28 de abril de 2013

La mala prosa

Si tras leerlo con atención y con él ánimo dispuesto un libro desfallece, si no nos conmueve y aun nos decepciona, si uno no puede gozarlo dos veces, no habrá valido la pena ni la primera lectura. Esa podría ser una medida que no hace gala de la diplomacia y la cortesía pero no excluye la justicia. Si un libro se nos cae de las manos, si no nos invita a volver a sus páginas, se habrá resuelto el desencuentro.

Alessandro Baricco va más lejos en el caso de los autores: un escritor, dice, no debe leer malos libros. No debe leer aquello que es inferior a su calidad. No hay razón para ello. Si después de unas páginas, las que sean, tres o cincuenta, el escritor encuentra, honestamente, que esa escritura es inferior a la suya, debe dejar de leer.

Inobjetable. Sin embargo, no es tan extraño encontrar lectores que se ha pasado media vida leyendo malos libros con impecable conocimiento de causa. Es posible que lean  libros, uno tras otro, hasta el fin, con la certeza absoluta desde la primera página de que se trata de un libro muy malo (por no hablar del cine, las malas películas ejercen una extraña fascinación en no pocos espectadores que vuelven a ellas una y otra vez) y pospongan la lectura de autores mayores y de gran calado por no hablar de los llamados clásicos contemporáneos.

Más allá de los gustos y preferencias, de las discusiones estériles y los arrebatos, la mala prosa ensucia los ojos, se atora en la garganta, favorece la acidez estomacal, fomenta las pesadillas, enciende la cólera, cultiva el mal humor y perturba la razón. No soy partidario de censuras ni autoritarismos, pero hay ciertos productos en formato de libro que son nocivos para la salud.

Insisto: si un libro no vale la pena leerlo dos veces, no habrá valido la primera lectura. Respeto los gustos y las libertades, pero, por favor, oriente y ayude a sus vecinos y compañeros, a sus familiares y amigos: cuidemos la prosa que se consume. Es una cuestión de principios y responsabilidad ciudadana. La mala prosa es nociva, sus daños devastadores. Estamos, a fin de cuentas, ante un problema de salud pública.

21 de abril de 2013

El silencio de los bosques

La primera noticia de El silencio de los bosques me la dio la propia Cecilia Urbina. Un día me habló de ella en un café. La novela no estaba escrita, pero Cecilia sabía muy bien lo que quería hacer. Me dijo: “Steve va al Louvre y no quiere saber nada del cuadro que mira: ni su nombre ni el del autor ni la técnica empleada o la fecha de composición. Nada. Sólo quiere observar los cuadros. Así también los osos, los pájaros, las pirámides, los árboles, los bosques. Mi personaje no quiere saber y no quiere contaminarse con la información que le dan otros, el mundo, los libros". No pensé que ese pudiera ser el punto de partida de una novela. Me alegro de haberme equivocado.

Novelista es alguien que ve y encuentra (Picasso decía: “yo no busco, encuentro”) una historia, un lenguaje, un punto de vista, una estructura. Alguien capaz de leer e interpretar y modificar la realidad para decir algo que no ha sido contado, o al menos no de esa manera. ¿A quién más se le podría ocurrir la historia de Steve? Un novelista ve una novela donde otros no la ven, incluso otros novelistas. Cecilia Urbina, entonces, es novelista.

Hoy separo en dos grupos a los libros: los que me dicen y me tocan, y los que nada me dicen. Los que me desquician y los otros. Los que me emocionan y los demás. Ya lo escribió Kafka: “Pienso que sólo debemos leer libros de los que muerden y pinchan. Si el libro que estamos leyendo no nos obliga a despertarnos como un puñetazo en la cara, ¿para qué molestarnos en leerlo?”.

No seré yo el que diga que El Silencio de los bosques es uno de esos libros que nos impone Kafka. No lo haré; esperaré pacientemente a que alguno de ustedes, sus primeros y naturales lectores, venga y me diga: “La novela de Cecilia Urbina me golpeó como un puñetazo en la cara”. Entonces, a ese lector o lectora le diré: “No me sorprende. Ponte un poco de hielo metafísico y sóbate el alma. Pero ahora dime, ¿qué te ha movido? ¿Dónde te duele más? ¿Qué cambió en ti? Y luego le diré: Por favor, envíale un ramo de flores a la autora. Dile: ‘Soy otra persona después de leer tu libro, o al menos: tu libro me ha permitido pensar sobre los árboles, los hombres, la soledad, el silencio, el abismo, de una manera en que no lo había hecho. Gracias’.”

