26 de agosto de 2015

Si ladran los perros o citar en falso

Algunas oraciones tienen una extraña propiedad: pueden mutar, incluso de autor. Son esas frases célebres que se citan aquí y allá, con la grave autoridad de las sentencias y los edictos, y que pueden ser atribuidas a quien le guste, al que las pronuncia.

Solemos tener tanta confianza en nuestros juicios y opiniones, en nuestra memoria (esto, claro, es una cita indirecta, tal vez de Montaigne), y los defendemos con tal seguridad y vehemencia que pareciera que no hay margen a la duda ni al error.

No faltará quien se empeñe en sostener que el desvirtuado dicho socrático: «Yo sólo sé que no sé nada» es una frase genial de Cantinflas, aunque de momento no recuerde en qué película la dijo, y la platónica definición de hombre como un «bípedo implume» podría ser la cumbre del sentido del humor de Woody Allen.

«Cuántas cosas que no necesito» es una frase atribuida a Sócrates, cuando visitó un mercado, pero también se la aplican a Diógenes de Sinope y a Diógenes Laercio. Y los tres también se disputan, inmortales y sin saberlo, la paternidad de «Busco a un hombre honesto» mientras iba por las calles con una linterna encendida a mediodía.

«La imaginación es la loca de la casa» es una frase con frecuencia atribuida a Santa Teresa de Jesús. Pero Fernando del Paso, cauteloso y prudente, aclara en el epígrafe de su novela Noticias del Imperio que se le atribuye a Malebranche. Buscar en la Red puede no ser de gran ayuda. Aunque en páginas de muy sospechosa calidad, la frase también se la endilgan a Voltaire, Pascal, Sor Juana Inés de la Cruz y Rosa Montero, por lo menos. Y no falta quien la atribuye a un «filósofo», a «un escritor», «como dijo no sé quién» y alguien aclara antes de soltar la frasecita: «como decía mi mamá...». 

 Sin embargo, aparece dos veces en Fortunata y Jacinta, de Benito Pérez Galdós, así: «Todo lo demás es obra de la imaginación, la loca de la casa.» (Segunda parte, IV, V), y «Es la imaginación..., la loca de la casa» (Cuarta parte, I, III). Y luego don Benito escribió una novela llamada La loca de la casa, que incluso adaptó al teatro.

Humboldt no calificó a la de México como «la ciudad de los palacios», como lo dice medio mundo, al menos no según la Enciclopedia de México, que la atribuye a Charles Joseph Latrobe, viajero inglés del siglo XIX.

«Aquellos que no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo» es una máxima de Jorge Santayana que le ha sido colgada a Napoleón Bonaparte, Lenin y Winston Churchill, por lo menos. También es de Santayana «Sólo la muerte ha visto la terminación de la guerra», aunque también ha sido puesta a la cuenta de Platón por el general Douglas MacArthur.

 «Cuando los nazis se llevaron a los comunistas, no dije nada porque no era comunista. Cuando encarcelaron a los socialdemócratas no dije nada porque  no era socialdemócrata. Cuando se llevaron a los católicos, no protesté porque no era católico. Cuando vinieron a buscarme a mí, no había ya nadie que pudiera protestar» es una reflexión del casi olvidado Martin Niemöller, me informa el profesor Rosado, aunque se ha repetido hasta el cansancio que la dijo Bertolt Brecht.

 «Es mejor morir de pie que vivir arrodillado» o en otra versión «Vale más morir delante que detrás vivir de rodillas» ha sido atribuida a Espartaco, a Emiliano Zapata y al Che Guevara, al menos en la primera terna.

La lista de atribuciones gratuitas y equivocadas, la suma de los errores en el juego de soltar frases célebres podría ser infinita, y esto no es una fe de erratas, apenas una llamada de atención para mí mismo, un recordatorio para consultar las fuentes, a dudar de otros, sobre todo si me dicen que el adagio se encuentra en el segundo tomo de las obras completas de Sócrates.

A Maquiavelo se le considera el filósofo político que sentenció «el fin justifica los medios», sin que sepamos en qué obra lo escribió, y en la Red circula un texto sobre el lugar correcto de una coma en una oración más o menos ingeniosa que se atribuye a Julio Cortázar, pero la referencia no aparece por ningún lado. Nada más fácil que culpar a otros, nada más sencillo que atribuirle oraciones, adagios y sentencias a otro, a quien sea.

La próxima vez que le digan, lector: Si ladran los perros, Sancho, es señal de que cabalgamos, recuerde que esa oración no la escribió Cervantes. Esas palabras, esa «cita», o sus variantes, le juro, no están en el Quijote.

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Adenda: ¿Cuando citamos nos citamos? ¿Al hacer una cita revelamos nuestro pensamiento? ¿Es lícito o deseable ir por el mundo atribuyéndole palabras y citas a quien no las dijo? ¿Una oración al ser citada fuera de su contexto alcanza su mayor expresión? Citar, en cualquier caso, no es un acto inocente. Desde las Canarias, Elisa Rodríguez Court amablemente me escribe y me ofrece un complemento a este apunte, «una cita sobre las citas». Dice el correo electrónico de Elisa:

«En mis obras las citas son como atracadores emboscados en la calle que con armas asaltan al viandante y le arrebatan sus convicciones.» Según Benjamin, el poder especial de las citas no nace de su capacidad de transmitir y de hacer revivir el pasado, sino, por el contrario, de su capacidad de «hacer limpieza con todo, de extraer del contexto, de destruir». La cita, al separar un fragmento del pasado de su contexto histórico, le hace perder su carácter de testimonio auténtico para investirlo de un potencial de enajenación que constituye su inconfundible fuerza agresiva. Benjamin, que durante toda su vida persiguió el proyecto de escribir una obra compuesta exclusivamente por citas, había entendido que la autoridad que reclama la cita se funda, precisamente, en la destrucción de la autoridad que se le atribuye a un cierto texto por su situación en la historia de la cultura. G. Agamben, El hombre sin contenido. Áltera. p. 167.

24 de agosto de 2015

Una habitación, un cubículo y el misterio del gabinete

A media tarde, después de comer, con los minutos contados de libertad condicional antes de verme obligado a volver a la oficina, me tomaba un café y hojeaba una revista con la debida desgana que imponían las circunstancias. Me detuve en un ensayo o capítulo de una novela de Enrique Vila-Matas sobre su relación con la obra de Dominique Gonzalez-Foerster, que «se ha basado siempre en una sucesión de felices equívocos creativos».

Entonces tuve que suspender ese estado de distracción que tiende más a la resignación que a la indiferencia para alegrarme con los desencuentros y enredos, los castillos verbales, la invención de la realidad por la imaginación y la mirada particular, los hallazgos y contribuciones de Vila-Matas. Sus novelas no guardan una relación estrecha con la literatura española de hoy; en realidad, es un excéntrico cuyas ficciones cada vez parecen más ensayos, y con frecuencia sus artículos y otros textos ya publicados se integran o ensamblan de maravilla a sus novelas, como lo demuestra el caso de Dublinesca.

En eso estaba, en el café de la esquina, con los minutos contados, en el último trago del exprés doble cuando llegué hacia el final del capítulo al párrafo que me cambió la tarde. Yo estaba a punto de volver y encerrarme en mi cubículo, cuando leí:

«No es por justificarme, pero es lógica la atracción por ese tipo de habitación única, de espacio cerrado. Es una clase de cuarto que atrae por lo que básicamente representa, pues es el lugar mítico donde se desarrolla siempre el gran drama humano, no exento, en ocasiones de luz.» Al llegar a este punto, se comprenderá que yo pensaba en el cubículo, y me animaba con lo que seguía:

«A fin de cuentas, una habitación es el espacio central de toda tragedia —el lugar donde Hölderlin alcanzó la locura, donde Juan Carlos Onetti meditó sobre el mundo y decidió que era mejor no salir más de la cama, y donde Emily Dickinson se recluyó con sus mil setecientos poemas—, pero a la vez es el sitio donde Vermeer conoció “la experiencia de la plenitud y de la independencia del momento presente".» ("El misterio del gabinete", en Nexos 452, agosto de 2015).

¿Un cubículo de oficina puede ser una habitación, el espacio central de toda tragedia? A punto de irme del café me encontraba ante el dilema más grave del día. Pensé, claro, en Virginia Woolf, que reveló la importancia de un cuarto propio, y en Vincent van Gogh, que pintó tres veces su dormitorio en Arlés, y Fernando Pessoa veía el mundo desde su ventana. Gabriel Fernández Ledesma hizo un libro con el mismo título que Xavier de Maistre, Viaje alrededor de mi habitación, y ambos cuentan la vida desde su habitación (su pieza, hubiera dicho mi abuela).

En mi desasosiego, en el último minuto antes de volver, comprendí que un cubículo algo tiene de celda, de cuarto, aunque no del todo. Entonces llegué a la oración que me salvó la tarde. «Una habitación cerrada es posiblemente [...] el precio que hay que pagar para llegar a ver la luminosidad.»

Emprendí reconfortado el camino de regreso, pensando en las posibilidades ignotas del cubículo de ofrecerme un camino a la luz o la liberación, «pues hay que saber que la literatura permite pensar lo que existe, pero también lo que se anuncia y todavía no es».

Pensé en el enigma del cuarto único, en ese gabinete que, como dice Vila-Matas, por paradójico que parezca, todos acabamos pareciéndonos a Robinson Crusoe. Trabajé con entusiasmo, solitario, aislado de la humanidad, atento a cualquier señal que llegara a mi cubículo. No registré ninguna, pero fue una tarde muy productiva.

8 de julio de 2015

Un rapsoda

Un día, de pronto, por un nuevo empleo, mi madre contaba de lunes a viernes y en horario laboral con los servicios de un chofer. Imagino que yo tendría diez años, y la llegada de Jorge a casa no sólo fue una extraña novedad sino también uno de los encuentros decisivos de mi vida.

Ese hombre, que ahora puedo imaginar en sus cuarenta, era educado, atento, buen conversador y tenía sentido del humor. Regordete, con la coronilla calva y cara de buena persona, con una sotana podría haber pasado por un cura cándido, como los que salían en las películas viejas para todo público.

Al margen de su trabajo, que desempeñaba sin tacha, Jorge reveló su pasión y su vocación secreta, para la que tenía además notables aptitudes didácticas. Era un helenista, un estudioso, un rapsoda urbano que dos mil ochocientos años después de Homero que un día, de pronto, en un trayecto, empezó a contarnos  la Ilíada y la Odisea con talento y gracia.

Conocía el oficio, hacía cambios en la entonación, sabía cuándo detenerse y marcar una pausa, en qué pasajes acelerar el ritmo del relato. No se sabía los poemas homéricos de memoria, pero conocía muy bien las obras y las contaba con palabras sencillas y frescas, con enorme talento de rapsoda, que a mí hermano y a mí nos tenían hechizados.

Era un gozo escuchar a Jorge contarnos las aventuras de los héroes aqueos, ya fuera en el coche, en el tránsito de la ciudad, o en la puerta de la casa. Escuchábamos con asombro por primera vez los nombres de Agamenón y Menelao, Aquiles y Ayax, Ulises y Héctor... La disputa de la manzana de la discordia, el rapto de Helena.

