esforzaba, escarbaba en la memoria.

No fuimos buenos amigos, pero nos tratamos con familiaridad y confianza. Siempre fue educado, cortés. Convivimos, hablamos, discutimos, teníamos amigos comunes. Sabíamos nuestros nombres, quiénes éramos. Debimos de haber seguido tres o cuatro cursos juntos, ahora juraría que al menos uno de Ciencias Políticas y otro de Derecho, tal vez de Economía Política.

Pasó a mi lado en la avenida y yo lo miraba, esperaba que me reconociera. Nos hubiéramos saludado y conversado un momento. Tal vez nos hubiéramos preguntado cuántos años han pasado desde la última vez que nos vimos. ¿Tienes hijos? ¿Vives por aquí? ¿A qué te dedicas? Que te vaya bien, nos hubiéramos dicho.

Pasó a mi lado y acaso él no sólo ha olvidado mi nombre sino que tampoco me reconoció. Yo no le hablé porque no sabía su nombre. Pasó a mi lado tal vez sin verme y cada uno siguió su camino. Se hizo un hombre sin nombre. Después de tantos años la memoria guardó su rostro, su manera de vestir, algunos rasgos de su vida, pero no su nombre.

Seguí mi camino, no volví la mirada. No era necesario. Yo no quería hablar con él y no buscaba una silueta, yo buscaba un nombre. No lo he encontrado. La memoria es un misterio, un prodigio, una condición de vida, un laberinto caprichoso, un pozo oscuro y la fuente primaria de la identidad.

Sin la memoria, sólo seríamos cada instante, presencia efímera sin rastro, como una flor en el rosal o un pájaro en vuelo. Aquel suceso en la avenida no tendría la menor importancia si no fuera porque han pasado los días y aún sigo buscando, inventando, recordando un nombre.