12 de noviembre de 2010

Un místico en casa

Tengo un monje en casa, un aspirante a místico. Por supuesto, no nos comprendemos. Su vida goza de una levedad y unos privilegios que a mí me están vedados. Se interesa excesivamente por el pequeño mundo del jardín y sus habitantes, no le importan las noticias ni el periódico y suele dormirse a mi lado cuando vemos la televisión. Tengo la impresión de que le gusta la música, pero si no la escucha, no protesta ni se altera. La verdad es que se conforma con bastante poco, aunque juega con lo que no es suyo y su curiosidad me parece excesiva: no hay rincón de la casa en el que no meta los bigotes. Con un cuenco de leche y poco más le basta, y si bien creo que duerme demasiado, me digo que es parte de su vida espiritual, en la que la meditación y aun la contemplación budistas son confundidas con la pereza y el desdén a tantas cosas de este mundo. Sí, creo que goza de cierta iluminación, de una paz de espíritu, de un estar aquí y en otra parte que revela su estado de gracia. La prueba suprema, digo yo, es su ronroneo. ¿Qué otra cosa puede ser, si no un profundo mantra y una forma superior de contemplación, un gesto de amistad, una expresión de la sabiduría, un atributo de la felicidad?

9 de noviembre de 2010

La muchacha y la flor

Empiezo este relato. Yo busco, elijo y ordeno las palabras. Las escribo aquí, con un lápiz en esta hoja blanca, mis límites son los márgenes de la página. Soy el autor, escribo lo que quiero, mi libertad es soberana. Si pido un jarro de agua sobre una mesa, ya tengo en mi escritura una mesa y un jarro de agua. Entonces decido que también aparezcan un vaso y una manzana. Ahora digo que al fondo de la habitación hay una ventana que da a un parque por la que entra una luz muy clara. En una habitación casi desnuda tengo una mesa de madera, rectangular, no muy grande, una hoja de papel en la que escribo con un lápiz, dos sillas, un jarro de agua, un vaso, una manzana, una vista a un parque desde una ventana con una luz diurna muy clara.

Escribo que sin anunciarse una muchacha abre la puerta, entra en la habitación, irrumpe en mi relato. Lleva una flor blanca en la mano, una azucena a la que llama lili, y al tiempo que se sienta la posa en el centro de la mesa. Se sirve agua en el vaso, la bebe, muerde contenta la manzana. Se levanta y mira el parque frondoso desde la ventana. Conversa conmigo, mientras escribo estas palabras. Hablamos de ella, y también del agua fresca, de la luz muy clara, del parque y de su gusto por la manzana. Se sienta frente a mí y me cuenta su vida, sus secretos, que no quiero ni puedo divulgar aquí por no faltar a mi palabra. Poco a poco se bebió todo el jarro de agua. Conversamos toda la mañana.

De pronto, sin que yo lo escriba, la muchacha se levanta. Sin que yo lo decida, sin que yo lo quiera, sin decir hasta luego se va a ir de esta página. Sorprendido, no sé qué decirle para que no se vaya. La muchacha, con movimientos muy lentos, sale de la habitación, cierra la puerta y se marcha. Su partida me desconcierta, de pronto estoy triste, acongojado, en el límite de la página. Todo esto es muy extraño. En la mesa ha quedado una lili que no estaba en mi relato, una que no está hecha del polvo de los sueños ni de papel ni de palabras. La flor es de verdad, muy bella y muy blanca.

28 de octubre de 2010

Beatus ille y la poesía de Miguel Hernández

Muy temprano, mientras hacía fila en un café para pedir el primer exprés del día, escuché que alguien detrás de mí declamaba: Besarse, mujer, / al sol, es besarnos / en toda la vida. / Asciende los labios, / eléctricamente / vibrantes de rayos... Me volví y vi a un hombre muy joven, con la cara estragada, lo sé, por el amor, la poesía, el desvelo.

En el café había casi una penumbra, casi un silencio. Los clientes pedían discretamente capuchinos y americanos, los empleados los servían, pero nadie dijo ni hizo nada más. Del fondo de la fila aquel hombre, herido de un zarpazo poético, desgranaba: Boca que arrastra mi boca, / boca que me has arrastrado: / boca que vienes de lejos / a iluminarme de rayos.

Me volví abiertamente con rotunda simpatía. Aquel hombre me vio, y entendió que yo entendía. Hermanos fugaces en Miguel Hernández, lo acompañé, contagiado de pronto: Alba que das a mis noches / un resplandor rojo y blanco. / Boca poblada de bocas: / pájaro lleno de pájaros.

Nadie más en el café dijo ni hizo nada. Aquello me pareció un escándalo. De pie, bebí mi exprés de dos sorbos. Lo trascendente seguía implacable: He de volver a besarte, / he de volver... Lo seguí hasta el final: Boca que desenterraste / el amanecer más claro / con tu lengua. Tres palabras, / tres fuegos has heredado: / vida, muerte, amor. Ahí quedan / escritos sobre tus labios.

Me acordé de un adolescente que quiso ser poeta y se aprendió para siempre, deslumbrado, muchos poemas de Miguel Hernández. A pesar de los años, por un apego inútil, creo que aún conservo una carpeta con papeles impresentables de aquel tiempo.

El que estaba frente a mí en el café, lo sé, era un hombre en estado de gracia, luminoso. Dichoso él: Beatus ille, pensé. Que nada lo perturbe, me dije, que nada ni nadie lo trastorne. En el café, lo sé, pronto sería un loco, un raro, un apestado.

Salí a la calle para ir a la oficina, la cruda luz de la mañana era más densa, el aire más pesado, los ruidos opacos; el mundo era distinto, parecía irreal, desdibujado.

25 de octubre de 2010

Elizabeth Smart lloró en Grand Central Station

A veces la vida de un escritor, la leyenda del origen de una obra, gana fama, se extiende y acaba por imponerse y suplantar al libro al que se debe. Yo conocí algunos aspectos de la biografía de Elizabeth Smart antes que su novela. Para ella, ahora lo sé, su vida y su obra fueron dos expresiones de un mismo impulso, de una misma actitud, de la misma manera de estar, de ser.

Elizabeth Smart vivió como escribió y escribió como vivió, por ello es una autora esencial y vital como pocas: entre vivir y escribir no hizo diferencias. Un día, muy joven, leyó unos poemas de George Barker y decidió, antes de conocerlo, que ese hombre sería el amor de su vida. Lo fue, y el padre de sus hijos, aunque él estuviera casado.

La historia de Elizabeth Smart y George Barker fue cualquier cosa menos un cuento de hadas. El amor y el desamor, los tiempos y destiempos, los celos, el alcohol y el egoísmo tejieron las tramas de sus amores clandestinos, de esas vidas, a su modo, unidas para siempre. Luego, la intromisión de la familia, la policía, la pobreza, la moral pública, la distancia, fueron el complemento perfecto de la leyenda.

En Grand Central Station me senté y lloré (By Grand Central Station I Sat Down and Wept) es la novela, si es que es una, que ha trascendido a esos amores. Pero que nadie piense en una novela rosa ni una historia de amor domesticado. En realidad es un libro sobre la pasión sin límites, rabiosamente inteligente y sensible de cuya lectura uno sale devastado, con la conciencia perdida y el alma maltrecha. Así me ha sucedido, pero conservé la lucidez necesaria para apenas decirme: “Sí, esto es una pequeña obra maestra, aturdimiento y vino para los enamorados”.

En estas páginas se levanta una flor perfecta de cierta literatura en estado puro cuya intensidad no podría ser mayor, que no podría contener más poesía (ni más referencias ocultas), ni más dolor y acaso, si es posible, más amor. Amor (con alta inicial) atraviesa esta historia, pero el amor también es sufrimiento.

Después de cerrar el libro, muchas horas después de su lectura, en mi ánimo sigue intacto el asombro y tengo la sospecha de que me ha sido dado gozar (y sufrir) de algo extraordinario, ser testigo y vivir un prodigio literario y amoroso que se extiende más allá de la leyenda y la última página.

19 de octubre de 2010

Dos cuadros, una huella, la mirada a lo perfecto femenino

I
En un cuadro de Paul Laurenzi, cuyo título desconozco pero bien podría llamarse Muchacha con las piernas recogidas o Muchacha abrazándose las piernas, encuentro de pronto, una vez más, el doble misterio de la belleza, dos de sus implacables revelaciones. Primero, la del cuadro, luego, la contenida en la representación de la belleza femenina. En esa obra hecha de trazos, líneas, puntos, colores, contornos, sombras, el artista dibujó una vez más, intacto y a la vez distinto el encanto tantas veces vislumbrado.

En la figura está todo, lo que se muestra y lo sugerido. Está el artista, la obra y la figura de la muchacha. También la historia de la pintura y el eterno femenino, el asombro, la sonrisa del alma. En el ojo del artista está el misterio, la secreta geometría, las formas de esa muchacha que se abraza las piernas y en la que podría reconocerse alguna mujer. Ahí está, en esa chica que mira de frente y cuya falda descubre sus muslos, en el fulgor del cuadro, revelado como el ser, una presencia, el erotismo, la feminidad. Sólo faltaba el espectador para cerrar el círculo.

¿Estaba ya también ahí su mirada, el milagro revelado de un instante perfecto de lo femenino y del arte fundidos en el golpe de una mirada entre dos aletazos, dos instantes señalados por el asombro de los párpados?


II
E
n el retrato de Bianca Sforza, hija de Ludovico Sforza, duque de Milán, y de su amante Bernardina de Corradis, conocido como Joven de perfil con vestido del Renacimiento, vuelvo a encontrar intacto el misterio. Se imponen la seriedad, el recato, el pudor solemne de una mujer con peinado alto, de perfil, que está siendo dibujada quizá a su pesar, posando de perfil, indiferente al artista, a la mirada omnipotente de un dibujante prodigioso que reveló el secreto de su rostro, su peinado, su cuello.

Ahí está su presencia, y con un poco de esfuerzo y paciencia podría imaginar su vida en alguna ciudad italiana, durante el Renacimiento. El artista encontró la encrucijada, el ángulo único perfecto, el punto exacto en que convergen en un instante la mirada del artista y el alma de Bianca Sforza. Una vez más, el milagro del misterio artístico de lo femenino se ha consumado y revive en un instante en la mirada del espectador.

Pero en este cuadro que se creía obra de un artista alemán de hace dos siglos, han descubierto una huella dactilar y la investigación, la imaginación y la literatura sugieren que es de Leonardo da Vinci, según la revista Antiques Trade Gazette. Las pruebas con carbono, los análisis con rayos infrarrojos, la técnica del gran Leonardo pero sobre todo la huella, captada por una cámara multiespectral confirman esa conclusión.

La huella dactilar corresponde a la punta del dedo índice o corazón y es “muy comparable” a la encontrada en otro cuadro de Da Vinci. Sería la primera o la única obra en pergamino, aunque sabemos que conoció esa técnica. Profesores eméritos, sabios y científicos darán algún día su veredicto.

Por supuesto, su costo pasaría de 12,800 a más de cien millones de euros. Me gusta pensar que aparece un nuevo cuadro de Leonardo da Vinci, pero su autoría confirmada por al ciencia cambiaría el rostro revelado, la verdad de Bianca Sforza, porque el cuadro sería mucho más caro, pero no podría cambiar la mirada, no podría ser más bello.

Yo, que no sé dibujar, miro el cuadro de Laurenzi y el de Da Vinci. Sus diferencias son obvias, pero en ambos imagino sus miradas, la ejecución poderosa, el virtuosismo del artista empeñado en transformar un lienzo en la imagen inolvidable de una mujer de perfil, de una muchacha abrazándose las piernas.

14 de octubre de 2010

Un libro y sus efímeros pájaros de papel

En la última escena de The Ghost Writer (El escritor fantasma), película del poco honorable Roman Polanski, basada en la novela The Ghost de Robert Harris, el destino del protagonista se adivina trágico en el vuelo infame de las cuartillas de un libro que huyen por la calle animadas por el viento. No es la primera vez que el cine retrata las hojas blancas, sueltas, en pleno vuelo, que se disgregan en el aire para dejar de ser un libro por ese orden gregario, esa unidad que les da sentido.

Wonder Boys (absurdamente: Loco fin de semana), de Curtis Hanson, basada en la novela del mismo nombre de Michael Chabon, también retrata ese vuelo fatal de la novela del profesor Grady Tripp. Las hojas de una novela se pierden en el aire con un gesto doloroso y una dignidad que no siempre alcanzan los libros impresos.

Deshojado, desmembrado de su forma original, no puedo imaginarme un final más triste y miserable para un libro. Pero la imagen del vuelo de las hojas que se pierden para siempre, arrastradas por el viento, lejos, en la calle, o al fondo del lago tiene una belleza sobrecogedora. Esos folios blanquísimos han dejado de ser un libro, un rimero de papel escrito para convertirse en una parvada en vuelo, pájaros efímeros y absurdos, perturbadoramente bellos, cargados de palabras, en dispersión hacia la lluvia, la nada, el olvido o el silencio.

