6 de julio de 2016

Los motivos de un premio

Es un tema recurrente. Basta que a un escritor le concedan un premio para iniciar una polémica. Las razones para justificar una distinción suelen ser apasionadas antes que literarias, y lo mismo sucede para explicar por qué alguien más no merecía el galardón.

El premio más polémico del mundo es el Nobel, y la institución más denostada (a veces con justicia poética) es la Academia Sueca. Y el autor evocado como víctima del gran agravio casi siempre es Borges.

Cuenta la leyenda que éste decía, con impecable ironía: «Existe una antigua tradición escandinava que consiste en negarle el Nobel a Jorge Luis Borges.» Su nombre, su caso, es inevitable a la hora de comentar el Premio. Hace poco un amigo me explicaba que la Academia sueca considera las opiniones, la filiación política, el apoyo a las causas nobles y justas como un factor decisivo. 

No creo que siempre sea así. Pero el hecho de esa posibilidad, de considerar ese motivo debería ser una llamada a la reflexión, a la cordura y la justicia, ahora más que nunca, poética. ¿Quién merece un premio literario? ¿La posición política equivocada de un escritor le quita méritos literarios? ¿Se puede ser un mamarracho y un gran escritor a la vez? Me temo que sí. No creo que Borges haya sido uno, ni un desalmado. Era un grande las letras y fuera de ellas un hombre extraviado, casi en todo lo demás.

El nombre de Borges está más unido al Premio Nobel que el de muchos galardonados que al paso de los años ya nadie recuerda y, peor aún, casi nadie lee. Borges es recordado, discutido y leído. Se ha impuesto rampante a aquella antigua tradición escandinava.

A veces la literatura ofrece las respuestas a las preguntas y dudas que ella misma plantea. Encontrar la página que resolverá el dilema es un misterio del azar, de la asombrosa combinación de elementos que nadie termina nunca de imaginar. Un hallazgo así siempre es una alegría, y una señal, una llamada plena de sentido que es importante compartir. El mensaje es simple, claro y lúcido: los premios literarios deberían ganarlos los grandes autores, sin que sus opiniones políticas, su militancia o condición sean relevantes para distinguir y reconocer su obra.

En «El escritor y el dinero», ensayo breve y delicioso, entre las páginas de Contra los poetas ( Tumbona Ediciones), encuentro estas palabras de Witold Gombrowicz:

«Entre los jurados que, según sus estatutos, deberían tomar en cuenta sólo los verdaderos méritos literarios de una obra, se discuten en público motivos que poco tienen que ver con el arte: "Hay que galardonarlo porque es el turno de América Latina", o porque es pobre, o "porque está viejo y enfermo", o por tal y cual pretexto. Me gustaría saber lo que pasaría si un buen día un abogado entablara un proceso a un jurado en el que al menos algunos de sus miembros hubieran declarado abiertamente que habían concedido el premio por razones políticas, humanitarias, o cualesquiera otras que no tuvieran ninguna relación con sus estatutos. Sospecho que esto provocaría una auténtica catástrofe en cadena: todos los artistas que han sido víctimas de procedimientos semejantes exigirían algún tipo de compensación por los perjuicios que ello les hubiera ocasionado. Pero el público también podría comenzar un proceso: si el premio, que en principio se entiende como la honesta recompensa que recibe un talento genuino, es otorgado en realidad por razones muy distintas, esto significaría simplemente que hemos sido timados.» 

Lo escribió con lucidez Gombrowicz, ahora es necesario recordar sus palabras mientras sean necesarias, una y otra vez.

29 de marzo de 2016

Criptomnesia

Hace unos años yo compartía una oficina con un joven poeta, simpático, desordenado y un poco chiflado. Estaba entregado a su vocación; la vida era eso que le sucedía entre poema y poema. Siempre llegaba tarde, era distraído y olvidadizo. Iba a todos lados con una mochila repleta de libros, un estuche un tanto escolar con decenas de bolígrafos, marcadores, sacapuntas, gomas y lápices de colores. Era como un niño grande. Era muy agradable conversar con él, sobre todo de libros, poemas y versos; trabajar con él, hacer las tareas por las que nos pagaban era más complicado.

Escribía mucho, muchísimo. Tenía cuadernos y cuadernos repletos de borradores, notas e ideas para sus ensayos sobre poetas y poéticas, pero sobre todo de sus poemas. Nadie le había publicado todavía ninguno de los muchos poemarios que había escrito. Un día dejé de verlo, se fue, y no he tenido noticias de él y jamás he visto un libro suyo.

Una mañana me leyó una larga serie de versos seleccionados de sus cuadernos y sus notas. No me preguntó si me gustaban, si eran buenos, sino algo realmente extraño: ¿reconocía yo algún verso? ¿Me sonaba que el autor podría ser Neruda o tal vez Parra o Pessoa?

El joven poeta, con vertical honradez, había seleccionado esos versos de entre sus poemas porque no los reconocía como propios. En realidad, tenía dudas. Podrían ser suyos, y tal vez no. Tal vez los había leído (¿dónde?), los había fijado en su memoria y luego, por ser justos y necesarios, los había vertido en sus poemas. No sabía si eran suyos, no sabía si los había tomado de otros poetas. El asunto le preocupaba, lo tenía desquiciado. No tenía la menor intención de apoderarse de trozos de la obra de sus héroes y admirados maestros. ¿Estaba yo seguro de que no reconocía ninguno de esos versos?

Me he acordado de él a partir de la lectura del ensayo "The ecstasy of influence: A plagiarism" (Contra la originalidad, de Jonathan Lethem; Tumbona ediciones, 2008). Gracias a este autor estadounidense me entero que el joven poeta tenía un problema de criptomnesia, fenómeno que le interesó a Jung.

No saber de dónde vienen los versos, los recuerdos, las melodías. Si son el producto de la imaginación y el talento o un recuerdo que viene del conocimiento de la obra de otro autor. No saber de dónde vienen los recuerdos ocultos en la conciencia puede ser algo grave y una fuente de problemas.

Alguien cuenta una historia familiar, algo sin demasiada importancia, y sin la intención de mentir luego la cuenta de otra manera, cambia los detalles, los protagonistas, el lugar. A veces un artista cambia o modifica una obra en la realización de otra sin estar demasiado consciente. En el fondo de la criptomnesia está el acantilado del plagio. Sabemos que la originalidad es una imitación razonada (¿de quién la frase?), y que al hecho de tomar de muchos autores le llamamos creatividad, y al tomar de uno solo le llamamos plagio, copia y fraude.

Paul McCartney cuenta en un documental (Composing the Beatles Songbook-Lennon and McCartney 1966-1970) que una mañana se levantó con una melodía en la cabeza, pero no sabía de dónde procedía. Era posible que no fuera suya y por alguna extraña razón volvía a su mente una y otra vez. Preguntó a sus compañeros, a sus productores, a otros músicos. Jugaba con esa melodía, a la que le puso una letra jocosa que rimaba your legs con scrambled eggs. Convencido al fin de que esa melodía era suya, se sentó al piano, escribió la música, le puso una letra también melancólica y acabó de componer una canción que se llama «Yesterday».

Lethem está convencido de que no hay originalidad. De que toda obra viene de otra, y está influida por otras muchas. De Shakespeare a Bob Dylan («La originalidad y las apropiaciones de Dylan son una misma cosa»), de T. S. Eliot a Nabokov y los sermones de Martin Luther King, todos están en deuda con otros autores, y «si éstos son ejemplos de plagio, entonces queremos más plagio». La inspiración podría ser «inhalar el recuerdo de un acto no vivido. La invención, debemos aceptarlo humildemente, no consiste en crear algo de la nada sino a partir del caos. Cualquier artista conoce estas verdades, no importa qué tan hondo las esconda». 

Dice Lethem: «Cualquier texto está hilvanado por entero con citas, referencias, ecos y lenguajes culturales que lo atraviesan de ida y vuelta en una enorme estereofonía. Las citas que terminan componiendo un texto son anónimas, no se pueden rastrear, y sin embargo, ya han sido leídas; son citas sin comillas. El alma, la semilla ‒vayamos más atrás y digamos la sustancia, el bulto, la materia palpitante y valiosa de todas las enunciaciones humanas‒, es el plagio.»

Umberto Eco en Confesiones de un joven novelista dice que por un tiempo «veía a los poetas, a los artistas en general, como prisioneros de sus propias mentiras, imitadores de imitaciones». Por supuesto una cosa es citar o retomar o partir de una obra, y otra muy distinta apoderarse de un texto completo, pretender despojar al autor de su obra, pasar por el autor como un impostor o suplantador de identidad, a la manera de Bryce Echenique y otros ladrones de su calaña.

Yo como aquel poeta, pongo a la consideración de mis atentos lectores unos versos que aparecieron hace mucho en un cuaderno mío, y no sé dónde ponerlos, a quién cargarle la cuenta y cubrirlo de infamia. Si nadie los reclama, que al menos encuentren aquí su fugaz presencia: «Tu nombre arde en la pesadilla del insomnio», y «Mi corazón es un viajero enamorado que se fue de viaje.» Ahora que lo pienso, el autor debe ser aquel joven poeta, al que hace tanto que no veo.

16 de marzo de 2016

Usted no existe

Al señor X lo visitaron muy temprano dos agentes del Ministerio de Ministerios. Ha sucedido un error fatal, le dijeron. Un fallo general en todos los subsistemas del Gran Sistema. Quizá fallaron todos los nodos y todos los servidores al tiempo que se corrompieron todos los archivos y se borraron todos los datos; es tan increíble que sucediera algo así como decir que todos los simios del mundo amanecieron hablando francés. No hay una explicación satisfactoria, científica, pero el protocolo es muy claro sobre el procedimiento a seguir en errores de esa magnitud.

Sé que puede ser difícil, pero trate de comprender, señor X. El error es tan grave que técnicamente es imposible que haya sucedido, y por lo tanto no existe. El Ministerio no puede admitir que se han perdido todos sus registros. ¡Todos! Sus operaciones financieras y bancarias, su historia académica, sus expedientes médicos, sus correos electrónicos. Han desaparecido todas las cuentas a su nombre, sus títulos de propiedad, sus facturas, sus documentos legales, su página de Internet, sus conversaciones, sus mensajes de texto, sus videos, sus grabaciones y sus fotos.

Lo hemos confirmado con el Ejército y la Marina, con el Ejército del Aire y del Espacio, y con la Armada Submarina. Usted no aparece en el Registro Civil ni en los archivos de Pensiones y Seguridad Social, de la Policía Cívica y de la Policía Política. Tampoco saben nada de usted en la Agencia de Recaudación Tributaria, ni en el Centro Nacional de Inteligencia ni en el Instituto de la Gran Democracia Electoral.  A usted no lo conoce ni el banco con el que tiene una deuda. Ha desaparecido de la nómina en la que cobraba, ya no es socio del club social ni está inscrito en ningún gimnasio.

A la medianoche usted entró en un estado de inexistencia digital-virtual. Usted ya no puede tramitar el documento de identidad supranacional, ni un pasaporte, ni una licencia de conducir, ni usar una tarjeta de crédito. Los documentos que usted tiene y lo acreditaban ya son falsos, apócrifos; identifican a un hombre que no está en ninguna máquina, en ninguna pantalla. Por lo tanto usted no existe.

No es posible generar para usted una nueva personalidad digital. ¿De dónde sale un hombre de su edad sin pasado, sin identidad computacional? Usted pasaría por un impostor, un suplantador de sí mismo, un ladrón, un terrorista que incitaría al caos social. De hecho, en este momento su persona ya es ilegal. ¿Cómo demostrará que usted es el señor X, un honesto ciudadano, si no hay en el universo registros de usted?

