Mostrando entradas con la etiqueta ciclo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ciclo. Mostrar todas las entradas

6 de enero de 2013

Procrastinar y los propósitos de enmienda

El inicio de un año, el comienzo de un nuevo ciclo, es el tiempo propicio para hacer, después de profundas y largas reflexiones, una lista con toda suerte de promesas, propósitos y enmiendas como si al vencimiento de una fecha se agotaran por arte de magia las razones y condiciones de tantas cosas que quisiéramos acabar o mejorar en nuestras vidas. La voluntad de ser mejores es una constante que perdura implacable a través del tiempo en justa correspondencia con los sucesivos fracasos de otros tantos intentos.

Procrastinar (del latín: procrastinare: diferir, aplazar) es un verbo que no solemos conjugar pero cuyo significado conocemos bien porque lo ejecutamos, por omisión, a pesar de sus consecuencias, con asombroso rigor e impecable constancia. Los abuelos tenían el remedio en un refrán: “No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”. Las agendas y los calendarios, los programas y objetivos son antídotos para esa tendencia a posponer las acciones en una fuga al infinito.

Procrastinar, ya sea un pequeño asunto o posponer para mañana lo decisivo, la gran obra, el gran proyecto, el amor o la vida misma (mañana empezaré a vivir), es más que un defecto y un vicio. Procrastinar puede ser la expresión de una filosofía, de un estado superior del ánimo o la conciencia, de una posibilidad de la condición humana que pueden ser elevados, por espíritus virtuosos, al punto de la obra maestra, como una más de las bellas artes.  

Ellos saben que no es simple pereza ni falta de entusiasmo, sino un acto de honda rebeldía, una inmovilidad y desprecio metafísico por ciertos asuntos, una aceptación profunda del orden cósmico, una resignación a ciertas manifestaciones de un estado del mundo. Procrastinar puede ser una acción positiva y activa porque alguien así lo ha decidido o porque revela una sabiduría no exenta de poética y contradicciones debidas a la certeza inmutable de que el cambio trascendente, como a veces la vida, está en otra parte.

Para decirlo con Constantino Kavafis, quien comprendía que el sentido de su poesía se afirmó en la vida disoluta de su juventud y que por ello sus remordimientos no lo han detenido mucho tiempo, sabemos bien, aunque nos engañemos con los ojos abiertos y no nos resignemos a las constantes pruebas y la múltiples evidencias, que los propósitos de enmienda no duran más de dos semanas.

31 de diciembre de 2010

31 de diciembre

La vida es una estampida, una marcha hacia el mañana de cada día. De un instante pende otro y de éste el siguiente, el que completa el minuto que dará la hora con la que concluye el día. Vulnerant omnes, ultima necat (Todas hieren, la última mata), dice un proverbio latino sobre las horas. Imposible negarlo, pero hay que vivir y apostar porque la próxima herida no sea letal. En el horizonte está el mañana, la alegría, la felicidad, pero también el fin.

Estamos hechos de tiempo y se nos va como el paso del sol, o la arena y el agua entre los dedos (de sol, agua o arena fueron alguna vez los relojes). Los minutos suman horas, las horas días, los días semanas y meses. Los meses culminan en años.

Vivimos en ciclos que no siempre advierto, a veces se me escapa la luna llena (no siempre miro al cielo), las mareas están muy lejos, las estaciones y los periodos de la fertilidad y los agrícolas casi diría que me son ajenos. Soy un hombre de ciudad, y las luces eléctricas de las casas y edificios y las de neón de las calles son un estímulo constante en el que crece un paisaje monótono que no respeta los ciclos vitales.

Vivo una sensación de fuga, de paso inexorable, efímera y vertiginosa hacia no sé dónde. Pero no puedo sustraerme a las ceremonias y ritos de la tribu. Para mí, sólo será una fiesta más, en la que el viernes será sábado a la medianoche.

Pero este día es especial, tanto que sucede una vez al año. Estamos a punto de cruzar el puente cívico del calendario. Es la hora del balance, de hacer las sumar y restas de lo que dejó el año, de hacer los casi siempre inútiles propósitos, promesas y proyectos, de jurar redenciones y enmiendas en el que mañana comienza.

Esta noche aquí y allá habrá celebraciones por el fin de la danza anual de la Tierra alrededor del Sol, por el cierre del año cívico y pagano. Es un momento en que la euforia puede alentar cierto optimismo. Es bueno que así sea, quizá algo comienza, algo termina.

Yo quiero que mañana salga el Sol y salga para todos, y que el frío no le hiele a nadie el alma, que nadie muera de desamor y que el orden cósmico imante la vida en la Tierra y no claudique la esperanza. Que siempre la pena sea mitigada al menos por una alegría pasajera. Yo no sé bien qué acaba ni qué celebramos. Que los astros sigan su curso. Acaso nada termina y nada comienza, aquí, ahora, en este día, salvo esta escritura.