Los niños sueñan despiertos sobre lo que les gustaría hacer de mayores. Suelen decir: «Quiero ser futbolista, bombero, astronauta...» Elegir el oficio o profesión que se ejercerá es una tarea dura y complicada, que desvela a los jóvenes, a los que tienen la opción de elegir. Es frecuente que no se tengan las aptitudes, los atributos, los recursos o el talento necesarios para cumplir el sueño que enciende eso que llamamos vocación.
El caso de Guillermo Alejandro es singular. Nacido para ser rey de Holanda (Países Bajos), combina sus deberes reales con su pasión: piloto de avión. Dos veces al mes, el rey de los holandeses, más o menos de incógnito, se pone su uniforme y se sienta en la cabina de un Fokker 70 y encuentra su realización profesional cuando toma el micrófono y dice: «Señores pasajeros, buenos días, les habla el copiloto... » No da su nombre, no revela su identidad, habla en nombre del capitán y la tripulación, pero sabe que muchos pasajeros reconocen su voz.
Dos veces al mes, el rey Guillermo Alejandro sale del palacio real a pilotar un vuelo no muy largo en alguna ruta europea. Tal vez se despide de su mujer y sus hijas como cualquier otro hombre que se va a trabajar: «Nos vemos en la noche, en la cena. Denme un beso, que me voy a volar.»
Guillermo Alejandro es piloto militar en el 334 escuadrón de transporte del Ejército del Aire holandés y coronel de la Fuerza Aérea, pero eso es parte de su educación de príncipe. Otra cosa es pilotar por gusto desde hace más de veinte años aviones de KLM, la compañía real holandesa de aviación: para algo le vale ser el rey de Holanda.
Cuando empezó a volar era el príncipe heredero, la fascinación por volar era un gusto de juventud, pero como monarca, y con cincuenta años bien cumplidos, sigue fiel a su vocación. Por supuesto, «volar es fantástico», «es una experiencia apasionante», «lo encuentro muy emocionante», «me ayuda a relajarme», pero tal vez hay algo más.
¿Por qué volar aviones grandes, en vuelos comerciales, si podría pilotar su propio avión, un jet ejecutivo? ¿Por qué asumir esa responsabilidad y el régimen laboral al que están sujetos los pilotos. ¿No tiene el rey de Holanda las obligaciones y los problemas de un jefe de Estado?
No sé a cuántos niños holandeses les gustaría ser rey de su país, pero sé que a Guillermo Alejandro no le basta con serlo, necesita mirar la Tierra desde diez mil pies de altura, la emoción de volar, sentir la tensión absoluta de despegar y aterrizar, de moverse por el mundo. Está claro que su condición de rey es un accidente; su sueño, su vocación es ser piloto, mirar entre las nubes el intenso azul del cielo.
Es un rey atípico, por supuesto. No le basta su condición real por nacimiento, no le satisface del todo haber heredado el trono. No le basta la corona para ser feliz. Y tampoco basta ser futbolista, médico, bombero, detective privado o ingeniero para alcanzar la realización profesional. Tal vez la plena felicidad vocacional, aquello que uno haría sin recibir una remuneración, como la vida, está casi siempre en otra parte.
25 de agosto de 2017
El rey piloto
8 de abril de 2015
El crimen del copiloto Andreas Libitz
«Ojalá. Vamos a ver», fueron las palabras del copiloto que ni Sondenheimer ni nadie hubiera podido interpretar correctamente, en su macabro y fatal sentido. Libitz, de veintisiete años, sabía que el avión no aterrizaría en el aeropuerto de esa ciudad alemana, ni en ningún otro. Tenía otros planes, y para cumplirlos le ofrece al capitán hacerse cargo de la nave mientras éste se ausenta.
El copiloto Andreas Libitz, una vez solo en la cabina, cerró la puerta con un mecanismo que impide abrirla desde fuera, tomó el control del avión, tomó en sus manos las vidas de las otras ciento cuarenta y nueve personas que iban en el avión, y la suya propia.
Las acciones del copiloto Libitz, ya investido en el piloto de la muerte, en asesino en masa, no dejan lugar a dudas: el avión empezó a perder altura. El capitán, una vez de vuelta, quiso entrar a la cabina: «¡Abre la puerta!» «¡Abre la maldita puerta!», le gritaba a Libitz una y otra vez mientras golpeaba la puerta con las manos y los pies.