Oleanna

En esa pieza de David Mamet, Oleanna, no hay respiro ni tregua, no hay silencios ni resquicio por el que pueda escapar la mirada. No hay certezas ni verdades absolutas. Tampoco hay solución. En el escenario, John, el profesor universitario, y Carol, su alumna, con una riqueza de matices y guiños de inteligencia, se hacen la guerra verbal. Crónica del enfrentamiento puro entre dos puntos de vista, los contrarios, los opuestos, las jerarquías, lo masculino y lo femenino.

Oleanna, expresión logradísima, en un discurso aniquilante, del desencuentro esencial, en el que sucede en dos planos lo que cada quien quiera ver, en el malentendido de los antagonistas. El punto de vista es una mixtura extraña de verdades subjetivas, mentiras y medias verdades. La psicología, huérfana de la ciencia y cenicienta de las humanidades, no acaba de explicar lo que sucede en el conflicto y la lucha de poder, en las suposiciones, en el juego sucio de los egos y las dobles intenciones.

Oleanna es una palabra muy bella y el nombre de una canción popular, pero podría también ser un sinónimo de la incomprensión y la rivalidad. Oleanna, metáfora del mundo, espejo terrible de la condición humana. En la puesta en escena que vi, Juan Manuel Bernal e Irene Azuela, maestros en su arte, en su soledad, frente a frente, eran todos los hombres, todas las mujeres.

29 de septiembre de 2010

La gramática atómica

Especialistas de las más prestigiadas universidades han concluido en un reciente Congreso que el modelo científico de la gramática atómica es correcto. Esta teoría afirma que una letra es indivisible, como el átomo de los antiguos griegos. Una a o una z no tienen partículas subatómicas, no tienen protones, electrones ni bosón de Higgs. El verdadero átomo es una letra.

Esto es una revolución científica absoluta que contrasta con la relatividad de otras teorías. Si bien se ha buscado un modelo cuántico, la gramática atómica es la que responde a la totalidad de las grandes interrogantes del sistema.

Los científicos ya no dudan al afirmar que una palabra es un conjunto de átomos (letras), y no dudan de que este descubrimiento dará gran impulso a la biología lingüística atómica, que podrá considerar a las palabras como células o núcleos. Por su parte, algunos investigadores especialistas en química atómica buscan ya el peso y la masa atómicos de cada letra, como si éstas fueran elementos.

El modelo de la gramática atómica (algunos han preferido llamarla alfabética atómica o abecedaria atómica) dice que cada letra es indivisible, no se crea ni se destruye, sólo se transforma, y esta ley física de las letras es válida para las vocales y para las consonantes, y presenta características muy interesantes.

Las letras, verdaderos átomos y elementos, ya sean mayúsculas o minúsculas, manuscritas o de molde, pueden mutar en otros nombres en otros universos gramaticales atómicos (lenguas o idiomas), y son excelentes conductoras del sonido, por eso pueden expresarse con un número muy variable de acentos y ser bien o mal pronunciadas. Pueden ser dichas rápido o despacio, con vehemencia o con un susurro, incluso pueden no ser escuchadas, como cuando alguien lee en silencio.

Las letras átomos también son grandes transmisoras de energía, por eso pueden ser dichas con pasión o rabia, con naturalidad o con la impostura de un actor, con euforia o la más lamentable de las tristezas.

Una palabra, entonces, debe ser vista por la biología como una célula, y por la química como un elemento, por la física como fuente inagotable de energía y aún la energía misma. Una variante del modelo de la gramática atómica sostiene que las palabras tienen género, de manera que habrá palabras y palabros, aunque aún no se conoce cómo se reproducen, nacen y mueren (pero no mueren, mutan, cambian, se transforman, se enriquecen del uranio de nuevos significados y significan otras cosas).

Lo que está más que comprobado es que con una combinación afortunada de átomos gramáticos (es decir, letras), se pueden formar en un número finito pero desconocido, como el de los números primos, las palabras o palabros, con los que se pueden hacer la lista de la ropa en la tintorería o la de los invitados a una fiesta; las recetas de cocina, los recados, los directorios telefónicos, los inventarios, las minutas, los memorandos, las crónicas, los informes, los discursos, las composiciones escolares, los relatos, los ensayos, las novelas, los poemas y las cartas de amor.

La belleza y verdad de todos estos casos de uso dependerá de los atributos físico químico biológicos de los átomos y las combinaciones de las células que los conforman. Más claro ni la o por lo redondo.

Por fin se entiende porque un vidente llamó (¡Eureka!) pluma atómica al bolígrafo, boli, borime, que bajo esos nombres también se le conoce. Después de todo, los poetas tienen la razón. Antonio Machado ya sabía que sólo se puede escribir golpe a golpe, átomo a letra, palabra a célula, verso a verso.

23 de septiembre de 2010

Francesca Woodman

Veo un libro sobre ella. Empieza a ganar fama y admiradores. Sobre Francesca Woodman y sus fotos se publican libros, se escriben ensayos. Yo tengo emociones e impresiones contradictorias. Más que la razón, una intuición que algunas veces ha guiado mi escritura me acerca a ella. Me hubiera gustado incorporarla a una novela que se va quedando atrás pero que no he olvidado del todo. Me hubiera gustado haber sabido de ella cuando escribí La rosa del calidoscopio, hablar de su vida y sus fotografías. Me hubiera sido muy útil para dibujar el ámbito de cierto personaje. Esta fotógrafa malograda tiene afinidades profundas con algo que imaginé. Así lo creo. Tanto, que a veces pienso que uno no imagina, simplemente encuentra. En este caso, a destiempo.

12 de septiembre de 2010

Simenon o la escritura sin fin

No son pocos los lectores que admiran sin reservas los libros de Georges Simenon, seducidos por el encanto, la variedad y la extensión de su obra, pero también por lo que conocemos de su vida, por esa biografía tan difundida sin pudor, tan literaria como embustera que alienta la leyenda de este fecundísimo escritor.

Sus novelas y relatos, de estupenda factura, se cuentan por cientos, y, por si fuera poco, un personaje, el comisario Maigret, protagonista nada menos que de setenta y seis novelas, es tal vez el inspector de policía más célebre del mundo, de rasgos tan definidos y personalidad tan dibujada, de hábitos tan arraigados y tan familiar a sus lectores, que algunos no sólo afirman que lo reconocerían si lo encontraran caminando por las calles de Montmartre o en la terraza de un café, aunque no llevara su pipa y su sombrero.

Algunos estarían dispuestos a afirmar que lo visitaron en su despacho (en el que confirmaron que aún estaba allí la vieja estufa de hierro colado), o que no hay ni la menor duda de su cabal existencia porque un personaje tan veraz y entrañable no lo podría haber inventado ni el mismísimo Simenon.

El inspector es el rostro visible, la imagen de la suma de virtudes cívicas que la polis espera de un hombre, serio y honesto, que dedica su vida entera a luchar contra el crimen y cuya mujer, excelente cocinera, lo espera, comprensiva y discreta, cada noche, cuando vuelve cansado a casa con preocupación infinita o satisfecho por haber cumplido su misión.

 Con este superhéroe de novela, Simenon logró una popularidad y unas cifras de ventas que aún hoy, casi ochenta años después de la publicación de Pietr el letón, la primera de Maigret, marean. Simenon y Maigret llegaron a fundirse en uno, y en algunas ediciones esas dos palabras aparecen unidas como si fueran el nombre y el apellido, la fusión y confusión del autor con su personaje.

Simenon tenía una fabulosa capacidad de creación, una imaginación y un conocimiento de su oficio que le permitía, en quince jornadas de trabajo intenso, terminar una novela, cualquiera que se propusiera, pues las componía por encargo, ligeras y licenciosas, sentimentales y cursis, de aventuras, policíacas y duras, digamos literarias.

A mí, lo que más me gusta de Simenon, es su pasión por la escritura, su gusto sin fin por escribir a máquina, por encontrar en las teclas que aporreaba con energía, los peldaños que le darían fama y dinero, celebridad y la enorme satisfacción de hacer todos los días a todas lo que más le gustaba hacer en la vida.

Para Simenon, la pasión por las palabras, que conservó intacta hasta el fin, pues cuando viejo y enfermo ya no pudo escribir, dictaba, tenía el goce que los niños encuentran en el prodigio de unir letras que de pronto forman palabras y luego frases que dicen cosas que uno había pensado y que ahora estaban ahí, en el papel, fijas, y que cualquier puede leer.

Esa pasión por las palabras, por fabular, por dar cauce en ellas a una imaginación y un talento desbordante, a un río incesante de pensamientos e ideas, de situaciones y personajes, no es común ni tan frecuente, como podría pensarse, aún entre escritores. Para encontrar una pasión así, hay que remontarse a Balzac, al Marqués de Sade, a Proust.

Esa sed de palabras, que no se apaga al escribir, sino se enciende en la medida en que se van dejando esas salamandras de tinta en el papel y que no se tiene más remedio que dibujar para que renazcan a los ojos de otros, es la gran lección de Simenon.

Pero si Enrique Vila-Matas disertaba en una novela sobre los escritores que dejan de escribir, pues las razones y la fuente de la creación literaria son misteriosas, Simenon podría ser un buen ejemplo de los que no paran de escribir y terminan por escribir demasiado.

La leyenda cuenta que Simenon estaba dispuesto a encerrarse en una caja de cristal y escribir una novela más, a la vista del público, en un alarde del dominio de su oficio, y también se dice que tuvo más mujeres que novelas.

Frente a esa producción en serie, industrial, no muy lejana a la de las plantas de montaje, no vale la pena destacar que hay libros desiguales y prescindibles, sino que muchos de ellos son excelentes y que Gide y Henry Miller, Céline y T. S. Eliot, Faulkner y Pla, gozaron de ellos.

Frente a Simenon no están los que dejaron de escribir, sino esos solitarios que escribieron una y sólo una novela. La lista no es breve, pero sí asombrosa. Basta un nombre para cifrarla: Juan Rulfo.

7 de septiembre de 2010

El amor sitiado

Entre su amor callado y su amada: la música. El silencio de Mr. Kinsky encuentra en su piano y en sus composiciones la hondura que no supieron hallar sus palabras, su torpe declaración de un amor que parecía imposible. Decía Henry Miller en una de sus novelas que ninguna mujer es capaz de resistir la llamada de un absoluto amor. Tal vez eso sea cierto en la literatura, en el cine, en esta película de Bernardo Bertolucci, Besieged, en la que casi todo se dice en silencio, todo lo que importa, el deseo y el amor, la nobleza, la soledad y la gratitud, casi un poco al margen de las condiciones de la trama, del choque brutal de las culturas, de la música africana, de la música europea, de Roma, que asoma eterna por breves instantes en las escalinatas y la Piazza di Spagna. Como aquellos otros célebres amantes, Shandurai y Mr. Kinsky tienen que separarse al amanecer, pero no cuando los despierta el canto de una alondra, sino cuando Winston, el marido de ella recién liberado, toca a su puerta.

6 de septiembre de 2010

Ah las palabras

Hay palabras expósitas, hay palabras bastardas, hay palabras de alcurnia, hay palabras reales. Hay palabras desconocidas, hay palabras impuras, hay palabras inútiles, hay palabras parásitas. Hay palabras admirables, hay palabras impresentables, hay palabras impronunciables, hay palabras extrañas y extranjeras. Hay palabras amigas, hay palabras ajenas, hay palabras vecinas, hay palabras nuevas.

Hay palabras viejas, hay palabras en desuso, hay palabras confusas, hay palabras oscuras, hay palabras luminosas, hay palabras retóricas, hay palabras francas, hay palabras mentirosas, hay palabras profundas. Hay palabras seductoras, hay palabras obscenas, hay palabras coquetas, hay palabras duras, hay palabras durísimas, hay palabras suaves, hay palabras melosas, hay palabras aladas.

Hay palabras graves y jurídicas, hay palabras simpáticas, hay palabras incomprensibles, hay palabras innecesarias, hay palabras hermanas, hay palabras gemelas, hay palabras lejanas. Hay palabras insospechadas, hay palabras espías, hay palabras dobles, hay palabras comprometidas, hay palabras comprometedoras, hay palabras delatoras, hay palabras testimoniales, hay palabras desaliñadas, hay palabras marciales.

Hay palabras solemnes, hay palabras ceremoniales, hay palabras vitaminadas, hay palabras descafeinadas, hay palabras vigorosas, hay palabras anoréxicas, hay palabras espinosas, hay palabras plumíferas, hay palabras arrabaleras, hay palabras palaciegas, hay palabras falsas, hay palabras doradas, hay palabras bailadoras, hay palabras cascabeleras, hay palabras ligeras, hay palabras honorables, hay palabras promiscuas y degeneradas.