Más que contar, Jorge revivía los hechos, y ponía atención a los detalles, de tal suerte que yo podía ver a las innumerables naves griegas surcar el mar rumbo a Troya. Y luego la guerra, la guerra sin fin, cruel y despiadada, durante días y meses y años, en los que los héroes caían y la ciudadela de Troya resistía.

 Yo no sé cuánto duró el relato, tal vez días o semanas, en los que aumentaba la tensión y lo emocionante crecía, en los que nada era más importante que seguir las vicisitudes de la guerra... hasta que un día, el más ingenioso de los guerreros, el más astuto de los hombres, el que tendría mil sufrimientos y dificultades asombrosas para volver a su casa, junto a su esposa Penélope y su hijo Telémaco, se le ocurrió construir un enorme caballo de madera...

¡Cómo revivir la emoción por aquel recurso prodigioso! ¡Cómo contar el temor de que fueran descubiertos los soldados que aguardaban en perfecto silencio dentro del caballo! ¡Con qué alegría, con incontenible alegría infantil veíamos cómo los ingenuos troyanos abrían las puertas y metían el caballo y con él la justa debacle de su ciudad!

Y luego las penas de Ulises, que no tenían fin, y los extraños nombres de Nausícaa y Circe, de personajes femeninos tan misteriosos en los que percibía un atisbo, lo sé, ahora, de erotismo.

Jorge me dio a Homero, y lo hizo con una emoción que no he vuelto a sentir en mis sucesivas lecturas. Cuando contó con rabia y sangre fría cómo Ulises con la ayuda de Telémaco daba muerte, uno por uno, a los pretendientes y acosadores de Penélope, yo veía con paroxismo caer uno a esos miserables, creo que conocí, aturdido, el goce infame, tan innoble como humano, de matar.

Jorge, el chofer, hizo por mi paideia más que tantos y tantos profesores en la escuela. No recuerdo cuándo y por qué se fue. Con el tiempo, al paso de los años, aprendí a apreciar el impagable regalo que me hizo. Nunca volví a verlo ni a saber de él. Espero que haya tenido una vida dichosa; un rapsoda moderno como él, que cantaba los poemas homéricos a los niños, debió gozar de la simpatía de los dioses, de la luz de la razón y la belleza para iluminar su vida.

9 de junio de 2015

Un novelista artesano

"En estos días cualquiera es un artista, pero no cualquiera es un artesano", decía hace unos días Antonio Muñoz Molina en una entrevista. Y remató: "pero todo gran artista es un artesano." La diferencia es sutil y abismal, se explica por el conocimiento profundo del oficio, la atención a las minucias; en la sabiduría narrativa, en la actitud al emprender el noble oficio de escribir una novela.

Bajo el título de Como la sombra que se va (Seix Barral) Muñoz Molina, novelista-artesano, ha escrito dos historias que tienen en común muy pocas cosas: la imaginación al servicio no de la ficción sino de hechos, de lo cierto y sucedido antes que de las ficciones, y la ciudad de Lisboa, punto de encuentro, detonadora de novelas y del imaginario de Muñoz Molina, cruce de caminos y mítica ciudad blanca desde Dans la ville blanche, el filme de Alain Tanner que contribuyó hace años a estimular su vocación literaria.

¿Qué pueden tener en común dos historias que no se tocan, que no guardan relación y sucedieron en dos momentos distintos? La ciudad de Lisboa, la imaginación artesanal de un novelista. Sólo Lisboa articula las dos historias que no se cruzan, que no pueden hacerlo porque responden a dos mundos, a dos tiempos que no pueden trenzarse.

Muñoz Molina viajó unos días a Lisboa para huir del tedio conyugal, de un empleo burocrático en el ayuntamiento de Granada e imaginar El invierno en Lisboa, la novela que al publicarse, en 1987, con su éxito le cambiaría la vida. La otra historia es la crónica tan puntual como imaginada del periplo de James Earl Ray, su paso por Lisboa en su fuga hacia ninguna parte después de haber asesinado, el 4 de abril de 1968, en Memphis, Tennessee, a Martin Luther King Jr.

Pero esta no es una novela sobre los derechos humanos o el racismo, y Luther King es un personaje secundario y tardío en la novela. Tampoco es un ejercicio literario sobre un crimen o los motivos de un homicida. Lo es sobre lo que confluye y se aglutina en Lisboa: su atracción literaria, el deseo de escribir sobre ella, el recuerdo de aquel viaje de juventud de un joven novelista, su vuelta muchos años después, ahora a visitar a un hijo ya adulto, y el recuerdo de que James Earl Ray, modelo perfecto de white trash, pasó unos días ahí, muerto de miedo, sin comprender nada, huyendo, en esa ciudad en la que nunca debió de haber estado.

Y con estos elementos, que podrían ser tan ordinarios y tan poco en manos de otro, se abre una novela en la que el autor, como quería Montaigne, es la materia de su propio libro. Muñoz Molina moldea su ficción con la agilidad de un acróbata, con la aparente sencillez con que hace su número un prestidigitador.

Entonces entra y sale de la ficción, monta y desmonta la estructura y los tiempos de la novela a cada giro y hace ficción de su vida, de las claves de la escritura de El invierno en Lisboa, de su divorcio, de su fascinación por Lisboa. La realidad y la ficción se tienden un puente por el que transita el Tajo y una impecable teoría de la novela, las claves del arte de novelar. Ahí, en ese mundo imaginado, cuando la historia y la realidad no le dan la certeza de lo sucedido, cuenta su vida como tal vez nunca había hablado de sí mismo, de su mujer, sus hijos.

Muñoz Molina hace de sus cuadernos de notas, de de su experiencia, de sus lecturas, investigaciones y viajes (a Lisboa, a Memphis) una parte de la novela, también hecha de las condiciones y vicisitudes de la escritura de ella misma. A eso los críticos le llaman metanovela, pero el nombre es lo de menos, lo notable es leerla mientras la novela se hace a sí misma de lo que podrían ser trozos de vida, desechos, apuntes y olvido.

Es necesario ser un novelista-artesano para mostrarse en la propia novela como autor y como personaje, para viajar al fondo del libro y contar con maestría el ejercicio de su escritura, su origen, sus razones, el vínculo con la vida del novelista y su circunstancia.

Si su prosa con los años no ha dejado de cambiar (es un artesano al que no le gusta hacer una pieza como las anteriores), conserva intactos su ritmo y precisión; Muñoz Molina se muestra ahora de cuerpo entero, con otro perfil, contundente, con una escritura tan sugestiva y leve como poderosa.

29 de mayo de 2015

Una tribu

Eran siete u ocho muchachos, muy jóvenes, algunos todavía adolescentes. Irrumpieron en el metrobús y se instalaron como en su casa, su desparpajo y algarabía era el reverso del silencio de los otros pasajeros, tan serios y ensimismados.

Hablaban en voz alta de trivialidades, gesticulaban, buscaban la broma o el chiste que alentara otra vez la risa de sus compañeros. El juego consistía en hacer algo gracioso, sin tregua. La suya era una fiesta perpetua a las tres de la tarde de un martes.

No ocultaban su homosexualidad, antes alardeaban de ella; mejor aún: la gozaban, la exhibían. Gay significa alegre, y aquellos muchachos estaban empeñados en que no se perdiera el sentido original de la palabra. Su algazara era un derroche de sexualidad exacerbada, sin límites, tan amanerada, que era previsible, un lugar común, y sin embargo algo tenía de graciosa; por un momento, al principio, pensé en una representación, en un experimento teatral, en una suerte de happening.

Todos llevaban el pelo muy corto, teñido de colores intensos: rosa, morado, naranja, verde, azul. Se hablaban entre ellos en voz alta en femenino: “Loca”, “Muchacha”, “Pendeja”. Al mayor de ellos, que no llegaría a la mitad de sus veinte, le llamaban “Anciana”.

Cuando uno consiguió un asiento recién desocupado, otro corrió a sentarse en sus piernas. El primero gritó, falsamente sorprendido: “¡Auxilio, auxilio, quítenme a esta gorda marrana!” Otra carcajada. Luego, se agitaron en el asiento simulando el coito.

Desinhibidos, sin prestar la menor atención a su entorno, gozaban de sus juegos, de su simpleza perfecta, de la pertenencia a esa pequeña tribu más impulsiva y espontánea que provocadora.

De pronto, al llegar a una estación, uno dijo: “Ay, aquí me bajo”. Todos, entre risas y gritos, salieron atropelladamente tras él. Risas y risas en el andén. El metrobús continuó su camino hacia el sur. Nunca fue más intenso y nítido el silencio entre los pasajeros. Sólo se oía el rugido del motor. 

8 de abril de 2015

El crimen del copiloto Andreas Libitz

A medio vuelo, sobre Francia, a once mil seiscientos metros de altura, Patrick Sondenheimer, capitán del vuelo 4U-9525 de Germanwings, dijo que abandonaría la cabina para ir al baño. Antes de marcharse, le dio instrucciones al copiloto Andreas Libitz: «Prepara el aterrizaje en Düsseldorf.» La respuesta fue «lacónica», según Brice Robin, el fiscal jefe de Marsella, narrador impecable de la tragedia.

«Ojalá. Vamos a ver», fueron las palabras del copiloto que ni Sondenheimer ni nadie hubiera podido interpretar correctamente, en su macabro y fatal sentido. Libitz, de veintisiete años, sabía que el avión no aterrizaría en el aeropuerto de esa ciudad alemana, ni en ningún otro. Tenía otros planes, y para cumplirlos le ofrece al capitán hacerse cargo de la nave mientras éste se ausenta. 

El capitán Sondenheimer se prepara para salir, uno puede imaginar que se levanta y le dice: «Puedes asumir el mando.» Luego, se oyó el ruido de una puerta que se cierra. El capitán nunca volvió a tener el mando del avión, nunca volvió a la cabina.

El copiloto Andreas Libitz, una vez solo en la cabina, cerró la puerta con un mecanismo que impide abrirla desde fuera, tomó el control del avión, tomó en sus manos las vidas de las otras ciento cuarenta y nueve personas que iban en el avión, y la suya propia.

Las acciones del copiloto Libitz, ya investido en el piloto de la muerte, en asesino en masa, no dejan lugar a dudas: el avión empezó a perder altura. El capitán, una vez de vuelta, quiso entrar a la cabina: «¡Abre la puerta!» «¡Abre la maldita puerta!», le gritaba a Libitz una y otra vez mientras golpeaba la puerta con las manos y los pies.

No es fácil imaginar las reacciones de los pasajeros en los últimos minutos del vuelo, cuando al fin comprendieron con absoluta lucidez el fatal desenlace, su respuesta ante la inminencia de la muerte, aunque las grabaciones registran sus gritos. No es fácil tampoco imaginar las reacciones de Andreas Libitz, menos aún sus razones, cómo justificaría ante sí mismo sus actos, mientras llevaba al avión con profesional pericia a estrellarse en una montaña de los Alpes franceses.

Esta escena, que podría emocionar en la pantalla a los aficionados al cine de acción, y que la literatura no supo imaginar, encierra una versión dramática del horror. Tratar de imaginar que el copiloto se ha encerrado en la cabina mientras el piloto grita y patea y trata de abrir la puerta y que el avión se precipita a tierra a una velocidad vertiginosa debe ser una de las formas del horror de nuestro tiempo.