Los testimonios de su mujer, de sus hijos, de sus amigos nada podrán demostrar si en ninguna base de datos ni en ningún servidor está inscrito su nombre. Serían una banda de locos tan extraños como esos simios que amanecieran hablando en francés. A usted informática y electrónicamente no lo reconoce nadie. En su caso ha desaparecido el inmenso cúmulo de datos y registros que un hombre genera en su vida. Como le digo, es increíble, y un error fatal.

No hay algoritmo para devolverlo a usted a la vida. Es como si ya hubiera muerto; en realidad es peor: ya es usted un peligro para el Gran Sistema. Créame, no sabe cuánto lo siento. Tendrá que acompañarnos ahora mismo. Le doy mi palabra de que el proceso será muy rápido. Le doy mi palabra de que no le dolerá.

15 de marzo de 2016

El desprecio

He leído tres veces El desprecio, la novela cruel y tóxica de Alberto Moravia. La he leído en tres ejemplares, a lo largo de muchos años, en circunstancias muy distintas. Antes de terminar la primera lectura, ya formaba parte de mi canon, de esa pequeña biblioteca secreta en la que está cifrada nuestra vida, al menos la literaria.

La primera lectura la hice en un ejemplar español, de bolsillo, de los años setenta, en papel muy corriente, que en la contracubierta señala que el volumen doble costaba 275 pesetas, y está acribillado por los subrayados, flechas, círculos, notas y signos que mi entusiasmo adolescente dejó en sus páginas. Me basta mirar esas huellas para saber que salía de la adolescencia cuándo lo leí.

Entre más lejanas en el tiempo hayan sido mis lecturas, más cicatrices quedaron en las páginas de mis libros. Leía con devoción, y dejaba constancia de mi asombro: quería descifrar el alma de la literatura, el misterio de las palabras, la esencia del mundo.

De esa primera lectura aprendí que el amor, así como surge, puede acabar, súbito, en un instante. Y esa fuerza y energía debe encauzarse de otra manera. Entonces, sin admiración hacia la persona que fue amada, bastará un hecho cualquiera para incitar, en un parpadeo, el desprecio. ¿Eso puede suceder en el mundo o sólo en las novelas? En ambos, y la literatura también es parte de la vida.

La segunda lectura fue en un ejemplar argentino, de los años sesenta, en perfecto estado, que compré en una librería de viejo en la avenida Álvaro Obregón. No era fácil encontrar un ejemplar de la novela, dejarlo en el estante hubiera sido un gesto imperdonable de desdén al azar, un abandono, un desprecio. Si dudé un instante para justificar ante mi bolsillo la compra de un libro que ya tenía en casa, leído y subrayado, decidí que lo regalaría. Nunca lo hice.

Las vicisitudes del desgaste de la relación de Emilia y Riccardo, su desacuerdo, su desdén que devino en desprecio, cedía un poco ante los conflictos de un guionista obligado a escribir sólo por dinero una película que no le gustaba nada, y la audaz y frívola interpretación supuestamente psicoanalítica de la Odisea: Ulises tarda tanto en volver a Ítaca porque no quiere regresar, no desea llegar a casa porque Penélope, su mujer, igual que Emilia a Riccardo, lo desprecia.

Acabo de volver a leerla, ahora en una reciente edición española, la menos satisfactoria, la más descuidada. El conflicto de la pareja ante mis ojos es más oscuro y complejo, los detalles se tornan trascendentes. He encontrado matices, suspicacias, recursos de la maestría del autor en los que no había reparado.

Ella es más caprichosa, y tal vez la mueve la ambición. Él acusa una indecisión, una tibieza estéril; por momentos es tolerante, es casi indiferente (Los indiferentes es el nombre de la primera novela de Moravia), incluso a los embates de Battista, el productor, con Emilia. Riccardo, el narrador-protagonista, adolece una manía por razonar, por explicarlo todo, en particular la conducta de su mujer, con un ejercicio racional y esquemático, que lastran la novela y arruinan su vida.

Los libros siempre dicen lo mismo, con las mismas palabras. Los libros no cambian, uno es el que envejece. No es relevante que un libro no conecte con una nueva generación de lectores. El gusto literario cambia, elige y desecha sin remedio ni piedad, y en el vaivén de los redescubrimientos y rescates del olvido a veces un libro o un autor vuelven en una suerte de exhumación editorial.

Esta reciente lectura ha sido la más amarga, tal vez por cruda y directa, sin el asombro ni los entusiasmos juveniles que magnifican aún más los destinos dramáticos de los personajes. Me quedo con una interpretación absurda de la Odisea, con el hecho insondable de que sea posible dejar de amar a alguien en un instante. Me gusta más la idea de un proceso de distanciamiento, como una vela cuya llama se hace cada vez más débil y acaba por extinguirse. Así, como el amor se enciende en un instante, llega otro en el que alguien descubre y reconoce que se ha apagado.

Después de la lectura, volví a ver Le Mépris, la película de Jean-Luc Godard basada con soberana libertad y desapego en la novela de Moravia. Los misterios del amor y del desamor, de la indiferencia y del desprecio siguieron intactos, también los del gran cine de Godard, pero emergió, solar y mediterránea, la visión imponente y esplendorosa de Brigitte Bardot.

3 de marzo de 2016

Un hombre sin cualidades

He conocido a un hombre sin atributos. No conozco la novela de Musil, pero la idea de un hombre sin atributos es tan poderosa que traspasa y supera el ámbito de lo novelesco para incorporarse a la vida con una intensidad y fijeza que permanecen una vez que hemos cerrado cualquier libro.

He visto a un hombre así, y el hallazgo es tan intenso que no es fácil sacudirlo de la memoria, olvidar su presencia sin sustancia. Definirlo sólo es posible por ausencia, por sus evidentes carencias, que no aluden a la cobardía, la timidez, la ignorancia, la mala educación o la depresión emocional, sino a un dejarse estar que bien podría ser abulia. He conocido a un hombre más árbol que animal.

He conocido a un hombre al que no lo mueve el bien ni el mal, que no lamenta la falta de virtudes y que tampoco adolece de defectos evidentes o los rasgos más expuestos de los llamados pecados capitales. Nada lo mueve, ni la ambición, el dinero, la fama, las artes, la lucha política, la emoción de los deportes o la belleza de las mujeres. No aspira a mejores condiciones de vida ni se asombra ni se exalta, ni opina porque dice que no tiene opinión. No es simpático ni odioso. No se alegra, no se enfada, no sonríe pero tampoco se entristece.

Encontré un hombre que va con paso cansino y mirada resignada, uno que podría no hacer ni decir nada, nunca jamás. Pero tampoco ha dominado las pasiones de este mundo para encontrarse cerca de la Perfección, del Señor, de la Paz o del Nirvana. El hombre sin cualidades es casi un hombre normal, puede tener un empleo, una familia, pero su corazón o ánimo o espíritu atrofiado lo dejan a la vereda del camino de una plena vida humana.

José Ingenieros escribió El hombre mediocre, libro que leí hace muchos años como lectura obligatoria, y del que no recuerdo casi nada salvo la reflexión sobre esos hombres que renuncian tácitamente a gozar y zambullirse en la vida. Tal vez su secreto deseo es disolverse en la luz, desaparece en el aire, en la nada.

No soy de la estirpe de Odiseo, de los héroes, y me reconozco en una odiosa serie de defectos. Aquí sólo quiero dejar constancia, sin sentirme mejor que ningún hombre, que he conocido a uno cuya existencia se antoja inverosímil, incluso como personaje.

No afirmo nada, no pretendo hacer juicios, sólo quiero decir sin arrogancia que he conocido a un hombre extraño cuya existencia espanta, que he visto con azoro lo increíble: un hombre sin cualidades.

2 de marzo de 2016

Bomberazo

Esta fea palabra, muy posiblemente mexicana, es la quintaesencia de la burocracia y la administración pública, aunque no la reconozca ni dé noticias de ella el Diccionario de la Lengua Española.

Su nombre alude por analogía a la urgencia con la que los heroicos bomberos acuden a apagar un fuego y al auxilio y rescate en otras situaciones de peligro. Así, los oficinistas tienen que realizar un trabajo con urgencia, como si estuviera en peligro la vida de alguien, como si un edificio ardiera en un fuego devastador.

Bomberazo es el trabajo que hay realizar ahora mismo, para hoy mismo, y de cuya urgencia y necesidad nadie se había percatado. Ayer no estaba programado, hoy demanda toda la atención de una oficina, un departamento, una subdirección, una dirección de área, una subdirección general, una dirección general, una subsecretaría, una secretaría de Estado... ¡que alguien llame a los bomberos!

Los oficinistas veteranos cuentan anécdotas, hazañas memorables, sesiones sobrehumanas de veinticuatro y hasta cuarenta y ocho horas casi sin dormir, en las que comieron apenas cualquier cosa, sin salir de la oficina. Algunos lo hacen con jactancia mal disimulada, orgullosos de esas batallas libradas contra plazos imposibles y documentos indispensables. Y aunque esas urgencias casi nunca podrían ofrecer una explicación sólida y justificada, muchos oficinistas, como los bomberos, se sienten orgullosos de apagar fuegos (burocráticos), de servir a la patria.

El bomberazo es un monumento a la ineficacia y la ineficiencia, a la improvisación y la ineptitud. Es la depurada expresión de la más elemental falta de visión, previsión, planeación y programación. Es la demostración impecable de que los procesos administrativos de meses pueden desahogarse y resolverse en una horas de febril actividad. Es la obra cumbre del oportunismo político para servir al jefe con servidumbre, para darle la oportunidad de lucirse con el jefe del jefe. El bomberazo ofrece la ocasión impecable para destacar en busca de la adulación. Con frecuencia es poco más que un capricho.

Y casi siempre tan inútil como urgente. A veces, los esfuerzos de los bomberos no impiden la devastación que produce el fuego. En cualquier caso, es tan común como frecuente y aceptado, tan arraigado entre los usos y costumbres, que me extraña que en el calendario cívico no exista un día dedicado a reconocer el esfuerzo admirable de sofocar, de acuerdo con la normativa vigente y en tiempo y forma, un bomberazo.

25 de enero de 2016

Músicos callejeros

Van por la ciudad, a pie, de un lado a otro, solos o en pequeños grupos. Van por la ciudad, tan dura, tan dura y ruda y ruidosa, en la que todo el mundo tiene prisa. Rolando Villazón siempre les da unas monedas, y cuando en alguno de ellos encuentra cierto talento o gracia que llame su atención, le deja todas las monedas y algún billete. Se reconoce entre ellos, los considera colegas que no trabajan en los grandes teatros.

Por Rolando comencé a prestarles atención. Son desempleados, marginados, algunos miserables, pero también son músicos; son músicos informales que se ganan la vida tocando en las calles. A veces se detienen en las grandes avenidas, en las que su música casi no se escucha, otras se adentran en calles secundarias, en zonas residenciales, en las que quizá algunos vecinos se detienen a escucharlos.

En el metro, no es difícil encontrar y sufrir los sonidos zafios y chillantes, distorsionados, de aparatos y mecanismos que con frecuencia lleva un ciego. También hay músicos, muchachos, cuya juventud se adivina, antes de verlos, sólo al escuchar sus guitarras y las canciones que entonan, a veces acompañados de una flauta o un pandero.

También hay tríos que cantan boleros por una cuota fija, y siempre me han parecido, a plena luz del sol, prófugos de un cabaret como los que salían en las películas viejas, siempre listos para una anacrónica serenata.

En la ciudad circulan pequeñas bandas nómadas, que en alguna esquina aturden con instrumentos de aliento destemplados y tambores que casi siempre pierden el ritmo. Tocan música de banda, pero también norteña, rancheras.