Hay palabras infernales, hay palabras paradisíacas. Hay palabras sucias, hay palabras inmaculadas, hay palabras vulgares. Hay palabras leales, hay palabras traidoras, hay palabras delatoras, hay palabras liberadoras. Hay palabras perfumadas, hay palabras deportistas, hay palabras infantiles, hay palabras de mujer, hay palabras femeninas, hay palabras científicas, hay palabras chismosas, hay palabras amistosas, hay palabras insensibles, hay palabras sentimentales.

Hay palabras poéticas, hay palabras literales, hay palabras guerreras, hay palabras desquiciadas, hay palabras neuróticas y esquizofrénicas, hay palabras corruptas, hay palabras envenenadas. Hay palabras benditas, hay palabras transparentes, hay palabras inaceptables, hay palabras inefables, hay palabras embusteras, hay palabras verdaderas.

Hay palabras sabias, hay palabras exactas. Las hay negras y blancas, dulces y amargas, obesas y hambrientas. Las hay sabor ajo, cebolla, menta, chocolate, miel y hierbabuena. Las hay democráticas y autoritarias, otras son mestizas, otras son puras, otras son poderosas.

También es sabido que las hay exuberantes y desérticas, heladas y silvestres. Algunas son boscosas y frutales, otras volcánicas, otras oceánicas, algunas más son endémicas y transgénicas. Sí, y también se sabe que algunas son ignorantes y otras enciclopédicas, y las hay nacionalistas, microscópicas, universales y hasta cómicas y cósmicas…

Me han dicho que es imposible definir y clasificar a todas las palabras. Supongo que así es. Yo sólo las encuentro misteriosas y fascinantes, me rindo ante su misterio y su encantamiento para nombrar y llamar, significar y decir.

Me gusta cómo se ven y cómo se pronuncian, su ortografía y su gramática, y eso que llaman sintaxis, que sirve para ver cómo se mezclan y combinan y forman entre ellas. Qué cosa más rara. Qué bichos de letras más lindos. Yo sólo sé que me gustan mucho las palabras.

30 de agosto de 2010

Disolvente

No, no es el agua, no. No es el aire, no. Tampoco los otros elementos. El disolvente universal es el tiempo.

4 de mayo de 2010

Después de Millennium

(Apuntes para una novela)

Argumento:

Había una vez, en un país muy lejano, un periodista y defensor de los derechos humanos que se llamaba Stieg Larsson. Durante dos años escribió una serie de novelas negras de más de dos mil páginas: Millennium (Los hombres que no amaban a las mujeres, La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina y La reina en el palacio de las corrientes de aire), de la que se han vendido y se siguen vendiendo millones y millones de ejemplares en treinta idiomas.

Sin embargo, Stieg Larsson no pudo gozar de la fama y mucho menos de la inmensa fortuna que generaron sus obras: murió a los cincuenta años, de un infarto, poco después de entregar a su editora la tercera novela y antes de que se publicara la primera. No sólo no supo del éxito de sus libros, ni siquiera pudo verlos impresos. Mucho menos pudo ver las películas basadas en su saga ni se enteró de que miles de turistas deambulan por Södermalm, una de las islas en las que se levanta Estocolmo, para conocer las calles en las que suceden las vidas de Mikael Blomkvist y Lisbeth Salander, protagonistas de sus historias. Tampoco pudo enterarse del enorme pleito, con abogados y declaraciones en los medios, entre su padre y su hermano con su viuda, que no es exactamente tal ante la ley sueca, pues nunca se casaron, por lo que ella se ha quedado literalmente sin nada.

Luego, un amigo de Stieg Larsson ha declarado que en realidad no era buen periodista y no escribía tan bien. Además, su ex jefe escribió un artículo en el que sostiene que Stieg no podía escribir dos oraciones bien ordenadas, mucho menos Millennium. Para acabar, Eva, la viuda, ha escrito un libro para contar su verdad, y ha declarado que ella es algo más que la correctora de las novelas. Así de triste es la historia del pobre Stieg Larsson.

***

Una tarde de noviembre, Stieg Larsson, protagonista de nuestra historia, llegó a las oficinas de la revista Expo, en la que trabajaba. No funcionaba el elevador, así que tuvo que subir por las escaleras siete pisos. Llegó sofocado. Se puso mal, le dio un ataque. Murió en la ambulancia que lo llevaba a un hospital. Stieg Larsson fumaba varias cajetillas al día y bebía cafeteras enteras. Además se alimentaba de comida basura, dormía muy poco y trabajaba hasta la madrugada para terminar su trilogía. Confiaba en su obra, en la construcción original de sus personajes. Le había escrito a Eva Gedin, su editora: “He creado protagonistas que se distinguen de los arquetipos policiales al uso.”

Stieg Larsson era un moralista que detestaba las injusticias. Aun a sus propios personajes los someterá al imperio de la ley. Él decía: “Si Mikael Blomkvist dispara a alguien con una pistola, incluso si lo hace en defensa propia, irá a parar al juzgado.” Hombre de izquierda, trotskista, dedicó durante años sus esfuerzos de periodista a investigar las actividades de los neonazis y grupos de extrema derecha en Suecia.

A los doce años, Larsson pidió a sus padres una máquina de escribir. Era algo muy caro, pero insistió, así que sus padres, que no tenían el dinero, pidieron un préstamo para comprarla. Nunca olvidaría ese día de otoño. Desde entonces Stieg supo que sería escritor y no dejó de teclear durante días y noches, tal como seguía haciéndolo muchos años después, al final de la vida, en su computadora portátil, en la escritura y la ardua corrección de sus novelas.

Un día, en una manifestación callejera, Stieg Larsson conoció a Eva Gabrielsson, que sería su mujer durante treinta y dos años, pero no su legítima esposa. No se casaron por razones tan extrañas como literarias: para que el nombre de ella no apareciera en ningún registro público vinculado a él, pues Larsson estaba amenazado por grupos violentos de extrema derecha.


(Nota: este detalle no es convincente, no es verosímil, pero la realidad a veces no lo es. En el fondo es ingenuo pensar que la ausencia de un registro de matrimonio pueda detener o verdaderamente despistar a una trama criminal en contra de Larsson o de la mujer con la que convivió tantos años. Sin embargo, la novela debe ser así porque en este punto se sustentará la segunda parte, cuando Larsson ha muerto y Eva legalmente se queda sin los derechos de autor y las regalías millonarias de la obra de Stieg, pues la ley sueca privilegia los derechos de sangre.)

Durante dos años, de día y de noche, Stieg Larsson se puso a escribir su obra, literalmente hasta su muerte. Como las novelas ya estaban contratadas por la editorial Norstedts y Stieg Larsson murió soltero e intestado, los derechos de autor y la administración de la obra recayeron en Erland y Joakim, padre y hermano de nuestro héroe. Ellos viven en Umeå, en el norte de Suecia.

A pesar de que ahora son ricos, siguen viviendo en la misma casa y Erland conduce el mismo viejo coche que tenía. Por alguna extraña razón no han gastado ni mucho menos dilapidado la fortuna de al menos veinte millones de euros que involuntariamente les dejó Stieg. Según Eva Gabrielsson, Stieg apenas frecuentaba a su familia y cree que ella debe heredar y gestionar la obra, de la que no ha obtenido ningún beneficio.

Erland y Joakim dicen que Eva Gabrielsson miente sistemáticamente y que ella no quiere aceptar el dinero que le ofrecen porque es una caprichosa que lo quiere todo o nada. Erland dice que a través de un amigo le hizo llegar a Eva un cheque en blanco para acabar con la disputa y ella no quiso ni quiere firmar nada. “Le hemos ofrecido dos millones de euros y una tercera parte de los derechos de autor, incluidos los beneficios de las versiones cinematográficas”, dicen, pero Eva rechaza las ofertas. Ella dice que no quiere dinero, sólo quiere administrar el legado de Stieg.

Eva Gabrielsson responde en entrevistas y declaraciones a quien quiera escucharla: “Stieg estaría muy enojado con esta situación. Odiaba las injusticias, y ésta, sin duda, lo es. En Millennium también está mi trabajo, mi vida. Es una cuestión de justicia. La vida de Stieg, mi vida y nuestras inquietudes están plasmadas en las novelas. En ellas se habla mucho de nuestros amigos y las experiencias que vivimos juntos durante tantos años.”

En la computadora portátil de Stieg Larsson, en poder de Eva Gabrielsson, hay al menos doscientas páginas de una novela, inconclusa. Esa cuarta novela se desarrolla en Canadá y en Ciudad Juárez. Erland y Joakim le han ofrecido a Eva que le entregan la parte que recibieron del departamento en el que ella vive a cambio de esa novela. Ella lo consideró un chantaje. Eva tiene el libro pero no puede publicarlo porque no tiene los derechos. Erland y Joakim no tienen la novela pero tienen los derechos sobre ella. El pleito, con abogados de por medio, con insultos y desencuentros, ha sido muy desagradable y sigue sin resolverse. Más todavía, es probable que no se resuelva.

Anders Hellberg, ex jefe de Larsson en la agencia de noticias sueca TT, ha escrito en un periódico: “Stieg no era capaz de escribir”. “El lenguaje que utilizaba era pobre, el orden de las palabras incorrecto; la construcción de las frases era simple y la sintaxis completamente enloquecida.” Es cierto que Stieg Larsson y él no se llevaban bien. Pero Hellberg es contundente: Stieg no tenía ni talento ni tiempo para escribir más de dos mil páginas en dos años. En su opinión, quien escribió Millennium fue Eva Gabrielsson. Ella ha dicho que la teoría de Hellberg es una tontería, aunque admite haber sido “más que una editora” o correctora de los manuscritos, sino que también proponía cambios en el texto. 

(Nota: podría insinuarse que Hellberg trabaja para la extrema derecha, los enemigos de Stieg. Pero también que Hellberg está enamorado de Eva, de manera que quiere que ella sea reconocida como la autora de Millennium y que pueda gozar de la fortuna y la administración de los derechos, aunque eso hundiría la reputación de Stieg, algo que Eva no quiere aceptar.)

Luego, Kurdo Batski, amigo de Stieg, empresario y periodista de origen kurdo, publicó un libro, Mon ami Stieg Larsson: “Me duele escribir estas palabras: Stieg Larsson no era un reportero demasiado bueno. Por una sencilla razón: en el mundo de Stieg Larsson no existía la neutralidad. Y sin embargo hay que reconocer rotundamente que Stieg Larsson era uno de los mejores investigadores del mundo […] No pensaba que a veces él pudiera escribir tan bien”. Sobre su libro ha dicho: “No soy el primer amigo de alguien conocido que escribe un libro sobre su amigo. Ni tampoco el último. Voy a ganar dinero y eso le gustaría a Stieg Larsson”.

“Stieg no necesitaba la ayuda de nadie para escribir”, le respondió Eva Gabrielsson a Batski desde las páginas del periódico italiano La Stampa. “Sucedía exactamente lo contrario: era Stieg quien tenía que corregir los textos de Kurdo. A veces escribía los artículos y Kurdo Batski los firmaba”. Pero luego declaró a la revista alemana Stern: “Cuando leo los libros a veces me resulta difícil distinguir qué era exclusivamente de Stieg y qué era mío, tanto en el estilo como en contenido”, con lo cual se convierte en coautora. (Nota: está claro que Batski quiere dinero a partir de la fama de Stieg, y si apoyar a su amigo le permite forrarse los bolsillos, miel sobre hojuelas.)

No faltan voces críticas que preguntan si alguien que no escribía bien y tampoco era buen periodista pudo escribir libros que han fascinado a millones de lectores en todo el mundo. Entonces, ¿quién escribió Millennium? (Nota: está claro que Eva es poco menos que la autora de las novelas. La del genio y talento es ella, Stieg era el negro que tecleaba. Él escribía por las noches sin parar; ella desechaba, indicaba el rumbo y corregía por las mañanas. Pero no acaba de aceptarlo porque mancharía el nombre de Stieg, y ella lo sigue amando. Además, grupos de izquierda le han dicho que si recibiera los millones de euros que generan los derechos de autor, ella estaría obligada, por decir lo menos, a donarlos.)

Mientras, Eva Gabrielsson no ha recibido ni una corona sueca, ni un euro de la herencia. Aunque los pleitos y declaraciones, especulaciones y abogados han convertido la historia en un culebrón sueco que empieza a cansar al público, hay una gran expectación por saber qué dice Eva en el libro que está escribiendo. Tal vez le dé un giro, un golpe de timón a la trama.

Mientras, Stieg Larsson se ha convertido en un héroe en Suecia y la fortuna generada por Millennium no deja de crecer (crecerá aún más con las siguientes películas). Pero la historia no ha terminado, faltan al menos tres asuntos por resolver: a ver qué declara, reclama o propone un nuevo amigo, un compañero, otra mujer o cualquier otro personaje; ver qué archivos guarda el disco duro de la computadora personal del pobre Stieg, y, según fuentes informadas, se ha sabido que la policía ha abierto una investigación por sospechas fundadas de que Stieg Larsson murió envenenado…

23 de abril de 2010

El Ministerio Mundial de la Literatura y la Biblioteca del Rotundo Fracaso

En un relato imaginado pero nunca escrito se da noticia de la existencia y razón del Ministerio Mundial de la Literatura, de la escrita, de la que se escribirá y de la que jamás se escribió ni será escrita.