Una caja negra registra datos técnicos sobre el avión y las vicisitudes de su vuelo, el trayecto, la velocidad, la altitud, las acciones de los pilotos; otra caja guarda las voces, los ruidos en la cabina, y se convierte en la depositaria de la dimensión humana, en el guión sonoro de una tragedia. Se vuelve de pronto en el único testigo, en una suerte de supraconciencia, en el depósito de una verdad a la que tal vez no tendríamos acceso por otros medios. Y sin embargo nada nos dice de Andreas Libitz en esos minutos finales; al parecer su respiración era normal. No hay nada que nos hable de él, no hay exclamaciones ni llanto ni gritos ni palabras.

Lo que sabemos nos habla de su depresión, pero no de las razones para no quitarse solo la vida, segar de golpe sólo su vida. Todo lo que sabemos es esa información que, en el caso del cine, se puede quedar en el cuaderno de los borradores, lo que puede imaginar un guionista y que no hace falta llevarlo a la pantalla. Si esta pesadilla hubiera sido una mala película...

Andreas Libitz interrumpió por un tiempo su formación como piloto debido a una depresión (William Styron ha escrito con lucidez un libro esclarecedor sobre ella), y había visitado a médicos y psiquiatras por sus "tendencias suicidas".

Unos días antes había consultado páginas de internet sobre formas de suicidarse y sobre los mecanismos que cierran las puertas de las cabinas de los aviones. El día de su infamia tenía baja médica y no debió de haber volado, y sin embargo, a pesar de los exámenes y los controles, estaba ahí, solo, con sus fantasmas y sombras, en los mandos de la cabina del avión.

Una mujer que un tiempo salió con Andreas Libitz (un chico estupendo, dicen vecinos, compañeros y conocidos) tiene una respuesta, ella lo tiene claro: «Lo hizo porque se dio cuenta de que sus problemas de salud impedirían su gran sueño, que era ser capitán de vuelos de larga distancia en Lufthansa», y una psiquiatra explica el resto: «no se suicido solo, sino que mató a todos los pasajeros porque quería compartir su agonía».

¿Se le hubiera ocurrido esa respuesta a un guionista? ¿De qué está hecha la literatura? De palabras cargadas de historia, de trozos imaginarios de vidas, de lo que sucedió y lo que pudo haber sucedido. Y aun así hay situaciones que nadie había imaginado.

A ese pobre diablo enfermo que se llamaba Andreas Libitz, a ese asesino masivo, le encantaba volar. Y su lugar favorito era sobre los Alpes franceses. 

6 de abril de 2015

Rolando Villazón, novelista

Es uno los grandes cantantes de nuestros días, sí, pero también un escritor absolutamente singular. Uno al que vale la pena leer, al menos porque su literatura, admirable, no se parece a ninguna otra que se escriba hoy en español.

Pareciera que contra la literatura de Rolando Villazón atentara su impecable condición de artista consagrado en otro arte. Los tenores, podría pensarse (y hay tantos con la cabeza hueca), no escriben novelas, y mucho menos buenas novelas. Sí, es cierto, pero ya tenemos la gran excepción.

Malabares (Espasa, 2013) ha pasado entre nosotros casi inadvertida, sin lectores ni crítica, pero en Francia, traducida como Jonglerie, tuvo en éxito más que razonable, y en Alemania, Kunststücke recibió reseñas muy estimulantes y pronto saldrá una edición de bolsillo.

Rolando, lector lúcido e infatigable, entre un escenario y otro, cuando no canta o dirige la escena de alguna puesta, escribe, y lo hace con constancia y maestría.  Paladas de sombra contra la oscuridad, su segunda novela, ya está en manos de los editores y esperamos que la publiquen pronto. Mientras, toma notas para la tercera en un cuaderno rojo.

Tal vez el segundo obstáculo para la difusión de su obra sean sus personajes. ¿Una novela de payasos? Sí, de payasos y de la risa, de la metafísica de la risa, del sentido profundo de la risa, de la alegría y la amistad, del vislumbre del otro, de la escritura como un medio para vivir otra vida.

Rolando sabe mucho de payasos. Él mismo, caracterizado como Rolo, cuando no canta ni dirige ni lee ni escribe, colabora con una asociación altruista y va a hospitales y orfanatos y ofrece espectáculos a los niños.

La escritura de Rolando es asombrosa por su soltura y aparente ligereza, por su capacidad expresiva y plástica, por sus rotundas cualidades de narrador. Su escritura es como su canto: alegre, intensa, vibrante, inteligente, cálida y fascinante. Es la otra expresión de un "gran artista", como lo ha saludado Jorge Volpi.

Insisto. La escritura de Rolando no se parece a ninguna otra. Allí el juego y las reglas del juego con cosa seria. El juego y el arte de jugar es llevado al sentido de la vida. La literatura de Rolando es un canto al juego y la risa, a la alegría y el dolor, como las dos caras de la medalla. También es una búsqueda.

Acercarse a la filosofía con humor, y hacer de la risa el vehículo para las grandes preguntas de la vida habla de un proyecto singular de escritura que si bien tiene muchos referentes, encuentra en Cortázar algunas de sus esquivas coordenadas; el juego de vivir como dar: paladas de sombra lanzadas contra la oscuridad. La otra manera, también según Cortázar, es vivir absurdamente para romper el absurdo.

Las dos novelas tienen un impulso y una viveza, una fuerza vital, un torbellino que en su literatura seguramente encuentra su origen en Nikos Kazantzakis, del que Rolando ha sido lector total. No todos los días se encuentran libros tan dulces y profundamente amargos, con incursiones a los mundos posibles o paralelos, al juego como la gran tarea del hombre.

Estos libros, tan inteligentes, exigen algo de entrada. Pagar el precio de acercarse a literatura desconcertante, ingenua y sabia. No es la suya literatura en clave, pero si no se entra por la cerradura correcta, con la llave correcta, no hay novela ni literatura. Algunos, aunque lo tengan delante, se pierden el espectáculo, el goce, la alegría, los dones de la vida.

Tal vez en toda gran literatura se encuentra todo. En ésta, el espíritu lúdico no sofoca las otras facetas de la realidad y el mundo. Y por lo tanto, al lado de la risa y la alegría, está la mordida de la amargura, y en el fondo, allá, en el fondo, la posibilidad del amor.

Mi condición de lector privilegiado, mi relación (admiración) por Rolando no anula mis palabras. Esto no es una reseña ni una crítica. Es una noticia para lectores. Les digo que hay un autor de raza que escribe buenos libros que no se parecen a los de sus contemporáneos, y que ese escritor se llama Rolando Villazón.

5 de abril de 2015

Cabellera

He visto una cabellera como alfaguara de luz.
Con ella podrían urdirse todas las filosofías y tejerse todos los sueños.
Una como arcoíris en la que reverberan los insomnios y los desvelos.
Una de seda, de algodón de azúcar, de nube en arrebol, de jirones de paraíso perdido o tierra prometida. 
Una que ríe con el prodigio de la alegría.
Una como lluvia de estrellas, pararrayos y hacedora de tormentas.
Una como la casa de la lluvia y las abejas, como el trigo maduro.
Una con cadencia de geometrías fantásticas y mil reflejos.
Una en movimiento perpetuo que desordena los sentidos.
He visto una cabellera como un huracán en el que anidan los pájaros y los secretos.
Una espesa como bosque de coníferas.
Fascinante como las arenas cambiantes del desierto.
Fuente de la juventud, remolino y papalote de oro fino.
Guirnalda, diadema natural de reina coronada.
He visto una cabellera que debería tener un nombre propio, un verbo y su adjetivo.
Hay cabelleras aladas que mutan, cambian y vuelan con levedad.
Las hay de fuego que se agitan furiosas.
Hay cabelleras de gualda y canela que tiñen el Sol.
Hay cabelleras que se derraman de todas las poéticas.
Hay cabelleras felinas, como estelas de cometas, y las hay navegantes y aéreas que se hinchan heroicas como velamen al viento.
Hay cabelleras vestidas de fiesta.
Otras van desnudas y se abren como jacarandas en primavera.
Hay cabelleras de verano ligeras como un bikini.
Hay cabelleras como la crin de un potro salvaje.
Hay cabelleras de humo, albahaca y miel.
Hay cabelleras que maduran en el alba, otras se despliegan en el insomnio.
Hay cabelleras de profundidades oceánicas en las que sucumbe y se hunde la mirada.
Hay cabelleras oscuras y pesadas que caen como un telón o un acantilado.
Hay cabelleras de catarata, de tormenta y diluvio universal.
Hay cabelleras como laberintos o murallas a la espalda, otras son rayuelas al cielo.
Hay cabelleras trágicas: alguien perderá los ojos o la razón entre sus frondas.
Hay cabelleras telúricas que visten más que un manto y un abrigo de visón.
Las hay heroicas y guardan en sus hebras misterios profundos. Ay, cabelleras.
He visto la cabellera que imaginó Botticelli, la que anheló Afrodita. 
La que buscaban los argonautas, la que enloqueció a Paris y a los románticos y a los pintores prerrafaelitas.
A la que tanto le temen los guardianes del orden y el templo. 
He visto la cabellera de todas las sirenas que cantaron para Odiseo.
Por la que valdría incendiar de nuevo la ciudadela de Troya.
He visto la cabellera inexpugnable del sueño y del deseo.
Por la que se lanzaron al abismo siete poetas suicidas.
He visto la cabellera que erige y deshoja todos los poemas.
La que reordena el mundo, hacedora de destinos.
He visto una cabellera imposible de sobrevivirla.
He visto una cabellera invencible e inolvidable.
He visto la melena entre las melenas.
He visto a la belleza ondulante, de polvo cósmico.
He visto a la belleza rebelde y etérea nunca antes así vislumbrada.
Digo que he visto a una muchacha que llevaba por cabellera la Vía Láctea.

31 de marzo de 2015

Un año y un siglo

Hoy se cumple un año del centenario del nacimiento de Octavio Paz. Un año es una medida razonablemente humana del tiempo. Una eternidad en la infancia; una fecha que vuelve veloz en el calendario. El tiempo era uno de los temas del poeta. La fugacidad, la permanencia, la condición efímera del hombre en la Tierra.

Están tan cerca en la memoria los debates, los artículos y actos, los festejos, las reflexiones, las lecturas con motivo del centenario. Ahora hace un siglo más un año. Hace poco, hace nada,   recordábamos en su justo sentido los versos: soy hombre: duro poco / y es enorme la noche.

El tiempo es un potro desbocado, que no se agota ni se cansa, se fuga y se pierde, a lo lejos, en su marcha. ¿Es esto una metáfora? Sólo nos queda abrir bien los ojos, en el parpadeo luminoso, vital, que nos da esa noche enorme. Octavio Paz, su vida, sus luchas, su poesía, su pensamiento, el paso de un año desde su centenario es también una medida del tiempo.

¿Es real el tiempo? Sólo si sabemos que pasa y se fuga, y recordamos que estamos solos, pero cuando estoy solo no estoy solo: estoy conmigo. La poesía, a veces, es un bálsamo. Recuerdo el centenario con la solidez de esa moneda acuñada para la ocasión. El tiempo nos arrasa, nos rebasa, nos devasta. De pronto, nos damos cuenta de que ha pasado, desde el siglo, un año.