Menos frecuentes, pero también es posible encontrar indios que en cuclillas tocan en un pequeño acordeón música que no se parece a ninguna otra, con frecuencia acompañados de niños que recogen en un bote las pocas monedas que les caen. Entre ellos hablan en alguna de las tantas lenguas americanas que no conozco ni reconozco, pero basta ver su condición, su extrañeza, para comprender que la ciudad les es particularmente hostil.

Entre los músicos callejeros, me intrigan los organilleros o cilindreros, a los que recuerdo desde mi infancia. Recorrían mi barrio con frecuencia, eran parte de la vida de las calles en las que crecí. Todavía no es difícil encontrarlos en plazas públicas, en parques y sitios muy concurridos. Ellos tocan el organillo o cilindro, una caja grande, muy pesada, decorada que reproduce melodías mientras le dan vuelta con parsimonia a una manivela.

Los organillos o cilindros son un invento del siglo XIX. Y algunos de los que aún circulan por la ciudad deben tener más de un siglo. Son máquinas alemanas, antes que instrumentos, que se sostienen en una única pata de palo,  en un poste que se enrolla en una cinta de cuero y los cilindreros se echan a la espalda.

Algo tiene de penitencia ese oficio. Ir a pie por la gran ciudad, que los automóviles arrancaron a los viandantes, con esa carga debe responder a algo más, a un apostolado. Los cilindreros van uniformados de color caqui, llevan pantalón y camisa de manga larga y gorra, que se quitan ceremoniosos y extienden para recibir las monedas. Suelen ser amables, atentos y van limpios. Con frecuencia van en grupos de dos o tres, casi siempre hombres pero en fechas recientes he visto mujeres.

Me inquieta esa persistencia, esa cofradía uniformada que se empeña en mantener una tradición, un rasgo urbano, una manifestación cultural que hace mucho podría haber desaparecido. Son respetados y apreciados; mucha gente les da monedas aun sin escucharlos, en reconocimiento a esa constancia a toda prueba que exhibe, por todos nosotros, su condición de sísifos, a la vez urbanos, anacrónicos y contemporáneos. Hay en ese oficio un motivo secreto, una satisfacción oculta, una entrega y una vocación que espero sea grata a los ojos (y los oídos) de Apolo.

El sonido de su cilindro, verdadera caja de música es inconfundible, y el número de las melodías es tan limitado que siempre pareciera ser la misma. No hay arte ni talento en dar vuelta a una manivela, sino en el empeño contumaz de mantener vivo y vigente ese instrumento, en cargarlo con verdadero esfuerzo y tal vez sufrimiento, como si fuera una de esas mandas que se imponen los hombres de fe católica para expiar una culpa.

 Me gusta pensar que su oficio los libera y les ofrece una recompensa que escapa a mi asombro y mi imaginación. Me gusta pensar que su permanencia -aunque los viandantes pasen sin detenerse a su lado, sin dejarles una moneda, atentos a la música que escuchan en sus audífonos y que proviene de una pequeña caja que cabe en un bolsillo-, es una presencia triste, el rasgo de un mundo desaparecido, ya absurdo, pero a la vez melódico y pleno de nostalgia y de sentido.

14 de enero de 2016

Europa está en sus cafés

Dice George Steiner en su conferencia «La idea de Europa» (Fondo de Cultura Económica-Siruela) que si trazamos el mapa de los cafés, tendremos uno de los indicadores esenciales de un hallazgo asombroso: Europa se halla a sí misma en sus cafés, en la esencia que los anima.

Encuentro encantadora esta atípica identificación de una seña de identidad, la primera de cinco que Steiner menciona y llama axiomas. (Recuerdo, mientras escribo estas líneas, la conferencia que dictó, hace muchos años, en el teatro del Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México. Las palabras del gran crítico fueron deslumbrantes, e inolvidable la imagen del viejo profesor ante un escritorio, asistido por su hija, en un escenario que suele ocupar, por buscar autores y semejanzas, Rodolfo el de La bohème o de vez en cuando el protagonista de Andrea Chénier: sí Steiner también es un poeta. Por una vez ese teatro fue un café.)

La calidad de la prosa y la claridad de su pensamiento le dan a Steiner una dignidad de autoridad venerable, y a sus opiniones y juicios el peso de verdad revelada e inapelable: «Europa está compuesta de cafés. Éstos se extienden desde el café favorito de Pessoa en Lisboa hasta los cafés de Odesa frecuentados por los gangsters de Isaak Bábel. Van desde los cafés de Copenhague ante los cuales pasaba Kierkegaard en sus concentrados paseos hasta los mostradores de Palermo.»

Aclara que en Rusia no hay cafés, y que en Inglaterra sólo fueron una moda pasajera en el siglo XVIII que al parecer vuelve a asentarse. Y concluye que en Estados Unidos hay bares, pero no cafés. Y «el café es un lugar para la cita y la conspiración, para el debate intelectual y para el cotilleo, para el flâneur y para el poeta o el metafísico con su cuaderno». Sí, eso es un café europeo, y el medio que fomenta ese aislamiento en público y esa convivencia que tan fecunda ha sido a las ciencias y las artes.

Sí, un café «está abierto a todos; sin embargo, es también un club, una masonería de reconocimiento político o artístico-literario y de presencia programática. Una taza de café, una copa de vino, un té con ron proporcionan un local en el que trabajar, soñar, jugar al ajedrez o simplemente mantenerse caliente todo el día.»

Steiner sabe lo que dice, le da dignidad literaria y lo pone en el centro del problema de la cultura. Así que eso son los cafés. Los pubs ingleses o los bares irlandeses son lugares para ir a beber y contar historias: muchas de las mejores historias de la literatura han sido contadas en esos sitios, que no son cafés. Un café es un lugar donde se puede ser europeo, es decir: «tratar de negociar, moral, intelectual y existencialmente los ideales y las aseveraciones rivales, la praxis de la ciudad de Sócrates y de la de Isaías.»

En los cafés se hacen tertulias, se reúnen los amigos, se han escrito libros esenciales, se han fijado ideas trascendentes, han cuajado movimientos artísticos y literarios. Se han discutido tesis, teoremas, se han formulado axiomas y leyes. En los cafés se ha hecho política, se han redactado manifiestos y constituciones, se han diseñado programas políticos, se han hecho conjuras, se ha planeado la revolución. Un café también es un sitio fértil a la felicidad. ¡Qué lugares magníficos son los cafés! ¡Guarda memoria los grandes momentos vividos en ellos!

En cada ciudad hay al menos uno histórico y aun egregio. Julio Cortázar, en el capítulo 132 de Rayuela hace una lista de ellos, desde la pura nostalgia, como un lamento, como si cantara un tango. Es una pena que esos cafés europeos tiendan a desaparecer en mi ciudad.

Los sitios para celebrar un poema o la amistad, para leer con furia y pasión una gran novela o un ensayo histórico, para el encuentro fugaz con uno mismo, desaparecen a golpes de modernidad y especulación inmobiliaria. Ocupan su sitio en el gusto y la preferencia de tantos parroquianos esos sitios uniformes, levantados uno tras otro en cadena, en franquicia, que ya no son cafés como aquéllos. ¿Dónde ser europeo? ¿Dónde celebrar la idea de Europa? Steiner tiene razón. Y por pura nostalgia, también Cortázar.

28 de diciembre de 2015

Las novelas

Cuentan la vida de los hombres. Lo que viven y lo que anhelan. Sus sueños y sus pesadillas, sus fantasías y deseos. La suma de las novelas es la historia cifrada de la humanidad. ¿Qué cuentan las novelas?

La historia de un hidalgo que por leer libros de caballerías se creyó caballero andante, la de un hombre que a través de la revaloración del pasado le da sentido al tiempo y a su condición de artista, la de un náufrago que sobrevive solo en una isla, la de una muchacha insatisfecha en su matrimonio y sueña con vivir una vida que no es la suya, la de una mujer casada que se enamora al paroxismo y termina por arrojarse a las vías cuando pasa el tren. Hay una novela de un hombre que quiere llegar a un castillo, y otra de un hombre al que le inician un proceso sin saber por qué.

Una novela cuenta los pasos y las horas de un hombre, su vida, por las calles de Dublín, y otra cuenta que un hombre fue a buscar a su padre a un pueblo donde todos están muertos, y otra trata de un pueblo que vive en tinieblas, bajo la oscuridad de la más obtusa religiosidad al filo de la revolución. Otra da noticia de un loco iluminado, un falso mesías que mueve multitudes, otra sigue una larga conversación en una cantina, y otra los sucesos en una casa que es un prostíbulo pintado de verde, y otra es una saga familiar a lo largo de cien años en un pueblo en el que sucede lo nunca imaginado, y otra cuenta el crimen que comete y el castigo que recibe un joven nihilista, y una más cuenta las desventuras de un joven que se suicida por amor, y otra cuenta la vida de una romana, tan joven como bella, que se prostituye, y una más cuenta la historia de un niño que no quería crecer, y otra cuenta la decisión atroz que tiene que tomar una madre para salvar sólo a uno de sus hijos, y otra cuenta la guerra y la derrota de Napoleón en Rusia.

Otra cuenta la historia de un capitán que persigue obsesionado a una ballena blanca por todos los mares y océanos, y otra nos habla de un cónsul que bebe mezcal sin tregua en una ciudad extraña al pie de un volcán, y otra cuenta de un hombre que se enriquece y hace fiestas sin mesura sólo para ver a la muchacha que amó en su juventud, y otra cuenta las historias de los que ocupan cada mesa de un restaurante.

Hay una novela sobre cuatro personajes en Alejandría, y otra cuenta un viaje en globo alrededor del mundo en ochenta días, y otra la historia de un capitán que tiene un submarino, y otra narra el viaje al centro de la Tierra. Existen novelas sobre fumadores y sobre un hombre que quiere dejar de fumar, y otra narra la excursión a un faro, y otra las investigaciones del robo de un diamante llamado la piedra lunar, y otra cuenta la historia sucia de un cuarentón obsesionado con una niña, y otra cuenta la búsqueda y la mediocridad de un argentino sin oficio ni beneficio en París, y otra narra las desdichas de un avaro, y otra las miserias y sufrimientos de un niño mendigo, y otra cuenta las aventuras en la llamada isla del tesoro.

Un novelista imaginó la vida y obra de un músico que le vende su alma al diablo para ser el mejor en su arte, y otra cuenta la sempiterna estancia de tuberculosos en un hospital en lo alto de una montaña, otra se demora en miles de páginas en recuperar el tiempo perdido y encontrando significado en lo vivido, en la infancia. Otra cuenta la búsqueda en la selva del origen de la música, y otra narra la desdicha originada por una extraña piel de zapa, y otra cuenta cómo un hombre impasible mata a un árabe en la playa porque hace calor y brilla mucho el sol.

Hay novelas de guerra, de barcos, de aviones, de aventuras, de viajes al espacio y al fondo del mar. Hay novelas de niños y de viejos, de hombres y mujeres en las más extrañas situaciones. Hay novelas de espías, de deportistas, de artistas, de románticos, soñadores y de asesinos. Hay novelas de pobres y novelas de ricos, de campesinos y aristócratas. Hay novelas urbanas y novelas campestres, fantásticas y realistas, de perros y de gatos, de caballos, de locos, de presos, de esclavos. Hay novelas situadas en el pasado, en el presente, en el futuro, en la prehistoria y fuera del planeta Tierra.

No hay tema que no haya sido desarrollado en una novela al menos. Cada hecho humano, cada circunstancia podría encontrar su lugar en una novela. En las novelas todo tiene su lugar y todos podemos encontrarnos en alguna. Aunque no la conozcamos ni la leamos nunca, hay una novela que es como un espejo y cuenta nuestra vida. Las novelas no tendrán fin porque no lo tienen las historias que se cuentan los hombres desde el principio de los tiempos, y así será hasta el último día.