En bóvedas herméticas y asépticas se guardan en discos y otros dispositivos los archivos de todos los poemas épicos y líricos, amorosos y satíricos, políticos, místicos, religiosos y de ocasión; todos los dramas, las comedias y las tragedias, las farsas y las piezas; los ensayos y relatos, las crónicas y los cuentos, todas las novelas y aún los textos híbridos y los no clasificados o que pertenecen a más de un género según los divergentes criterios de los sabios y estudiosos. En esas galerías está todo lo que pueda imaginarse o decirse con las palabras tocadas por la belleza.

En el Ministerio los funcionarios trabajan de día y de noche para clasificar y reclasificar los documentos que en cuanto han sido escritos o traducidos, o si han sido revisados y corregidos o aumentados. La Dirección General que se ocupa de la metamorfosis asombrosa de la literatura que se escribirá a la literatura que ha sido escrita presenta un dinamismo impresionante, tanto que es literalmente imposible detenerse a leer la cifra vertiginosa que da cuenta de los textos literarios.

La única sección que duerme en una relativa paz burocrática de oficina de cementerio clandestino es la Dirección General de la literatura que jamás se escribió ni será escrita, que ocupa bóvedas sin fin y discos y discos con información a la que nadie salvo el Numen de la Literatura tiene ni tendrá acceso porque está codificada, por así decirlo, pues nunca ha sido escrita ni lo será jamás.

Pero ahora, se ha sabido que en una ciudad del Medio Oeste, en los Estados Unidos, existe una biblioteca especializada que sólo admite en sus estantes las novelas (en papel tamaño carta y precariamente encuadernadas) que jamás se publicaron, las que permanecen absolutamente inéditas.

Allí, sólo pueden ser depositadas, condición única y draconiana, las novelas que han sido rechazadas una y otra vez y otra vez y otra vez por una serie interminable de editores. Allí sólo tendrían lugar las novelas que duermen el sueño eterno en el baúl perdido de un bisabuelo, las que nunca fueron revisadas y amarillean en las bodegas de las editoriales, aquellas cuyos autores las olvidaron.

En la Biblioteca del Rotundo Fracaso es posible que se encuentren algunos de los más malos libros de la historia, pero también será posible encontrar obras maestras de la estulticia, ejemplos perfectos de la incompetencia, los más grandes monumentos de palabras al lugar común, las catedrales de la impericia y la contradicción, las grandes enemigas de la sintaxis, las de léxico miserable, las historias cuya ejecución rebasa las mayores torpezas concebibles, las inconsistencias inimaginables más allá de lo posible, las historias más falsas y huecas, las más mezquinas, las más abyectas, las mercenarias y pasto de ideologías trasnochadas, las más viles y canallas, las pergeñadas con el único fin de ganar un saco de monedas.

Allí deben dormir el justo sueño del olvido eterno las novelas concebidas como simple vehículo para oscuros intereses ajenos a ellas mismas, allí deben estar las novelas mal pensadas y no sentidas, las hipócritas, las que no le quitaron el sueño ni una noche a su autor, las más falsas historias de amor, las surgidas de odios miserables y falsas locuras.

Quizá esa inigualable colección de las novelas nunca publicadas contenga algunos de los libros más malos del mundo, acaso el peor de todos, y sólo un interés morboso podría despertar el ánimo por demorarse entre ellos, pero surge la duda. El azar y la historia, los hombres y las circunstancias habrán condenado con plena justicia a todos los libros que habitan la Biblioteca del Rotundo Fracaso, o entre sus pasillos se encuentra no ya una obra maestra que nadie ha sabido ver sino simplemente un buen libro.

El fin es el olvido, como bien lo sabía Borges, pero antes, por un instante, ¿qué es la belleza? ¿Cuál es el libro digno de darse a la estampa? ¿Cuál el indigno y justo condenado a las galerías infames de la Biblioteca del Rotundo Fracaso? ¿Cuál será la peor novela de la historia? ¿Cuál será la mejor de todas? No lo sé, pero siento que por pura querencia debo volver a la que más me gusta. Hoy, una vez más, cuando caiga la noche, leeré unas páginas del Quijote.

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Véase en este blog el apunte "La increíble Biblioteca Brautigan", del 21 de diciembre de 2017.

28 de febrero de 2010

Cuando muere un poeta

Cuando muere un poeta, algunas palabras pierden sus atributos, su sonido y su sentido, nada dicen, cuando muere un poeta. Los colores pierden intensidad, los objetos no tienen la misma consistencia, la realidad se desdibuja por un tiempo, los pájaros chillan desorientados y los árboles se mecen en un viento que ha perdido el norte.

Cuando muere un poeta, uno de verdad, uno que nombra el mundo como si lo creara (uno de esos que levantan la voz y pareciera que las cosas se incendian o se inclinan, se hacen y fijan en sus palabras), una lengua es mutilada, quedará incompleta, y una manera de estar y ser en el mundo ha llegado a su fin, pues se pierden para siempre los versos que sólo él podría haber imaginado.

Un poeta es el alma de una lengua y por un instante se levanta y erige en su poema por todos los poetas, por todos los hombres, aun los que ignoran que hay un verso que los anima y los nombra. Cuando muere un poeta, se deslavan un poco las otras palabras y quedan fijas y finitas las suyas, iluminadas. Hoy ha muerto uno. Es la hora de escucharlo, de leerlo; es la hora de guardar silencio.

14 de febrero de 2010

Currículum

-Sí, señor, entiendo su punto de vista. Mi currículum es tan breve porque, antes que empeñarme en cualquier otra actividad, en esta vida me he dedicado intensamente a vivir la mía.

12 de febrero de 2010

Julio Cortázar: aniversario

Un día como hoy murió Julio Cortázar. Habría que salir a la calle a buscar lo ordinario extraordinario, a jugar a la rayuela, brincar en un dibujo hecho de casillas en el suelo o leer un capítulo para llegar al cielo. Hoy sería un buen día para beber un whisky y gozar uno de los cuentos favoritos, de poner un disco y luego otro, hasta que la música del saxofón y el piano se derrame y nos deje al pie de la escalera de las palabras fijas de un poema.

Con la certeza de que lo fantástico está aquí, ahora, en el lado de acá, en el lado de allá, en todos lados, frente al horror de cada día, hoy sería un buen día para acostarse con las palabras, con las de él, tocadas por la alegría y la imaginación. Sus palabras son más que palabras: son la suma cifrada de lo que somos y seremos, la expresión de la inteligencia y un guiño del humor. Nos revelan una figura que nos dice y nos asomamos a ella para dar el salto metafísico al otro instante, por encima del vértigo del precipicio de la realidad de cada día. Por sus palabras, por su literatura, brújula increíble, fundadora de mundos, botella al mar, llegamos a nosotros mismos y resolvemos la vida cotidiana, día a día, antes y después de aniversarios y efemérides, de ritos y ceremonias. Hoy, como todos, es un buen día para leer unas páginas y entrevernos.

2 de febrero de 2010

Entre la ficción y la realidad

Woody Allen ha inventado la vida del guitarrista Emmet Ray, tan verosímil y cinematográfica, con la misma precisión con la que Max Aub trazó la vida de aquel pintor, Jusep Torres Campalans, que nadie vio nunca ni conoció jamás porque sólo existió en la literatura de Aub y del que, sin embargo, parece que dio noticia alguna enciclopedia mal documentada, porque no era la de los personajes célebres que nunca existieron. La apócrifa historia de ese virtuoso del jazz de los años treinta, dulce y vil, que sólo cobra vida cuando se proyecta Sweet and Lowdown, que llevó en nuestras salas el muy lamentable y cursi título de El gran amante, ha engañado a un espectador ingenuo: alguien afirma que Ray existió. Cree que la película es un documental, tal como ha ya mucho tiempo un célebre hidalgo manchego daba por ciertas y verdaderas las aventuras que cuentan los denostados libros de caballerías. La línea entre la ficción y la realidad es tan frágil como la que dibujan y deshacen sin cesar las olas del mar en la arena.

30 de enero de 2010

Mímesis

Betty y Fiedrich Christen, ambos de 76 años, que se conocieron en 1943 en la localidad francesa de Thionville, se casaron recientemente en Woippy, después de una separación de 57 años. [...] Soldado austríaco de la Wermacht, Fiedrich conoció a la francesa Betty en plena ocupación alemana de Francia.

En una capilla de Luxemburgo hicieron la promesa solemne de casarse. El joven soldado fue hecho prisionero por los estadounidenses en 1944 y conducido a Inglaterra, y más tarde a Estados Unidos. Fue liberado en la Navidad de 1946, pero como Betty ya se había casado con otro, regresó a Austria.

Tras la muerte de su marido, pasado un periodo de luto, Betty decidió buscar a su antiguo prometido. Lo encontró con la ayuda de su nieto, a través desde internet. En abril de 2001, con motivo de su encuentro en el aeropuerto de Viena, Fiedrich llevaba un ramo de rosas blancas para la joven de 19 años y otro de rosas rojas para la mujer de 74 años en que Betty se había convertido.

Hablaron durante mucho tiempo y se dieron cuenta de que los sentimientos no mueren. Decidieron casarse, tal como se lo habían prometido. Ahora, viven en una casa que han comprado en Woippy. Fiedrich abandonó su elegante barrió de Viena, y Betty le ha dado la familia que él no tenía, con una docena de nietos.

Este no es el somero argumento de una novela rosa ni el de un guión cinematográfico, sino la transcripción de un cable de la agencia AFP publicado en la última página del periódico, junto al crucigrama y las notas de la vida social, que es justo donde encuentro con frecuencia la noticia que más me interesa del día, la que me da un rostro humano al devenir del mundo; la que me conmueve porque revela las pequeñas gestas, las pequeñas locuras, los actos de dignidad y solidaridad, las historias insólitas y las injusticias insufribles de hombres y mujeres que a nadie le importan.

Betty y Fiedrich nos han dado una lección porque nada en este mundo es más difícil que el amor, dice Gabriel García Márquez en El amor en los tiempos del cólera, novela ejemplar de los amores contrariados de Fermina Daza y Florentino Ariza, un par de viejos que, como Betty y Fiedrich, no pudieron realizar su amor en su juventud, y hasta que ella enviuda, como Betty, pueden por fin vivir su amor, con la convicción de que el amor es el amor en cualquier tiempo y en cualquier parte, pero tanto más denso cuanto más cerca de la muerte, dice García Márquez.

Las historias de Betty y Fiedrich, y la de Fermina y Florentino son paralelas, en realidad son la misma historia. Los estudiosos de la literatura y de la estética le llaman mímesis a la imitación de la naturaleza por el arte.

Ahora, por estas dos parejas de amantes sabemos, una vez más, que a veces es la realidad la que imita al arte. Puedo agregar un elemento a esta historia. ¿Quién podrá ahora convencernos de que Betty no buscó a su antiguo novio para cumplir su solemne promesa y vivir su historia de amor a partir de la lectura apasionada de una buena novela que narra los amores casi imposibles, casi fantasiosos, de novela, de unos viejos amantes?

21 de enero de 2010

Lucía o el nombre del deseo

Germán fue el primero en verla. Su gesto nos anunció aquella presencia. Daniel reaccionó de inmediato. Un espejo de pronto me la mostró. Roberto, de espaldas a la puerta, fue el último en reconocerla. Irrumpió luminosa como una advocación de la Belleza, a la que un poeta genial e insolente encontró amarga en plena adolescencia al sentarla en sus rodillas. Para nosotros no hubo tanto; pero estaba allí, casi vestida, casi desnuda de rosa, de un rosa pálido como ella misma.

«Es argentina», sentenció Germán. «Tiene la tristeza de las uruguayas», dijo Daniel. «Es una furcia, ninguna mujer se viste así para una cita», remató alguno de mis amigos. Nada volvió a ser igual en nuestra mesa, ni la conversación ni el vino tinto ni las olivas ni la tortilla española. Aquella chica y su acompañante, cincuentón, ordinario, con el cabello teñido, ocuparon una mesa cercana a la nuestra.

A mis amigos, los vi mirarla; ellos me vieron mirarla. Nos vimos mirarla en una complicidad perfecta y silenciosa. Ella nos vio mirarla. Era una sirena, una ninfa, una lolita: la seducción encarnada. Y supimos que su presencia no era gratuita y que su nombre no era Nereida.

El cabello cuidadosamente despeinado y lacio, de un rubio imposible, contrastaba con las cejas oscuras. Tenía el rostro afilado, casi infantil, casi demacrado. Tenía la edad perfecta, indefinible, de la primera juventud. Un palmito modelado en el gimnasio y unos pechos, alados, que levantaban el vuelo al borde del escote y que Daniel decretó perfectos.