Hay libros ejemplares en su composición, virtuosos en la técnica narrativa y que sin embargo no dicen nada que no hayamos visto en los manuales. Hay libros sobre temas gravísimos, dolorosos y amargos y, sin embargo, nada dicen a fin de cuentas, porque no nos mueven ni nos conmueven. No nos descentran. No modifican nuestro punto de vista, las frágiles certezas y los firmes prejuicios. Nada ofrecen que no aparezca en los periódicos.

Cecilia Urbina nos muestra que aún es posible acercarse a otros puntos de mira, rondar otros límites, empinarse a otras orillas y dejarse seducir por el vértigo de la existencia desde posibilidades que no habíamos sospechado. Libros como el suyo son los libros necesarios.

También necesitamos libros que no nos den felicidad, sino desasosiego, que nos inquieten y nos perturben, que nos hagan preguntas que no admiten respuestas fáciles, higiénicas, redondas y definitivas. No necesitamos mentiras consoladoras. Necesitamos ficciones que nos abran los ojos. Necesitamos libros que nos descentren, que nos muevan, para acercarnos y vislumbrarnos, a nosotros mismos y a los otros.

El silencio de los bosques nos invita a revisar la manera en que conocemos, en que aceptamos el conocimiento, el lado sensible del mundo. El conocimiento lo construimos a partir de circunstancias históricas, psicológicas, sociológicas, culturales. La epistemología, en el ámbito de la filosofía, se ocupa de las condiciones en que generamos y aceptamos el conocimiento, es decir, lo que sabemos del mundo y de los hombres y las relaciones entre éstos con el mundo. Con ella damos forma y coherencia a lo que vemos y pensamos y damos por cierto y verdadero.

Desde la novela de Cecilia podemos mirar, con ojos nuevos, algunos temas decisivos que sólo podrían ser los de siempre: el yo, la identidad, la soledad, la amistad, el quehacer del hombre en la Tierra, acaso el amor y sus fracasos. La novela es una pregunta y una invitación a mirar como no hemos mirado y cada uno de nosotros lo hará de distinta manera. Somos individuos, pero todos somos el mismo, el ser que enfrenta cada día los mismos problemas esenciales.

Una mañana, entre una y otra taza de café, Cecilia me dijo que Steve, su personaje, después de ver el mundo, quería verse a sí mismo. Entonces pensé: “Ese muchacho debería leer Verdad y método de Hans-Georg Gadamer, figura central y tal vez fundador de la Escuela Hermenéutica. Ambos creen que la interpretación (parte esencial del conocimiento) debe evitar la intromisión y la reproducción de los vicios, errores y defectos que surgen de hábitos mentales, prejuicios y juicios aceptados como verdaderos sin el menor examen.

En pocas palabras, Steve, que pasaba por un muchacho raro y desorientado pensaba lo mismo que uno de los grandes sabios del siglo XX: debemos centrar la mirada en las cosas mismas, no en los textos y las palabras que nos hablan de las cosas.

Estuve a punto de decirle a Cecilia: “Maestra, hágame el favor de recomendarlo a Steve que lea a Gadamer, le haría mucho bien. Crecería como personaje, ganaría un peso intelectual que definitivamente no tiene”. Estoy seguro que Cecilia intuyó mis intenciones y dijo: “Hay que pedir la cuenta”. Cecilia Urbina sabía muy bien lo que traía entre manos: quería invitarnos a mirar de otra manera. Por eso novelista.

Con su prosa precisa, fría e inteligente, El silencio de los bosques me ha dado no sólo una situación inédita, la escalada y la culminación del acto supremo de la aventura existencial de Steve, que yo jamás habría imaginado, sino la posibilidad de mirar con nuevos ojos esa circunstancia.

Me ha dado otra oportunidad de vislumbrar la soledad, de sentir que estamos metafísicamente solos y que, como quería Hölderlin, el hombre, pleno de méritos, habita poéticamente esta Tierra. El silencio de los bosques es la historia de un hombre que no quería saber, sino desde su experiencia descifrar el mundo y encontrar su camino.

Sí, Steve quiso hacer de su vida un poema. Uno cuya música sólo él conocía. A hombres y mujeres como él les llamamos, raros, extraños, extravagantes, excéntricos, frikis, outsiders y locos. Él tenía una utopía en el bosque, entre los árboles, en las alturas. Sí, era un raro, a su manera un poeta.