Lowry

¿De qué está hecha Bajo el volcán, la gran novela de Malcom Lowry? ¿De qué está hecha su literatura toda?

De la fuerza imbatible del mar, de un peregrinar sin fin, de la búsqueda del sosiego perdido, de la pesadilla que lo siguió hasta el fin, del misterio del lado más oscuro de México, de la mirada al abismo, de la melodía que escuchaba sin cesar, de la soledad sin fondo, de la necesidad de la siguiente página, tan imperiosa como la urgencia del siguiente trago.

Reconciliación: los patrimonios de México

El doctor José Escalante de la Hidalga ha escrito un recorrido por las ciudades, monumentos, edificios, sitios arqueológicos y bienes naturales mexicanos declarados por su belleza o singularidad como patrimonio de la humanidad por la Unesco. Sintiendo los patrimonios de México algo tiene de libro de viajes, de guía turística, pero sobre todo de celebración y testimonio de un viajero enamorado de su país.

México, es el sexto país en el mundo con más sitios declarados patrimonio de la humanidad, y es el país de América con el mayor número de distinciones. Y no hay ninguna razón para que esa lista no crezca año con año. Este país de culturas originarias, algunas de ellas de varios milenios de antigüedad, que supo encontrar su identidad en una mezcla de civilizaciones, con una biodiversidad privilegiada, posee lugares magníficos y asombrosos y reservas naturales que reclaman nuestra atención.

En noviembre de 2014, el doctor Escalante se propuso visitar cada uno de esos bienes declarados patrimonio de la humanidad. El objetivo era recorrer el país, de la península de Baja California a la de Yucatán, teniendo como brújula la lista de los reconocimientos de la Unesco. No se trataba de recorrer lo mejor de México, ni de atender gustos o preferencias personales, sino seguir los pasos de esos expertos internacionales y encontrar las razones por las que habían quedado cautivados por esos rincones de México.

Su empresa me parece admirable. La anima la misma curiosidad y el mismo impulso que motivó a los grandes viajeros y descubridores. Es el mismo que impulsó a Heródoto a salir de casa para ver el mundo y volver para contar lo que había encontrado; y es también esa curiosidad la que llevó por el mundo a Ryszard Kapuściński, el periodista y ensayista polaco, que empezó a viajar para saber qué había más allá de la frontera. El doctor Escalante, que ha viajado por el mundo, se propuso ahora hacer el viaje inverso: descubrir el mundo y sus maravillas sin cruzar las fronteras nacionales.

(Y su empeño no termina: en octubre de 2016 visitó el archipiélago de Revillagigedo, en el océano Pacífico, recién elegido por la Unesco. Y que nadie dude de que seguirá visitando los sitios que se incorporen a esa lista. No es demasiado aventurado imaginar que algún día será algo así como asesor de la Unesco y señalará dónde mirar, dónde buscar, y por qué deben ser distinguidos como patrimonio de la humanidad otros sitios y lugares de México.)

En un año justo, el doctor Escalante da cuenta de su periplo, nos entrega los resultados de su itinerario, peregrino en su patria, para decirlo con Lope de Vega, con un libro. Sintiendo los patrimonios de México fue escrito con urgencia, entre las etapas de su aventura, en aeropuertos y habitaciones de hoteles, en los trayectos, en la oficina y, cuando paraba un poco, en su casa. El resultado es un libro urgente para dar prueba y testimonio de lo hallado, con textos que son noticias para viajeros y relatos dulces para los sedentarios, ilustrado con setecientas de las miles de fotografías que el autor también hizo mientras tomaba notas y gozaba sus hallazgos.

Este no es un libro de imaginación, pero sí imaginado. No es tampoco uno de recuerdos, pero hay muchos. No es el diario de un viaje, pero tiene apuntes y páginas que podrían serlo. No es una guía, pero podría ser útil como tal. Es todo eso y la crónica de un encuentro, de un descubrimiento y un reconocimiento. Es la expresión de un espíritu inquieto, maravillado y agradecido con su país.

Esa es una de las claves del libro: el México que surge de la mirada del doctor Escalante es tan intenso y puro, tan limpio y profundo que pareciera que lo ha imaginado. Su visión ha encontrado un país extraordinario porque lo ha visto con una mirada limpia y generosa. El viajero imagina un México maravilloso que coincide con el país que ha visitado. Este libro coincide con la épica y la visión prístina con la que Ramón López Velarde cantara la Suave Patria.

La literatura desemboca en la realidad: la historia, el pasado, la cultura, el paisaje. Todo cabe en sus páginas: el recuerdo de las enseñanzas del padre del autor y su sutil pedagogía para enseñarle al hijo la historia de su país, la anécdota personal, el comentario histórico o zoológico, la referencia urbana, arquitectónica. El goce callejero, la alegría de saborear los antojitos, el goce de recorrer las calles de un lugar mágico, el placer de estar ahí, en el momento justo en que la fiesta popular se desborda por las calles.

Al doctor Escalante (nos lo dicen sus palabras, lo confirma su mirada) todo le gusta, todo lo alegra, todo le encanta, todo lo asombra. Goza y celebra junto a la ventana de una habitación de un hotel una puesta de sol espectacular, la lluvia suave que lo refresca en la selva, el arcoíris que le indica el camino de vuelta. 

Para él todo tiene un significado, un valor estimulante. Le gusta salir a caminar, ser uno más en la plaza pública, en la heladería o en un café de la provincia. Conversar con la gente, gozar de sus costumbres, su trato, su habla y vestido particular. Disfruta la comida popular, la de los mercados, la callejera y la de los chefs de los restaurantes de los hoteles con muchas estrellas. Le gustan las ciudades y los pueblos, las playas y los desiertos, los valles, las selvas, las islas y las montañas.

Visita entusiasmado una misión franciscana o un templo o un acueducto, lo mismo que se abre paso como puede para ir a ver una cueva de difícil acceso con pinturas rupestres. Le gusta la música que le salta al oído, se admira ante un sitio arqueológico y con la fauna de una reserva natural. Va y viene, sube y baja, entra y sale, prueba y degusta, disfruta y goza. 

Si está en Tlacotalpan bebe encantado un torito, en Guadalajara toma tequila y en Oaxaca un mezcal. En cada rincón pide los platos locales, busca el lado amable de cada cosa como el fotógrafo que busca el mejor ángulo. Todo lo mira como si acabara de llegar de otro mundo, como si fuera un encantamiento. A todo le encuentra sentido y gozo, busca la razón de ser de las cosas, y es capaz de encontrar belleza y nobleza en cualquier sitio y situación.

Esto es una lección de vida, de actitud, de admirable relación con el país. Y una de las grandes virtudes del libro. Le ha tomado el pulso a su país desde la historia, la arquitectura, la geografía, la cultura popular, la alta cultura, su gente, con las múltiples formas de ser y estar en México, mosaico de pueblos y culturas, y se ha sorprendido a sí mismo. 

El doctor Escalante nos invita a ver a México con nuevos ojos, con la mirada abierta a lo mejor de cada día en cada lugar. El doctor Escalante nos invita a un pacto, a ser generosos con nuestra tierra. Nos propone una conciliación con un país convulsionado al que algunos vituperan y violentan. Nos propone una reconciliación con México y, de fondo, con nosotros mismos.

En la medida en que con generosa tolerancia mejor comprendamos al país, su geografía y su historia, y digamos como el poeta zacatecano: la patria es impecable y diamantina, alcanzaremos la más alta forma del conocimiento. Para decirlo con Píndaro: entre más conozcamos y respetemos a México, nos conoceremos a nosotros mismos. No hay fórmulas ni atajos. El doctor Escalante, como aquellos viajeros y descubridores, nos da su testimonio, comparte su tesoro, la crónica de su búsqueda, y nos dice qué encontró en el camino. Y no ha sido poco.


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Texto para la presentación de la segunda edición de Sintiendo los patrimonios de México, de José Escalante de la Hidalga.

Un acto nos define

En un instante cabe una vida. Como si una fotografía revelara el sentido y la razón de ser de cada uno. Como si un acto contuviera la existencia entera. Borges dice que a Dante le basta un solo momento para hacernos conocer a alguien, y elogia el don de «presentar un momento como cifra de una vida. [...] Cada uno se define para siempre en un solo instante de su vida, un momento en el que un hombre se encuentra para siempre consigo mismo».

Acaso no soy el que yo pensaba que era, y sospecho que ese malentendido es común a todos los hombres. Y un hecho, un instante, basta para explicarnos ante los demás. Cervantes no imaginó que sería recordado como el autor del Quijote. Si alguien le hubiera prometido la vana fama y la posteridad, él hubiera pensado que la ganaría por su heroísmo en la batalla de Lepanto, o por los méritos de La Galatea o Los trabajos de Persiles y Sigismunda. Cervantes, como todos, no sabía quien era.

Neil Armstrong dio un pequeño paso y puso un pie en la Luna. Yuri Gagarin dio la vuelta a la Tierra en un cohete. Julio César conquistó las Galias, y Bruto asesinó a César. Sócrates bebió la sicuta. Pilatos se lavó las manos. Penélope tejió la frazada, Homero cantó la Ilíada, Virgilio escribió la Eneida. Wellington venció a Napoleón, y Napoleón se coronó a sí mismo. Galileo dijo: «Y sin embargo se mueve». Colón llegó a América. Alejandro conquistó el mundo conocido. En un instante Francesca y Paolo se enamoraron.

Pedro negó a Jesús, y Judas lo traicionó. Jesús murió en la cruz. El Cid cabalgó muerto. Arquímedes encontró y gritó: «¡Eureka!» Juana la Loca recorrió España con el cadáver de su marido. Hitler devastó Europa. Truman tiró la bomba atómica. Hidalgo dio el gritó de Independencia. Teseo mató al Minotauro (y abandonó a Ariadna). Hamlet conversó con el fantasma de su padre. Don Quijote embistió a los molinos. Newton explicó la Física cuando le cayó una manzana. Eva le dio una a Adán. Tiresias fue hombre y mujer. Caín mató a Abel. Dante imaginó el Paraíso y el Infierno. Bach fijó la música. Mozart escribió la más bella. Beethoven componía sordo. Eiffel erigió una torre. Helena se fugó con Paris. Pasteur encontró una vacuna. Odiseo ideó el caballo de Troya.

Job cultivó la paciencia. Pelé anotó más de mil goles. Maradona hizó uno con la mano. La emperatriz Carlota enloqueció. Espartaco se levantó contra Roma. Los hermano Wright inventaron el avión. Simeón el Estilita pasó la vida en una columna. Enrique VIII decapitó a sus esposas. Fleming se encontró la penicilina. David mató a Goliat. Stalin hizo de Rusia los campos del Gulag. Salomé pidió la cabeza de Juan el Bautista. Antígona enterró a su hermano. Edipo yació con su madre. Lot se acostó con sus hijas, y su mujer se convirtió en estatua de sal...

Un hecho basta para explicar una vida. ¿En qué momento nos reconoceríamos? ¿En qué instante seremos nosotros mismos? ¿Qué acto acabará por definirnos?

27 de diciembre de 2015

Los libros viejos

Se desdibujan. Sus páginas amarillean, se ponen rígidas y quebradizas, frágiles. A veces, el pegamento o la costura ya no los sujetan y se deshojan, o la cubierta cede y se ahonda el surco que se hizo profundo con el uso, y es menos común pero también se descoyuntan del lomo.

