Jase Hyndman, un niño británico de siete años, le envió una carta a su padre. La dirigió al Cielo. Tal vez sospechaba que la dirección estaría incompleta o algo así, pues preguntaba al servicio postal si era posible entregar la carta. Un funcionario de The Royal Mail le respondió. Le explicó a Jase que entregar esa carta en el Cielo era un desafío difícil de cumplir pues en el trayecto había que esquivar estrellas y otros objetos galácticos.
La respuesta, de seis líneas, incluye en su segundo párrafo un comentario sobre lo importante que es para el Royal Mail entregar las cartas de sus clientes, y sabe muy bien lo especial e importante que es esa carta. Y le asegura al joven remitente que se hará todo lo necesario para entregarla a su padre en el Cielo.
Es probable que Jase se haya sentido satisfecho con la respuesta, ya sabe que un cartero-astronauta o algo así llevaría su carta a su padre. El siguiente paso sería una larga espera, que por supuesto valdría la pena, porque seguro que su padre tarde o temprano le enviaría una respuesta. Claro que el Royal Mail nada dijo si ofrece servicios de correo del Cielo a la Tierra.
Comprendo la necesidad de Jase de comunicarse con su padre. Puedo imaginar su tristeza, el vació de la ausencia, la sinrazón de la muerte. Y celebro su iniciativa, su búsqueda de soluciones. Aún no lo sabe, pero ha hecho mucho por sí mismo.
Pero tanto como esa carta al padre, que estoy seguro de que en nada se parecería a la que Kafka escribió al suyo, me ha emocionado la respuesta de Sean Milligan, el Asistente del Gerente de la Oficina de Entregas del Royal Mail, que ha comprendido la gravedad del caso y ha redactado una carta para tranquilizar a un niño, y lo ha hecho en papel membretado, por supuesto, y ha estampado su firma: un documento oficial que dejaría satisfecho al cliente más quisquilloso.
Que el Royal Mail lo recompense, lo premie, porque más allá de su dulce mentira el gesto encierra una nobleza de espíritu de la que estamos muy escasos. Milligan ha hecho el bien, su acción le ofrece consuelo a alguien afligido. Jase ya tendrá tiempo de comprender que no es posible enviar cartas a los seres queridos en el Cielo.
Tengo la vaga impresión, que alguien calificará de abierto prejuicio, que esa respuesta de un funcionario de correos sucede en Gran Bretaña por cultura y tradición, en una sociedad donde una carta es algo sagrado y su entrega, más que un servicio, una obligación impostergable para la nación. La otra cara de la medalla me dice que tal vez, digo, sólo supongo, que en México no sucedería algo así.
Fui testigo de otro prodigio de la cultura del correo, de la correspondencia; quiero decir, de responder a quien nos escribe por un imperativo cívico, por un deber más allá de cualquier circunstancia. Contestar las cartas es un gesto impecable de amabilidad y cortesía, un rasgo notable de una civilización.
Un pintor que yo frecuentaba descubrió la existencia de un libro de arte imposible de conseguir. El punto es que lo quería a cualquier precio. Tenía el nombre del libro, del autor, de la editorial. Le escribió al editor, en Inglaterra, y éste, luego de unas semanas respondió con una carta que no podía ser más breve ni más desoladora. Constaba de tres palabras, decía: «Out of Print.» Eso era todo. Habría que valorar y agradecer su gesto, el cumplimiento de la obligación, la cortesía de responder una carta que alguien desesperado le ha enviado del otro lado del mundo. Mi prejuicio me dice que un editor mexicano no habría respondido.
El punto será cada día menos relevante en la medida en que ya casi no se escriben cartas. Y es muy común que muchas personas no respondan a los correos electrónicos y mensajes de texto. Yo lamento lo uno y lo otro, pero entiendo que es parte del espíritu de estos días. Ya hay generaciones de adultos que nunca han recibido una carta, salvo las del banco y las inmobiliarias y los despachos de abogados especializados en cobrar deudas.
De pronto me mueve un hálito anacrónico, un ímpetu de otros tiempos, y estoy a punto de escribir cartas y enviarlas al menos a tres o cuatro amigos que tal vez se tomen la molestia en responder. Pero es ya muy tarde para revivir lo que ha muerto. No fatiguemos a las viejas amistades con caprichos sentimentales.
Resignado, vuelvo a mis asuntos, pero de pronto entro en desasosiego: ¿Dónde quedó la carta de Jase? ¿La conservará el funcionario Milligan? ¿La habrá archivado el Royal Mail? ¿La habrán abierto y leído en la Oficina de Entregas? Pero, sobre todo me pregunto: ¿Qué le contaba o pedía Jase Hyndman, un niño de siete años, a su padre en el Cielo?