La lectura de El silencio de los bosques me ha confirmado que la experiencia humana es la misma y distinta en cada individuo y que cada uno tiene que limitarse a vivir su vida. Que somos individuos aislados y que a veces, en la amistad, vislumbramos la soledad de los otros como un árbol en el bosque.

He cerrado los ojos y al abrirlos, por un instante, he comprendido a uno más de nosotros. Además, El silencio de los bosques no se parece, en sus registros, su estética, sus medios, a ninguna otra literatura que se publique en estos días.

Gracias, Cecilia, por esta novela; gracias por el kafkiano puñetazo en la cara. Ha sido bienvenido. Recibe a cambio un aplauso como si fuera un ramo de flores. •


(Versión reducida de la presentación de El silencio de los bosques (Terracota), el 21 de febrero de 2013.)

16 de abril de 2013

La Autobiografía de Salvador Elizondo

La vida por escrito es literatura


Al escribir que escribe, Elizondo se escribe
Octavio Paz, El signo y el garabato


Tenía treinta y tres años cuando terminó su Autobiografía. Al final de esas deslumbrantes cincuenta páginas anotó el nombre de una ciudad y una fecha para dejar constancia del lugar y día en que la concluyó: México, D. F., 15 de mayo de 1966. Ese día comienza la leyenda del texto autobiográfico más celebrado de la literatura mexicana del siglo XX.

Esa Autobiografía de Salvador Elizondo es un libro importante al menos por dos razones. En México, y en el ámbito de la lengua española en general, redactar memorias y autobiografías es una rareza y mucho más muy cerca del momento que Dante llamó la mitad del camino de la vida.

Hay una razón que explica ese texto precoz: esta autobiografía fue escrita por encargo y para ser publicada por Empresas Editoriales, S. A., en una colección que se “inspira en el propósito de dar a conocer en páginas autobiográficas la fuerte personalidad de los jóvenes escritores mexicanos del momento, para que el lector […] impresionado por la calidad humana y el inteligente laborar de estos nuevos valores literarios, acuda desde luego a conocerlos en su obra. Pretende por tanto esta serie de magros libros, ensanchar y prolongar el cauce a la producción de la joven literatura mexicana”.1 

Otros jóvenes escritores de entonces, como Juan García Ponce, Vicente Leñero, José de la Colina, José Emilio Pacheco y Sergio Pitol, entre otros, también publicaron su autobiografía en esa colección, pero ninguno de esos textos ha trascendido hasta llegar a nosotros, hoy, más de cuarenta años después, más allá de la bibliografía de cada uno de ellos.

Esos textos biográficos tienen interés para los estudiosos y lectores entusiastas de esos autores, a diferencia del de Elizondo, que ocupa un lugar central entre sus libros aunque no siempre ha sido así reconocido. Esta es la segunda razón de la importancia de la Autobiografía de Elizondo: no haber sido un simple texto apresurado de presentación de un nuevo escritor para que el lector acudiera a la obra de ese autor, como si una autobiografía fuera un mero apéndice al margen de la obra y no parte esencial e indivisible de ella. Si así fuera en otros casos, no lo es para la escritura de Salvador Elizondo, y no sólo por ser una fuente primaria y, supongamos, confiable y fidedigna sobre los hechos y vicisitudes de la vida del autor.

En realidad la vida de un autor es tan poco relevante para la literatura y sus libros como si estos fueron compuestos en tipos de la familia Agaramond o Baskerville. La obra explica y da sentido a una vida; nunca al revés. La obra justifica la vida del escritor. Ciertos autores, entre ellos se cuentan  algunos de los mejores, han logrado fundir vida y obra en una unidad plena de correspondencias que sería imposible aproximarse a profundidad a una sin hacerlo simultáneamente a la otra.

Tal vez Elizondo sea uno de estos casos. No es  común que la experiencia vital, la trayectoria y la cuenta de los pasos por el mundo encuentren un espejo, literario, artístico e intelectual tan nítido en las páginas de los libros de ese autor. La vida es la misma para todos. “Cada hombre lleva en sí mismo plena ya la forma de la condición humana”, escribió Montaigne, pero la manera de mirar una cabellera y el perfil de una muchacha o la serie de los nenúfares de Monet, de escuchar los Nocturnos de Chopin, de asumir la vocación por la escritura o la locura y la concepción del amor y el erotismo son estrictamente personales e intransferibles. En ellos consiste tal vez la individualidad, la singularidad de cada hombre y sobre todo la calidad y la condición del artista.