Con los años, algunos libros se deterioran, guardan polvo y desprenden un intenso olor impregnado de vainilla. Unos resisten mal el devenir del tiempo, otros en cambio adquieren dignidad y resalta la calidad de sus materiales, el dibujo de las guardas, la tipografía fina, la línea del grabado de las ilustraciones y viñetas.

A pesar de mi torpeza manual, cuando alguno necesita reparación intento rehabilitarlo con remedios caseros. Los entablillo, refuerzo las costuras, busco con pegamento volver a ponerlos en su sitio, unir sus hojas. No siempre consigo resultados aceptables, pero tengo algunos ejemplares que eran de mi padre o de mi abuelo que me han quedado estupendos.

Un libro de papel, cartón, hilo, pegamento y tinta envejece al paso de dos generaciones. Cambia de color, se resquebraja, y no es difícil que se abra y se rompa entre las manos. Un libro de hace ochenta años es como un hombre de esa edad, y no puede ocultarla: se le nota en la piel, los órganos, los huesos.

Algo de humano tienen los libros, salvo que ellos no olvidan, y pueden ser útiles y leídos con provecho por mucho tiempo. Me parece una diferencia esencial, una ventaja implacable. Los libros guardan el pensamiento y la imaginación, razonan las ideas, preservan eléctricos los versos, conservan fielmente el conocimiento, las palabras, mucho después de que sus autores han partido. Como los hombres, al cabo de una vida, los libros también envejecen, pero conservan intacta la más grande virtud humana: todo lo saben, todo lo nombran, todo lo evocan, porque ellos no pierden la memoria.

26 de diciembre de 2015

Marilyn

También fue una lectora. El resplandor de la rubia imponente ocultaba a la muchachita frágil, melancólica y desdichada, amante de la literatura y de la historia. El guion para su vida que Hollywood y los medios le imponían insistía en cultivar la imagen de la mujer más sexy del mundo.

Marilyn Monroe no terminó la high school, algo así como el bachillerato, pero antes de que la devorara la fama se empeñó en ir por las noches a la Universidad de California a tomar cursos sueltos de literatura, después de trabajar como modelo y de buscar pequeños papeles en películas en las que casi siempre hacía papeles de rubia tonta.

Los testimonios de su gusto por los libros son contundentes y firmes, y son muchas las fotografías en las que aparece leyendo o con un libro en las manos. Fragments (FSG, Nueva York, 2010; hay una edición española: Fragmentos, Seix Barral, 2012) publica en edición facsimilar los escritos de Marilyn, sus notas íntimas, reflexiones, apuntes y aproximaciones a la poesía, escritos a máquina o a mano en cuadernos, en blocs de hoteles, en hojas sueltas. Es un libro imprescindible para aproximarse con alguna certeza a Marilyn, para acercarse a la expresión de sus emociones y sentimientos, su soledad y eso que solemos llamar sensibilidad.

Si los testimonios, los libros, los papeles personales, las fotos no fueran suficientes para hablarnos de la Marilyn lectora, los editores de Fragments se preguntan con agudeza si a alguna actriz de 1960 le hubiera interesado, por razones de imagen, aparecer leyendo o al menos con un libro en la mano en decenas de fotografías. Antes lo contrario. Las bellas de Hollywood no deben leer libros. Esas fotografías nos muestran un rasgo personal y un hecho constante y asombroso: Marilyn era una lectora, más que una lectora ocasional, y además leía muy buenos libros.

En su biblioteca había más de cuatrocientos ejemplares de teatro, poesía, filosofía, novelas, relatos, algo de historia y de ciencia. Muchos autores del siglo XX, sus contemporáneos. Su gusto era impecable: Beckett, Russell, Camus, Carroll, Chéjov, Dickinson, Dostoievsky, Durrell, Faulkner, Fitzgerald, Flaubert, Freud, Greene, Heine, Hemingway, James, Joyce, Kazantzakis, Lawrence, Lowry, Mann, Milton, O'Neill, Poe, Proust, Pushkin, Saint-Exupéry, Schopenhauer, Shaw, Shelley, Spinoza, Steinbeck, Stendhal, Styron, Tolstói y Wilde entre otros. El lector curioso y perspicaz puede encontrar la lista de su biblioteca en la Red.

Es cierto que los lectores que con los años formamos una biblioteca personal tenemos libros que no hemos he leído, pero no hemos renunciado a hacerlo, todo lo contrario. Su presencia es una promesa de futuro. No sé cuáles de esos grandes autores cuyos libros estaban en sus estantes no haya leído Marilyn, pero leyó a muchos de ellos. Frecuentó ciertos círculos intelectuales, fue buena amiga de Truman Capote, entre otros escritores, y estuvo casada con Arthur Miller, un notable dramaturgo.

Si comento que Marilyn Monroe fue una mujer sensible a la poesía y leía buenos libros, con frecuencia me miran como buscando la intención, el chiste, con una expresión de burla y sorna o con una ceja arriba de puro escepticismo. A medio mundo le cuesta creer que Marilyn Monroe, con su vida y su leyenda, pudiera ser o hacer algo más que salir en películas simples, aparecer desnuda en el primer número de Playboy o cantarle el "Happy Birthday" al presidente Kennedy. Se niegan a aceptar que en su soledad, en su casa, leía, que la lectura era su placer y su refugio; su pasión secreta era la literatura.

Me desconcierta que sean mujeres sobre todo las que dudan de la afición de Marilyn por la lectura, de sus modestas aficiones intelectuales; que sean mujeres las que la descalifican y refuerzan su papel oficial de rubia teñida que sólo podía saber de frivolidades, coleccionar maridos y una larga lista de amores fallidos, amantes ricos y poderosos. ¿Para qué querría leer libros?, ¿los entendía?, se preguntan.

Marilyn, como cada uno de nosotros, tenía una casilla, un escaque del que no es fácil salir. Marilyn fue una víctima de su belleza, de su circunstancia, de los hombres que la acosaron y aniquilaron, de la fama, del torbellino en el que se giraba su vida.

La belleza impecable y absoluta de ciertas mujeres puede ser su mayor obstáculo en otros ámbitos, la gran desdicha de su vida. Pareciera que no tuvieran otro sitio en el mundo: su única razón de ser, como la rosa, es ser bella. Lo demás, no importa. Más le hubiera valido a Marilyn ser una rubia tonta, una frívola insensible, dispuesta a pagar cualquier precio a cambio de fama, poder y dinero. Pero no fue así. Marilyn no era poeta, pero tenía el alma de una, y la fragilidad de la rosa.

Lo sabía bien Arthur Miller: «To have survived, she would have had to be either more cynical or even further from reality than she was. Instead, she was a poet on a street corner trying to recite to a crowd pulling at her clothes.» Sí, la imagen es justa: «Para sobrevivir, debió ser más cínica y dura ante la realidad. En cambio, era una poeta tratando de decir sus poemas en una esquina a una multitud ansiosa de quitarle la ropa.» Ni más ni menos.

20 de diciembre de 2015

Al final del día

En la tarde, con la luz menguante, al paso de las horas y los pájaros, cae a cuentagotas la medida justa de esa melancolía, conocida como una vieja amiga, que me arroja al fondo de mí mismo. Me abandono a ese pensamiento; entonces, ensimismado, escucho esa música de piano que viene de la otra habitación como si emergiera de muy dentro. En la tarde, al mirar el jardín por la ventana, de pronto sobreviene, con el regusto de la comida y el vino, como una vieja herida de vida, ese sucumbir ante el propio abismo. Cómo asir el tiempo, cómo estar y ser y habitar la tarde si no como uno mismo.

En la tarde, el día se hace lento, doloroso, humano. (Las mañanas poco saben de sutilezas, suelen tener prisa, son explosivas y utilitarias, un derroche de luz y sol y urgencias.) La sobretarde, en cambio, serena, apura cada instante con la sabiduría y la lentitud del tiempo, aprecia lo que mira, lo que escucha, lo que toca. Al llegar al filo de la luz, algo nos inquieta, nos mueve, y es acaso la mejor hora para sentirse vivo. 

Las palabras se posan sobre el papel como los pájaros en las ramas, como la campanada en el aire. Las palabras bajan curiosas, atraídas por ellas mismas, y ríen y dicen cosas como corro de muchachas. Fluyen como la música del piano o el canto de los pájaros. Guardo el momento. Esas palabras se agotarán con la caída de la tarde. Lo demás será el fin de la luz, será el tiempo de otro canto, de la luna y su misterio en el reino de la noche. 

18 de diciembre de 2015

El comienzo de un libro

Empezar a escribir un libro es empuñar la pluma y acercarse al papel y escribir la primera palabra. Escribir es seguir de inmediato con la segunda palabra y luego la tercera y la cuarta, llegar a la primera coma, dibujar la quinta palabra, la séptima, quizá poner el primer punto y seguido de una oración corta. Punto. Qué bien se ve la oración en el cuaderno.

Escribir un libro es volver a recorrer esa primera oración, y tomar el impulso que viene no sólo de ella y del brazo y del puño y de la pluma, sino de muy atrás, de la voluntad de escribir ese libro deseado, de fijar lo que la imaginación y la memoria conversan; empezar la segunda oración con brío. La tercera oración se instala necesaria en el papel, y la cuarta exige su sitio, la quinta se impone y la sexta se abre paso por derecho propio.

La imagen inicial o la primera escena ha cambiado un poco. Fija en el papel ya no es como la había pensado. Algo la ha sucedido, ya es literatura. Tal vez es mejor, se bifurca en ramas y variantes, en otras cosas paralelas que no había considerado. El propio libro que acabo de empezar me habla de sí mismo.

Algo se erige en la página y la pluma. Debo ser prudente, o acabaré por escribir lo que jamás habría imaginado, podría ser el primer sorprendido de esa escritura que no soy yo y sin embargo en ella me reconozco. ¿Qué podrá revelarme? ¿Adónde se dirige el segundo párrafo?

Pareciera que el libro cobra vida. Su numen es mi guía y consejero. Una inteligencia ajena en un instante, como un relámpago, me revela lo que no había pensado, me advierte peligros, le da coherencia a la trama, me señala errores y aciertos, me enseña lo que no sabía.

Como un sortilegio entre la pluma y el papel surgen las palabras afinadas, las que mejor se acompañan para decir lo necesario. El libro mismo aprueba la escritura que lo conforma, y cuando algo no está bien se revela y no puedo seguir, se rompe el encanto. Debo buscar la solución, comprendo que siempre viene de él y sus palabras.

Una a una las palabras y oraciones se unen y engarzan. Se acomodan, encuentran su sitio. Ya está la primera página, con sus oraciones redondas y la prosa en marcha. Avanzo con cautela, atento a los guiños, las señales, los signos. Escribo como en estado de gracia, he comenzado un libro que hace tiempo imaginaba. Tengo el impulso, veo con asombro cómo se fijan limpias las palabras. Algo ha sucedido este día. Ya las primeras páginas de un libro.

17 de diciembre de 2015

El poeta que perdió la voz

Los poemínimos, tan celebrados, siempre me han parecido una caída, un accidente en la obra de un poeta mayor, como un rasgo indeseable o un defecto en alguien que respetamos y apreciamos mucho. Empecé a leer a Efraín Huerta a mis veinte años, y el encuentro con lo mejor de su poesía fue decisivo para la formación de mi gusto poético y mi educación sentimental.

Muy pocos poetas están a la altura de lo mejor de sí mismos en todos sus versos, en todos sus poemas. Tal vez lo consiguieron los que escribieron muy poco, los que valoraron cada palabra en busca de su justo peso poético (esto haría de San Juan de la Cruz el mejor poeta de la lengua española).