Trato en vano con la memoria de detener el tiempo. En aquel potro se fuga la realidad en un instante. No hay consuelo. Somos hombres, duramos poco, estamos solos y es enorme la noche. ¿Es esto la realidad? No lo sé. Escribió el poeta:  Quizá la realidad también es una metáfora. Acaso una que también desgasta el tiempo.

30 de marzo de 2015

Luis Rius, poeta

Nació en España, pero llegó a México muy pronto, a sus nueve años, cuando acabó la guerra civil. Aquí vivió, se educó y trabajó (doctor en Letras por la Universidad Nacional, de la que fue profesor, entre otras). Aquí escribió una poesía solitaria que no acabó de encajar del todo en ninguna de las dos vertientes.

Tal vez por ello Luis Rius, poeta de dos tierras, es mal conocido en España, y aquí casi lo hemos olvidado. Casi nadie lo recuerda ni lo cita ni lo lee, aunque el Fondo de Cultura Económica reunió su obra en el volumen Verso y prosa hace unos años.

Publicó cuatro poemarios, Canciones de vela, Canciones de ausencia, Canciones de amor y de sombra, Canciones a Pilar Rioja, y una selección, Cuestión de amor y otros poemas, en la que incluyó algunos poemas inéditos, que terminó de preparar poco antes de morir, en la ciudad de México, en 1984.

Tengo a la poesía de Rius, con el regusto vivo de mis primeras lecturas, por una de las más límpidas y claras de la lengua, de una transparencia impecable. También, al menos en apariencia, una de las más sencillas, y sería mejor decir humildes, aunque los dos adjetivos llaman al equívoco y el malentendido. En sus poemas, todo es íntimo, casi un susurro, rico en sutilezas, con un pie en la tradición de la gran poesía española y el otro en la singularidad de su mirada.

Luis Rius tenía dos temas, y luego salía de caza e incursionaba otros cotos. El primero fue la tristeza y el destierro. Por algo llamo a una de las partes centrales de su selección de poesía reunida: Arte de extranjería. Tenía a España más en el deseo y la imaginación, en la historia y la palabra que en la memoria, y cuando volvió a su tierra se dio cuenta de que ya le faltaba la tierra americana.

El otro tema era el amor. Le encantaba las manifestaciones populares de la cultura española. Así, se enamoró de Pilar Rioja, una bailadora notable de flamenco, que tuvo fama y reconocimiento. El poeta puso en ella su corazón, sus ojos, su asombro y su entendimiento. Verla bailar fue para él un acto mágico y trascendente. Luis Rius veía en la danza de esa mujer el misterio de la belleza en movimiento. Se casó con ella.

Yo era muy joven cuando los saludé una noche, en una fiesta, después de una función. Debe de haber sido a principios de los ochenta. Ella iba de bailadora célebre, él de poeta admirado. Ha pasado mucho tiempo, pero algunos momentos, como algunos poemas, permanecen. Ahora recuerdo a Luis Rius, poeta, con estos versos dedicados a Pilar, tan suyos en su anhelo, tan limpios en su vuelo:

Si yo pudiera hacer a mis palabras
girar como los giros de tus cuerpo,
curvarse como el vuelo de tus brazos
y quebrarse al compás de tu cintura,
se moriría de amor ese silencio
de la sonrisa que sonríen tus labios
y gemiría tu sangre largamente
al escucharlas, como la mía gime
cuando al bailar me hieres y me sonríes.

13 de marzo de 2015

Entre Henry Miller y los millennials

Henry Miller, que era un gran mentiroso, un embustero encantador, además de un buen escritor, pornógrafo y la conciencia libertaria de su generación, cuenta en alguno de sus libros que uno de sus amigos tenía el don de vivir casi sin dinero, que podía vivir un año con la cantidad que otros gastaban en un mes.

Miller, que tampoco tenía jamás ni un dólar en el bolsillo, sentía que era un despilfarrador al lado de aquel modelo de austeridad espartana. El amigo del novelista apenas consumía, no se daba lujos y evitaba cualquier gasto, aunque no fuera superfluo siempre que fuera posible.

Uno los aspectos de los Estados Unidos que sacaba de quicio a Miller (la sociedad estadounidense vive la pesadilla del aire acondicionado, decía) era el consumo desmedido, el desperdicio, el gasto sin medida, la posesión inútil, la búsqueda de la felicidad a través de la acumulación de riqueza. No le faltaba razón.

En un cuaderno tengo un apunte para un cuento. Un hombre decide hacer su vida más sencilla, en busca de lo elemental y lo imprescindible de la vida. El primer paso de su plan, tal vez el más difícil de lograr, consiste en convertirse en un ser libre, completamente libre, con las menos ataduras y apegos posibles.

Comprende que el camino no es irse a una isla desierta, a una cabaña perdida en un espeso bosque ni ingresar a un monasterio de clausura. No quiere dejar su ciudad, no alejarse de su familia y sus amigos. Tampoco quiere desechar nada por sí mismo. Sólo quiere menos ataduras, comprar menos y vivir mejor.

Decide vender su coche y usar el transporte público y, en medida de lo posible caminar por la ciudad, hacerse un viandante. También considera necesario para sus fines guardar las tarjetas de crédito en un sobre sellado y olvidarlo en el fondo de un cajón. Apagará de una vez por todas el televisor salvo para ver cine y, por último, se olvidará del dispositivo inteligente que lleva siempre en el bolsillo (lo guardará apagado o sin batería en el mismo cajón en el que sepulta las tarjetas). Sin celular, dice, volveré a mirar el cielo.

¿Es posible vivir así? Ese es el nudo del cuento, pero si no fuera posible tal vez hemos perdido el rumbo por completo. Cambiará, por supuesto, la vida de ese hombre. Imaginar la vida sin esos cuatro pilares de la cultura y la civilización de nuestros días es un ejercicio que se antoja tan arduo de llevar a cabo como necesario para saber si, al dejarlos a un lado, alguien puede sentirse más libre.

En los Estados Unidos, el país de Henry Miller, el del consumo sin medida como quintaesencia de la alegría y el bienestar (algunos pensarán que de la felicidad) los sociólogos y otros analistas han encontrado las señas de identidad de una nueva generación, y en un mundo globalizado y cada vez más interdependiente, tarde o temprano lo que pasa allá sucede aquí.

Los llamados millennials son jóvenes entre los dieciocho y los treinta años que han modificado sus formas de vida y hábitos de consumo con respecto a otras generaciones. Pronto los millennials, a veces llamados generación y, serán una mayoría abrumadora de la fuerza laboral del mundo.

Estos chicos se empeñan como gato boca arriba en ser adolescentes hasta los cuarenta años. Pertenecen a la generación más educada de la historia de la humanidad y padecerán la peste del desempleo. No son racistas, son tolerantes y usan juguetes digitales de alta tecnología desde que nacieron. Y si bien les han tocado tiempos de alto desempleo, recesión y desastres financieros tienen un estilo de vida, características y hábitos de consumo muy definidos.

Compran menos coches y casas (no piensan pasarse la vida pagando una hipoteca) que las generaciones anteriores, desconfían y huyen de los bancos como del diablo. Y aunque ganen menos dinero, prefieren trabajar en empresas que no sean gigantes de rapiña y usura, y si pueden ser verdes o limpias o socialmente responsables, mejor.

Por supuesto, viven atrapados en las redes sociales. Tienen un teléfono inteligente que no sueltan ni apagan ni para dormir, y Facebook es su mejor vínculo con el mundo exterior. Compran desde su iPad o su computadora o su teléfono celular, se casan más tarde que nunca y no se identifican con ningún partido político.

Sus manías y fobias, sus hábitos de consumo, los definen como generación. Dice una consultora británica que si Apple abriera un banco tendría millones de clientes desde el primer día, y eso que la de los millennials es una de las generaciones financieramente más conservadoras de la historia, la que menos confianza tiene en los instrumentos económicos, en el dinero. Aunque también es cierto que gastan mucho, mucho más de lo que lo hacían sus padres y sus abuelos.

 Aunque en Estados Unidos viven ya abrumados por las deudas de sus becas universitarias, tienen marcas fetiche, favoritas, y son exigentes e impacientes. Compran por Internet, comparan precios, y les encantan que les entreguen sus compras a domicilio en veinticuatro horas.

Se guían por las recomendaciones de las redes sociales y desconfían de la propaganda gubernamental y de la publicidad. Sus hábitos de consumo son distintos a los de cualquier otra generación. Además se pasarán más de media vida en tenis y camiseta y comerán más frutas y verduras que sus padres, abuelos y bisabuelos juntos.

También los millennails son el grupo de jóvenes adultos más endeudado de la historia de los Estados Unidos, y ese hecho se reproducirá en muchos otros países. ¿Qué pensaría Henry Miller de ellos y su circunstancia? ¿Qué diría del personaje del cuento? 

12 de marzo de 2015

Amigos perdidos

Con el paso de los años es imposible no tener ya un registro personal de los amigos que han partido. Algunos empiezan muy tarde a inscribir el primer nombre en ese recuento, pero luego inexorablemente éste crecerá, acaso tanto que no será imposible perder la cuenta y faltar a la memoria de alguno.

Pero también hay otra lista, la de los amigos que hemos perdido en vida, de los que nos hemos distanciado, por errores y mezquindades, traiciones y equívocos, malentendidos y envidias, por nuevas parejas y separaciones, por matrimonios y divorcios, por la distancia y el silencio.

En el camino de la vida los hombres cambian tanto que puede llegar el día en el que no es posible encontrar y reconocer en la persona que tenemos delante al amigo que conocimos hace muchos años.

Yo he perdido algunos amigos. Y no es un consuelo saber que le sucede a todo el mundo. A veces las razones son tan infantiles que parecieran una mala broma. No es posible que un gesto desatento, que un juicio equivocado desemboque en la ruptura.

He perdido amigos, y lo lamento. Y echo de menos sobre todo a aquellos a los que pude haber lastimado, a los que decidieron que era mejor dejar de verme. En el caso contrario, cuando yo he decidido no frecuentarlos, procuro olvidar las causas y recordar los que nos unió en el pasado.

Todos los días convivimos con compañeros de alguna actividad, en la escuela o en el trabajo, con colegas, y a veces surge la amistad.  La vida nos acerca y nos aleja de gente de la que nos sentimos muy cerca por un tiempo, que puede extenderse por muchos años. Y un día, algo sucede, algo se rompe, y se abre una cima insuperable.

La amistad es tan valiosa y gratuita, tan nítida y estimulante como el amor. Y no menos misteriosa, y no menos frágil. Sin detenerme en los motivos y razones, hoy pienso en mis amigos perdidos. 

Las fotos de Juan Rulfo

En el vestíbulo de un edificio encontré una breve exposición de fotos de Juan Rulfo. No la esperaba, y aunque tenía prisa me detuve un momento a mirarlas, a recordar que fue un gran fotógrafo. Al llegar a casa, muchas horas después, tenía muy viva la impresión de aquellas imágenes y busqué el libro con sus fotografías. Si Rulfo no hubiera escrito, bastarían sus fotos para seguir considerándolo, en esa situación imposible, un gran artista.