La Autobiografía de Elizondo es gran literatura antes que el recuento de una vida con momentos solares y otros de innombrable sordidez, es la crónica de una vocación artística que maduró en la mirada de un artista de la palabra que alcanzó la excelsitud de su oficio. Ese pequeño libro es relevante por su crudeza, su prosa descarnada, rabiosamente inteligente y su deslumbrante lucidez. Si Elizondo cultivó la poesía, la novela, el cuento y el ensayo, la suya es pura escritura en estado puro.

Es el hombre por antonomasia que escribía. Elizondo fue el escritor y el escribidor y el grafógrafo. El hombre de la caligrafía asombrosa, el que dibujaba las letras, el de la estilográfica que escribía en cuadernos sin cesar, de día y de noche,2 diarios, apuntes, relatos: literatura, escritura pura.

Por ello la Autobiografía debe ser leída como una Bildungsroman o novela de formación que termina con la consolidación de una vocación literaria irrenunciable, íntimamente ligada e indisoluble de la vida del autor al menos en su autoficción o su escritura sobre sí mismo, pues estas páginas intensas fueron escritas después de la publicación de Farabeuf o la crónica de un instante, la deslumbrante y desquiciadora primera novela de Elizondo, aparecida en noviembre de 1965 (obtuvo el Premio Villaurrutia ese año, cuando obtenerlo ofrecía algún prestigio y guardaba una relación con las letras y pareciera incluso que era en sí mismo un hecho literario),  que muy pronto ganó reconocimiento de la crítica,3  de los novelistas4 y de un destacado historiador de la literatura mexicana.5

Octavio Paz sabía que “para encontrar la unión de sexualidad y muerte en la literatura mexicana hay que ir a López Velarde […]; sobre todo, a las novelas y ficciones de Juan García Ponce y de Salvador Elizondo”.6 Con los años, esos juicios no han cambiado, Farabeuf sigue siendo la novela más singular, aislada y extraña de las letras mexicanas, acaso la más terrible y lúcida para entrever el fondo descarnado de la dualidad erotismo y muerte. Es el libro central de Elizondo, tal vez la expresión más acabada de su maestría, pero también el más terrible.

Claudia Reina, luego de considerarlo un autor notable y maldito, “no puede dejar de verse a Farabeuf como una novela llena de erotismo (sádico, masoquista, perverso, pero erotismo)”, lo reconoce como un creador excepcional de infiernos: “Farabeuf es un libro siniestro, oscuro, perturbador, confuso […]; es un infierno textual digno de Salvador Elizondo”.7

Desde 1965 corría ya la leyenda Salvador Elizondo como el escritor más original (léase extraño, extravagante) de su generación, y no ha cesado de hacerlo. “Al resaltar la propensión a la vida interior, vale hacer énfasis en que nos hallamos ante un espíritu agitado.”8 Esta explicación de Daniel Sada ofrece una clave de la literatura de Elizondo: la vida interior y sus demonios. Visto así, buena parte de la obra de Elizondo, las novelas y los cuentos (lo que solemos llamar ficción), pero también sus ensayos y otros escritos, responden al mismo impulso que anima la Autobiografía.

Esa mirada a su pasado se proyecta sobre el futuro,  explícita o insinuada, textual o cifrada, en la narrativa que escribiría en la segunda mitad de su vida. La nostalgia, la melancolía, el extrañamiento ante el mundo, la lucidez y el registro estético de la Autobiografía aparecerán en otros libros. Las razones para escribir una autobiografía pueden ser muchas, en el caso de Elizondo, por prematura y lúcida, por su intensidad y belleza, la Autobiografía revela al hombre y las claves de su literatura, pero también es un libro que debería estar en el “canon” de Elizondo y no al margen de la obra.

La Autobiografía resulta útil para explicarnos su formación, aficiones, y rasgos de temperamento, y ayudarnos a comprender tan singular personalidad”,9 escribe José Luis Martínez, sin darle, como tantos críticos y comentaristas, un lugar en la obra; sin omitirla, no es leída como un libro con plenos derechos y poderes y casi siempre ha sido recibida como un documento extraño, escandaloso y marginal: “Mi visión esencial del mundo es poco edificante; en realidad, no apta para ser difundida”,10 dice Elizondo de sí mismo; mejor aún, de un personaje de ficción, escrito, llamado Salvador Elizondo.