Un poeta cambia, su poesía cambia como lo hace el hombre con los años. Pareciera que todo se trastoca. A veces al rigor y la impecable belleza lírica de los primeros libros los suplanta la urgencia de lo importante. El poeta se relaja, confía en su oficio y sus palabras, se confunde, la tensión cede ante otras razones y motivos no siempre poéticos.

Si bien algunos poemínimos son ingeniosos, juegos de palabras, paráfrasis logradas de poetas admirables, pensé que respondían a la intención del autor de llegar a eso que solía llamarse el gran público, de que lo leyeran los que jamás se acercarían a Absoluto amor, Línea del alba o a alguno de sus poemas mayores.

Durante muchos años no fue editado y era casi imposible conseguir un ejemplar de Los hombres del alba (libro admirable, central no sólo en la obra de Huerta, sino de la poesía mexicana), mientras los poemínimos no dejaban de publicarse. Sus muchos lectores, que no se acercaban a la obra mayor, celebraban la agudeza del poeta, del Gran Cocodrilo.

Había una tristeza, un enojo en ese malentendido, que nunca dejó de inquietarme. Me importaban muy poco las opiniones de Efraín Huerta sobre esa veta o registro de su obra. No me convencería de sus atributos poéticos simplemente porque no los tienen; algunos si acaso tendrán gracia. Tal vez los poetas no siempre tienen la luz para apreciar lo que  hacen. El propio Huerta cuenta dos anécdotas esclarecedoras:

«... durante mucho tiempo, supuse con ingenuidad que estos breves poemas podían ser algo así como unos epigramas frustrados. Error. Mi hija Raquel (8 años), al leer algunos declaró lo siguiente: 'Son cosas de reír'. Poco después, en la casa de un famoso pintor, Octavio Paz (58 años) los definió de esta manera: 'Son chistes'. Me alegró en extremo que, separados por medio siglo de experiencia y cultura, Raquelito y Octavio hubieran coincidido.» ('El poemínimo', en Estampida de poemínimos, Libros del bicho, 1980.)

En 'Efraín Huerta' (Sombras del obras, 1983), la nota necrológica que Paz dedicó a su amigo, dice: «También cultivó el epigrama, los poemínimos: breves, punzantes y, a veces, alados. A pesar de toda esta diversidad, fue ante todo un poeta lírico...» Si Efraín Huerta no hubiera escrito los poemínimos, seguiría siendo el poeta Efraín Huerta; si no hubiera escrito Los hombres del alba, y su mejor poesía en ese registro, no existiría el poeta Efraín Huerta. Lo mejor de la obra de Huerta ha quedado oculta, salvo para poetas y estudiosos, por sus chistes y epigramas.

El malestar que siento y aparece constante cada vez que vuelvo a leerlo o alguien celebra los poemínimos, gira de pronto. Surge una explicación sombría. En una larga entrevista a David Huerta sobre Efraín, su padre, le dijo a Christopher Domínguez Michael cuando éste le preguntó por los poemínimos:

«Me gustaría mencionar que su origen no es nada festivo ni jocoso. Efraín Huerta tuvo en los años setenta una crisis de salud muy grave: debido a un cáncer, le extrajeron la laringe y por lo tanto perdió la voz. El gran conversador, el gran hacedor de chistes, de ocurrencias, perdió la voz, fue una verdadera tragedia. Durante el tiempo que estuvo hospitalizado, él se comunicaba por escrito con nosotros; como ya  no nos podía pedir de viva voz lo que necesitaba, lo escribía, y a veces los chistes que hacía verbalmente los hacía por escrito. Ese es el origen de los poemínimos. La gran cantidad de poemínimos que conocemos se escribieron a raíz de esas hospitalizaciones y de la pérdida de la voz que sufrió Efraín Huerta.» (Letras Libres, junio de 2014.)

Efraín Huerta, poeta mayor, dejó un poemínimo sobre las secuelas de su mal: «'Laringectomía' Lo mejor / De todo / Es que / Ya nadie / Puede dejarme / Hablando / Solo» El poeta perdió la voz, la frágil línea del alba, pero no el humor. A veces negro, pero humor al fin.


16 de diciembre de 2015

El catálogo...

«Cada hombre tiene dos biografías eróticas», dice Milan Kundera en su novela El libro de la risa y el olvido. Es una frase con fuerza, que despierta la curiosidad del lector. Sin duda, podría aspirar a uno de esos premios que se otorgan a la mejor primera frase de una obra. Además, es ambigua. Enseguida está la aclaración: «Por lo general se habla sólo de la primera; la lista de sus amores y encuentros amorosos. Es probable que sea más interesante la segunda biografía: las muchas mujeres que hemos deseado y se nos escaparon, la dolorosa historia de las posibilidades no realizadas.»

Algo me sucede con la literatura de Kundera. Por un lado, la encuentro fascinante (sin contar que hace años sus libros fueron un tsunami literario del que se podía sobrevivir pero no evitarlo), pero a la vez tan áspera, que muy pronto me indigesto con esa prosa tan ruda y mal trabajada. Kundera mismo se quejaba tanto de sus traductores que terminó por abandonar el checo para escribir sus libros en francés. Un ejemplo: «Solía ser capaz de encender rápidamente la chispa del contacto directo con cualquier mujer.» ¿Qué es la chispa del contacto directo con una mujer?

Kundera, a pesar de sus traductores, tiene algo más, otra posibilidad, lo propio de su literatura, un verdadero as en la manga. Dice: «Pero hay aún una tercera, secreta e inquietante categoría de mujeres. Son aquellas con las que no pudimos y no supimos tener nada en común. Nos gustaron, nosotros les gustamos a ellas, pero al mismo tiempo comprendimos de inmediato que no podíamos tenerlas porque al estar con ellas nos encontrábamos del otro lado de la frontera.»

El otro lado de la frontera es: «donde todo pierde sentido: el amor, las convicciones, al fe, la historia. Todo el secreto de la vida humana consiste en que transcurre en la inmediata proximidad, casi en contacto directo con esa frontera, que no está separada de ella por kilómetros sino por un único milímetro.» Es decir, hay mujeres que llevarían a un hombre a perder o estar más allá del amor, las convicciones, la fe, la historia. Sin duda, esas mujeres deben ser muy peligrosas.

No es fácil distinguir en todos los casos entre las mujeres que deben quedar en la segunda lista o en la tercera. De hecho las características de la tercera categoría podían explicar por qué se debe inscribir un nombre en la segunda, aunque el frustrado amante, dispuesto a todo para conseguirla, supiera que esa mujer lo llevaría más allá de la frontera. (El Fausto de Goethe sabía mucho del tema.)

Y en la tercera categoría se consideran dos casos muy distintos: no es lo mismo no poder que no saber tener nada en común con una mujer, y luego, claro, comprender las fáusticas consecuencias. 

Leí El libro de la risa y el olvido hace muchos años, y entonces señalé el inicio de la séptima parte sobre las múltiples vidas eróticas como un misterio a explorar, como una verdad revelada, como un tema literario que daría para mucho más, incluso para ser el tema de un relato. La memoria hace su relación, guarda lo que fija en su elección, siempre selectiva. Las otras relaciones, poco a poco se desvanecen, se vuelven distancia, tiempo, humo.

Mozart, en su ópera Don Giovanni, con libreto de Lorenzo da Ponte, hace cantar a Leporello, criado del protagonista, un aria en la que cuenta las mujeres que ha burlado su señor, la lista completa, el catálogo de sus conquistas. Y lo hace con humor, con orgullo y desprecio a la vez, tal vez con envidia y un poco fanfarrón: Madamina, il catalogo è questo...

Algunos psicólogos dicen que la gente más inteligente y más organizada hace listas, y Umberto Eco le atribuye a esa práctica virtudes civilizadoras, ni más ni menos que el origen de la cultura. No sé que diría el gran semiólogo italiano de las listas que sugiere el novelista checo, pero se me ocurre que, luego de la fantasía y la espuma y el humo, quedaría muy poco. 

En cualquier caso, intentar ese catálogo de conquistas, de las conquistas frustradas y las imposibles, sería como rebajarse a ser, en un ejercicio triste no exento de imaginación novelesca, el vil Leporello de uno mismo.

15 de diciembre de 2015

Una colina muy verde

De lejos parece un bosque. Se extiende sobre una gran colina muy arbolada, con muchos tonos y matices de verde, del más oscuro al más tenue y brillante. Visto desde un punto elevado, rodeado por la mancha urbana, podría confundirse con un parque magnífico o una reserva natural muy grande. En realidad esa colina es un cementerio.

Al salir de la vía rápida, es necesario seguir un tramo por un camino estrecho y luego un poco más por una calle que desemboca en la entrada con unos grandes arcos. A un lado del camino, hay muchos puestos de flores, también pequeños talleres de artesanos que inscriben nombres en lápidas de mármol y modelan cruces. Ahora, a un lado, a la izquierda, han abierto una funeraria, a unos metros de los arcos de la entrada.

La pendiente es considerable, y haría falta el vigor de la juventud, una buena condición de alpinista para adentrarse y subir la colina. El ascenso a pie se antoja muy duro o tal vez imposible. Es necesario subir en coche. El cementerio podría parecer, por sus calles anchas bien trazadas, un sitio que pronto sería del todo urbanizado. Las construcciones, los caminos, los árboles delatan el diseño francés del cementerio.

Es un lugar sobrecogedor. La vista se reconforta y se recrea en el follaje de los árboles, por encima de las tumbas. La sensación de paz se impone en el silencio. En la parte alta de la colina, sólo he visto a jardineros, y muchachos que se ofrecen a lavar las tumbas, quitarles las matas que crecen invasoras entre las lápidas y las piedras rotas.

Entre sus muros se impone una sensación de abandono, de recogimiento. Se impone el silencio. No sería difícil dejarse llevar por la melancolía o la nostalgia. Las piedras y los árboles generan un efecto muy dulce de bienestar de lugar fuera del tiempo. Por un instante de arrebato, al respirar profundo, entre tantos árboles, uno se siente vivo.

Hacía mucho tiempo que no iba. Pase bajo los arcos e inicié el ascenso en coche esperando recordar el camino. Sabía que tenía que subir mucho siguiendo un camino, luego dar dos o tres vueltas, a la derecha y luego a la izquierda. No tenía puntos de referencia, no tenía más que el recuerdo. Llegué sin un movimiento en falso como si llegara a mi casa.

Dejé el coche en el punto más cercano a la tumba de mis mayores, de mi padre y mis abuelos. La hierba que la cubre estaba húmeda. Hice una guardia solemne, vigilándome a mí mismo. Levanté la vista y la mañana fría, el cielo, cubierto, la humedad del aire, las piedras y las lápidas y las construcciones funerarias, la hierba, los árboles tan verdes me reconfortaron como si agradecieran la visita.

Fue algo muy extraño, un leve estremecimiento. Miré como afuera del tiempo, como si fuera posible hacerlo cuando ya no lo sea. Miré con la extraña sensación casi dulce de no estar de paso, de sentir que no estaba en un lugar ajeno o extraño, como si ese lugar me revelara con las piedras y el aire, la luz, la hierba y los árboles que, andando el tiempo, también podría ser mi casa.

10 de diciembre de 2015

La novela y la experiencia

«La experiencia ganada en la escritura de una novela no sirve para escribir otra, a menos que un autor desee imitarse a sí mismo», dice Antonio Muñoz Molina,* y se extiende contundente: «La experiencia desaparece al final del libro. Otra novela sería otro aprendizaje. Repetir la experiencia sería una falsificación. Un novelista aprende a escribir una novela mientras la escribe.» Recordó una frase de Philip Roth: «Cada vez que empiezo una novela, me enfrento con el aprendiz que hay en mí.»