Pero en esa nueva visita a sus trabajos, con el libro abierto en la mesa del comedor, dejé de pensar en él como un artista que cultivara dos disciplinas y lo vi como un artista con dos habilidades; un artista con la misma actitud y la misma mirada, ya se aproximara con la palabra o con una cámara.

Las oraciones de Rulfo son tan claras y nítidas como sus fotografías. Y sus fotos se recortan con la fuerza y la precisión de sus cuentos, la contundencia de sus ambientes. Nada sobra en sus imágenes, y tampoco nada falta, en sus fotografías y en su literatura hay una lección impecable de austeridad y belleza.

Las fotos de Rulfo, en un juego intenso de blanco y negro, revelan la soledad, el olvido, el tiempo del campo mexicano, de pueblos y caseríos, de paisajes, en los que pareciera que sólo falta alguno de sus propios personajes para cobrar vida. El mundo visto a través de la lente de Rulfo tiene los atributos de su literatura y es rotundamente rulfiano.

Las palabras y las imágenes no literarias de Rulfo tienen mucho en común. Hay algo que comparten en la mirada y la economía de recursos, en la expresión lacónica y en el encuadre impecable de cada toma, de cada oración.

Pareciera que hay una sintaxis que va de sus oraciones a sus fotos, una gramática común que impera en sus fotos y sus escritos. La belleza, sustentada en esa aparente sencillez, en la claridad y precisión, es a un tiempo visual y textual. Rulfo escribía cuando fotografiaba, y cuando hacia una foto escribía una historia.

El prestigio de los libros

Fui al despacho de un hombre del que nada sabía, salvo su nombre y su cargo. Me habló de su admiración por Don Quijote. Orgulloso me mostró sus tesoros, un cuadro enorme y lamentable, una pequeña escultura sobre su escritorio, un grabado en otra pared, y en una mesa lateral una escultura y sobre todo un ejemplar muy grande del Quijote, una edición ordinaria de mediados del siglo pasado ilustrada con los grabados de Doré.

Ese hombre tenía una fijación por el hidalgo manchego, que era su fuente de inspiración, su ejemplo, su fortaleza. Había fundado una empresa y la había conservado y hecho crecer durante veinticinco años. Lo había logrado a fuerza de perseguir su sueño sin desfallecer jamás.

Yo no sabía que Don Quijote conociera y mucho menos que enseñara el camino del éxito empresarial, pero sospecho que es posible encontrar razones y fortaleza donde cada quien quiera buscarlas. Pero estoy seguro, después de hablar unos minutos con aquel hombre, de que no había leído la novela. Nada sabía de Clavileño, ni del bálsamo de Fierabrás, ni de Dorotea, ni de los duques, ni de la pastora Marcela, ni del caballero de los Espejos, ni de ningún otro personaje o lance; era evidente que no había leído ni una página.

Su imagen de Don Quijote era la de un personaje de musical, de cómic, de una pésima película, que nada o casi nada tiene que ver con el que creó Cervantes. Un mundo zafio enfermo de envidia le llamaba locura y sin razón a la grandeza de un caballero que luchaba sin cesar por alcanzar su ideal.

Muchas personas conservan en sus despachos y en sus casas enciclopedias, colecciones más o menos lujosas de clásicos, de premios nobel, de las grandes civilizaciones que nadie ha abierto y no leerán jamás. Al parecer piensan que basta tenerlos ahí, al alcance de la vista, como el más noble y prestigioso de los adornos, para que iluminen a su poseedor.

Los libros gozan de un gran prestigio, pero tienen el inconveniente de que es necesario leerlos para gozar de ellos, para aprender, para estimular la imaginación y el pensamiento. Casi nadie se atrevería a negar su utilidad pública, sus virtudes como medio para guardar y transmitir información, para ganar fama, prestigio, poder, pero según los indicadores de lectura son muy pocos los que los frecuentan.

Es por lo menos curioso que alguien se rija por ideas y creencias fijas atribuidas a un libro que ni siquiera ha hojeado; que alguien se sienta motivado y aun tenga fe en páginas que no ha conocido.

El hombre inspirado por el Quijote sin haberlo leído no es un caso aislado. Muchas personas que hacen gala de sus firmes convicciones religiosas tienen en sus casas ejemplares de la Biblia que nunca han leído y quizá no lo hagan nunca. Aun para ellos, la palabra impresa dice la verdad. Aunque permanezcan intactos, es absoluto el prestigio de los libros.

15 de febrero de 2015

Un ejemplar del Quijote

El Museo Franz Mayer está alojado en una construcción magnífica del siglo XVI, de muros sólidos y anchos, techos altos con vigas, que siempre me ha parecido un espacio de luz y paz en el centro de la Ciudad de México. Sin embargo, su historia ha sido muy agitada.

Fue durante el virreinato el Hospital de San Juan de Dios, y desde la Independencia fue usado sucesivamente como convento de monjas, colegio de niñas, cuartel, albergue de prostitutas, de nuevo hospital, oficinas gubernamentales, sede del Diario Oficial de la Federación y depósito de Correos. Ahora es un museo de artes decorativas con colecciones valiosas.


Una mañana de domingo, después de mirar cuadros y muebles, relojes y gobelinos, vajillas de talavera y toda clase de objetos de plata, subí las escaleras y miré el magnífico patio central. En una esquina, a la que casi no llegan visitantes, está una biblioteca, cuyas maderas, escaleras, estantes y balaustradas ya justifican la visita.

Estaba vacía, una bibliotecaria trabajaba y me saludó casi sorprendida de verme ahí. Entré a mirar, atraído por el encanto de los volúmenes, por la fascinación que ejerce sobre mí ese objeto mágico llamado libro. Por fortuna no soy un bibliófilo, pero al acercarme a una de las vitrinas supe al instante que estaba delante de un tesoro.

Ahí estaban, delante de mis ojos, ediciones tan viejas y tan raras del Quijote que apenas podía creerlo. El Museo Franz Mayer tiene casi ochocientas ediciones del Quijote en dieciocho idiomas, las más recientes de hace poco más de un siglo.

La joya de la corona, me parece, es una edición de 1605, la de Valencia, que según los grabados que he visto debe ser igual a la de Madrid de ese mismo año, la primera, la verdadera edición príncipe del Quijote. (Algunos especialistas hablan de otra, anterior, por unos meses; pero entiendo que esa edición es más una conjetura que un libro de verdad.)

Ese pequeño libro, editado en octavo, hace cuatrocientos diez años, me despertó una emoción súbita, como un encantamiento. Pensé que quizá Cervantes lo vio y hasta lo tuvo entre sus manos. Imaginé las vicisitudes, rotundamente novelescas que habrán sucedido para que ese ejemplar llegara a la Biblioteca del Museo Franz Mayer.

A veces bastas mirarlos para que los libros, fuente inagotable de satisfacciones, nos regalen una alegría. Nunca había imaginado que vería una edición del Quijote de 1605. Nunca imaginé que ese hallazgo me conmoviera tanto. Al salir a la calle, me sentía pleno, y me pareció que la luz del día era más clara y más limpia.

31 de enero de 2015

Tolstói y la felicidad conyugal

Tolstói sabía mucho sobre la infelicidad conyugal. Su largo matrimonio con Sofía Andreievna es quizá el más desdichado que escritor alguno haya tenido, y también, tal vez, el más fecundo para la literatura.

Tolstói y su mujer, en perfecta paradoja, a pesar de sus trece hijos, no dejaron de reñir, de ofenderse y agredirse. Se pasaron la vida juntos para estar en desacuerdo casi en todo, para vigilarse, odiarse y sucumbir a celos terribles y justificados.

Lev Tolstói murió en una estación de tren, solo, a los ochenta y dos años, porque se había ido de su casa para huir de Sofía, en una fuga que se antoja tan tardía como impulsiva e inútil. Algunas de las obras mayores del enorme novelista ruso, no hubieran sido posibles sin el incentivo de esa experiencia, ese matrimonio rotundamente desgraciado. La obra literaria de ambos, en sentido estricto, pero también las cartas y diarios dan cuenta de su marital infierno.

La sonata a Kreutzer, que tanto tiene de autobiográfica, según los manuales y estudios de muchos críticos, es un libro amargo, nocivo, tóxico. Es la novela de un hombre maduro enfermo de celos, de un santón contradictorio que estuvo cerca de crear una religión, de un iluminado que aspiraba a una vida asceta, cerca de la vida de un santo, que acaba por predicar la castidad.

Es la crónica de un sufrimiento, una denuncia de un orden social de doble moral o abiertamente inmoral. La tolerancia y el estímulo de la conducta de los varones como depredadores sexuales se alimenta de la coquetería e impudor femeninos, de los escotes y espaldas desnudas que colocan a las mujeres, «que no desdeñan exhibir las partes de su cuerpo que excitan la sensualidad», en el camino de la  provocación y la caída, las víctimas y el pecado.

Treinta años antes de La sonata a Kreutzer, Tostói había escrito La felicidad conyugal, que tiene un lugar entre las rotundas obras maestras de la novela corta. También vinculada a su experiencia biográfica, cuenta no un aspecto de la vida que había tenido, sino la que le gustaría vivir, la felicidad conyugal a la que aspiraba. Está claro que su aspiración no se cumplió.

Tengo la impresión de que en las ediciones bellas e impecables la buena literatura es aún mejor, como si el cuidado editorial, la calidad del papel y la tipografía realzarán el encanto y el poder del alma de las palabras. En la impecable edición de Acantilado, en la traducción de Selma Ancira, he gozado a plenitud la prosa intensa y clara, la sabiduría de Tolstói sobre la vida conyugal, que de tan poco le valió para su matrimonio. La literatura no es la vida, y no es lo mismo escribir sobre la felicidad que ser feliz.

La felicidad conyugal cuenta, narrada por ella, las sucesivas etapas de la relación de Masha y Serguéi. Desde lo que hoy no sería muy difícil llamar noviazgo hasta la consolidación de su vida conyugal, que promete ser serena y apacible, larga y tal vez feliz. Los ríos jóvenes suelen ser impetuosos y rápidos, los viejos son serenos y lentos. Tal vez así son los amores conyugales, al menos así los imaginaba Tostói.

Desde la elección, el reconocimiento del otro, en el enamoramiento: «cada uno de mis pensamientos es un pensamiento suyo, y cada uno de mis sentimientos era un sentimiento suyo», hasta: «en una palabra, era mi marido y nada más. Sentía que así debía ser, que así eran todas las relaciones» y «entre nosotros ya se percibían las conocidas convenciones del decoro», Masha y Serguéi pasan de la pasión a la distancia, de los celos a la indiferencia, de la comunión al malentendido, del diálogo al silencio; en la doble resignación y las pequeñas alegrías de la larga vida cotidiana y conyugal.

¿Dónde fincarán su felicidad? En el amor previsible, sereno, lento, como un río viejo cuando se ha terminado el idilio. Y en la llegada y la crianza de los hijos. Eso pensaba el joven novelista Tolstói, pero la historia y la literatura nos dicen que a pesar de sus trece hijos en matrimonio no encontró, antes lo contrario, el amor reposado y la felicidad conyugal.