No es un caso único, Borges también lo hizo, escribió sobre sí mismo con nombre y apellido, con su condición y circunstancia, pero era otro. Elizondo al escribir se escribe, dice Octavio Paz;11 así es, y lo hace como ningún otro autor de las letras mexicanas. Elizondo parte del acto mágico de escribir para llegar a la escritura misma (“escribo que escribo viéndome escribir que escribo”) y desde la escritura misma saltar a la celebración de la inteligencia y el pensamiento.

La imaginación y el argumento, el tema y la trama están subordinados a la escritura, a la revelación de lo escrito, a la dicha de ejercer el placer de escribir y ver asombrado las palabras que se fijan en el papel y se extienden y fluyen para llenarse de sentido en el pensamiento o el tiempo o en imágenes como una secuencia cinematográfica. Elizondo es un autor estructurado  y  pulcro en extremo. La suya es una búsqueda de la escritura con rigor matemático, de una nitidez simétrica tan bella e inteligente como lúcida y fría.

No es difícil imaginar que Elizondo también hubiera destacado en la lógica formal, en la filosofía de la ciencia. Dice Juan Malpartida: “Pasión de científico, aunque nada positivista. Pasión analítica que, en muchas ocasiones, se consume a sí misma en su propia mecánica, en su propia dialéctica, siguiendo fatalmente la herencia de su admirado Valéry, el poeta que prefería escribir un poema secundario sabiendo lo que escribía a escribir un poema genial de manera inesperada”.12

Una de las lecciones de Elizondo es el rigor, la calidad de su prosa, la pureza de su argumentación. Pero esas virtudes no lo libraban de la ficción. Una biografía también es una novela, y una autobiografía es la novela  cuyo protagonista es el autor de la novela. La autoficción es hacer literatura de ficción a partir de la vida del escritor. La autobiografía narra la vida de Elizondo y es a la vez un texto de ficción y esta verdad tan evidente, que despierta suspicacias entre algunos críticos, de ninguna manera devalúa la calidad del relato de su vida.

Escribe: Dermont F. Curley: “todo lo que ha escrito Elizondo, ya sea un libro de poemas poco logrado, un cuento, un ensayo crítico o una novela experimental, forma parte del intento de esculpir, de formar, su propio universo literario y dramatizar su vocación por la escritura. Sus puntos de vista sobre la literatura, el arte, la fotografía o el cine revelan una clara propensión y la confirmación de sus obsesiones privadas”.13 Al crítico le faltó incluir en su lista los textos biográficos, la Autobiografía, tan literaria y narrativa y de ficción como cualquier otro.

Dice Curley: “Según Elizondo, el género autobiográfico sólo es exacto y sincero en la medida en que el lenguaje le permita serlo. Más importante que al sinceridad es el lenguaje, junto con l actitud y la aplicación del escritor a lo que escribe”.14 Elizondo no podría haber sido más claro sobre su Autobiografía en una entrevista con Adolfo Castañón: “con un criterio estrictamente literario, distorsionando muchas veces hechos de la realidad que merecían, en aras de la literatura, ser un poco aderezados para que fueran más interesantes. Yo conté allí, puedo decirlo ahora, muchas mentiras, no mentiras en el sentido estricto de la palabra, de que no fueran ciertas, sino que eran medias mentiras. Había algo de realidad, pero había tanta realidad como fantasía, o muchas veces más fantasía que realidad”.15

No hay diferencia esencial entre una biografía y una novela, entre una autobiografía y una novela, una pieza de escritura de ficción. No sólo es así sino que no podría ser de otra manera. El relato de la verdad objetiva y neutra, si tal es posible, tendría que buscarse en otra parte, pero tampoco la crónica y la Historia pueden ser la verdad y solo la verdad y toda la verdad. De hecho, no lo son. En el caso de la Autobiografía la objetividad y verosimilitud quedan hechas añicos desde el momento mismo en que el narrador hablará de sí mismo y su experiencia vital, su educación sentimental y su formación estética.

Cualquier suceso que pasa por las manos y las palabras de un escritor, aunque se inscriba en la Historia, pasa a ser ficción. Un escritor no miente, y menos los más grandes y profundos; un escritor  inventa la realidad, le da imaginación, veracidad y coherencia, un lenguaje y un registro, un ritmo, un color, un ambiente, un tiempo, un punto de vista, todos esos elementos de la escritura que le dan singularidad a un texto; en una palabra, lo que hace que un escrito se inscriba en la obra y el talento y el pensamiento de un escritor. 

