Mario Vargas Llosa, con ochenta años bien cumplidos, lo ha tenido todo en esta vida. Como escritor posee una obra vasta y magnífica que lo sobrevivirá; como hombre ha gozado de salud, longevidad, fama, bienestar, reconocimientos y premios.
Ha incursionado en política, y se sube a un escenario como actor. Viaja por el mundo, a veces para escribir reportajes y artículos en lugares conflictivos, y, buen polemista, defiende sus ideas estéticas y políticas con pasión. Tiene hijos, nietos, y se ha casado dos o tres veces. Es uno de los hombres de nuestro tiempo. Y así, declara que no es feliz.
Definir la felicidad es muy complicado, y ha sido desde Aristóteles y Epicuro tarea de filósofos, sin olvidar a los charlatanes y gurús contemporáneos que la ofrecen a precio de saldo (sus libros están en mesa de novedades de las librerías), pero no es muy aventurado afirmar que ser feliz es estar satisfecho con uno mismo y el entorno, y de la capacidad de gozar de los dones de la vida en compañía de seres queridos, incluidos entre éstos a los amigos. Ejercer la actividad que nos apasiona, ejercer el oficio elegido libremente, son condiciones para sentirse satisfecho y feliz.
No es el caso de Vargas Llosa, a pesar de que ha tenido una existencia que muchas personas considerarían dichosa. Su situación personal es eso, y un asunto privado, pero él gran escritor ha vinculado su vida con la literatura. Dice Vargas Llosa en dos declaraciones recientes:
«La materia prima de la literatura no es la felicidad sino la infelicidad humana, y los escritores, como los buitres, se alimentan preferentemente de carroña.» Y «Escribo porque no soy feliz. Escribo para luchar contra la infelicidad.»
La felicidad goza de poco prestigio literario. Un final feliz está bien para los cuentos de hadas y las películas para niños, pero no para la literatura pura y dura de un premio Nobel. Pareciera que escribir un relato o una novela donde reine la felicidad debiera ser motivo de escarnio y desdén. La literatura se ocupa de la presencia del hombre en la Tierra y esa estancia es trágica por definición.
Tenemos, entonces, en dos oraciones, una idea para aproximarse a la obra de Vargas Llosa. Se podría seguir la pista y hacer de la infelicidad una clave para dar contexto y sentido a su obra.
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31 de diciembre de 2016
Vargas Llosa y la infelicidad
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