Nada volvió a ser igual en nuestra mesa en aquel bistrot de la Condesa. La blusa no era tal sino un pretexto para dar realce al tatuaje del hombro y hacer más llamativo el del ombligo. Por debajo de la mesa, desde la nuestra, podían verse sus muslos desnudos, bruñidos con el tono justo hasta el fondo de la minifalda, que era por momentos un atributo de la imaginación.

Hay que tener hambre, agallas, ambición para vestirse así. Su sino era ser mirada, y lo aceptaba con resignación y recato, con un falso estoicismo deliberado y profesional. «Es una furcia», insistió alguno, «nadie se viste así salvo para acompañar a un cliente». «Se llama Verónica», imaginó otro. «No, se llama Betina, se le nota», concluyó el tercero.

De pronto, dejó de acariciarse el pelo, retiró la mano que le retenía como a una paloma el cincuentón teñido. Se levantó y se contoneó impunemente hacia el fondo del bistrot. Daniel, impertérrito, fue tras ella. Los vi a lo lejos cruzar unas palabras. Cada uno volvió a su mesa. «Se llama Lucía», dijo Daniel. Germán puso cara de vértigo. «Es nombre de uruguaya», dijo, y supe que pensó en La Maga.

De pronto, Lucía desapareció. No volvimos a verla. Nada volvió a ser igual en nuestra mesa, ni la conversación de los amigos ni el vino tinto ni las olivas ni la tortilla española. Por una noche, por una aparición llamada Lucía, supimos cuál era el nombre del objeto del deseo.

8 de enero de 2010

Esquizofrenia

Esa palabra está grave, la muy aguda se cree esdrújula.

30 de octubre de 2009

Los caracoles, la tarde, la lluvia

Después de la lluvia, entre charcos y el frío y el olor a hierba, los caracoles aparecen, aquí y allá, cerca de la puerta, arrastrándose con una dificultad pasmosa que supongo ardua como una penitencia.

¡Qué bichos maravillosos! No sé de dónde vienen, ni adónde van, y eso no importa porque casi nadie en la vida sabe de dónde viene ni adónde va. Lo importante es la marcha, el camino, salir después de la lluvia.

Claro que los caracoles llevan su paraguas, tienda de campaña, su casa encima, lo cual no sé si es una ventaja, pues nada sé de zoología, de los moluscos y mucho menos de la helicicultura. Sólo me detengo a observarlos hasta que nuestros tiempos se rompen en dos dimensiones.

Un minuto de ellos es un día completo para mí. Los miro con la combinación perfecta de la paciencia necesaria propia de la investigación científica y el estupor del que no entiende nada y su asombro bien podría pasar por estulticia.

Pero yo no tengo nada de científico, miro y no entiendo nada, sólo veo caracoles condenados a arrastrarse en condiciones y ritmo literalmente infrahumano. ¡Qué forma más extraña!

Con las manos en las rodillas, la cabeza cerca del suelo, miro y miro y por más que me esfuerzo, muy pronto me distraigo, dejo de mirarlos o pienso en las camisas que no he recogido en la lavandería porque no ha pasado nada o casi nada: han avanzado unos cuantos centímetros hacia quién sabe dónde en muchísimo tiempo caracol.

Vuelvo a mirarlos, me concentro, y compruebo que han avanzado otro centímetro. Algo han conseguido. En cambio, yo sigo allí, así que me voy a mis asuntos, muy contento de haberlos encontrado, de haberlos acompañado un rato, muy atento, con la mirada fija.

Nada sé de ellos, pero sé bien, porque lo he visto otras veces, que pronto algunos serán pateados, pisoteados. Los estúpidos y los canallas son omnipresentes, incluso en las tardes después de la lluvia.

No sé si mis asuntos son más importantes que la marcha de los caracoles, pero haberlos encontrado me produce siempre una emoción, un arrebato de felicidad pura y casi gratuita que no se justifica ni obedece a razones que pueda compartir.

Luego, además, vuelve a mí un pensamiento recurrente: lo fantástico no está en otra galaxia ni en otro tiempo, tampoco en la sobrestimada imaginación ni bajo otras leyes físicas. Por supuesto, esto es algo que saben algunos poetas, como Valéry, y los caracoles.

La inmensa mayoría de los textos llamados fantásticos, la inmensa mayoría de las películas llamadas fantásticas y de ciencia ficción no resisten, palidecen y se desvanecen ante los ojos frescos que miran el mundo nuevo después de una tarde de lluvia, ante los caracoles que tímidamente aparecen en un estado poético puro, como si nada, como si vinieran de otro mundo.

Lo que he visto y lo que he pensado no puedo contarlo por ahí sin riesgo de parecer tonto. A nadie le interesa que vi caracoles cerca de mi puerta, que los encuentro francamente extraños y simpáticos y que iban no sé adónde, que encontrarlos me parece un milagro, lo mejor que me sucederá en toda la tarde, aunque algunos serán pisoteados, y que todo esto no puedo contarlo sin riesgo de parecer un tonto aunque lo sepan algunos poetas.

No puedo decirlo a nadie, me digo, nadie entenderá que fuiste brutalmente feliz esta tarde porque viste caracoles en marcha después de la lluvia. No puedo decirlo a nadie, insisto, entonces me despido, cierro la boca y todo aquello aquí lo escribo.

16 de octubre de 2009

Un ortopedista, el beisbol y la crucifixión

Me lastimé la muñeca de la mano derecha. Fue en un accidente casero. Pensé que mi caída no tendría consecuencias, pero no podía mover la mano sin sentir molestias y, en ciertas posiciones, dolores agudos. Dos días después pedí cita con un ortopedista.

Me recibió un hombre jovial, de inmaculada bata y zapatos blancos. Imaginé que tendría unos treinta y cinco años. Me hizo preguntas, me revisó con mucho tacto los dedos, la muñeca, el antebrazo. Durante toda la consulta no paró de hablar. Muy pronto me enteré que es sonorense, que estudió medicina en Guadalajara, que le gusta mucho el beisbol.

¿Usted juega beisbol? ¿Ha jugado beisbol alguna vez? Lesiones como la suya son comunes entre los peloteros. La pelota viene con una fuerza tremenda, rapidísima, y hay que pegarle duro, enfrentar esa fuerza con otra fuerza igual o mayor porque si no, se dobla la mano. Pegarle bien es muy difícil, hay que estar bien parado, muy atento, mirar al pitcher, fijarse bien en sus movimientos, uno tiene que saber cómo es el lanzamiento para pegarle bien porque la pelota viene girando, puede ser una curva, o una recta…

El beisbol lo tenía loco. ¡Lo que ese hombre daría por pegar un home run! ¡Lo que daría por estar en el home, con las gradas llenas de aficionados como él, con un bat entre las manos en el octavo inning de un juego importantísimo, esperando a que el pitcher le lanzara la pelota que lo llevaría a la gloria! ¡Con qué fuerza le pegaría! ¡La pondría fuera del estadio a una altura increíble!

Mi muñeca adolorida era el gran pretexto para que aquel hombre hablara y hablara de lo que más le gusta en el mundo. Vi su aislamiento y su desdicha en aquel cubículo aséptico, entre paredes blancas desnudas. Cómo le hubiera gustado que yo fuera un beisbolista y le hubiera dicho al llegar a su consultorio que el pitcher me lanzó una curva que venía cerrando muy extraño y entonces no pude pegarle bien pero sentí la fuerza del impacto en mi mano… Él hubiera comprendido de inmediato, esas pelotas que hacen giros extraños pueden provocar lesiones como la suya…

Pero estaba allí, en su cubículo, al que probablemente no había entrado otro paciente en toda la tarde, revisando la mano de un escritor que se cayó en su casa y jamás había jugado al beisbol.

—Usted tiene un desgarre incompleto de la cápsula articular o de los ligamentos, sin rotura, es decir, un esguince, debido a la torcedura violenta y traumática de una articulación.

De pronto, se puso dramático. Hizo una pausa, cambió el tono y me preguntó:

—¿Sabe usted cómo crucificaron a Jesús? —Me quedé helado. Era una pregunta retórica porque no esperaba mi respuesta.

—Los clavos con los que colgaban a los crucificados no los ponían en las palmas de las manos. La carne, los tejidos, se hubieran desgarrado por el peso y el crucificado hubiera terminado por caer al suelo. Los ponían en la muñeca, entre los huesos, aquí.

—¡Ay!

—¿Ya vio? Nomás imagínese. Tóquese usted, ahí, justo por ahí pasaban los clavos. Todos los cuadros que muestran a Cristo crucificado por las palmas están equivocados, es un error histórico y médico, lo tengo muy bien documentado.

Se hacía tarde. Apresuré mi partida, me despedí del doctor, le pague a su asistente y me fui del consultorio con impresiones contradictorias, una receta blanca, la instrucción de tomar unas pastillas y usar una muñequera dos semanas. Cuando llegué a la calle, tomé mi muñeca con la otra mano, aún me dolía, sí, pero de otra manera.

13 de octubre de 2009

Kafka y López Velarde: El arte de la soltería

Vislumbro una figura. Las coincidencias y semejanzas entre Franz Kafka y Ramón López Velarde. Es este un juego sin pretensiones, que sigue de lejos y tenuemente a Plutarco y sus vidas paralelas. Tenían muy poco en común, las diferencias son evidentes y en principio no podrían ser más opuestos: un checo, judío y prosista frente a un mexicano, ferviente católico y poeta.

Sin embargo, sus escritos tienen la fuerza y singularidad de las obras trascendentes, fueron contemporáneos, estudiaron derecho y murieron pronto de enfermedades de las vías respiratorias; sus obras los han sobrevivido y sus nombres son evocados como modelos culturales de ciertos nacionalismos.

Sí, pero esta noche pienso en ellos y en sus amores imposibles, en sus rotundamente complicadas, ambiguas y contradictorias relaciones con las mujeres. Kafka y López Velarde eran solteros profesionales: no paraban de hablar y de planear sus matrimonios, de buscar esposa, pero en cuanto podían daban un paso adelante y dos atrás.

Clientes asiduos de prostíbulos, se enamoraban de mujeres con las que no llegarían a ningún lado y que fueron destinatarias de una correspondencia enorme y magistral en el caso de Kafka (las Cartas a Milena y las Cartas a Felice son obras mayores), y de algunos de los mejores poemas (que exudan culpa y erotismo) de López Velarde.

Ambos se comprometieron y rompieron sus compromisos; ambos tuvieron su gran amor roto: Felice y Fuensanta (dos efes) tienen vida por sí mismas, perennes, y fueron tan importantes en las vidas de nuestros autores y su literatura que aún hoy hablamos de ellas y las reconocemos como personajes literarios. Son porque ellos las escribieron. ¿Tendrán equivalencias Felice Bauer y Margarita Quijano, o alguna otra?

Sí, los dos encarnaban una contradicción vital. Solteros profesionales, empeñados en casarse, hacían todo lo posible para no lograrlo, en una lucha consigo mismos en la que no estaban excluidos el infortunio y el azar. El soltero es el tigre que escribe ochos en el piso de la soledad. No retrocede ni avanza. Para avanzar, necesita ser padre. Y la paternidad asusta porque sus responsabilidades son eternas, escribió el poeta.

Kafka y López Velarde no se casaron y no fueron padres. No sé si tenga gracia imaginar a Kafka casado y con hijos (que muy probablemente hubieran muerto en un campo de concentración nazi o soviético), ocupado y preocupado por su condición de padre, o a López Velarde como ejemplar padre católico de sus hijas. Sería muy distinta la figura que de ellos tenemos, e incluso su obra sería distinta. Ellos serían otros para la imagen que la cultura literaria les ha asignado, y acaso sus obras las valoraríamos de otra manera.

Como padres de familia Kafka y López Velarde no son posibles ni en la imaginación. La especulación y aun el chiste de los primeros momentos se disolverían en un instante: ¿Hubiera escrito Kafka una carta al hijo?, ¿negaría López Velarde que el hijo que no tuvo es su verdadera obra maestra? Luego, nada quedaría. Ellos y su obra no serían los mismos.

Kafka y López Velarde, creo que para su fortuna, no fueron maridos ni padres porque no podían serlo. Tengo la impresión de que cada uno sabía que el arte consumado de conservarse soltero, a pesar de sí mismo, era una parte de su obra maestra, por decirlo a la manera del poeta, y en este juego de espejos y constelaciones, si así no hubiera sido, algo muy valioso, al menos para nosotros, se hubiera perdido.

29 de mayo de 2009

La ventana indiscreta (Rear Window)

«Todo el ritmo de la vida pasa por este cristal de mi ventana», podría decir James Stewart, si hubiera leído a León Felipe, en esta vieja película de Alfred Hitchcock que he vuelto a ver con renovado asombro. «Y la muerte también pasa», podría concluir en el papel de ese fotógrafo mirón, indiscreto y un tanto morboso que no hace otra cosa que espiar a sus vecinos y entrometerse en sus vidas, convertido de pronto en uno de los primeros paparazzi de la historia.

