Hace mucho que no armo un rompecabezas, y no creo volver a hacerlo. Tal vez he alcanzado la cifra desconocida que a cada uno otorga el azar o el destino. Y comenzar uno nuevo no conlleva la alegría de poner en su único lugar posible la última pieza.
Hubo un tiempo, hace muchos años, en que fui aficionado a armar rompecabezas. Creo que es un pasatiempo muy extendido, al menos así lo creo porque no es difícil encontrarlos.
Los rompecabezas pueden ser una actividad perfecta para un solitario, pero también se prestan sin pérdida de sus satisfacciones a armarlos en pareja, con amigos, incluso en familia. He cultivado las cuatro modalidades, y no me inclino por ninguna, depende de la figura, del momento. Probar suerte a resolver un rincón oscuro a altas horas de la madrugada tiene algo del misterio del de escudriñar a simple vista el cielo en una noche sin luna.
Aunque los rompecabezas pueden reconstruirse (de eso se trata, de unir la superficie que una vez estuvo unida y ahora está conformada por decenas, cientos, miles de pequeñas piezas más o menos irregulares) en cualquier superficie (los niños suelen hacerlo en el suelo) el lugar ideal es la mesa del comedor, y los aficionados incorregibles la tienen cubierta con un gran rompecabezas de miles de piezas por lo que no hay otra opción que comer en otro lado, con frecuencia en la cocina.
Para los expertos, los rompecabezas deben honrar su nombre, y entre más piezas y más complicados, mejor; siguen al pie de la letra la sentencia de Lezama Lima: «sólo lo difícil es estimulante.» Tengo la impresión que el tema de la imagen es menos importante que la dificultad que entraña. Como casi todo, y no sólo los pasatiempos, los rompecabezas también ofrecen satisfacciones a los aficionados que se empeñan en descifrar las razones ocultas de su encanto.
Yo prefería los que representaban cuadros de los grandes maestros: un rompecabezas con la oscuridad de Rembrandt es un gran desafío, y he sabido de aficionados que añaden tensión el juego al calcular por adelantado, como una predicción, las horas que les llevará completar la figura.
Para armar un rompecabezas hace falta la mesa del comedor (o una semejante), una estrategia (primero crear el marco, las orillas, con las piezas que tienen un lado recto), imaginación, paciencia y mucho tiempo por delante. En realidad, creo que así son todos los pasatiempos, y para que sean gratificantes hay que entregarse a ellos con la seriedad de los niños y el compromiso por las actividades serias y profesionales y productivas.
Un escritor amigo mío me ha contado un cuento que no ha escrito. Una pareja joven arma un rompecabezas en su casa, en la noche, y a medida que acomodan piezas, entre más avanzan lo hacen con urgencia, aunque no acaban de reconocer la imagen, avanzan a ciegas y lo que se le revelará al final, con la última pieza, es su futuro y su destino.
Me gusta la idea, pensar que los rompecabezas, en su sencillez, guardan algo más que una imagen rota, que en el ejercicio de armarlos se revelen o aparezcan, con la figura por armar, recuerdos, destinos, apegos, cariños.
Una amiga me ha contado que su padre era aficionado a los rompecabezas. No está claro si los compraba para él o para sus hijos, pero le gustaba armarlos con ellos, era una actividad constante. Los hijos se aficionaron a los rompecabezas, y armarlos con su padre fue un juego, un rito que cultivaron aún de adultos.
Cuando el padre de Patricia, mi amiga, enfermó, tenía un rompecabezas sobre la mesa, y siguió colocando piezas, con la ayuda de Patricia, hasta que no pudo más. Cuando el padre murió, Patricia se llevó el rompecabezas empezado a su casa.
«No puedo acabarlo», dice emocionada. «Lo he intentado y no puedo avanzar, me gana el sentimiento. Varias veces he querido retomarlo y no puedo», dice, y los ojos se le humedecen, le cambia la expresión del rostro, se le quiebra la voz. «Murió hace cuatro años y no puedo acabar su rompecabezas. No puedo completarlo. No puedo. No puedo.»
19 de noviembre de 2018
Rompecabezas
10 de abril de 2017
Los coleccionistas
Siempre estarán insatisfechos. Ese es su sino y condición ideal. Tal vez su insatisfacción es la motivación mayor, el encanto del juego, de su pasatiempo y a veces de su pasión. ¿Qué coleccionista no pierde el sueño y la serenidad ante una pieza rara, única, que en ningún otro lado estaría mejor que en su colección?
No me refiero a los puntuales compradores de objetos de una clase que se encuentran en cualquier parte. No me refiero a una serie de gatos o búhos de cerámica o madera o de cualquier otro material que se hacinan en una repisa o una mesa.
Pienso en el coleccionista como un cazador que está siempre al acecho de la pieza que falta. Un buscador astuto como un felino hambriento que acecha a su presa. Alguien que anhela piezas que sabe tan difíciles de conseguir que pareciera no existieran. Un recolector selecto, que limita los alcances de su colección, que la orienta, la refina, y termina por hacer de ella una obra maestra.
Ese coleccionista necesita algo más que dinero. Hace falta una pasión implacable, como todas ellas, un conocimiento profundo adquirido por la experiencia y el estudio, por los viajes y el azar. Sabe que una colección no son todas las piezas posibles sino las mejores o representativas, las raras, los ejemplares únicos de un periodo histórico o un país.
Por supuesto que hay colecciones extensas de gran valor. La diversidad y el número las hacen estimables y pueden encerrar, por ello, un valor histórico y didáctico. Pero sin criterios fijos, sin límites estrictos, cualquier pieza cabe en una serie sin pies ni cabeza.
El coleccionista selecto, el que quiere una colección cerrada porque tal vez no habría más piezas para esa colección finita, limitada, y que completarla puede ser una misión imposible o el objetivo que le da sentido a una vida.
Un coleccionista es, en sentido recto, alguien que busca algo en la vida y no cesa de buscarlo. Conozco a un coleccionista que sabe que su colección nunca estará completa. Y como si fuera un rompecabezas al que le falta una pieza, todas las demás le dan contorno y sentido a la pieza que falta. Todas las demás remarcan y señalan su ausencia.
Confío en que el coleccionista no encuentre nunca lo que busca. Conseguir esa pieza es su mayor deseo, y verlo satisfecho sería como poner en su sitio ese trozo de cartón perdido en el rompecabezas; lo dejaría sin propósito. Una colección completa pierde sentido, como un álbum que tiene ya todas las estampas después de que la mirada satisfecha recorre sus páginas.
Esa colección puede ser admirable, y digna de un museo, pero ha perdido su encanto, su razón de ser, el supersticioso encanto de provocar insomnio y despertar emociones intensas.
Una colección mientras está en formación, incompleta, puede arrebatar a su creador hasta lo inverosímil. Por completarla, puede empeñar tiempo, esfuerzos y una fortuna. Luego, al completarla, si eso es posible, implacablemente, la colección pierde interés.
A la satisfacción de la obra concluida la desplaza una implacable sensación de vacío. ¿Qué puede hacer o desear un coleccionista si no entregarse al aburrimiento y el hastío cuando ha concluido su empresa y ha conseguido la última pieza?
