Julio Cortázar descubrió, con sorpresa, que Rayuela (1963) era un libro para los jóvenes. Él pensó que escribía un libro para lectores de su edad, que ya rebasaba los cuarenta y cinco años, pero eran los universitarios de Europa y América los que se lanzaron al libro como si tuvieran un objeto mágico o una brújula en medio del desierto o en medio del mar en una noche sin estrellas. Rayuela fue un libro que cambió vidas, que rompió desde el lenguaje y la música y las actitudes vitales de los personajes las expectativas literarias y formas de vida de generaciones de lectores. Creo una manera rayuelesca de estar en el mundo, y rompió el mapa de la literatura hispanoamericana. Hoy circulan, están disponibles, al menos cuatro ediciones de Rayuela, que ya es más que un longseller un clásico. A casi sesenta años de su publicación sigue siendo leída… por los jóvenes. Acabo de releerla en un taller con lectores no del todo jóvenes con fatales resultados: les parece aburrida, pretenciosa, vana, demasiado intelectual, simple, sin argumento… Rayuela sigue atrayendo cada año a un buen número de lectores; para esos jóvenes lectores sigue siendo una fuente de respuestas, de preguntas, una novela/mandala, un camino al cielo, un faro vital.
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28 de agosto de 2021
26 de agosto de 2014
Julio Cortázar: centenario
Julio Cortázar era niño grande que no quería hacerse viejo. Era un
transgresor que buscaba en el juego el camino para llegar al cielo (trascender,
ascender: ser).
Alquimista antes que gramático,
encantador de palabras antes que escribidor, explorador de mundos ignotos antes
que imaginarios, cultivó una poética que se erige del texto para saltar a la
realidad. La suya es una arquitectura verbal que no se derrumba al cerrar el
libro; al contrario, se extiende ante la mirada del lector. Creó una literatura
que se lleva puesta o no se entiende.
Cortázar tocaba jazz con una máquina de escribir, por eso no corregía (no se puede
volver a tocar la música de ayer o la de mañana). Era el inventor de
palabras, el revividor de ellas, el tejedor de oraciones como takes, de solos heroicos y libres, de soltura asombrosa y sintaxis imposible.
Cortázar inventaba un mundo,
cortazariano, donde sucede lo que pasa en el último reducto de la realidad. Para él, una forma del absurdo era la razón según Descartes, otra era la geometría analítica y ser el mismo hombre, siempre, cada día.
Era
un inversor de mitos, el encontrador de relaciones ocultas entre las cosas, el
vinculador de planos y realidades, el abridor de abismos. Cortázar tendía
puentes invisibles para buscar lo absoluto. Desde ellos, sus lectores pueden
vislumbrarse a sí mismos, leer lo que quieren decirse, escuchar lo que
quisieran decir.
En su literatura caben mundos y maneras de estar y de ser: hay
una manera cortazariana de conjugar los mejores verbos, los mejores actos de la
vida; de mirar y jugar, de amar y cantar, de andar por la vida, de atarse los cordones de los zapatos
como si fueran hechos fantásticos.
Cortázar era un
buscador de lo que está más allá, un testigo asombrado de lo que está más acá. Por sus puentes y sus túneles
metafísicos, por sus escaleras encantadas es posible entrar al laberinto,
encontrar el camino al centro del mandala.
Era el escritor más
solitario del mundo: nadie se parece a él, ninguna otra literatura es como la
suya, y la composición química de sus
relatos es un milagro, y un misterio para
los que no tienen la gracia de gozarla. Decía verdades metafísicas, hallazgos sorprendentes, metáforas inéditas con aritmética sencillez.
La literatura de Cortázar, tan bárbara
y lejana de la Academia y su Norma, está tan viva que se nos escapa, se
nos enreda en la lengua y el pelo, y luego se duerme en el bolsillo del saco,
como si de veras cupiera entre las tapas de un libro.