16 de enero de 2015

Tacenda

Es una hermosa palabra latina para aludir lo no dicho, lo que no debe decirse, esas cosas de las que a veces es mejor no hablar. Tacenda es la palabra que nombra ese silencio.

Común en inglés, entre nosotros no se dice ni se escribe, acaso por un resquemor de tradición hispana, o tal vez por la coherencia extrema de no sólo no decir ciertos hechos y verdades, sino también omitir la palabra que da nombre a lo que no se dice por dolor o vergüenza, por conveniencia o temor, por pudor o aquiescencia.

Hay cosas de las que mejor no hablar. Hay momentos, sucesos, temas que vician el aire porque están ahí, al acecho. Un punto de acuerdo tácito, acaso con uno mismo, pero también en pareja, en grupo o en familia, nos invita a que algunos asuntos se oculten en el silencio cómplice, tan parecido a la mentira.

Hay temas que no deben tocarse, nos dicen, nos decimos; hay cosas que no deben decirse, que más vale olvidar o al menos no evocar su recuerdo. La prudencia y las buenas maneras mandan callar la traición, la infamia, el crimen, la deshonra, la conducta vergonzosa y delictiva, la mentira trascendente, el incumplimiento de promesas.

Es imposible hablar de algunos temas sin romper el frágil equilibrio, la simulación. Hay temas sometidos a la tiranía de lo no dicho. Tal vez toda relación se sustente en el desdén de lo que permanece oculto. Tal vez todo acuerdo y todo comienzo implica un olvido, o el simulacro de ese olvido, su omisión, restarle importancia. Ceder ante el silencio elocuente y amable que favorece la convivencia, ya sea conyugal o entre parientes, amigos, vecinos, bandos, naciones.

Tacenda: pocas palabras encierran y ocultan tanto. Somos nuestras palabras, también  nuestros silencios.

6 de enero de 2015

Los temores de Oliver Sacks


Los libros de Oliver Sacks sobre los casos clínicos de algunos de sus pacientes han  despertado desde hace años el interés de diversos públicos, aun de lectores muy alejados de la ciencia y la psiquiatría. Los más populares, Un antropólogo en Marte, El hombre que confundió a su mujer con un sombrero y La isla de los ciegos al color le han dado una celebridad de rock star, y algunas de sus historias se han convertido en películas taquilleras con actores de Hollywood.

A mí, más que las historias que cuenta, por extrañas e increíbles que parezcan, me interesa más la figura de doctor Sacks. Algunas personas con rasgos físicos o de personalidad tan definidos y nítidos son una fuente de ideas para la literatura. Neurólogo y psiquiatra, es, según una vieja entrevista que aparece en una de mis carpetas, un tipo un poco chiflado, maniático, neurótico y francamente raro, extraño. No podía ser de otra manera. Creo que sería un gran modelo para un personaje literario.

Digamos que es un maniaco de la temperatura, a la que regula y controla draconianamente en sus habitaciones con sistema de calefacción y aire acondicionado, que nunca se ha casado ni convivido con nadie, que siempre come lo mismo, arroz y pescado que alguien le prepara y él calienta en el horno de microondas.

Pero lo importante es una respuesta de la entrevista, una que es un cuento brevísimo y una posible definición del horror. A la pregunta: «¿Qué es la locura?» Respondió: «Permítame que le cuente algo que ocurrió hace ya algún tiempo en el Beth Abraham Hospital del Bronx, donde trabajo. Un ex director del centro ingresó como paciente tres años después de jubilarse, con síntomas de demencia senil. Un día se puso la bata blanca, entró en su antigua oficina y empezó a repasar expedientes. Al cerrar uno de ellos, leyó su nombre. Le encontramos gritando, preso de convulsiones, horrorizado. En un momento de lucidez, lo comprendió todo: comprendió que estaba loco.»

Y luego nos regala el argumento para una novela: «Uno de mis temores, desde hace tiempo, es que me confundan con un paciente. Si me quitan la bata y la placa con mi nombre, ¿qué diferencia hay entre el médico y el enfermo? Llegado el momento, ¿qué diferencia hay entre la cordura y la locura? ¿Cómo podría probar que no estoy loco? En mí verían tal vez a un hombre nervioso y tartamudo, convencido, el pobre, de que es el doctor Oliver Sacks.»

Esta pregunta puede poner de cabeza a la psiquiatría; bastaría quitarse la bata para poner en entredicho a la ciencia, al menos por un momento. El médico y el paciente podrían intercambiar papeles como una comedia de enredos.

Esos temores son en sí mismos una historia de terror. La locura y la cordura, la luz y la sombra se abren paso entre arenas movedizas, en frágiles certezas, y tienen una hondura, una contradicción esencial, una riqueza de matices que no han paso inadvertidos para la novela.

Cervantes comprendió mejor que nadie las posibilidades novelescas de la locura, de entrar y salir de la razón según conviniera al personaje o al relato. La idea de un psiquiatra o neurólogo que puede convertirse en paciente, en loco, sin salir del hospital, con sólo quitarse la bata, tiene el recurso elemental de un cómic y el desdoblamiento dramático del teatro de Dario Fo, o del absurdo.

Los temores del médico podrían ser la premisa de una gran novela, sobre todo si el personaje tuviera la riqueza de matices del lúcido y clarividente doctor Sacks.


2 de enero de 2015

Dos veces al día

Desde mi ventana veía a un hombre que lavaba su coche. Lo estacionaba en la calle, enfrente de su casa, sacaba una manguera y una cubeta, trapos y toda clase de utensilios de limpieza. Abría las puertas, encendía la radio y lavaba su coche. Así lo hacía todas las mañanas, sin faltar los domingos ni los días festivos. Todos los días muy temprano lavaba su coche.

Lo hacía a conciencia, con mucha agua. También utilizaba jabón y un detergente especial para carrocerías. Con un cepillo repasaba una y otra vez los neumáticos, a los que luego untaba una sustancia misteriosa para darles brillo. 

Los interiores los aspiraba como si fumigara y los protegía con una espuma muy blanca que aplicaba con una esponja, y con otro trapo empapado en un aceite repasaba la parte interna del techo y el tablero.

 El parabrisas merecía una atención particular. Lo limpiaba en círculos, una y otra vez como si puliera un cristal. Revisaba el motor, en realidad parecía que lo admiraba, y terminaba por aspirar también la cajuela como si estuviera combatiendo un virus letal.

Toda la delicada operación le llevaba unos cuarenta minutos. Y no dudaba en volver a repasar aquí o allá si encontraba una gota, una mancha, la menor impureza. Luego, apagaba la radio, cerraba las puertas, guardaba sus bártulos y volvía a su casa. Su dedicación y constancia era admirable.

 Podría pensarse que era un hobby, una terapia, un remedio contra la ociosidad y el tedio, una manda a la Virgen que cumplía con devoción impecable, una forma de ejercicio espiritual, o el rito de iniciación de una secta. Ese hombre lavaba su coche como si lavara su conciencia, como tendríamos que lavar el mundo.

Su costumbre de lavar el coche todas las mañanas me parecía un exceso, una manía, un derroche de agua y tiempo y energía. Unas vacaciones en las que pasé mucho tiempo en casa, descubrí que el despropósito se repetía por las tardes. 

Antes del anochecer, unas nueve o diez horas después de haber lavado el coche en la mañana, volvía a lavarlo con idéntica dedicación y rutina. Locura, una forma benigna de la locura, pensé.

Al alejarme de la ventana consideré que, tal vez, ese hombre había resuelto, en la disciplina draconiana de lavar su coche dos veces al día, la pregunta esencial de su existencia. Puedo imaginar su respuesta: «Estamos en esta vida para lavar el coche dos veces al día.» 

1 de enero de 2015

Testimonio

La marquesa no salió a las cinco. Ni ayer ni ningún otro día. A pesar del falso testimonio de algunos novelistas, la marquesa nunca ha salido a las cinco. Afirmar lo contrario es una infamia y faltar a la ficción.

31 de diciembre de 2014

Un diálogo: Magris y Vargas Llosa

Claudio Magris y Mario Vargas Llosa conversaron en Lima, Perú, en diciembre de 2009, sobre sus dos temas favoritos: la literatura y la política. Fue un encuentro planeado, público. Ahora, ese diálogo ha sido editado en un volumen con el poco afortunado nombre de La literatura es mi venganza (Anagrama, 2014). En sus escasas páginas no hay venganza alguna, sino inteligencia, ideas, y una admiración y respeto hacia el otro que ya son una lección en sí mismos.

No son muchos los autores que merecen atención una vez que hemos salido de sus mejores páginas. Magris y Vargas Llosa son siempre interesantes porque sus opiniones son tan razonadas como polémicas y honestas. 

En ellos dos se conjuga esa doble condición que es menos común de lo que solemos suponer: son artistas, maestros de la palabra, autores de notables obras literarias, y son también intelectuales, se han formado opiniones a partir de pensar y estudiar los temas (los problemas) que les interesan.

El volumen dividido en cuatro secciones, es una muestra de sus opiniones y experiencia. La sección sobre literatura, sobre las interpretaciones del viaje y el retorno de Ulises bien podría enseñarse en las aulas. 

Las opiniones sobre los derechos y las libertades, la democracia, sobre los autores que equivocaron el camino ideológico, tampoco tienen desperdicio. Leer el diálogo no es lo mismo que terminarlo, que enriquecer la opinión propia, que mirar desde otros puntos de vista. En su brevedad, este diálogo no se agota ni en la primera ni en la segunda lectura.

30 de diciembre de 2014

Una familia infeliz

Tolstói sabía que todas las familias felices se parecen y que cada una de las infelices lo es a su manera. Lo que es más extraño es encontrar una familia desdichada con un talento notable en cada uno de sus miembros para cultivar su desgracia. Un amigo mío sostiene que todas las familias son disfuncionales, pero a juzgar por  El desencanto (1976), el documental de Jaime Chávarri, es difícil encontrar otra más desdichada, desarbolada, herida en su columna vertebral, en su esencia, como la familia Panero.

El padre Leopoldo Panero, impecable poeta y funcionario del franquismo, tal vez nunca imaginó en lo que se convertiría su casa. La madre, Felicidad Blanch (nunca una mujer llevó un nombre más desafortunado) se enfrentó y toleró, sufrió a sus hijos, todos poetas: Juan Luis, el señorito petimetre; Leopoldo María (el loco oficial de la poesía española) y José Moisés, Michi, el menos fuerte, el menos agresivo, el que tenía menos talento, el que murió primero.

La familia Panero podría haber sido flor y espejo de una buena familia, vetusta y rancia de provincias, y resultó el paradigma del infortunio familiar. No creo que otra puedo igualarla en el resentimiento y la rivalidad, la perfecta e impoluta falta de afecto y cariño.

La autodestrucción y la amargura era el pan de cada día, las fomentaban desde su infortunio con inteligencia, con vehemente lucidez y conocimiento de causa, con una perseverancia incansable, desde un pedestal de cultura y poesía. El documental mismo no se explica, el espectador no puede entender lo que ve y escucha. ¿Cómo pudieron enfrentarse así a una cámara? Nadie ha dicho que fuera ficción y ellos espléndidos actores.

