Siempre estarán insatisfechos. Ese es su sino y condición ideal. Tal vez su insatisfacción es la motivación mayor, el encanto del juego, de su pasatiempo y a veces de su pasión. ¿Qué coleccionista no pierde el sueño y la serenidad ante una pieza rara, única, que en ningún otro lado estaría mejor que en su colección?
No me refiero a los puntuales compradores de objetos de una clase que se encuentran en cualquier parte. No me refiero a una serie de gatos o búhos de cerámica o madera o de cualquier otro material que se hacinan en una repisa o una mesa.
Pienso en el coleccionista como un cazador que está siempre al acecho de la pieza que falta. Un buscador astuto como un felino hambriento que acecha a su presa. Alguien que anhela piezas que sabe tan difíciles de conseguir que pareciera no existieran. Un recolector selecto, que limita los alcances de su colección, que la orienta, la refina, y termina por hacer de ella una obra maestra.
Ese coleccionista necesita algo más que dinero. Hace falta una pasión implacable, como todas ellas, un conocimiento profundo adquirido por la experiencia y el estudio, por los viajes y el azar. Sabe que una colección no son todas las piezas posibles sino las mejores o representativas, las raras, los ejemplares únicos de un periodo histórico o un país.
Por supuesto que hay colecciones extensas de gran valor. La diversidad y el número las hacen estimables y pueden encerrar, por ello, un valor histórico y didáctico. Pero sin criterios fijos, sin límites estrictos, cualquier pieza cabe en una serie sin pies ni cabeza.
El coleccionista selecto, el que quiere una colección cerrada porque tal vez no habría más piezas para esa colección finita, limitada, y que completarla puede ser una misión imposible o el objetivo que le da sentido a una vida.
Un coleccionista es, en sentido recto, alguien que busca algo en la vida y no cesa de buscarlo. Conozco a un coleccionista que sabe que su colección nunca estará completa. Y como si fuera un rompecabezas al que le falta una pieza, todas las demás le dan contorno y sentido a la pieza que falta. Todas las demás remarcan y señalan su ausencia.
Confío en que el coleccionista no encuentre nunca lo que busca. Conseguir esa pieza es su mayor deseo, y verlo satisfecho sería como poner en su sitio ese trozo de cartón perdido en el rompecabezas; lo dejaría sin propósito. Una colección completa pierde sentido, como un álbum que tiene ya todas las estampas después de que la mirada satisfecha recorre sus páginas.
Esa colección puede ser admirable, y digna de un museo, pero ha perdido su encanto, su razón de ser, el supersticioso encanto de provocar insomnio y despertar emociones intensas.
Una colección mientras está en formación, incompleta, puede arrebatar a su creador hasta lo inverosímil. Por completarla, puede empeñar tiempo, esfuerzos y una fortuna. Luego, al completarla, si eso es posible, implacablemente, la colección pierde interés.
A la satisfacción de la obra concluida la desplaza una implacable sensación de vacío. ¿Qué puede hacer o desear un coleccionista si no entregarse al aburrimiento y el hastío cuando ha concluido su empresa y ha conseguido la última pieza?
10 de abril de 2017
Los coleccionistas
18 de agosto de 2011
Otro ejemplar del Quijote
He comprado otro ejemplar. Después de mirar los cuadros expuestos en el Museo Iconográfico del Quijote en la ciudad de Guanajuato, entré a la librería del Museo, hojee la llamada Edición Guanajuato y la compré. Me dije que es una edición exhaustivamente anotada y que valía la pena compararla. Me dije que comparar las diferencias entre los prólogos, las notas y los comentarios de los especialistas también es una forma de conocer el Quijote, de adentrarme en los usos y costumbres, de conocer la lengua y el mundo de Cervantes.
De vuelta a casa, descubro que con este nuevo ejemplar ya tengo veinticuatro. Cuento y vuelvo a contar. Sí, tengo veinticuatro, porque hay uno en mi buró, otro en mi escritorio (una bella edición en octavo menor que me gusta mucho y que ha viajado conmigo en mi bolsillo mucho más allá de La Mancha), uno más en la mesa de la sala de la casa (en dos volúmenes de gran formato, comentado por Martín de Riquer e ilustrado por Antonio Saura) y veintiuno en los estantes de mi pequeña biblioteca (la primera que suelo consultar es la edición del Instituto Cervantes, dirigida por Francisco Rico).
Los libros sobre el Quijote no cuentan, me digo, son otra cosa y todos son distintos (ensayos, estudios generales o especializados en algún tema cervantino, incluso pequeños diccionarios y enciclopedias sobre la novela). Pero tener veinticuatro veces el mismo libro, aunque en diferentes ediciones (todas en español), merece una reflexión y tal vez una justificación conmigo mismo. Por muy diferentes que sean como objetos admito ante el primer leve soplo de sospecha que tal vez son demasiados.
Por fortuna no soy un bibliófilo, pero es cierto que tengo un ejemplar por la belleza de su tipografía, su composición, las capitulares. Conservo otro por los grabados de Doré, y otro más por los de Dalí. E incluso aprecio otro ejemplar por la tipografía y los grabados. Conservo una edición porque incluye, además de las dos partes del Quijote, el texto íntegro, infame e impostor del falso Quijote de Avellaneda. Uno más tiene un mapa casi fantástico de la ruta que siguieron el hidalgo manchego y su escudero. Tengo otro ejemplar que tiene un anexo con los dichos y refranes y frases ingeniosas de Sancho Panza. Otro más lo aprecio porque me lo regaló un amigo, y ahora que lo pienso yo también he regalado un par de ediciones interesantes.
Reviso uno a uno (demorarse con avaricia y entre los libros propios es una de las formas de la dicha, de ejercitar la memoria y la imaginación, de cultivar por unos instantes el arte del recuerdo que se cristaliza imponente en un fragmento de vida) y encuentro que todos esos libros son el mismo y son otro a la vez, cada uno a su manera. Todos contienen el Quijote y algo más. Aunque lo he hecho varias veces, no he leído veinticuatro veces el Quijote; los libros no sólo son para leerse.
Entonces tengo la coartada perfecta para acabar con mi sospecha. Ya puedo decirme que veinticuatro quizá son muchos, puede ser, pero aunque es cierto que no caben ya en el librero, todos son necesarios pues no todos me evocan ni me dicen lo mismo. No soy un coleccionista, me digo, y es cierto, no lo soy, pero de pronto descubro que sólo me falta uno para que sean veinticinco.