En la ventana de este fotógrafo convaleciente (a la que tanto le debe «La noche» de Juan García Ponce), que no deja de mirar, pasa todo sin excluir un homicidio y la maestría intacta de Hitchcock. Y ya que de mirar se trata, pasa también la belleza de Grace Kelly, rotundamente cinematográfica, que muestra su natural y unívoca vocación de princesita y que terminó, como en los cuentos de hadas, convertida en una princesa de verdad, aunque de un principado no más grande que Hollywood pero sí mucho más añejo. Todo pasa en la pantalla tal como todo pasa al través de cualquier ventana.

20 de mayo de 2009

La mandarina es naranja

Una metáfora es a veces la única manera de decir la verdad.
Sobre la mesa yace, natural, cítrica, jugosa, perfecta, rotunda y de color intenso: La mandarina es naranja.

1 de mayo de 2009

El recuerdo de "Últimas tardes con Teresa"

Al cabo de los años he observado que la belleza, como la felicidad, es frecuente. No pasa un día en que no estemos, un instante, en el paraíso, dice Borges en el prólogo de uno de sus últimos libros, y sus palabras, como un relámpago en la noche, iluminan de pronto el recuerdo de las horas dedicadas a la lectura, al vicio impune, dice Valery Larbaud, de abandonarse al goce de un libro.

En los libros la belleza y la felicidad florecen intactas al contacto de las manos que los abren, que pasan las hojas con golosa avidez, de los ojos que buscan el tesoro prometido, la historia o el pensamiento que acabará por seducirnos para dar forma a un mundo que nada tiene en común con la habitación en que leemos o nuestra vida cotidiana.

Alguien que lee se adentra en un viaje sin retorno hacia sí mismo, inicia un vicio que puede significar su vida. Entregarse a la lectura de un libro, recostado en el sofá, con falsa indolencia, con mucho tiempo por delante, es una de las formas privadas del paraíso a la que tenemos acceso en este mundo, siempre y cuando creamos en el milagro y le permitamos a la imaginación el goce de la libertad.

 Borges decía también que era un lector hedónico, que buscaba emoción en los libros, y que sólo leía aquello que lo hacía feliz. Uno que ha gozado con los libros, sabe que es difícil señalar uno solo y atribuirle el falso privilegio de contener el paraíso, el recuerdo de haber sido feliz entre sus páginas. Ese libro es cada libro si para quien lo lee guarda el goce, el vislumbre de la belleza y la felicidad. La lectura feliz es como la infancia feliz de los adultos, un territorio mítico, un atributo de la vida.

Yo la he sentido muchas veces, pero lo he recordado ahora porque Marsé es Premio Cervantes y tomé del estante el volumen de Últimas tardes con Teresa, con ese fotograma tan sugestivo en la cubierta de esa chica rubia, al volante de su deportivo convertible. Hace muchos años, en una estación de tren de Andalucía, compré mi ejemplar por la cantidad justa de pesetas de que disponía para pagar mis comidas y mis gastos de un día.

Subí al tren, y durante dos o tres días con sus noches, ya no sé, comiendo mal y durmiendo peor, en un vagón de segunda de la Renfe, con gallinas y gitanos, como sacado de un célebre cuento de Juan José Arreola, con el calor implacable del verano, leí enfebrecido, absorto, como si me jugara la vida, la historia del Pijoaparte y de Teresa Serrat, sus amores imposibles, sus diferencias de clase, de ser y de habitar esa Barcelona a la que entré devastado por la lectura y la emoción, a la que sólo pude ver desde la novela, desde la felicidad inasible que guardé para siempre entre las páginas del libro.

Abro el libro, lo hojeo, pico un poco con los ojos aquí y allá. El regusto de aquella lectura sigue intacto. El encantamiento no ha cesado. Pero no quiero desafiar a los dioses. No debo aspirar dos veces a la misma felicidad, a mirar dos veces el mismo amanecer, a escuchar dos veces por primera vez una sonata amada, a volver con la misma dicha a la lectura perfecta de esa novela, que aún siento viva, y cuyo recuerdo no ha cesado de alumbrarme.

12 de abril de 2009

Navegar o escribir es necesario

La Odisea es tal vez la más antigua y célebre de las historias del mar y de sus hombres, esos intrépidos marinos que son los grandes héroes de cierta literatura de aventuras. Homero, Defoe, Conrad, Melville, Stevenson, Salgari, Verne, nos han hecho soñar con el mar, con los barcos, con travesías impensables y aventuras de novela, con tesoros, piratas, naufragios, islas misteriosas, animales y seres fantásticos.

Para los lectores de tierra adentro las novelas náuticas eran el resquicio por el que se llegaba a cubierta y se escudriñaba con un catalejo imaginario desde un puente también inexistente el horizonte. Navegar es necesario, vivir no lo es, decía Pompeyo, y su sentencia es norma no sólo para marinos, sino también para los entusiastas de un género que no los ha abandonado a pesar de dejar atrás la primera o la segunda juventud.

Para algunos de ellos, Patrick O'Brian es el célebre autor de algunas de las mejores novelas náuticas británicas, que ya es decir, en las que se celebra con toda la flema y romanticismo que el tema merece las glorias y hazañas de una armada imperial. La precisión de las descripciones de las maniobras de los barcos, de los marineros haciendo nudos, izando y arriando velas, era modelo literario y alarde técnico que sólo podía realizar un viejo lobo de mar, un héroe al servicio de su majestad.

Al menos eso pensaban marinos y lectores, pero ahora, una biografía viene a decir que Patrick O'Brian se llamaba en realidad Richard Patrick Russ, que era un impostor, que jamás navegó ni fue admitido en la Royal Navy, que no sabía hacer nudos marineros, que se inventó un pasado glorioso que nunca tuvo.

La biografía puede decir la verdad, pero no le quita mérito a las hazañas literarias de O'Brian, aun antes las mejoran. Para algunos O'Brian es un impostor, pero la literatura no es la vida, tampoco la autobiografía del que escribe, acaso lo sea en un sentido aristotélico y esa falsa autobiografía narraría la vida que debió ser o podría haber sido o la que le hubiera gustado vivir al autor.

O'Brian navegó aunque nunca haya navegado, fue un marino literario al que algunos almirantes leen con una mezcla de admiración, envidia y asombro. Sí, navegar o escribir es necesario.

27 de marzo de 2009

El Vesubio y los frescos eróticos de Pompeya

En una de sus célebres cartas, Plinio el Joven le cuenta a Tácito cómo el Vesubio hizo erupción, en el año 79 después de Cristo. Víctima de lo que hoy podríamos llamar una curiosidad científica excesiva, su tío, Plinio el Viejo, naturalista con imaginación de narrador de literatura fantástica, se acercó y murió asfixiado al inhalar los gases venenosos que arrojaba el volcán.

"Cuando comenzó a volver la luz (y esto sólo fue tres días después) —dice Plinio en su epístola—, se encontró en el mismo punto su cadáver entero, cubierto por la misma ropa que llevaba al morir, y más en la posición de hombre que descansaba que en la de muerto."

Herculano y Pompeya fueron sepultadas por la ceniza y la lava. Pero el Vesubio, amante de la arquitectura y del arte, conservó los muros y las columnas y no pocos utensilios y objetos de los pompeyanos al tiempo que destruyó la vida de las ciudades y la de sus habitantes.

Bajo toneladas de materia volcánica, Pompeya y Herculano guardaron en silencio los restos de su grandeza, sus secretos humanos, sus tesoros, hasta que en el siglo XVIII fueron reencontradas las ruinas y se inició una recuperación arqueológica que aún no ha terminado.

En Pompeya, imponente ciudad fantasma, el viajero camina por calles empedradas y visita casas, palacios y un anfiteatro que seguramente no existirían debido a las guerras, el tiempo, la especulación inmobiliaria, la sistemática destrucción de las ciudades en nombre de la modernidad y su imperiosa contumacia de levantar edificios lamentables.

De entre esas ruinas, de esas piedras que fueron hombres, se levantan muros con magníficos frescos de colores muy vivos, pinturas con temas de rituales dionisíacos, muy ilustrativos sobre la vida cotidiana y las costumbres e ideas de los romanos sobre el placer.

Medio siglo después de descubiertas, desde diciembre del año dos mil uno, una vez restauradas, el curioso puede visitar las Termas Suburbanas de Pompeya, baños públicos con pinturas de inequívoco erotismo, tan explícitas que no dejan de escandalizar a las buenas conciencias.

Nada nuevo bajo el sol, pero uno sospecha que la censura y la intolerancia hubieran sido a lo largo de los siglos más nocivas para esas pinturas que el tiempo y la erupción del volcán. Si no fuera por el Vesubio, oh paradoja, por su lava protectora, que no quede la menor duda, esos frescos hace mucho que no existirían.

27 de febrero de 2009

Borges y la imposibilidad de la biografía

Nadie se resigna a escribir la biografía
literaria de un escritor.
Jorge Luis Borges


Edwin Williamson escribió una biografía no exenta de mérito en la que las vicisitudes de la vida de Borges tienen relevancia si encuentran su lugar en la obra de Borges. Esta peculiaridad que no es del todo original ofrece una ventaja: la obra explica la vida, que es el sentido correcto de la relación entre la obra y la vida de un escritor. Los textos de Borges tendrían una correspondencia con los hechos y actos más significativos de su vida.

Así, Pierre Menard, autor del Quijote, sería la respuesta de Borges a la petición de su padre de que le reescriba una novela fallida. El padre quería que el hijo lo redimiera del fracaso literario. Borges comprendió que si reescribía esa novela estaría aniquilando al autor y cualquiera podría ser el autor de cualquier obra; El Aleph sería la respuesta literaria al fracaso amoroso. Algunas de las más celebres y representativas ficciones de Borges serían la expresión cifrada, simbólica, de los hechos relevantes de su vida. Borges, según Williamson, envolvía en su poderosa imaginación las penas, casi siempre las penas, porque tuvo pocas alegrías en su vida.

Para Williamson, las obras de Borges, que nos seducen por su autonomía y originalidad, serían en realidad una biografía de ficción. "Que un individuo quiera despertar en otro individuo recuerdos que no pertenecieron más que a un tercero, es una paradoja evidente. Ejecutar con despreocupación esa paradoja, es la inocente voluntad de toda biografía", escribió Borges. Una biografía es una novela. Una autobiografía es una obscenidad.

Borges fue un espléndido personaje de sí mismo. Borges es un personaje tan nítido, tan logrado, tan reconocible, como cualquier grabado de Don Quijote. Autores varios podrían pergeñar novelas (y falsas novelas: autobiografías) con él como protagonista y acaso conseguirían Borges verosímiles y convincentes. Menos pretencioso sería imaginar una colección de las tantas anécdotas que se dicen sobre Borges, y poco importa que sean verídicas, históricas, o apócrifas. Existe Borges y lo borgiano como el Soneto y los sonetos.

“La verdad histórica [...] no es lo que sucedió; es lo que juzgamos que sucedió." "Notoriamente no hay clasificación del universo que no sea arbitraria y conjetural. La razón es simple: no sabemos qué cosa es el universo.” Lo mismo puede decirse de una vida.

En El idioma analítico de John Wilkins (las enciclopedias dicen que vivió en Inglaterra entre 1614 y 1672, creó una lengua sintética y fue cuñado de Oliver Cromwell, “meras circunstancias biográficas”; cuyo artículo fue suprimido en la decimocuarta edición de la Encyclopaedia britannica) se menciona cierta enciclopedia china que divide a los animales en “(a) pertenecientes al Emperador, (b) embalsamados, (c) amaestrados, (d) lechones, (e) sirenas, (f) fabulosos, (g) perros sueltos, (h) incluidos en esta clasificación, (i) que se agitan como locos, (j) innumerables, (k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, (l) etcétera, (m) que acaban de romper el jarrón, (n) que de lejos parecen moscas." Admirable, así lo consideró Michel Foucault y dio pie a Las palabras y las cosas, pero falta al menos un orden o clasificación: los que imaginó Jorge Luis Borges.

Si un lenguaje es un código inventado y el universo un modelo, una representación, aprehender una vida con el lenguaje, código arbitrario en el que las palabras no son las cosas, es una tarea imposible. La cultura y la realidad son fantásticas porque podemos aspirar a vislumbrar, pero no explicar y conocer las razones y los desvelos, el río interno, el sentir de una vida. ¿Cómo fijar una vida si existe una concepción borgiana de la realidad?

De aquella serie de anécdotas me viene una a la memoria: Borges se sube a un taxi en Buenos Aires y el chofer le pregunta:
   −¿De casualidad no es usted Borges?
Borges respondió o hubiera respondido o hubiera podido responder:
   −No sé si de casualidad, pero yo soy Borges.

