He recibido una tarjeta postal. Lo escribo como si dijera: he visto un dinosaurio. Especie en vías de extinción, la tarjeta postal es la más refinada y dulce expresión de la cortesía y la comunicación de una edad que aún no acaba de irse del todo pero su lugar ya ha sido ocupado por cierta nostalgia de una realidad material, que puede tocarse y guardarse, que pertenece a este mundo, y no al limbo del ciberespacio, la nube o los discos duros en los que se guardan las tarjetas o los correos electrónicos.
Cuando alguien envía una tarjeta postal ha puesto más que unas líneas y un timbre en un cartón con una imagen: se ha puesto a sí mismo. Por eso recibimos las tarjetas con tanta sorpresa y alegría. Son como un abrazo o una palmada en el hombro.
Una amiga mía me ha enviado una postal desde París. Tiene un mensaje manuscrito, con letra pequeña, muy recta y muy clara, escrito con tinta verde (así se llama un poema), como si hubiera querido asegurarse de que el domicilio será legible para los empleados postales de al menos dos países, en ambos lados del océano. La tarjeta postal, que tiene un timbre y un sello, como toda postal que se respete, es una hermosa imagen arbolada de la Biblioteca Nacional de Francia. Mi amiga, investigadora, me dice que ese es el rincón que más frecuenta de París.
Me gustan mucho las postales, las conservo y las procuro como si fuera un verdadero coleccionista. Cuando viajo suelo traer a casa unas cuantas de recuerdo del lugar que he visitado. Puedo viajar sin cámara fotográfica porque sé que con unas cuantas postales, que depositaré en el baúl, tendré un recuerdo vivo de ese viaje. Muchos amigos me traen postales de lugares lejanos, y me entretengo mucho en las imágenes, sobre todo si son de lugares que no he visitado.
Una tarjeta postal tiene un toque humano, y me parece asombroso que exista un sistema que opera en todo el mundo diseñado para enviar a su destino las tarjetas en las que alguien ha escrito esas pocas palabras, expuestas a las miradas curiosas y entrometidas, en las que apenas cabe poco más que un saludo, una oración ingeniosa y otra simple, un verso, una cita, un abrazo, un beso y, muy de vez en cuando, una velada declaración de amor.
Deberíamos enviar más tarjetas postales. Tal vez contribuiríamos un poco, en tiempos de crisis, a activar la economía y a mejorar las relaciones entre los hombres y entre las naciones. Aunque admito que las tarjetas postales, en el fondo, después de los lindos paisajes y vistas espectaculares, son para los románticos y los sentimentales. Para esas personas que vibran de emoción al recibirlas y piensan: «Muy lejos, allá, ese día, en ese instante, pensó en mí.». Yo no sé, a fin de cuentas, por qué me gustan tanto las tarjetas postales.
21 de agosto de 2011
Una tarjeta postal
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