No es fácil imaginar las reacciones de los pasajeros en los últimos minutos del vuelo, cuando al fin comprendieron con absoluta lucidez el fatal desenlace, su respuesta ante la inminencia de la muerte, aunque las grabaciones registran sus gritos. No es fácil tampoco imaginar las reacciones de Andreas Libitz, menos aún sus razones, cómo justificaría ante sí mismo sus actos, mientras llevaba al avión con profesional pericia a estrellarse en una montaña de los Alpes franceses.
Esta escena, que podría emocionar en la pantalla a los aficionados al cine de acción, y que la literatura no supo imaginar, encierra una versión dramática del horror. Tratar de imaginar que el copiloto se ha encerrado en la cabina mientras el piloto grita y patea y trata de abrir la puerta y que el avión se precipita a tierra a una velocidad vertiginosa debe ser una de las formas del horror de nuestro tiempo.
Una caja negra registra datos técnicos sobre el avión y las vicisitudes de su vuelo, el trayecto, la velocidad, la altitud, las acciones de los pilotos; otra caja guarda las voces, los ruidos en la cabina, y se convierte en la depositaria de la dimensión humana, en el guión sonoro de una tragedia. Se vuelve de pronto en el único testigo, en una suerte de supraconciencia, en el depósito de una verdad a la que tal vez no tendríamos acceso por otros medios. Y sin embargo nada nos dice de Andreas Libitz en esos minutos finales; al parecer su respiración era normal. No hay nada que nos hable de él, no hay exclamaciones ni llanto ni gritos ni palabras.
Lo que sabemos nos habla de su depresión, pero no de las razones para no quitarse solo la vida, segar de golpe sólo su vida. Todo lo que sabemos es esa información que, en el caso del cine, se puede quedar en el cuaderno de los borradores, lo que puede imaginar un guionista y que no hace falta llevarlo a la pantalla. Si esta pesadilla hubiera sido una mala película...
Andreas Libitz interrumpió por un tiempo su formación como piloto debido a una depresión (William Styron ha escrito con lucidez un libro esclarecedor sobre ella), y había visitado a médicos y psiquiatras por sus "tendencias suicidas".
Unos días antes había consultado páginas de internet sobre formas de suicidarse y sobre los mecanismos que cierran las puertas de las cabinas de los aviones. El día de su infamia tenía baja médica y no debió de haber volado, y sin embargo, a pesar de los exámenes y los controles, estaba ahí, solo, con sus fantasmas y sombras, en los mandos de la cabina del avión.
Una mujer que un tiempo salió con Andreas Libitz (un chico estupendo, dicen vecinos, compañeros y conocidos) tiene una respuesta, ella lo tiene claro: «Lo hizo porque se dio cuenta de que sus problemas de salud impedirían su gran sueño, que era ser capitán de vuelos de larga distancia en Lufthansa», y una psiquiatra explica el resto: «no se suicido solo, sino que mató a todos los pasajeros porque quería compartir su agonía».
¿Se le hubiera ocurrido esa respuesta a un guionista? ¿De qué está hecha la literatura? De palabras cargadas de historia, de trozos imaginarios de vidas, de lo que sucedió y lo que pudo haber sucedido. Y aun así hay situaciones que nadie había imaginado.
14 de octubre de 2010
Un libro y sus efímeros pájaros de papel
En la última escena de The Ghost Writer (El escritor fantasma), película del poco honorable Roman Polanski, basada en la novela The Ghost de Robert Harris, el destino del protagonista se adivina trágico en el vuelo infame de las cuartillas de un libro que huyen por la calle animadas por el viento. No es la primera vez que el cine retrata las hojas blancas, sueltas, en pleno vuelo, que se disgregan en el aire para dejar de ser un libro por ese orden gregario, esa unidad que les da sentido.
Wonder Boys (absurdamente: Loco fin de semana), de Curtis Hanson, basada en la novela del mismo nombre de Michael Chabon, también retrata ese vuelo fatal de la novela del profesor Grady Tripp. Las hojas de una novela se pierden en el aire con un gesto doloroso y una dignidad que no siempre alcanzan los libros impresos.
Deshojado, desmembrado de su forma original, no puedo imaginarme un final más triste y miserable para un libro. Pero la imagen del vuelo de las hojas que se pierden para siempre, arrastradas por el viento, lejos, en la calle, o al fondo del lago tiene una belleza sobrecogedora. Esos folios blanquísimos han dejado de ser un libro, un rimero de papel escrito para convertirse en una parvada en vuelo, pájaros efímeros y absurdos, perturbadoramente bellos, cargados de palabras, en dispersión hacia la lluvia, la nada, el olvido o el silencio.
