23 de abril de 2010

El Ministerio Mundial de la Literatura y la Biblioteca del Rotundo Fracaso

En un relato imaginado pero nunca escrito se da noticia de la existencia y razón del Ministerio Mundial de la Literatura, de la escrita, de la que se escribirá y de la que jamás se escribió ni será escrita.

En bóvedas herméticas y asépticas se guardan en discos y otros dispositivos los archivos de todos los poemas épicos y líricos, amorosos y satíricos, políticos, místicos, religiosos y de ocasión; todos los dramas, las comedias y las tragedias, las farsas y las piezas; los ensayos y relatos, las crónicas y los cuentos, todas las novelas y aún los textos híbridos y los no clasificados o que pertenecen a más de un género según los divergentes criterios de los sabios y estudiosos. En esas galerías está todo lo que pueda imaginarse o decirse con las palabras tocadas por la belleza.

En el Ministerio los funcionarios trabajan de día y de noche para clasificar y reclasificar los documentos que en cuanto han sido escritos o traducidos, o si han sido revisados y corregidos o aumentados. La Dirección General que se ocupa de la metamorfosis asombrosa de la literatura que se escribirá a la literatura que ha sido escrita presenta un dinamismo impresionante, tanto que es literalmente imposible detenerse a leer la cifra vertiginosa que da cuenta de los textos literarios. La única sección que duerme en una relativa paz burocrática de oficina de cementerio clandestino es la Dirección General de la literatura que jamás se escribió ni será escrita, que ocupa bóvedas sin fin y discos y discos con información a la que nadie salvo el Numen de la Literatura tiene ni tendrá acceso porque está codificada, por así decirlo, pues nunca ha sido escrita ni lo será jamás.

Pero ahora, se ha sabido que en una ciudad del Medio Oeste, en los Estados Unidos, existe una biblioteca especializada que sólo admite en sus estantes las novelas (en papel tamaño carta y precariamente encuadernadas) que jamás se publicaron, las que permanecen absolutamente inéditas.

Allí, sólo pueden ser depositadas, condición única y draconiana, las novelas que han sido rechazadas una y otra vez y otra vez y otra vez por una serie interminable de editores. Allí sólo tendrían lugar las novelas que duermen el sueño eterno en el baúl perdido de un bisabuelo, las que nunca fueron revisadas y amarillean en las bodegas de las editoriales, aquellas cuyos autores las olvidaron.

En la Biblioteca del Rotundo Fracaso es posible que se encuentren algunos de los más malos libros de la historia, pero también será posible encontrar obras maestras de la estulticia, ejemplos perfectos de la incompetencia, los más grandes monumentos de palabras al lugar común, las catedrales de la impericia y la contradicción, las grandes enemigas de la sintaxis, las de léxico miserable, las historias cuya ejecución rebasa las mayores torpezas concebibles, las inconsistencias inimaginables más allá de lo posible, las historias más falsas y huecas, las más mezquinas, las más abyectas, las mercenarias y pasto de ideologías trasnochadas, las más viles y canallas, las pergeñadas con el único fin de ganar un saco de monedas.

Allí deben dormir el justo sueño del olvido eterno las novelas concebidas como simple vehículo para oscuros intereses ajenos a ellas mismas, allí deben estar las novelas mal pensadas y no sentidas, las hipócritas, las que no le quitaron el sueño ni una noche a su autor, las más falsas historias de amor, las surgidas de odios miserables y falsas locuras.

Quizá esa inigualable colección de las novelas nunca publicadas contenga algunos de los libros más malos del mundo, acaso el peor de todos, y sólo un interés morboso podría despertar el ánimo por demorarse entre ellos, pero surge la duda. El azar y la historia, los hombres y las circunstancias habrán condenado con plena justicia a todos los libros que habitan la Biblioteca del Rotundo Fracaso, o entre sus pasillos se encuentra no ya una obra maestra que nadie ha sabido ver sino simplemente un buen libro.

El fin es el olvido, como bien lo sabía Borges, pero antes, por un instante, ¿qué es la belleza? ¿Cuál es el libro digno de darse a la estampa? ¿Cuál el indigno y justo condenado a las galerías infames de la Biblioteca del Rotundo Fracaso? ¿Cuál será la peor novela de la historia? ¿Cuál será la mejor de todas? No lo sé, pero siento que por pura querencia debo volver a la que más me gusta. Hoy, una vez más, cuando caiga la noche, leeré unas páginas del Quijote.