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31 de mayo de 2025

Alimento sólido para mascotas

Llamamos croquetas al alimento industrial, sólido, para mascotas, principalmente para perros y gatos. La croqueta, en realidad, es una delicia de sartén, aovada, crujiente, dorada y frita. Y las de jamón serrano, bien hechas, son un regalo de los dioses a la humanidad (en realidad, son de origen francés). 

Así que todo mal desde el principio. Llamarle croqueta a esa cosa dura y seca para las mascotas, es un atentado, una ofensa, para las mascotas, las croquetas y los paladares educados.  

Los ingenieros en alimentos, los fabricantes, la industria, y no pocos veterinarios y opinadores varios han difundido a los cuatro vientos que lo mejor que puedes hacer por un perro es darle croquetas. La lista de beneficios para las mascotas es larga, dicen: les limpian los dientes, balancean su nutrición, mejoran su digestión, las heces son más sólidas y fáciles de manipular, etc. 

Este alimento balanceado completo (existen fórmulas específicas para cachorros, perros adultos, perros enfermos y ancianos) ofrece ventajas, sin duda: comida equilibrada con proteínas, vitaminas y minerales. Pueden contener, además, antioxidantes y ácidos grasos. 

Digamos, aunque hay detractores con argumentos en contra de ofrecerlos como única dieta, que es un producto que satisface todas las necesidades de nutrición de las mascotas. Además, sólo hay que servirlos. No hay que prepararlos ni cocinarlos. 

Es muy común que una dieta casera, dicen, esté mal balanceada. Hace muchos años, pero no tantos que superen los de media vida humana, los perros domésticos comían sobras. En una olla que solía oler bastante mal, había lugar para restos de sopa, arroz, guisos varios, trozos de cualquier carne, tortillas...

A la comida casera, cualquiera que sea, hay que prepararla, guisarla, refrigerarla; invertir tiempo y esfuerzo. 

Los entusiastas del alimento sólido balanceado dicen que las dietas caseras pueden generar alergias o enfermedades crónicas y mascotas obesas. Y parece que darles carne cruda implica riesgos muy graves, enfermedades como la salmonelosis. 

En otros tiempos, la visita a la carnicería implicaba llevar un buen trozo de retazo con hueso para el perro, y ahora los veterinarios se escandalizan de esa práctica. Darle un hueso a un perro pronto será, al parecer, un crimen.

(Hace poco se registró un crimen, un homicidio, de un matrimonio propietario de una perrita que llegó a la mesa de un veterinario con un hueso de pollo atorado en el esófago. El caso exigía cirugía, que no se realizó porque no fue autorizada. La perrita murió, el veterinario también, a manos de esa pareja que lo culpó de negligencia.)

Me gustaría poder preguntarles a los perros qué dieta preferirían comer: alimentos frescos y variados, con carne (los perros son carnívoros) o ese alimento sólido y balanceado y nada barato todos los días de su vida. 

Alguien decidió, con enorme éxito, que los perros (y con ellos los gatos) sólo deberían comer eso que llaman croquetas. Y parece que se salió con la suya. Esa dieta podría ser la mejor opción, o un enorme equívoco que no excluye una dosis involuntaria de crueldad. 

Aunque alimentarse de lo mismo siempre ha sido mucho más común de lo que pensamos. El hombre asiático ha comido comer arroz todos los días, como el hombre mesoamericano (hombre de maíz) puede comer frijoles y maíz (tortillas) cada día de su vida. 

2 de noviembre de 2018

Julieta y los gatos

El primer gato en la Tierra saltó de un relato acadio, sumerio o egipcio (en esto difieren los sabios) hace unos cuatro mil quinientos años. Ágil, dio un brinco muy gracioso desde la tablilla de arcilla y cayó como gimnasta rumana a los pies del primer autor que imaginó un gato. El gato miró curioso a su creador, ladeó la cabeza, se lamió una pata y se la restregó por la cara e hizo miau.

El gato, por tanto, es un ser tan literario como felino. Desde entonces, los poemas, relatos, cuentos y novelas de gatos conforman un género, una galaxia literaria tan extensa y variada cuya clasificación y conocimiento total se antoja imposible porque las literaturas de todo el mundo, en todas las lenguas y en todos los tiempos cuentan historias de gatos.

Si es imposible recordar a todos los autores de todos esos escritos sobre gatos, si es imposible reunir todos esos textos animados por «esos seres suaves, ondulantes, crueles y tiernos, siempre imprevisibles, solitarios y nocturnos que introducen en nuestro mundo cotidiano el ámbito de lo desconocido», es justo dar noticia cuando cae en nuestras manos una joya de la literatura gatuna.

Julieta Campos, autora cubana de nacimiento y formación, escribió en México en los años sesenta y setenta algunos de los libros con la prosa más clara y nítida de aquellas décadas. La calidad de su escritura debería bastar para ganarle lectores, pero salvo entre especialistas y nostálgicos, sus cuentos y novelas están casi olvidados, estos no son buenos tiempos para su notable literatura.

En un ensayo luminoso, «De gatos y otros mundos», en el volumen Celina y los gatos, Campos hace «la advocación de esas ambiguas criaturas, siempre cercanas a lo secreto y por ende a la poesía». El texto es una lúcida celebración, una breve historia, un recuento de las antiquísimas relaciones entre el gato y la palabra, entre el gato y la humanidad.

Pieza notable en sí misma, esas catorce páginas son tal vez las más agudas, intensas y felices que se han escrito sobre los gatos. Y no sólo sobre ellos y los poetas, también nos habla de nosotros mismos:

«Cuando el poeta quiere mirarse a sí mismo, hurgar en su espíritu, se encuentra con una presencia interior que lo contempla con pupilas pálidas, como ópalos vivientes: esa mirada fija, la del gato que se pasea en su cerebro, como en su propia casa, no es otra cosa sino el testimonio de su espíritu.»

«De gatos y otros mundos» es, de principio a fin, un tesoro, una fiesta particular y casi secreta para los amantes de los gatos y la buena literatura.

19 de abril de 2008

La tumba de Keats

A veces la literatura está hecha de recuerdos, pero también es cierto que a veces los recuerdos se nutren de literatura, sobre todo cuando el paso de los años les ha despojado ya en la memoria de algunas de sus más ordinarias circunstancias, que son heroicamente reemplazadas por otras más dignas de dar realce a esos recuerdos. Donde uno menos lo espera, en la siguiente página, en una postal, en un instante, aparece el fulgor de un recuerdo y sus palabras.

Con motivo de su centenario luctuoso, pero sin un propósito fijo, uno toma del estante el volumen de las obras de Oscar Wilde, lo hojea con curiosidad pero sin convicción porque nada busca, y hacia el final encuentra ese breve artículo: «La tumba de Keats».

El resto es el relámpago de la felicidad y la poesía. Uno vuelve a esa mañana fría de diciembre en la que se inclinó en la tumba cuyo epitafio dice, porque así lo quiso ese young english poet: «Here lies one whose name was writ in water», en el Antiguo Cementerio Protestante de Roma.

Dice Wilde, con justicia, que el cementerio es un lugar muy bello, sobrecogedor. Ahora es también un paraíso para las decenas de gatos que lo habitan, perezosos y felices, entre tanta ruina y tanta tumba. Keats lo sabía: A thing of beauty is a joy forever.