20 de febrero de 2009

Los objetos

Uno a uno se amontonan en la mesa. Tímidos se agolpan y se enciman para permanecer muy juntos, como ciertas especies cuya condición gregaria salta a la vista. Pero los objetos que se acomodan en la mesa no pertenecen a la misma especie ni a la misma orden ni al mismo grupo, tienen en común que salen de mis bolsillos y los llevo a todas partes, algunos aun en contra de mi voluntad.

Pero cómo salir sin las llaves de la casa, las del despacho y las del coche. La cartera es indispensable, en ella guardo algunos billetes, credenciales, licencias y la foto de Alana; también tengo un portamonedas, utilísimo objeto que he empezado a usar hace poco y que por su ausencia se me han perforado varios bolsillos de los pantalones.

También encuentra su lugar en la mesa y entre mis ropas un pañuelo y una pluma y no pocas veces un lápiz y casi nunca falta una agenda y una libreta pequeña para tomar apuntes. También aparece sobre la mesa una receta o la nota de la tintorería, una tarjeta de visita que alguien acaba de darme, un papelito con un número de teléfono, un botón que se ha desprendido, un par de aspirinas y hasta un peine.

No pocas veces he encontrado un clip, un caramelo de café y un libro de bolsillo, que hace un bulto perfecto y deforma el saco de manera impecable. En otros tiempos, también aparecían infaltables los cigarrillos y un encendedor, y ahora se ha sumado un pequeño monstruo, un sonoro impertinente llamado teléfono.

Al llegar a casa, me quito el reloj y los zapatos, uno a uno saco los objetos y los miro asombrado: son, a su manera, una embajada de mí mismo, me representan y conforman. Sin ellos no puedo ir por el mundo, pero al llegar a casa, su utilidad se desvanece y se quedan muy quietos, amontonados, esperándome, en una orilla de la mesa.

13 de febrero de 2009

El humo, la espuma, las palabras

En el vigésimo cuarto canto del Inferno, Dante Alighieri, acaso el más alto poeta de Occidente, dijo alguna vez Octavio Paz, escribió hace siete siglos bien contados: Omai convien che tu così ti spoltre, / Disse il Maestro, chè, seggendo in piuma, / In fama non si vien, nè sotto coltre: / Senza la qual chi sua vita consuma, / Cotal vestigio in terra di sè lascia, / Qual fumo in aere od in acqua la schiuma.*

Estos versos, puestos en boca de Virgilio, bien pueden ser un lema, una divisa, la fuente del numen y de la persistencia de un poeta en su trabajo; sin duda lo fueron del gran florentino en su esfuerzo por alcanzar la gloria. (También don Quijote en sus caballerescas aventuras buscaba la fama, que es otra forma de aspirar a la inmortalidad.)

Para la grave empresa de resistir la erosión del tiempo los poetas eligieron las palabras, que a veces son duras y pétreas, marmóreas, pero las más de las veces tan frágiles y efímeras, tan maleables y misteriosas, tan ligeras y aladas en el aire como el humo, y tan esquivas, frescas e instantáneas como la espuma en el agua. ¿De qué están hechos, oh Poeta, el tiempo, la fama, el humo, la espuma, las palabras?


* "Pues te conviene, tu pereza espanta", / dijo el maestro, "que en la blanda pluma / fama no has de ganar, ni so la manta: / quien sin ganarla su vida consuma / igual vestigio dejará en la tierra / que humo en el aire y en el agua espuma". (Versión de Ángel Crespo.)

6 de febrero de 2009

El directorio telefónico

En un directorio telefónico personal encuentro dos nombres de personas que no recuerdo, hago un ejercicio de memoria, me esfuerzo un poco más, es inútil, no sé quiénes son. Hojeo la gastada libreta y encuentro un tercer nombre de alguien que no puedo recordar.

Veo el nombre de alguien que ha muerto ya, hace uno o dos años, doy con los nombres de mucha gente que no frecuento desde hace mucho tiempo, con la que perdí contacto tal vez sin razón, o por alguna tan vaga que ya no la recuerdo. Dice Montaigne que una ventaja de la mala memoria consiste en recordar menos las ofensas recibidas.

De pronto, uno se da cuenta de la fragilidad de tantas relaciones profesionales, que el tiempo erosiona las amistades escolares que alguna vez pensamos eternas, que uno cambia de afectos, de gustos e intereses y que esos cambios, ineluctables, nos acercan y alejan de personas en un ir y venir de encuentros afortunados y rupturas lamentables sin fin.

Hojeo mi directorio y encuentro el nombre de alguien que me gustaría mucho ver, saber de su vida, y este entusiasmo queda de pronto en entredicho pues no he marcado en años las cifras que darían paso a su voz y sus palabras.

De pronto, un directorio telefónico personal se convierte en una suerte de inventario de proyectos inconclusos, de amores frustrados, de amistades truncadas y afectos no expresados, en un listado de testigos de nuestros esfuerzos y sueños, nuestros estudios y negocios en algún momento de nuestra vida.

Un directorio telefónico es una suerte de biografía cifrada en los nombres en él inscritos, los de las personas que de cerca o de lejos rodean al poseedor y lento hacedor de esa guía. Cada persona que tiene un directorio telefónico es el centro de un sistema en el que otros, algunos que jamás se acercarían ni cruzarían entre sí, encuentran un acomodo inverosímil en ese directorio, en la vida de alguien que urde una trama secreta.

Paul Auster ha imaginado en una novela que alguien encuentra un directorio telefónico de un desconocido y que con los testimonios de los hombres y mujeres cuyos nombres aparecen inscritos, hacer un retrato en ausencia, un perfil del propietario de la libreta.

Habría que reducir al mínimo el número de nombres que uno inscribe en los directorios telefónicos. No hay desatención ni desprecio alguno en esta afirmación, sólo un gesto pragmático sustentado en la experiencia. En ese directorio están los nombres de mucha gente con la que uno no volverá a hablar, tantos números telefónicos que uno no marcará jamás, que no es mala idea anotarlos con lápiz.

Así, mientras algunas personas entran a nuestras vidas y nuestro directorio, sin mirar atrás, otras van quedando fuera, y uno podría, por fidelidad no al recuerdo sino a la coherencia, borrarlas en un instante.

30 de septiembre de 2008

Un ejemplar de Virginia Woolf y el libro más caro del mundo

Algunas de las mejores cosas de la vida llegan a nuestras manos cuando no las buscamos, incluso cuando hemos dejado de anhelarlas. Otras, aparecen de pronto sin que la voluntad las procure o el pensamiento las evoque. Los días se distinguen por los pequeños hallazgos, cuya suma acaba por configurar, sin que nos demos cuenta, los rasgos esenciales de un devenir que casi nunca sabemos qué nos depara.

Del otro lado de una puerta está el amor, la amistad, una conversación trascendente, la respuesta, un objeto, un libro, cuya presencia y trato acabará por revelarnos quiénes somos. Un orden secreto, al que con frecuencia llamamos azar, nos acerca a lo que merecemos porque, de otra manera, tal vez ni advertiríamos su presencia, no comprenderíamos el bien que nos acecha.

Así llegó a mis manos un ejemplar con seis novelas de Virginia Woolf olvidado en un estante. El tiempo ha respetado su integridad, el color de sus páginas, la solidez de sus pastas bien encuadernadas, pero aún más lo han hecho los hombres porque en más de medio siglo apenas lo han tocado pero nunca lo han abierto. El papel fino de sus páginas inmaculadas me dice que no ha habido ojos que descifren sus palabras ni manos que lo mancillen por la frecuencia del trato.

No hay dedicatorias, huellas, marcas, manchas, mucho menos subrayados o dobleces. No guarda un boleto del Metro ni una tarjeta de presentación. Posee, en cambio, la dignidad de un tesoro encuadernado, la solidez vetusta de una pieza rara, y quitarle el polvo que lo cubre me parece la exhumación de un hallazgo arqueológico que encierra el placer de la lectura de obras no por conocidas menos deseadas.

En un instante hice dos pactos conmigo. No saldría de la librería de viejo sin mi ejemplar, y lo leería con la codicia del avaro, con la alegría del loco y la atención maravillada de un niño. Algo guardan esas páginas para mí, me dije, el orden secreto lo ha puesto en mis manos. Me lo llevé a casa por un precio razonable, es decir, por menos de lo que tenía en el bolsillo, casi nada comparado con los cien mil euros que cuesta el libro más caro y acaso el más bello del mundo, una pieza de museo de la que sólo habrá noventa y nueve ejemplares.

Se llama Michelangelo. La dotta mano (Miguel Ángel. La mano maestra), una obra digna del gran artista del Renacimiento de la editorial italiana FMR. Exquisita en sus materiales, papel de algodón hecho a mano fibra a fibra, mármol en la cubierta, y bocetos, cartas inéditas y fotografías que quitan el aliento. El trabajo supremo de artesanos sin par, el moribundo arte de la tipografía y la edición al servicio de un objeto que supera la categoría de lujo para erigirse como una obra de arte en sí misma.

Su gran formato y sus veinticuatro kilos, si fuera el caso, no me permitirían leerlo y mirarlo en el autobús hasta que me dolieran los ojos. No importa, tal vez el orden secreto me permita verlo en un museo, aquí o allá, mañana o pasado mañana. Me distraigo, divago.

Con el permiso de Miguel Ángel y la suprema belleza encuadernada, debo adentrarme en mi ejemplar, en Las olas, sumergirme en las palabras eléctricas y la sabiduría novelística, en la celebración de mi amor secreto por Virginia Woolf.

20 de septiembre de 2008

El último prodigio

Querido Jorge, querido Rafael:

Tal vez sea cierto el juicio temerario que divide en dos tradiciones la prosa y en particular la novela escrita en español: por un lado estarían los libros que siguen a Cervantes, es decir, los de prosa llana y directa; por otro, los que están en deuda con Quevedo, los barrocos, por llamarlos de algún modo. Yo no creo del todo en esta clasificación, y diré por qué: ustedes han escrito una novela quevedesca muy cervantina.

Si bien la escritura se abre paso con malabarismos verbales de altos vuelos, retruécanos de virtuosos, piruetas sintácticas y actos de asombroso malabarismo, que se corresponden con toda justicia poética con las maromas y sinrazones de un tal Magruta —que hoy sale a recorrer el mundo con su historia y del que puedo augurar que ganará fama en los siglos por venir—, la imaginación y el humor, el llamado a la razón en contra de la intolerancia y el fanatismo, la ignorancia sin fin de los fundamentalismos de cualquier color y naturaleza, son un regalo para el lector que comprende que la literatura no es evasión y que aun los divertimentos no son inocentes ni frívolos.

Ustedes han demostrado, una vez más, que no hace falta la gravedad para ser profundo, y que el humor es un don de la imaginación y de la inteligencia, un fin en sí mismo y un vehículo para decir lo que, de otra forma, sólo admite, y no siempre, el género de la tragedia. En esto son también herederos de Voltaire. La ironía y el sarcasmo, el humor que mana de la inteligencia y empieza en la carcajada y termina en la reflexión son las armas más poderosas de la crítica y la razón.

Querido Rafa y querido Jorge: su obra los rebasa. No se sorprendan si un día de estos un gato analiza su libro y les explica dos o tres cosas que ustedes han escrito y de las que no están del todo conscientes. Ese es el destino de todo verdadero novelista.

Cervantes por delante, un novelista escribe para encontrar, descubrir y nombrar lo que la vida cotidiana y el más pobre realismo nos ocultan. Hay cosas que sólo se pueden decir desde la literatura, decía Calvino, y decía bien. Hay cosas en su novela que no creo que pudieran contarse mejor de otra manera.

No menos asombroso es que hayan escrito a dos plumas, o dos teclados. Nos han dado una lección que rompe más de un mito y destruye la figura en el pedestal. El suyo es un ejercicio admirable de solidaridad, respeto, empeño y talento puestos al servicio de un proyecto común.

Si el azar y la imaginación ajena determinaban el capítulo siguiente que cada uno tenía que escribir (según mienten en su prólogo), un orden cósmico y magrutense o magrutoso o magruteico o magrutensemente o magrutamente o como se diga, logró una unidad ejemplar que les ha permitido ser uno, o dos, pero que ya no son los mismos de antes. Tanto, que ya son, acaso sin saberlo, como novelistas, por obra y gracia de su propia obra, oh prodigio, Jorge Bullé-Goyri y Rafael Brash.



(Saludo a Jorge Brash y Rafael Bullé-Goyri en la presentación de su novela Los prodigios de Isidoro Magruta, Colección Piedra Lunar, Editora del Gobierno del Estado de Veracruz, 2008)

30 de agosto de 2008

Serrat: El galopar de la palabra. I

Ahora que los LP han pasado a mejor vida como tecnología y van a parar no sólo al basurero sino al olvido y al desprecio (conozco un restaurante que los usa como platos para hamburguesas, los meten al horno, donde se retuercen horrible y salen hechos una desgracia, manchados de catsup, queso y pepinillos; para qué pensar que era Brahms), extraño esa manera de escuchar música, con sus ruidos y la aguja de noria y grúa que navega, concéntrica, a 33 rpm sobre un acetato que era una maravilla hasta hace no mucho. De mi modesta colección, sólo unos cuantos justifican intransigentes la necesidad de conservar la no tan vieja tornamesa que corona, en venganza, al nuevo y compacto tocadiscos de los ídem.