Los Panero eran una pandilla impecablemente bien dotada para la perfecta infelicidad. Algo, alguien, habría tenido que protegerlos de sí mismos. La distancia, el olvida, una epidemia. Los miembros de la familia Panero hablan con brillantez, con claridad y precisión. Tantas familias se deshojan por falta de comunicación, y estos se decían y se arrojaban verdades y medias verdades, sus verdades, como piedras.

Eran la madre, y los tres hijos, inteligentes, lúcidos, cultos, con una expresión oral impecable, con un vocabulario rico, muy rico, con un discurso lúcido y asombroso. Ninguna otra familia, tal vez, se ha echado en cara -en particular a la madre- sus miserias y desgracias de esa manera.

En esa casa habitaba la vesanía, el rencor, el discurso lúcido de la locura. La agresión verbal, la distancia,
la absoluta soledad mal acompañada. Allí no hubo ni ternura ni cariño. Allí habitaba el ego, cinco soledades, el dolor, el sufrimiento. También el alcohol.

Y ahora descubro que hay otro documental, Después de tantos años (1994), de Ricardo Franco, que debe ser como una secuela, y Luis Antonio de Villena acaba de publicar un libro, Lúcidos bordes del abismo (2014), en el que, según el autor, "se cuentan muchas cosas de las que fui testigo y que nunca se han contado por escrito".

Los seis miembros de la más infeliz de las familias, y no sólo de España, están muertos (por fortuna, tal vez, ninguno de los tres hijos tuvo descendencia). Sobrevive la poesía que escribieron, las películas y los libros sobre ellos, su leyenda maldita. Su desdicha tal vez no ha muerto.

28 de diciembre de 2014

Instrumentos de escritura

"Nuestros instrumentos de escritura participan en la formación de nuestros pensamientos" escribió Nietzsche, y sabía bien lo que decía. Sócrates quería parir a la verdad y confiaba en la memoria al punto de negar la escritura. Jesús trazó unas palabras en la arena y las borró enseguida.

George Steiner nos recuerda esto con perspicacia: Sócrates y Jesús no escribieron ni publicaron nada, y sin embargo sus palabras cambiaron el mundo. Pero no todos pueden transmitir su pensamiento mediante la mayéutica, la memoria y la parábola. Para el resto nos queda la escritura. Y Malala, la admirable, sabe de la fuerza invencible que transforma, libera y enriquece cuando se conjugan un maestro y un alumno con un cuaderno y lápiz.

Nietzsche tiene razón. No se escribe igual a mano que con una máquina de escribir o que con una computadora. No se escribe igual porque no se piensa igual, con la misma velocidad y el mismo sentido. Porque el texto mismo no revela y sugiere lo mismo.

Tampoco es lo mismo escribir a mano con un lápiz o un bolígrafo o una estilográfica. No es la misma escritura la que aparece en una hoja suelta que un cuaderno. La disposición, el peso del instrumento, la levedad del lápiz frente a la gravedad definitiva de la tinta, todo ello, hacen que cambie no sólo el pensamiento sino también los trazos, la calidad de la caligrafía.

Nietzsche tuvo una máquina de escribir. Una máquina de una extraña belleza que parece todo menos un instrumento de escritura. Una media esfera dorada con teclas arriba que parecen clavos. Podría ser un sismógrafo o un instrumento de navegación. Nietzsche fue un pionero, y escribió con ella cuando ya no veía bien, y descubrió que los instrumentos de escritura participan en nuestros pensamientos.

Luego lo supo T.S. Eliot y otros muchos, y debiera saberlo cualquiera que va de uno a otro instrumento en busca de la expresión justa, la idea central que aglutine lo disperso, el que busca la contundencia absoluta de un verso.

Voy de un instrumento a otro en busca de mi mejor escritura. Voy de uno a otro atento, mirando los cambios en la sintaxis, en la hondura. A mano escribo oraciones más largas y complicadas. En la máquina más directas y cortas. El instrumento ayuda a pensar. Entonces, si de desdobla y cambia, ¿cuál será la escritura más íntima y personal? ¿Dónde estará la escritura más pura y desnuda?

26 de diciembre de 2014

La ka no está en El Quijote

La letra ka no está en El Quijote. Y la uve doble tampoco.* Cervantes no necesitó esas dos letras para escribir la mayor novela de la lengua española.

La letra ka y la uve doble tampoco están en el Cantar del mío Cid, ni en La Celestina, ni en El lazarillo de Tormes, ni en las otras obras fundadoras, tan admirables como tempranas. No están en las "Soledades", ni en El buscón...

No las necesitó Rojas, ni Calderón, ni Quevedo, ni Lope de Vega, ni Góngora, ni Sor Juana, para escribir con Gracián y algunos otros esos libros maestros que son aún ahora las columnas que sostienen el genio y el alma del idioma.

A la ka y la uve doble (complicada ésta en su pronunciación y desde sus tres nombres: uve doble, ve doble o doble ve, sin contar que también la llaman doble u) no las convocó Miguel Hernández a El rayo que no cesa. Y en Pedro Páramo, de las dos, sólo la ka aparece una vez en la palabra kilo.

La uve doble sólo sirve para unas cuantas palabras extranjeras; es como un intruso, el convidado de piedra de las letras. La ka, por su origen griego, da un poco más, pero con el prefijo kilo (mil), y las palabras whisky y vikingo y ketchup y karate y kiwi y unas cuantas más (todas extranjeras), casi la agotamos, si no contamos los nombre propios sobre todo del inglés.

La ka adquiere dignidad literaria en Kafka y lo kafkiano, con Shakespeare, pero es casi invisible, casi prescindible en español. Tal vez la uve doble no goza de ese privilegio. Sin malquerencia me pregunto cuándo y cómo llegaron al español, y sobre todo para qué.

A pesar de sus servicios, su limitada utilidad, no han perdido su extranjería, no han dejado de ser extrañas, casi ajenas. Son en el abecedario como esos parientes mal integrados a la familia, esos lejanos a los que casi nadie ve ni frecuenta.


La Ortografía tiene una posición muy ambigua hacia ellas. Ni acaba de integrarlas, ni acaba de prescindir de ellas.  Y ahí seguirán, por supuesto. De algo sirven y servirán. Pero ahora mismo, como hace varios siglos, podrían escribirse novelas, poemas, ensayos, tratados, obras de teatro, obras maestras con registro amplio y léxico riquísimo, sin que esas dos letras aparecieran. Es posible. Sería como si esas dos se fugaran del abecedario. En realidad, es un poco como si nunca hubieran estado. La ka y la uve doble no están en El Quijote.

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* La uve doble, que no aparece en la edición de Francisco Rico, sólo se asoma tímida un par de veces en la edición de Martín de Riquer en el nombre de Wamba. Rico pone: Bamba.

24 de diciembre de 2014

Cioran pudo ser novelista...

Escribí este libro en 1933, a los veintidós años, en una ciudad que amaba, Sibiu, en Transilvania. Había acabado mis estudios de filosofía y, para engañar a mis padres y engañarme también a mí mismo, fingí trabajar en una tesis sobre Bergson. Debo confesar que en aquella época la jerga filosófica halagaba mi vanidad y me hacía despreciar a todo persona que utilizara el lenguaje normal. Pero una conmoción interior acabó con ello, echando por tierra todos mis proyectos.

Así comienza el Prefacio de En las cimas de la desesperación, el primer libro de E. M. Cioran. Esta obra, escrita en rumano, le salvó la vida. Lo salvó de sí mismo, de la desesperación del título, con arrebatos líricos que le dieron, a través de la escritura, una forma de vida y una forma de estar en la vida. Una forma de vivir y una razón para hacerlo.

Este libro no está compuesto de los aforismos o adagios, de las sentencias luminosas y fulminantes de los libros de madurez, sino de ensayos breves propios de un recién graduado en filosofía. Es este un Cioran que todavía no ha hecho del cinismo y la ironía dos de sus herramientas más poderosas y letales.

Me reconforta leer en Navidad este libro de Cioran, que no conocía. Su lucidez, su pesimismo, me ofrecen un contrapeso necesario y estimulante. Un equilibrio, el otro lado de la medalla. Cioran es tan intenso, tan claro e inteligente, que siempre ofrece algo, aporta, y enriquece el momento, la soledad, el insomnio, la noche.

Pero ahora que leo el Prefacio, me doy cuenta de que sus primeras líneas podrían ser el primer y rotundo párrafo de una novela. Ya está ahí el átomo original de una buena novela. El personaje, su circunstancia; el narrador y su punto de vista, su arrogancia, su calidad moral y la conmoción que acaba con sus proyectos.

Estoy convencido de que hubiera sido un buen novelista, pero Cioran no se sentía filósofo ni escritor. Sin embargo, en esas líneas hay más verdad y ficción, más fuerza y literatura, que en muchas, muchas novelas deslucidas de miles y miles y miles de palabras.

22 de diciembre de 2014

La metáfora, la palabra

Quizá la realidad también es una metáfora, dice Octavio Paz en El mono gramático, una de sus obras maestras. Sí podría serlo, si el lenguaje es una metáfora de esa metáfora que es la realidad. El lenguaje es una aproximación a la realidad, pero hace, construye esa realidad, la nombra y le da forma y consistencia.

¿Cómo sería la realidad sin el lenguaje que le da nombre y un orden, es decir, una gramática? ¿Cómo sería la metáfora llamada realidad si no pudiera ser nombrada, definida, adjetivada y conocida por esa otra metáfora llamada lenguaje?

La palabra al nombrarlo crea el mundo, pero las palabras no son las cosas. Aristóteles ya sabía que la más poderosa herramienta del entendimiento es la metáfora. Este es un asunto para Platón y Borges, que sabían mucho de estas cosas.

Si la realidad es una metáfora, y el poeta sabía bien lo que decía, ¿qué hay detrás del símil, de la metáfora y la retórica? La vida cotidiana y la palabra desnuda. El hombre y la palabra. "La vida sencilla": Llamar al pan el pan y que aparezca / sobre el mantel el pan de cada día...

21 de diciembre de 2014

La noche más larga

Solsticio de invierno podría ser el nombre de un cuento, de una historia que llevara cifrado en el título su razón de ser, la fuerza que lo anima, la clave de su trama.

El cielo cubierto, el viento muy frío y la promesa astronómica de que la noche del 21 de diciembre es la más larga del año en el hemisferio norte, no son pocos elementos para comenzar a tejer una trama. Cada probable autor y cada posible lector imaginaría lo que significa esta noche y lo que es propicio, lo que podría suceder en ella.

El cumplimiento de un plazo, el fin de una infamia, la hora de la venganza, el inicio o fin de un hechizo, el comienzo de una era, el tiempo del crimen, el cierre de una espera. Tal vez por fin la noche de dos amantes para los que en recompensa se pospone un poco el canto de su alondra.

Dice una nota de prensa que esta será la noche más oscura del año, y algo aún más inquietante: esta noche será un poco más larga que las otras noches, que todas las noches en la historia de la Tierra.

Como un conejo salido de la chistera de un mago, como un golpe de teatro, Deus ex machina, sugiere la nota (acaso el verdadero relato de la noche del solsticio de invierno) que la rotación del planeta disminuye su velocidad, por lo que, aunque imperceptibles, las noches son más largas. Cada ciclo de veinticuatro horas, cada día, dura más, entre quince y veinticinco millonésimas de segundo.

