Entré a la parroquia muy avanzada la tarde. No había nadie, y la luz en la nave era muy débil. Olía a encierro, a incienso, a sudor o humedad. Casi en penumbras vi cristos sangrantes y otros en féretros de vidrio. Oía retumbar mis pasos y luego el silencio absoluto cuando me detenía unos instantes frente a figuras propias de casa de los espantos.
Pensé en la oscuridad del «pueblo de mujeres enlutadas» de Al filo del agua, de Agustín Yáñez. Era el pozo sin fin del sufrimiento y al tortura. Era la sede perfecta de la crueldad y la culpa. Allí se cultivaba el dolor, la manipulación, el fanatismo y el miedo.
Llegué al altar y volví por el otro lado de la nave. Supongo que la fe debe ser una fuerza poderosa que le da sentido a todo lo visible y lo invisible, y que a veces puede orientar y consolar en el camino de una vida. Sin ella, la parroquia es el templo del pensamiento mágico, la imaginación morbosa y la ignorancia.
Una vez en la calle, agradecí la luz, volví al mundo. Salí de esa parroquia en una capital de provincia como si emergiera del inframundo, del reino de la muerte. Todo era claro y nítido. Comprendí, como en una epifanía, que no había entrado por curiosidad. Había entrado a esa parroquia cuyo nombre nunca supe a hacer una visita cultural y vislumbré en ella la más profunda oscuridad.
15 de enero de 2018
La profunda oscuridad
21 de diciembre de 2014
La noche más larga
Solsticio de invierno podría ser el nombre de un cuento, de una historia que llevara cifrado en el título su razón de ser, la fuerza que lo anima, la clave de su trama.
El cielo cubierto, el viento muy frío y la promesa astronómica de que la noche del 21 de diciembre es la más larga del año en el hemisferio norte, no son pocos elementos para comenzar a tejer una trama. Cada probable autor y cada posible lector imaginaría lo que significa esta noche y lo que es propicio, lo que podría suceder en ella.
El cumplimiento de un plazo, el fin de una infamia, la hora de la venganza, el inicio o fin de un hechizo, el comienzo de una era, el tiempo del crimen, el cierre de una espera. Tal vez por fin la noche de dos amantes para los que en recompensa se pospone un poco el canto de su alondra.
Dice una nota de prensa que esta será la noche más oscura del año, y algo aún más inquietante: esta noche será un poco más larga que las otras noches, que todas las noches en la historia de la Tierra.
Como un conejo salido de la chistera de un mago, como un golpe de teatro, Deus ex machina, sugiere la nota (acaso el verdadero relato de la noche del solsticio de invierno) que la rotación del planeta disminuye su velocidad, por lo que, aunque imperceptibles, las noches son más largas. Cada ciclo de veinticuatro horas, cada día, dura más, entre quince y veinticinco millonésimas de segundo.
Las posibilidades del relato se multiplican. Ahora podría ser un relato de ciencia ficción o de ficción científica, o uno fantástico desde la astronomía o el sueño de alguien sobre el cosmos y el tiempo.
Pensar que la noche será la más larga en la historia del planeta Tierra es estremecedora. No faltará el poeta que la cante en un poema fugazmente célebre. La próxima noche del solsticio de invierno, en año entrante, será un poco más larga.
Pero esta noche me lleva a imaginar un relato efímero, a pensar en sus significados, en el inicio del invierno, en la edad y duración del tiempo. Esta noche me invita al silencio, a su oscuridad.
Me siento un testigo que no comprende lo que está sucediendo Siento que estoy ante un fenómeno de proporciones cósmicas que me invita a la vigilia, a escudriñar el cielo, a lamentar un poco no tener un telescopio, y a pasar la noche más larga en vela.