Es un tema sobre el que vuelve, con asombro. En un artículo cuenta: «Yo pensaba que aquella novela me había costado tanto porque era la primera que escribía; que el oficio iría facilitando las cosas, limitando las inseguridades, la posibilidad de la equivocación y el fracaso. Al cabo de treinta años, después de escribir novelas que llegaron al final y otras que quedaron interrumpidas, tentativas obstinadas que se me deshicieron en nada, comprendo y acepto que no hay progreso en este trabajo. El aprendizaje necesario para escribir una novela se vuelve irrelevante una vez terminada. Para la próxima, si es que llega, habrá que aprender cosas completamente distintas, insospechadas antes de empezarla.»

Muñoz Molina y Philip Roth saben mucho sobre el arte de escribir novelas, buenas novelas. Entiendo que no se refieren a los rasgos externos de eso que se llama estilo, o el metal de una voz templada en el ejercicio continuo de la escritura, sino a la luz, la revelación de una novela, su centro, cuya búsqueda suele ser la razón para escribirla. «Las historias se escriben desde la oscuridad, a ciegas. Hay que escribir como sonámbulo, pero corregir muy lúcido y despierto.»

La reflexión sobre la utilidad y la sabiduría que da la experiencia es un tema que ya conocían los antiguos, y uno de los ensayos más celebrados de Montaigne se llama precisamente "De la experiencia". Podemos suponer que la experiencia nos guía, que ilumina, aunque sea tenuemente, las páginas en las que se abre paso el personaje y su circunstancia.

Si así fuera, si se acumulara sabiduría, la sexta novela debería ser inevitablemente buena. La verdad es que no es así, y ciertos escritores con muchos novelas en librerías, incluso algunos que han recibido el Premio de manos del rey de Suecia, podrían arrepentirse de algunos de sus libros posteriores. Aunque la novela es considerada como un género de madurez, no todos los escritores veteranos escriben de mayores sus mejores páginas. Tal vez no basta la experiencia.

Durante mucho tiempo pensé que ningún novelista había escrito diez obras maestras. Diez obras absolutas a la altura de lo mejor de su propia obra. Diez grandes novelas es una cima que se antoja tan insalvable como para los compositores de cierto sinfonismo alemán del siglo XIX que no podían terminar su décima sinfonía. Hacer el ejercicio, la búsqueda, tan subjetiva como entretenida, acaso sólo sirve para confirmar una suposición ligera y pasar las horas.

Cervantes es una vez más ejemplar. A su manera es el autor de una novela absoluta; el resto de sus novelas sólo le interesa a los académicos y cervantistas. Y no son pocos los autores de una única y gran novela. En otro ejercicio no exhaustivo, la lista podría considerar a Emily Brontë, Giuseppe Tomasi di Lampedusa, Borís Pasternak, Oscar Wilde, Edgar Allan Poe, Elias Canetti, J. D. Salinger, Juan Rulfo, Juan José Arreola... y tal vez podrían ser incluidos otros autores de libro único absoluto: el Arcipreste de Hita y Fernando de Rojas...

No debemos pasar por alto la sabiduría literaria de Borges y Alfonso Reyes, que cimentaron su gloria, con su prosa admirable, en su desdén por la novela. La prosa de los grandes poetas suele ser muy buena, lo cual no es razón para cultivar la novela; muy pocos entre ellos han necesitado fatigarse en una narración en prosa de trescientas páginas.

Tal vez para ser novelista hace falta algo más que se escapa. Una buena novela, insisto, es un milagro que no depende de la voluntad o la experiencia del autor. Me pregunto si aquellos que cuentan en su haber más novelas olvidables que dedos en las manos habrán escrito una tras otra a partir de la experiencia, falsificándose a sí mismos. «Escribir a ciegas, como un sonámbulo», decía Muñoz Molina, «pero corregir muy lúcido, muy despierto.»

Como casi siempre, en cuanto un tema nos ocupa aparecen aquí y allá, como caracoles después de la lluvia, textos, citas, evidencias. Aunque no es novelista sino cineasta (¿salvo los lenguajes, habrá mucha distancia en los dos oficios?), encuentro sin buscarla una declaración de Arturo Ripstein:

«En estos cincuenta años aprendí una serie de cosas. Me llené de experiencia, es decir, que no tengo la menor idea de lo que estoy haciendo, porque la experiencia no sirve de mucho; tiene una valoración desmesurada. Siempre he caminado por territorios desconocidos; nunca sé por dónde voy. Lo único que puedo decir es que he afinado el instrumento en este oficio; que lo que tengo en la cabeza es cada vez más lejano del resultado final.»

El misterio de una buena novela sigue intacto. Cada novela implica su aprendizaje, como se aprende a vivir cada día. Antonio Machado advertía al caminante que no hay camino, y ahora sabemos que como el camino, se hace novela al andar. El camino es escribir como si uno se jugara la vida. Por lo pronto, se antoja un ensayo que bien podría llamarse "Contra la experiencia". Hay buenas razones para ello, y los testimonios no faltan.
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* Conferencia "Algunas divagaciones sobre la novela" dictada el 30 de noviembre de 2015 en el Paraninfo de la Universidad de Guadalajara en el marco de la Cátedra Julio Cortázar.

2 de diciembre de 2015

El doble, él mismo

Era él. No había la menor duda. Lo reconocí aún de espaldas. Empujaba el carrito en la sección de frutas y legumbres del supermercado al que voy cada semana. ¿Se habrá mudado a mi barrio?, pensé. ¿Hace cuántos años que no lo veo? Cuando se detuvo para elegir manzanas pude verlo de perfil. Era él. La misma estatura, el cabello muy corto, pero se notaba completamente blanco, con las gafas en la punta de la nariz larga y afilada (se parece un poco a Beckett).

Delgado, enjuto como Don Quijote (cuando lo conocí se sometía a una dieta rigurosa, muy baja en calorías para mantener el cuerpo a menor temperatura, lo que redundaría en menor desgaste biológico y una vida más larga), con el saco elegante y discreto, un poco suelto en los hombros huesudos y los largos brazos.

Si algo sé sobre el oficio de editar diez libros al mes se lo debo a él. Fue mi jefe en una editorial de cuyo nombre no quiero acordarme, y me enseñó lo que es orden y la organización y el desempeño por objetivos a un precio alto, pero ahora se lo agradezco. Con el tiempo aprendí a respetarlo, y mi recuerdo lo guarda con aprecio.

Era metódico hasta la obsesión. Perfeccionista. Todo estaba previsto y planeado. Nada debía hacerse a destiempo, nada podía estar fuera de su lugar, nada debía suceder fuera del tiempo programado. A veces, me invitaba un café en su oficina para conversar. Aquellas pocas ocasiones eran deferencias dignas de consideración.

Un día quiso contagiarme su entusiasmo empresarial, y con un gesto que no alcanzaba a expresar a plenitud la verdad que estaba por revelarme, la emoción de su sentencia, me dijo: «Hacer negocios desde el escritorio» y extendía los brazos sobre el suyo, en el que no había ni un papel «es más apasionante que cazar leones, que tripular un submarino o un cohete que viaja al espacio».

Cuando puso las manzanas en su carrito y yo me preparaba para saludarlo, sucedió algo absolutamente inesperado. A ese soltero contumaz se le acercó una mujer con familiaridad. La mujer, de espaldas parecía mucho más joven de lo que luego reveló su rostro. Debe tener nietos bastante mayorcitos.

En un instante me conté una historia. Encontró a una mujer divorciada, tal vez una viuda, y decidió no pasar solo su vejez. La conocía desde antes, claro, cuando estaba casada, pero al cambiar las circunstancias de ella, después de un largo tiempo, de un análisis severo y cruel, frío, analítico, por fin aceptó que estaba cansado de su soltería. Me alegré de que cambiara de vida, se veía que hacía buena pareja con su mujer. De aquel régimen de alimentación draconiano quedaba muy poco, ahora se asomaba goloso al refrigerador de los helados.

Entonces tuve recelo de acercarme, la presencia de aquella mujer cambiaba las condiciones del encuentro. Ahora serían necesarias presentaciones formales, explicaciones. Lo vi alejarse y doblar en un pasillo del supermercado. Es mejor dejar las cosas así, me dije, no lo he visto ni he hablado ni tenido el menor contacto con él en más de veinte años.

Volví a verlo de lejos en otro pasillo, y la tercera vez que lo encontré, de frente, en la sección de lácteos, con un buen cargamento de yogur en su carrito, me acerqué y le dije con una sonrisa: «Gildardo, qué gusto verlo.» Me miro estupefacto, y educadamente, con una mala sonrisa que mostró una dentadura muy dañada, me dijo: «No, no soy yo.» Y se volvió a ver la reacción de su mujer.

Me disculpé sin comprender su reacción, por negarse  a sí mismo de esa manera. Aceptó mi disculpa y le restó importancia con gestos limpios y seguros, con voz serena, reposada. La dentadura me había llamado la atención, me había impresionado, no la tenía así, pero en veinte años a un hombre le suceden muchas cosas en la vida, puede casarse, envejecer, perder la memoria o pudrírsele los dientes. 

Me alejé desconcertado. Terminé de hacer mi compra y me fui con un malestar que no pude sacudirme. Luego, comprendí. Era él. Claro que era él. Pero no quiso admitirlo. No me había dicho que no me recordaba, que no sabía quién era yo. Me había dicho que no era Gildardo. Me dijo que era otro. Pensé en Rimbaud: Je est un autre

No quiso saludarme. ¿Por qué? Tal vez quería negar su pasado. Cambió de vida y ahora no quería saber nada de quien lo conoció antes de su avatar, de su renacimiento. Tal vez se oculta con otro nombre, y viaja con un pasaporte que lleva el nombre de otro. En veinte años a un hombre le suceden muchas cosas en la vida que pueden llevarlo a romper con el que fue. La clave, por supuesto, estaba en aquella mujer. Si lo hubiera encontrado solo, las cosas habrían sido distintas, estoy seguro; hubiera conversado conmigo un momento, luego se despediría apresurado y jamás volvería a ese supermercado. 

Tal vez ella no conoce su pasado, no sabe que fue un editor convencido de que hacer negocios desde el escritorio es más apasionante que cazar leones, y luego algo sucedió que también ella ignora. O tal vez todo lo contrario. Él cambió de identidad para salvarla a ella. Nunca sabré esos detalles.

Era él. Estoy seguro. Era él. No puede ser otro. Comprendí que la teoría del doble, del otro, el Doppelgänger, es un recurso de la literatura para enunciar una realidad que no podría hacerse de otra manera. El hombre del supermercado no era el sosias de Gildardo, era Gildardo desdoblado en otro. Si no era Gildardo y se negó a sí mismo y a saludarme, entonces, lo escribo consternado, vi a su fantasma, a otro que era su doble y a la vez él mismo. Aterrador.

18 de noviembre de 2015

Rayuela: juicio a la literatura

Saúl Yurkievich no sólo fue uno de los amigos más queridos de Julio Cortázar, también fue su albacea literario y, por mucho, su mejor crítico. Muy pocos como él han sabido sumergirse en la obra y al volver de ella, como si emergieran de la Cueva de Montesinos, dar cuenta con sobria lucidez de su incursión en lo extraordinario. 

Han sido muchos los críticos entusiastas y perspicaces de la obra de Cortázar, pero no todos han visto el vínculo esencial entre vida y literatura que anima esa escritura, y si un crítico no ilumina el camino del lector al señalarle los múltiples sentidos y significados de un texto, su oficio no me interesa ni tiene razón de ser.

Héctor Schmucler fue uno de esos pocos lectores privilegiados que comprendieron cabalmente Rayuela desde el principio. En 1965, apenas dos años después de la publicación de la novela-poema, escribió "Rayuela: juicio a la literatura", un largo artículo para Pasado y Presente, una revista argentina, célebre y referente de la intelectualidad hispanoamericana de aquellos años.