Las posibilidades del relato se multiplican. Ahora podría ser un relato de ciencia ficción o de ficción científica, o uno fantástico desde la astronomía o el sueño de alguien sobre el cosmos y el tiempo.

Pensar que la noche será la más larga en la historia del planeta Tierra es estremecedora. No faltará el poeta que la cante en un poema fugazmente célebre. La próxima noche del solsticio de invierno, en año entrante, será un poco más larga.

Pero esta noche me lleva a imaginar un relato efímero, a pensar en sus significados, en el inicio del invierno, en la edad y duración del tiempo. Esta noche me invita al silencio, a su oscuridad.

Me siento un testigo que no comprende lo que está sucediendo Siento que estoy ante un fenómeno de proporciones cósmicas que me invita a la vigilia, a escudriñar el cielo, a lamentar un poco no tener un telescopio, y a pasar la noche más larga en vela.

Una novela de Marguerite Duras

Leí La amante inglesa, con creciente placer, la tarde un domingo. Marguerite Duras, es una escritora enorme, cada día digna de la mayor atención, aunque pareciera que ha pasado su momento de gloria editorial.


Siempre lo he sabido, desde que descubrí hace mucho una posibilidad de la escritura con Los caballitos de Tarquinia, Moderato cantabile, Los ojos azules pelo negro, El square, El amante, El dolor, El amor. Duras sorprende desde los títulos de sus libros, con esa sencillez y claridad que revelan lo profundo con impecable brevedad.

Lamento no haberla frecuentado en muchos años; Marguerite Duras y su tocaya Yourcenar son las dos señoras de las letras francesas. Ambas absolutamente singulares e indispensables. 

Comencé a leer y a gozar tanto el relato como las artes de una maestra de la novela. La estructura, la inteligencia de los diálogos, el dominio de los resortes del suspense sin ocultar nada al lector, la astucia literaria son impecables.

Me he asombrado del registro, de la profundidad y precisión de la historia contada con palabras sencillas, con el vocabulario que podría entender un estudiante de secundaria. ¡Qué asombrosa maestría para contar una historia!

Y por último, la profundidad, la lucidez transparente para adentrarse en lo más oscuro: la derrota del amor, la infelicidad, el tedio conyugal, la fantasía y la imaginación, el sinsentido, el deseo insatisfecho, los celos, la locura. 

Todo está ahí, en esas páginas que se disuelven ante los ojos como una golosina en la boca. Sí, Duras crece en el tiempo; se erige en la distancia como maestra de novelistas, señora de las letras francesas.

Un libro propio y extraño

Escribo un libro por encargo. Desde hace un tiempo que cada vez me parece más extenso, escribo un libro que me es del todo ajeno. No es literatura y no suplanto a nadie. Será el libro de una institución. El tema es más bien árido. No sé nada de la materia y avanzo a fuerza de consultar libros y documentos.

Escribo un libro que no llevará mi nombre y sin embargo tendrá mucho de mí. La escritura neutra y fría tal vez no ocultará del todo las más sutiles huellas del autor. Ciertos rasgos en la  puntuación, algún giro, una particularidad en la sintaxis.

Escribo un libro que es y no es mío. Me pagan por hacerlo y yo procuro escribir con calculada distancia. Tengo un temario, una meta, una fecha que cumplir. No es mi libro, y sin embargo también estoy en esa escritura. Lo hago lo mejor que puedo; soy un profesional, me digo.

Me desdoblo en otro autor, escribo como si fuera otro, un fantasma. Tiendo a disolverme en una insípida neutralidad. El libro no lo escribe nadie porque después de todo no soy yo quien lo escribe. No es mi tema, no es mi escritura. El libro avanza, se acumulan las palabras y las páginas que no serán mías y no me pertenecen.

En ese libro no estoy, y yo lo escribo. Soy y no soy el autor. No soy un impostor, pero no soy yo el que escribe. Entonces soy otro escritor y por tanto otro hombre. Ahora comprendo la sentencia de Rimbaud, el  vidente: Je est un autre.

5 de octubre de 2014

La escritura

Celebrar la escritura y que la escritura sea el relámpago. Una descarga súbita, un resplandor intenso, fuego y río, más luminoso que extenso. Una fuerza asombrosa y breve que rompa el día y prenda la noche.

Celebrar la escritura y que de la mirada y el asombro surja la imagen y la expresión que no se había escrito. Que en su proceso se resuelva la pesadilla y se disuelva el misterio del sueño, la encrucijada de pensamientos, el retoño de verso que no había florecido. Celebrarla y ser el primer sorprendido de ella misma.

Celebrar la escritura y que en la ceremonia se encierre la razón y las sinrazones, los motivos y los deseos. Que la imaginación despliegue sus alas y la memoria devuelva lo que creía suyo. Encontrar las palabras justas y celebrar con ellas que así sea.

Celebrar la escritura en un ejercicio gozoso, sentir cada palabra con todo el cuerpo. Escribir con la firmeza que atiende lo urgente y necesario. Celebrar la escritura, contar un trozo de vida, de una historia, y terminar la sesión exhausto y con la satisfacción secreta y plena del deber cumplido.

Celebrar la escritura durante el tiempo justo y necesario. Liberarse de las palabras al fijarlas, al verterlas en un cuaderno con tinta azul o negra o sepia o verde. Pero hacerlo con las palabras justas y necesarias.

Celebrar la escritura de cada palabra, sí, y luego a otra cosa, a la vida mundana, a las pequeñas obligaciones cotidianas. Los otros nos esperan. Otros deberes nos aguardan. Vivir el día y adentrarse en la noche ligero, pleno, libre por un tiempo, hasta sucumbir bajo la siguiente constelación de palabras.

27 de septiembre de 2014

Papel mojado

Se ha inundado una parte de la casa, la que está debajo del nivel de la calle. Una riada de lluvia furiosa bajó por la pendiente, entró a mi estudio y devoró libros, cuadernos, apuntes, fotocopias, discos, documentos (copias de contratos, facturas, recibos de honorarios, declaraciones fiscales) y papeles diversos que no eran míos pero con ellos trabajo.

Como un estoico (hoy me siento uno de ellos), los he puesto en el patio, aunque los días nublados tienen poco sol, luz plomiza y aire húmedo, y me he afanado paciente a secar lo que es posible rescatar. Me digo que casi nada se ha perdido, que nada de eso vale un lamento, salvo un par de cuadros, obra plástica imposible de recuperar.

El recuento no es del todo negativo. He tirado por fin una carpeta con las doscientas cuartillas del borrador de un libro que sé bien desde hace mucho tiempo que no escribiré nunca, y reapareció, después de años, también empapados hasta el alma, los apuntes y borradores de un libro que aún me tengo prometido.

También han encontrado su sitio entre los desechos, decenas de artículos de periódicos y revistas admirablemente recortados, papeles sueltos, notas, y los puse en la caja de cartón (su féretro) con el gesto inaudito del que quita lastre para seguir adelante sin detenerse en lo pasado intrascendente.

Nada sentí al desprenderme (aunque mucho tiene que ver su estado) de impresentables y deshechas primeras versiones y pruebas de imprenta de libros ya publicados. Casi como una liberación me deshice casi sin mirarlos de papeles y más papeles sin el menor rastro del celo con que los guardaba.

De los libros hay poco que lamentar, casi nada que no se pueda reponer con muchos pesos en una buena librería. La casa huele a humedad. Aún quedan papeles por revisar que acabaré por tirar de una buena vez. Los muebles de madera y los objetos están mojados y en impecable desorden; me llevará muchas horas de varios días reordenar mi estudio.

Pero ya presiento la inédita satisfacción de haberme liberado de una carga, un peso inevitable, como si una parte del pasado pudiera ser corregido o ganara levedad, como si fuera posible desecharlo con unos kilos de papel mojado.

26 de agosto de 2014

Julio Cortázar: centenario

Julio Cortázar era niño grande que no quería hacerse viejo. Era un transgresor que buscaba en el juego el camino para llegar al cielo (trascender, ascender: ser).

Alquimista antes que gramático, encantador de palabras antes que escribidor, explorador de mundos ignotos antes que imaginarios, cultivó una poética que se erige del texto para saltar a la realidad. La suya es una arquitectura verbal que no se derrumba al cerrar el libro; al contrario, se extiende ante la mirada del lector. Creó una literatura que se lleva puesta o no se entiende.

Cortázar tocaba jazz con una máquina de escribir, por eso no corregía (no se puede volver a tocar la música de ayer o la de mañana). Era el inventor de palabras, el revividor de ellas, el tejedor de oraciones como takes, de solos heroicos y libres, de soltura asombrosa y sintaxis imposible. 

Cortázar inventaba un mundo, cortazariano, donde sucede lo que pasa en el último reducto de la realidad. Para él, una forma del absurdo era la razón según Descartes, otra era la geometría analítica y ser el mismo hombre, siempre, cada día.

 Era un inversor de mitos, el encontrador de relaciones ocultas entre las cosas, el vinculador de planos y realidades, el abridor de abismos. Cortázar tendía puentes invisibles para buscar lo absoluto. Desde ellos, sus lectores pueden vislumbrarse a sí mismos, leer lo que quieren decirse, escuchar lo que quisieran decir. 

En su literatura caben mundos y maneras de estar y de ser: hay una manera cortazariana de conjugar los mejores verbos, los mejores actos de la vida; de mirar y jugar, de amar y cantar, de andar por la vida, de atarse los cordones de los zapatos como si fueran hechos fantásticos.

Cortázar era un buscador de lo que está más allá, un testigo asombrado de lo que está más acá. Por sus puentes y sus túneles metafísicos, por sus escaleras encantadas es posible entrar al laberinto, encontrar el camino al centro del mandala.

Era el escritor más solitario del mundo: nadie se parece a él, ninguna otra literatura es como la suya, y la  composición química de sus relatos es un milagro, y un  misterio para los que no tienen la gracia de gozarla. Decía verdades metafísicas, hallazgos sorprendentes, metáforas inéditas con aritmética sencillez.

La literatura de Cortázar, tan bárbara y lejana de la Academia y su Norma, está tan viva que se nos escapa, se nos enreda en la lengua y el pelo, y luego se duerme en el bolsillo del saco, como si de veras cupiera entre las tapas de un libro.

Cortázar era un escribidor que no temía al amor ni al humor ni a la ternura. Un monstruo, un gigante, un lobo, un bicho verde que se alborotaba cuando sonaba una trompeta, un poeta dulce que puso patas arriba a doña Literatura.

Cortázar será siempre el dibujador de sueños, el que a su manera no dejó de ser niño, el más joven de los escritores. Su literatura será siempre adolescente, es decir, pura, intensa, vital. Sus mejores textos cruzan la noche como un relámpago, iluminan la búsqueda, acompañan en el camino. Leerlo es ir al encuentro de uno mismo.

Es su centenario, es hora de decirlo: Cortázar era un niño grande que dejaba de jugar, un hechicero de las palabras, un alquimista poderoso, un imaginador impecable, un hacedor de preguntas, un descubridor de respuestas. Es el fundador del reino de las palabras encantadas, en movimiento. Sí, Cortázar era un Mago.