Cortázar era un
escribidor que no temía al amor ni al humor ni a la ternura. Un monstruo, un
gigante, un lobo, un bicho verde que se alborotaba cuando sonaba una trompeta,
un poeta dulce que puso patas arriba a doña Literatura.
Cortázar será siempre
el dibujador de sueños, el que a su manera no dejó de ser niño, el más joven de
los escritores. Su literatura será siempre adolescente, es decir, pura,
intensa, vital. Sus mejores textos cruzan la noche como un relámpago, iluminan
la búsqueda, acompañan en el camino. Leerlo es ir al encuentro de uno mismo.
Es su centenario, es
hora de decirlo: Cortázar era un niño grande que dejaba de jugar, un
hechicero de las palabras, un alquimista poderoso, un imaginador impecable, un
hacedor de preguntas, un descubridor de respuestas. Es el fundador del reino de
las palabras encantadas, en movimiento. Sí, Cortázar era un Mago.
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5 de agosto de 2014
Rayuela: cincuenta años
Una palabra basta para dar un salto de la Tierra al Cielo, para vislumbrarlo intoxicado de palabras plenas, para aproximarse al menos por un instante a un orden deslumbrante y bello como el dibujo de una mandala o la perfecta simetría efímera de la rosa de un calidoscopio: para evocar el vértigo de la sed de absoluto.
Son muchos lo que deberían saberlo pero pocos lo recuerdan. Rayuela apela y nos mueve en un plano metafísico. Rayuela, la obra maestra de Julio Cortázar, no es una novela, nunca lo ha sido, tampoco una anti novela ni una contra novela. Ha sido el más acabado intento de fundir literatura y vida, memoria y deseo, el yo y el mundo.
Rayuela es muchos libros porque nos contiene, a los que fuimos, los que somos y aun los que seremos. El que se quedó con la anécdota y los planos más superficiales cayó en la trampa del ovillo París y el efecto del tiempo. Rayuela está en nosotros y en el proyecto de hombres y mujeres que ya no fuimos.
Rayuela es una dosis, un espacio, una casilla de felicidad al precio de un juego infantil para el que se atreviera a soñar y mirar como no había imaginado que pudiera hacerlo. Rayuela es un libro mágico y subversivo, o tan tonto y simple y demodé como lo piden los censores y las buenas conciencias.
Rayuela es un boleto para viajar, un juego literario y un manual de vida sin instrucciones de uso. Rayuela es un tablón para fugarse por la ventana. Es un juego que nos dice que la vida está acá y allá, en otra parte.
Rayuela es todavía un medio, un método, una estructura para armar, un andamio, un trampolín, una burbuja voladora, una lucecita para que los buscadores sin remedio, los inconformes, los sedientos de belleza y otros mundos intenten esbozar una respuesta y no dejen de buscar la salida del laberinto, el sentido último de su presencia en la Tierra.
Rayuela es una linterna, una luciérnaga que puede iluminar la siguiente casilla. Rayuela es el tablero en el cada uno impone sus reglas. Rayuela es también un canto y un poema que no cesa de alegrar y de nombrar a los que todavía cantan y celebran jugando la poesía.
Rayuela es una de las formas más intensas de la escritura; la expresión en palabras de un espejo en el que la realidad toma la forma ontológica de nosotros mismos y nuestros sueños y uno de los escasos vehículos para inventarse y arañar un cielo.
Dicen los famas y los esperanzas que vigilan los calendarios y cuentan los días y las horas, que hace cincuenta años Rayuela salió por primera vez de la imprenta. La efeméride es irrelevante. Su efecto, a pesar del tiempo y todo lo perdido, de todos los desengaños y sinsabores, de los esnobs y los mal envejecidos, sigue siendo vital, lúdico, amoroso, divertido, provocador, nostálgico, estimulante y radiactivo.
(Apunte del 28 de junio de 2013.)
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