Pero de esos que se niegan a dejar de ser escuchados, de esos que no han entrado al mundo láser y DDD, los doce o quince de Joan Manuel Serrat han sido fieles compañeros al paso de los años, sumándose de uno en uno, poco a poco (golpe a golpe, verso a verso, ¿verdad, don Antonio?), de tal manera que algunos de ellos pueden evocar periodos vitales que bien merecerían, valga la hipérbole, llevar el nombre de uno de esos discos. No pienso en el goce estético pleno y deslumbrante que producen los cuartetos de Mozart, sino en lo que viene de dentro para formar parte de la educación sentimental más allá de axiologías musicales. Basta un poco de honestidad para reconocer y explicar el pasado a través de la música que se nos ha metido en las venas.

Serrat, ese viejo cantautor catalán, tiene el mérito de hacer, cantar y decir lo que se le pega la gana desde hace más de veinte años, aun cuando en España, durante el antiguo régimen, su obra fue censurada y el catalán prohibido; entonces, incluso, optó por la rebeldía. Si algo lo define es justamente su rebeldía, su absoluta independencia y honestidad; su búsqueda de nuevas posibilidades para la canción, sin repetirse, lejos de las modas y los dictados de productores y los mass media que acaban por echar a perder todo lo que tocan.

Pero a Serrat no le ha ido mal, a pesar de ellos. Tiene un público constante, que lo sigue en busca de respuestas, novedades y remembranzas. No conozco su alcance entre los más jóvenes, pero sí su influencia en su generación y otras menores que encontraron en él, acaso, el camino más corto a la poesía y sus manifestaciones en la canción; de la palabra que abusa de la música, que la cabalga (prima le parole, porque es más poeta que músico y lo que dice no puede manifestarse en otro lenguaje), para dar rienda suelta y proclamar una forma de vivir, de celebrar, de ser.

Justo lo contrario a lo que sucede con los excesos del periodo belcantista, donde Scott y Sófocles desaparecen para dar paso a los abellimenti de Donizetti y Cherubini. Aquí poco o nada importa la poesía mientras sea asimilada por la melodía y sea vehículo de la voz, de ese instrumento prodigioso que se desborda para borrar todo significado y quedar solo, en la última posibilidad del sonido. Más todavía, parece que lo que importa es el cantante, su prestigio, su técnica y facultades, su performance, aunque sólo diga tra-la-la.

(Una breve digresión: la presencia de textos poéticos en el mejor rock es un hecho, pero los decibeles, el estruendo y la monotonía parece que acaban por tirar por la borda el ritmo y el metro, los matices, las pausas, los acentos... vamos, la "pelusilla de la emoción", diría Alfonso Reyes; el grito y la mala dicción se encargan, casi siempre, de rematar lo que queda. Por otra parte, pensar en la poesía del rock en español es casi ingenuo. Es algo tan pobre y tardío que sólo las excepciones no podrían llamarse intrascendentes.)

Serrat ha sido fiel a sí mismo. Sus manifestaciones políticas hace años contra la dictadura chilena, y su rechazo a considerar el medio milenio del 92 como una simple fiestecita de la hispanidad, por ejemplo, por no hablar ahora de la crítica contenida en su obra contra las sinrazones, absurdos y abusos del mundo, lo califican como uno de los creadores más sensatos, responsables, atentos e irónicos, al menos entre nosotros.

Y es que, por fortuna, canta en castellano. Decidió llevar su música más allá del Ebro, aunque a los catalanistas recalcitrantes no les haga la menor gracia, para llegar al resto de España e Hispanoamérica, donde sospecho que es más querido y escuchado, aunque guarda algunas de sus mejores letras para sí y los suyos: sus más desesperadas y acaso autobiográficas composiciones las escribió en catalán.

Es comprensible, algo de lo más íntimo y cercano no puede decirse en otra lengua sin perder fuerza, sentido y credibilidad. Por otro lado, las traducciones incluidas en los discos, cuando las hay, no están al alcance de todos los que escuchan y son con frecuencia literales, por lo que poco han ayudado a difundir lo que se dice cuando el catalán toma su camino.

Esta es una perdida sensible que se agrava por la enorme dificultad para encontrar la parte no castellana, sobre todo la primera, esa vertiente original y rica con letras de Joan Salvat Papasseit y sus primeras composiciones, dedicadas a la vida del campo, la naturaleza, los primeros amores, a la gente de su calle, su primera guitarra, la muerte del abuelo por mencionar unas cuantas­, y un álbum de canciones tradicionales catalanas; imperfectos y dulces comienzos registrados en discos de principios de los años sesenta, algunos incluso sin nombre, como: Res no és mesquí, Joan Manuel Serrat (el que incluye "Ara que tinc vint anys"), Joan Manuel Serrat (el de "Paraules d'amor), Serrat 4, Cancons tradicionals, y un poco más reciente Per al meu amic.

Lo escucho con atención, la única forma posible de seguirlo, de sacar algo de provecho, y resulta evidente que el tiempo es implacable. Un cambio lento y continuo se hace perceptible en cada disco, así como una preparación sin prisa, un cuidado de las canciones hasta lograr un conjunto elaborado, un equilibrio, una redondez de afinidades, de intención, de intensidad.

Del adolescente soñador de pelo largo soy casi un beso del infierno/ pero un beso al fin, señora decía de sí mismo en una vieja canción que escandalizó a la sociedad franquista‒ al hombre de hoy existe un abismo inevitable que sólo la coherencia puede salvar.

Sospecho que El Furico ha llegado a eso que se llama madurez con las mismas intenciones que animaban sus cantos de juventud, con idéntica pasión, pero con una diferencia importante: ahora es menos individualista, le preocupan más los otros y el mundo; audaz, sarcástico y fustigante, le importa más levantar la voz y lo que dice, que cómo lo dice, sin detenerse a mirar lo que ha quedado atrás.

Parecería una cuestión de forma y fines, de fondo y medios, donde ha optado por éstos. Creo que los ha fundido y ha pagado el precio: ha cambiado su espontaneidad por mayor profundidad y reflexión; ha perdido candidez para ganar contundencia.

Serrat: El galopar de la palabra. II

Serrat es un poeta, no el peor, por cierto, que escribía composiciones rimadas, medidas, con estribillo, con metáforas de primer grado. Alguien que hacía canciones de amor y de historias tristes, personales. Ahora también las hace, además de sus divertimentos, sueños, denuncias, cuentos, fantasías, poemas y soliloquios, entre otras cosas, pero sus letras, a partir de su producción de los años ochenta, son largas, difíciles de seguir, complejas.

Se encienden la crítica y la indignación, se escucha una que otra expresión soez y adjetivos rabiosos; se siente la ironía, el humor elemento que no aparecía en su primera etapa‒ y la alegría de vivir, junto a la sabiduría del sentido común, los hallazgos de un observador atento y las conclusiones de un hombre inteligente.

Ahora ya no es posible cantarlo, seguirlo con una guitarra; ahora exige que se le escuche. Conoce la trascendencia de su trabajo y lo ejerce con responsabilidad. Sabe que canta para algo, sabe que canta para alguien. Es claro que no eligió la llamarada de los reflectores de la fama ni del espectáculo sino la reflexión y la sensibilidad. Su preocupación e interés por los problemas sociales han adquirido tal importancia que se han convertido en un tema al que vuelve, con insistencia, siempre agudo y contundente.

Es relevante su preocupación por el poder, por su ejercicio y los alcances que tiene en la vida social y en la de los ciudadanos. Sobre todo carga contra los hombres que lo detentan de la peor manera posible, contra los cachorros de buenas personas que de manera turbia llegaron a ser lo que son, a tener doble vida y oscuras intenciones, a convertirse en dueños de vidas y destinos, contra los que se arman hasta los dientes en el nombre de la paz y juegan con cosas que no tienen repuesto; esos que mienten con naturalidad, que sirven a oscuros intereses cuando alzan la bandera son para él, por decir lo menos, sicarios del mal.

Pero su politización es la del ciudadano, no la del militante. Serrat sueña con un paraíso terrenal instalado en el barrio, en el que nada fuera urgente y todos fuéramos hijos de Dios; con una anarquía fantástica donde todo fuera como es mandado y ninguno mandara, que la ciencia fuera neutral y heredaran los desheredados, pero no es ingenuo ni politólogo ni moralista ni un loco.

Sus quimeras le sirven, por contraste, en la estructura de la canción, para compararlas con el orden absurdo, con el mundo patas arriba en que vivimos, en el que las manzanas no huelen, nadie conoce al vecino, se desprecia a los viejos, las cuentas no salen, el mar se muere y las reformas nunca se acaban.

Su desprecio por la mentira, por las razones de Estado sobre los derechos civiles, por el abuso y la injusticia, por los truculentos laberintos de la corrupción, se manifiestan evidentes en "Algo personal", "Lecciones de urbanidad", "No esperes", "Yo me manejo bien con todo el mundo", entre otras canciones.

Serrat parece convencido de que este orden fomenta la mentira y aliena: la conciencia se ha erigido todopoderosa en complemento del pecado, en la quintacolumnista del sistema; es, para decirlo en una palabra, anticonstitucional.

Bienaventurados los que crean que les habla de otro mundo; porque de ellos es el reino de los ciegos, les diría. Anhela, con ilusión y modestia, algo así como un nuevo "contrato social" que apueste por la vida, por el goce de vivir y las condiciones que lo permitan sin mayor explicación. Ofrece argumentos tan sólidos como: Con lo que gastan en bombas/podrían matar el hambre, sin pasar por las razones de la economía, de la geopolítica, de la explicación, con las que es posible justificar cualquier cosa y cualquier crimen.

Sin amargura, pero con tristeza, sabe que el mundo no va a cambiar. Hace, entonces, canciones en las que se percibe una llamada de alerta; invita al desengaño con ingenio y crudeza; exalta lo que ofrece la vida a los que saben usarla; elogia la cotidianidad y sus instantes dorados, las pequeñas cosas que la forman; vuelve a lo que a fuerza de verlo se nos ha escondido.

Por todo esto tiene fama de intelectual, pero Serrat no propone ni tiene grandes ideas, que cada loco siga con su tema (que es, dicho sea de paso, el título de su manifiesto o declaración de principios, más útil para reconocerlo que su carnet de identidad), simplemente dice con talento e imaginación, preciso, lo que deberíamos pensar y sentir más seguido.

Está muy lejos de ser un político y no tiene intenciones partidistas, no cultiva la arenga porque no es un militante ni está al servicio de nadie. Lo suyo es cantar lo que siente y piensa, sin censura, sin cuidar demasiado la imagen de chico bueno que hace cosas lindas.

No es usual que se escriba en ese pequeño género sobre la enajenación del hombre común o el escándalo que provoca la felicidad; denunciar un abuso o confesar admiración por Kubala, el futbolista favorito; ni contar fábulas de ranas y príncipes e historias de piratas para adultos, ni los sinsabores de la vejez, ni retratar la jornada de los albañiles, ni desafiar el aburrimiento, ni proponer una patología del enamoramiento, ni evocar los recuerdos de la iniciación sexual con una prostituta, ni celebrar la amistad sin solemnidades, ni comentar el proceso de domesticación de los hijos, ni revelar la frustración y el destino de los inmigrantes del tercer mundo, ni ofrecer las instrucciones para construir un sueño, ni lamentar la transformación urbana y el fin de las salas de cine, ni hacer una versión no oficial de la historia nacional, ni alucinar una pesadilla, ni cantarle al agua, ni mofarse de la jet set, ni....

La lista es más larga, pero me interesan también los elementos con los que trabaja, las fuentes de ese material sensible, el uso de expresiones populares, de dichos, refranes, los consejos que provocan la cosquilla de la duda entre la certeza y el escepticismo, las frases sugerentes, lanzadas para que las oiga el que tenga orejas, la observación minuciosa del ritmo y los acontecimientos intrascendentes de la vida de una ciudad.

El olfato y el instinto, así como el oficio, garantizan el acierto de la sátira, la mezcla afortunada del habla de la calle y el caló con las expresiones elegantes y el bien decir; la convivencia de la insinuación y la metáfora por un lado, con la frase llana y la sentencia con todas sus letras.

Nada hay de simplón, obvio o cursi aun en sus cantos de amor, ya sean al primero, al pasado, al conyugal, al que hace sufrir; los amores difíciles y frustrados, los que tienen por sino la locura, el abismo, la cobardía y la fatalidad, los que no pueden ser, han encontrado un sitio para sus desencuentros.

Por la profundidad y la intención de su obra, Serrat es un solitario en la práctica de un oficio que está plagado de frivolidades, necedades, mal gusto y narcisismo. Sabe lo que hace y lo hace muy bien. Está muy lejos de los temas de siempre con tratamientos ordinarios.