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6 de septiembre de 2025

Un plátano, una vulva

Volvió a suceder. Era inevitable. El 18 de julio pasado, un ciudadano ejemplar fue al Centro Pompidou, en Metz, Francia. Su visita hubiera pasado inadvertida para el mundo si no hubiera mordido un plátano expuesto, adherido a la pared con cinta adhesiva, que para el museo y el responsable de la monumental tomadura de pelo es una obra de arte.

Las autoridades del museo, con ayuda de curadores y técnicos expertos, se encargaron de restaurar el orden de manera inmediata, es decir, sustituyeron el plátano mordido por otro y lo adhirieron a la pared con otro trozo de cinta adhesiva. Por fortuna, informó la oficina del museo, el suceso inesperado, el incidente «no alteró en absoluto la integridad de la obra. Como la fruta es perecedera, se sustituye regularmente según las instrucciones del artista». 

El ínclito autor de la obra, titulada Comedian, es el artista italiano Maurizio Cattelan, que al enterarse del atentado a su creación, lamentó que el ciudadano hambriento de arte «confundiera la fruta con la obra de arte. En lugar de comerse el plátano con piel y cinta adhesiva, se limitó a consumir la fruta.» Es decir, el ciudadano ejemplar que visitó el museo no entiende una palabra de arte. Una pena.

Este artístico y musáceo lío comenzó con su exposición original en 2019, en Miami. Donde la misma obra del conspicuo artista fue mordida, esa vez por otro artista (la envidia asoma con todos sus dientes) para protestar por su precio, que entonces era de sólo ciento veinte mil dólares, y que en el año 2024 fue vendida por seis millones doscientos mil dólares en una subasta en Nueva York.

En el mundo, sólo existen tres ejemplares de Comedian. Tal vez sería más correcto decir existían, porque el empresario chino-estadounidense Justin Sun se comió uno de ellos luego de comprarlo por una cifra millonaria, aunque debe considerarse que, como lo hicieron en Centro Pompidou, siempre es posible sustituir un plátano sin alterar en absoluto la integridad de la obra, si se siguen las instrucciones del artista. 

Si Pitágoras sabe contar y el arte sigue siendo arte, han sido devoradas las tres versiones de Comedian, lo cual puede generar una tremebunda polémica sobre si debe considerarse una lamentable pérdida del patrimonio mundial, o la feliz ingesta de tres bananos ordinarios, como una asimilación o apropiación, por tres hambrientos amantes del arte. 

Pero el arte es diálogo entre obras y artistas; una serie de imitaciones, comparaciones y continuaciones sin fin. Y esta bananera historia ha encontrado su continuación en la Enter Art Fair, la feria de arte más importante de Escandinavia, que se celebra en Copenhague, Dinamarca, los últimos días de agosto.

Ahora, la artista danesa Thyra Hilden ha concebido una pieza de arte con un plátano, sostenido por un clavo a la pared, cortado de tal manera que las dos partes, siempre unidas, en posición cóncava, forman una oquedad que la artista no ha tenido el menor reparo en asociar con la representación de una vulva. «La obra es una figura muy potente que, con un simple corte, se transforma en una fuerza femenina.»

La pieza, sólo cuesta, por un acuerdo entre la galerista y la artista, doce mil ochocientos sesenta y nueve dólares, el diez por ciento del precio original de Comedian. El módico precio no se debe a un gesto de modestia (toda modestia es falsa), y tampoco a un cruel ejercicio de autocrítica, sino a una forma de protesta feminista, algo así. 

Y si no hay otro giro, otra vuelta de tuerca del talento creativo de doña Thyra Hilden, como podemos suponer con suspicacia que la mirada del inconsciente también es artística, el clavo que sostiene al plátano, el vértice y punto más sensible y delicado de la obra, bien puede representar un enorme clítoris. 

El llamado arte contemporáneo no deja de sorprendernos; imposible negarlo, si no fuera otra cosa, parecería simple y sencillamente genial.

24 de julio de 2012

La Piedad

Una mañana, hace muchos años, recibí la gracia de ver la Pietà o la Piedad de Miguel Ángel en la Basílica de San Pedro. La había visto en fotografías desde niño, decenas de veces, y siempre le atribuí con ingenuidad y una certeza absoluta, que no podría explicar satisfactoriamente a un crítico de arte, que esa escultura de mármol era la cumbre de lo que lo que un hombre, todos los hombres, podría hacer con sus herramientas y sus manos en una pieza de mármol.

Esa mañana, en Roma, confirmé lo que siempre había sabido, y en esa fascinación no había un elemento religioso y mucho menos, valga, piadoso, sino el asombro ante la belleza, la pura y rotunda capacidad de recibir o generar emociones y reflexiones a partir de la contemplación de una obra de arte. He vuelto a ver la Piedad varias veces y mi opinión no ha cambiado. No pretendo compararla con otras esculturas, ni del propio Miguel Ángel ni de otros artistas. Nada tengo que oponer a quien se incline por el Moisés o el David, pero en ella encontré un modelo de perfección que lejos de desvanecerse se ha afianzado con el tiempo.

Ahora, he visto una fotografía de la Piedad del escultor Jan Fabre que reproduce la composición de Miguel Ángel, pero no es una simple imitación, las diferencias son notables: la virgen no tiene rostro, o mejor dicho, tiene el de la muerte, es una calavera que sostiene a su hijo, vestido con ropas de hoy, cuyo rostro es el del propio Fabre, el autor.

Sucede que hay ciertas expresiones del arte que no gozo ni disfruto. La obra de Fabre puede ser una provocación y el motivo de un escándalo (al parecer ya lo hubo, en la Bienal de Arte de Venecia), pero a mí me deja frío, con un poco de pena ajena, con el contratiempo de haber encontrado algo entre grotesco y ridículo. No me asusta ni me ofende, me da otra confirmación del río revuelto que se vive hoy en el mundo del arte. Más que de arte estoy hablando de mí mismo. Sí, mis coordenadas estéticas son otras, busco la intensidad y lo absoluto.  

Con esta decepción no hay nada que hacer. Acaso sí, componer la tarde con un café con azúcar, escuchar una ópera barroca, leer un soneto de Petrarca y acompañar para la cena un plato de pasta al dente con una copa de vino. Está claro que el arte cambia, y el gusto y los horizontes artísticos responden a cada momento de la Historia. 

No pretendo que hoy se haga arte como en el Renacimiento, pero con tantas obras y autores me queda un regusto a estafa, a gran mascarada, a orgía financiera, a broma monumental. Vivo mis días, abro los ojos y voy por el mundo buscando la belleza y la obra que me arrebate. Sé bien que no será esta la última vez que me sienta lejos, distante y ajeno a las expresiones y autores del llamado arte contemporáneo.