Rayuela: juicio a la literatura (Fondo de Cultura Económica, 2014) es el nombre del volumen que recupera un artículo en verdad esencial y una nueva vuelta a la obra, "La innovación cortazariana". Sin duda, es un acierto la recuperación de estos textos, que se acompañan de una breve introducción y un epílogo.

"Rayuela: juicio a la literatura" ha cumplido cincuenta años y su voz sigue intacta. Sus argumentos y razones son contundentes, su fuerza impecable, y su asombro se desdobla en un impulso urgente por volver a la novela. Schmucler, lector temprano, fue uno de los primeros en comprender la dimensión del hecho textual que sucedía ante sus ojos y desde entonces en su vida, los múltiples planos de la obra: «la novela en su conjunto es una metáfora de mil sentidos» porque «la escritura de Cortázar coagualaba una demorada promesa, reordenaba nuestra experiencia del mundo».

No son pocos los lectores y críticos que dicen que Rayuela ha envejecido, incluso que ha envejecido mal. En realidad, los que envejecen son los lectores: los libros se mantienen intactos en sus palabras, su estructura. Pero admitamos que una obra con los años deja de mover las fibras más sensibles de un lector y aun de una generación, que deja de sacudirlo y excitarlo, que ya no le ofrece respuestas ni belleza, que ha dejado de ser una puerta por la que entra lo imaginario y deslumbra la belleza.

En el caso de Rayuela ese envejecimiento sólo es posible en los planos más superficiales y anecdóticos, no su búsqueda de lo otro, en su salto metafísico, en su impulso vital para romper el absurdo. Pocos, muy pocos libros siguen moviendo a los lectores más jóvenes de cada generación desde hace cincuenta años. Schmucler nos ofrece también un testimonio de cómo fue leída Rayuela por esos lectores de la primera hora: «algo nuevo, largamente esperado, había acontecido en nuestras vidas».

La obra de Cortázar ha generado una bibliografía inmensa, una montaña de reseñas, artículos, ensayos y libros que podría, reunida, conformar en sí misma una biblioteca. El Fondo Julio Cortázar de la Universidad de Poitiers guarda tantos documentos que leerlos podría ser, para un lector curioso o investigador, un proyecto de vida. Y pocos de ellos, muy pocos, abrazan y abarcan Rayuela en su justa dimensión como "Rayuela: juicio a la literatura".

No parece una desmesura publicitaria el texto de la contracubierta: Schmucler hizo una lectura de la novela y un texto excepcional sobre ella: «cuando todos andaban frotándose los ojos sin saber muy bien qué hacer con ese artefacto literario, con apariencia de explosivo, que tenían entre las manos.»

15 de noviembre de 2015

Recurrencias

Es algo que ocurre todo el tiempo, con tanta frecuencia y constancia que, como en la Patafísica, tal como lo vislumbró Jarry, sería motivo de escándalo si dejara de suceder. Pero la suspensión en el cumplimiento de ciertas leyes es tan improbable que más vale no esperar una excepción. Es mejor no esperar nada. Es mejor no esperar.

Sucede en todas partes, en todo momento, pero no por eso cesa el asombro, el desconcierto, el pequeño duelo por la pérdida de un objeto que de pronto se nos ha vuelto valioso o incluso un tesoro. Lo cuenta Ricardo Piglia en su diario (Los diarios de Emilio Renzi, Anagrama), pero sé muy bien, vaya si lo sé, que también lo han lamentado otros.

Dice Piglia en la entrada del martes 17 de enero de 1967: «Una historia. Había visto la edición de La Pléiade de las novelas de Flaubert a media tarde. Decidí no comprarla, me pareció demasiado cara, aunque tenía el dinero; seguí haciendo las cosas que tenía pendientes. Estuve un rato en el Tortoni y ahí sentí que tenía que tener de cualquier modo ese libro. Volví a Hachette, pero ya lo habían vendido… Increíble. Voy a pasar la vida pensando en ese libro que no quise comprar, va a durar más que el recuerdo de todos los libros que tengo en la biblioteca.»

La sentencia de Piglia es exacta. Y surge la sospecha, casi una certeza: si de pronto no se hubiera despertado en uno el súbito deseo, tan poderoso y urgente, imperativo, de volver por el libro, éste seguiría en el sosegado reposo de la librería sin que nadie le prestara atención. Yo recuerdo el título de los libros, la edición, las librerías, las circunstancias en que no los compré, y su recuerdo perdura.

Cuando iba a la preparatoria y mi gusto por los libros manifestaba síntomas preocupantes, con un amigo que tal vez estaba más alterado que yo, aprendí a esconder los libros raros o ejemplares únicos dentro del propio estante de la librería, lo poníamos atrás, con el lomo hacia el fondo para que no pudiera ser identificado, en un lugar que no le correspondía alfabéticamente para que no lo encontraran, con la esperanza de que se mantuvieran allí mientras volvíamos por ellos.

Alguien me ha dicho que el comprador de ese libro que decidimos no hacerlo nuestro es dos veces su “legítimo poseedor”. No sólo lo compró, sino también, y sobre todo, porque no dudó: supo apreciarlo, darse cuenta de su valor (no hablo del precio) y se lo llevó a casa. Argumento impecable.

Sería estupendo que este fenómeno sucediera sólo con los libros. Pero me temo que no es así. En una extrapolación temeraria, podría contar que conozco a uno que vio a la chica, la conoció, pasó de largo y cuando comprendió cuánto la quería a su lado y al fin volvió a buscarla, ella ya se había ido. Sí, es una recurrencia odiosa, lamentable, dolorosa, y no es ningún consuelo saber que le ha sucedido a muchos, aquí y allá, todo el tiempo.

28 de octubre de 2015

Otredad

¿Qué sucedería si esos hombres y mujeres de buena voluntad que se dicen a sí mismos taurinos y amantes de la fiesta comprendieran, por el reordenamiento significativo de las letras, por la revelación de un simple anagrama, que el otro es el toro?

21 de octubre de 2015

El autor no es el personaje

Sucede todo el tiempo. Basta interesarse por algo, un nombre, una ciudad, un objeto, un animal o un pasaje de la historia para que aparezcan referencias y menciones. Basta pensar algo con alguna persistencia para que los periódicos y los libros, la radio y las conversaciones aporten datos e información como si fueran convocados. 

Pareciera que funciona igual si uno se interesa con viveza por los caballitos de mar o el imperio bizantino, por qué Plutón es un planeta enano o la reducción del ángulo de inclinación de la Torre de Pisa. Basta estar atento para empezar a recibir información, noticias, comentarios: recompensas.

Alguien me pregunta sobre las complicadas relaciones de los autores con sus personajes y aun con lo que cuentan. "Claro, es una novela, pero de cualquier manera usted debe ser un experto en submarinos atómicos, se nota desde las primeras páginas", y "yo no sabía que usted fuera alpinista, aunque no me extraña", escucha un novelista, aquí y allá, todo el tiempo, según los temas de sus obras.

Explicar que uno sólo es un novelista y lo demás es el oficio y una investigación, un poco de estudio y la necesidad de explorar desde la ficción otras posibilidades del ser y la existencia, de ser otro hombre al menos en la página, puede ser arduo y no siempre se consigue del todo, y menos todavía si el personaje es un poco como cualquier hombre, y no un superhéroe.

De pronto, sin intención, sin buscarlo, tres premios Nobel ofrecen su contribución al tema:

Dice Octavio Paz: «La verdadera biografía de un poeta no está en los sucesos de su vida sino en sus poemas. Los sucesos son la materia prima, el material bruto; lo que leemos es un poema, una recreación (a veces una negación) de esta o de aquella experiencia. El poeta no nunca es idéntico a la persona que escribe: al escribir, se escribe, se inventa. Sabemos que Catulo y Lesbia (su verdadero nombre era Clodia) existieron realmente: son personajes históricos. También lo fueron Propercio y Cintia (Hostia). Sabemos asimismo que ni el poeta Catulo y su amante ni el poeta Propercio y su querida son exactamente los individuos que vivieron en Roma en tales y tales años. Las heroínas de esos libros y los autores mismos, sin ser ficticios, pertenecen a otra realidad. Lo mismo puede decirse de todos los otros poetas, cualesquiera que hayan sido su época, sus temas y sus vidas. La poesía, el arte de escribir, poemas, no es natural; a través de un proceso sutil, el autor, al escribir y muchas veces sin darse cuenta, se inventa y se convierte en otro: un poeta. Pero la realidad de sus poemas y la suya propia no es artificial o deshumana; se ha transformado en una forma a un tiempo hermética y transparente que, al abrirse, os muestra una realidad más real y más humana. Los poemas no son confesiones sino revelaciones.» (Preliminar, Obra Poética II, Tomo 12 Obras Completas, Fondo de Cultura Económica, 2004, p. 18.)

Donde dice “poeta” y “poema”, se puede leer "novelista" y "novela", y el sentido del texto no se altera, antes se enriquece, se multiplica.

Dice Mario Vargas Llosa en su de recepción del doctorado honoris causa de la Universidad de Salamanca, el 17 de septiembre de 2015: «…aunque no lo parezca, el personaje principal de toda historia es siempre el narrador que cuenta la historia, y el narrador no es nunca el autor.  El narrador es un personaje que crea el autor incluso en aquellas novelas en que el autor aparece con nombre y apellidos propios.  Por ejemplo, en una novela mía que se llama La tía Julia y el escribidor, aparece un Varguitas, y muchos lectores creen que ese Varguitas soy yo de pies a cabeza.  Y no, ese Varguitas es un personaje de la historia, aunque usurpe mi nombre y también algunas de mis experiencias biográficas.» 

Orhan Pamuk, por su parte, escribe en "De verdad le sucedió todo eso, señor Pamuk", segunda conferencia Norton para la Universidad de Harvard, recogida en El novelista ingenuo y el sentimental« En 2008, publiqué en Turquía una novela titulada El museo de la inocencia. Esta novela trata, entre otras cosas, de los actos y los sentimientos de un hombre llamado Kemal que está enamorado de una manera profunda y obsesiva. Tras la aparición del libro no tardé mucho en empezar a recibir la siguiente pregunta de un buen número de lectores, que al parecer creían que su amor estaba descrito de un modo muy realista: "Señor Pamuk, ¿es usted Kemal?"».

Pamuk admite que disfruta con la ambigüedad de sus respuestas, y cuenta lo difícil que le resulta,  «como le sucede a menudo a los novelistas, convencer a mis lectores de que no deberían compararme con mi protagonista; al mismo tiempo, implica que no pretendo realizar un gran esfuerzo para demostrar que no soy Kemal [...] En otras palabras, mi intención era que la novela fuera percibida como una obra de ficción, como un producto de la imaginación y, sin embargo, también quería que los lectores creyeran que los personajes principales y la historia eran reales».

Pamuk evoca un caso del siglo XVIII, lo cual nos muestra que los novelistas tienen que dar explicaciones desde hace siglos: «Cuando Daniel Defoe publicó Robinson Crusoe, ocultó el hecho de que la historia era una obra de ficción fruto de su imaginación. Afirmó que era una historia cierta, y entonces, cuando se descubrió que su novela era una "mentira", Defoe se sintió avergonzado y admitió, aunque solo hasta cierto punto, la ficcionalidad de su historia.»

¿Se alcanzará algún día un consenso entre autores y lectores sobre la condición natural de la ficción en la literatura, aunque ésta sea verosímil, verdadera y se sustente en hechos históricos? ¿Alguien le habrá preguntado a Cervantes si alguna vez fue caballero andante o cómo había recuperado la razón?