20 de septiembre de 2008

El último prodigio

Querido Jorge, querido Rafael:

Tal vez sea cierto el juicio temerario que divide en dos tradiciones la prosa y en particular la novela escrita en español: por un lado estarían los libros que siguen a Cervantes, es decir, los de prosa llana y directa; por otro, los que están en deuda con Quevedo, los barrocos, por llamarlos de algún modo. Yo no creo del todo en esta clasificación, y diré por qué: ustedes han escrito una novela quevedesca muy cervantina.

Si bien la escritura se abre paso con malabarismos verbales de altos vuelos, retruécanos de virtuosos, piruetas sintácticas y actos de asombroso malabarismo, que se corresponden con toda justicia poética con las maromas y sinrazones de un tal Magruta —que hoy sale a recorrer el mundo con su historia y del que puedo augurar que ganará fama en los siglos por venir—, la imaginación y el humor, el llamado a la razón en contra de la intolerancia y el fanatismo, la ignorancia sin fin de los fundamentalismos de cualquier color y naturaleza, son un regalo para el lector que comprende que la literatura no es evasión y que aun los divertimentos no son inocentes ni frívolos.

Ustedes han demostrado, una vez más, que no hace falta la gravedad para ser profundo, y que el humor es un don de la imaginación y de la inteligencia, un fin en sí mismo y un vehículo para decir lo que, de otra forma, sólo admite, y no siempre, el género de la tragedia. En esto son también herederos de Voltaire. La ironía y el sarcasmo, el humor que mana de la inteligencia y empieza en la carcajada y termina en la reflexión son las armas más poderosas de la crítica y la razón.

Querido Rafa y querido Jorge: su obra los rebasa. No se sorprendan si un día de estos un gato analiza su libro y les explica dos o tres cosas que ustedes han escrito y de las que no están del todo conscientes. Ese es el destino de todo verdadero novelista.

Cervantes por delante, un novelista escribe para encontrar, descubrir y nombrar lo que la vida cotidiana y el más pobre realismo nos ocultan. Hay cosas que sólo se pueden decir desde la literatura, decía Calvino, y decía bien. Hay cosas en su novela que no creo que pudieran contarse mejor de otra manera.

No menos asombroso es que hayan escrito a dos plumas, o dos teclados. Nos han dado una lección que rompe más de un mito y destruye la figura en el pedestal. El suyo es un ejercicio admirable de solidaridad, respeto, empeño y talento puestos al servicio de un proyecto común.

Si el azar y la imaginación ajena determinaban el capítulo siguiente que cada uno tenía que escribir (según mienten en su prólogo), un orden cósmico y magrutense o magrutoso o magruteico o magrutensemente o magrutamente o como se diga, logró una unidad ejemplar que les ha permitido ser uno, o dos, pero que ya no son los mismos de antes. Tanto, que ya son, acaso sin saberlo, como novelistas, por obra y gracia de su propia obra, oh prodigio, Jorge Bullé-Goyri y Rafael Brash.



(Saludo a Jorge Brash y Rafael Bullé-Goyri en la presentación de su novela Los prodigios de Isidoro Magruta, Colección Piedra Lunar, Editora del Gobierno del Estado de Veracruz, 2008)