“La literatura no es la vida, mucho menos la descripción realista de ella. Por una parte, existe el papel que desempeñan la fantasía y la imaginación; por otra, el criterio estrictamente literario, el arte empleado. A expensas de una “mentirita” se proyecta la verdad no una verdad moral, no el bien o el mal, sino la expresión por escrito de una idea o emoción ideal.”16 

La célebre “verdad de las mentiras”, la aproximación a verdades esenciales desde la imaginación y su mezcla con el recuerdo, con trozos de hechos reales, la especulación y la evocación del sueño y el mito es la vía correcta, útil y necesaria. Tal vez la ficción sea la única manera en que podemos mirar con nitidez la realidad. Abrumados por ésta, necesitamos de la imaginación para explicarnos el mundo y al compleja condición humana.

Una autobiografía es una manera directa de abordar el recuerdo imaginado de la propia vida, que da pie y sustento a mucho más, una visión del mundo, un paseo por la cultura, una búsqueda, una tentativa de responder a preguntas esenciales, una reflexión histórica, un ajuste de cuentas, un corte de caja, una explicación al camino recorrido, una búsqueda del que falta por recorrer, un vislumbre de sí mismo. “Si concebimos la autobiografía como una forma de escribir, tenemos también la libertad de emplear un lenguaje que vuelva trascendentes algunas experiencias que aparentemente no lo son”.17

Es decir, una autobiografía es también literatura  pura y dura, tanto como una novela o un cuento. Su singularidad consiste en que la vida del autor coincide, al menos en líneas generales, con la del personaje que ha creado. El autor es el único habitante y creador de una escritura de la que no es el único lector. Las razones de ese escrito, las causas profundas en el caso de Elizondo no son un secreto. Decía Elizondo en 1967: “publiqué una pequeña autobiografía en al que yo creo que, en cierta medida, cuando menos, he puesto todas aquellas cosas de mi vida personal que he considerado que han sido importantes en la búsqueda y en el encuentro de mi vocación de escritor. […] Cuando digo escritor estoy admitiendo o estoy proclamando una vocación de la que no puedo escindir el sentido de mi vida personal. Es decir que mi vocación forma parte íntima de mi vida personal”.18

La Autobiografía en sentido estricto no se llama así. En la cubierta dice: “Nuevos escritores mexicanos del siglo XX presentados por sí mismos. Salvador Elizondo”. La palabra autobiografía aparece en la página 13, al inicio del texto. El libro tuvo éxito y contribuyó a forjar la leyenda de Elizondo. Pronto fue visto como el genio y el loco, el extraño y el perverso por antonomasia en las letras mexicanas. Elizondo vivió con el estigma de ser el brillante y el perturbado, el cosmopolita y el extraño, el esnob y el outsider. El que lo sabía todo y el de los juicios más extraños.

Agotada la edición no permitió que la Autobiografía volviera a reeditarse. Los ejemplares disponibles alcanzaron precios muy elevados. En la medida que Elizondo ganaba prestigio y reconocimiento, su Autobiografía se volvía un libro secreto, en documento imprescindible de ciertos círculos literarios, en objeto de elogios y censura. Era un libro maldito prohibido no por la censura sino por su propio autor. En los cafés y las aulas, en las redacciones de las revistas y los diarios, en las editoriales y las librerías se hablaba del  libro que era verdaderamente inconseguible.

Con los años, no fue difícil conseguir un juego de fotocopias si se preguntaba por el libro aquí y allá, y se habló de ediciones piratas. Sin duda, fue la circulación ilegal e informal del libro en estos soportes lo que llevó a Elizondo a permitir una reedición de un libro que no quería volver a publicar pero circulaba por las calles. Volvió a editarse en el año 2000 con la autorización del autor bajo el nombre de Autobiografía precoz. Desde entonces, ha sido publicada19 varias veces.

La Autobiografía ha sido vista como un libro que contiene, en particular hacia el final, ante el derrumbe del personaje y el fracaso conyugal, algunas de las páginas más perdurables y malditas de la literatura mexicana. 

En esa pequeña joya encuentran su sitio el descubrimiento del erotismo, la melancolía, la soledad, del ensimismamiento, la construcción de un mundo propio, lucido, absurdo, radical, impenetrable, absurdamente inmaduro y adolescente. Los amigos, el alcohol y el burdel y luego el llamado del amor y con éste, el descubrimiento de la poesía y el encuentro con la vocación literaria. La búsqueda de la esencia de la poesía y la misión del poeta. La fallida vocación de pintor, el largo camino para hacerse escritor, que sólo se consigue con la voluntad y el ejercicio del oficio que consiste en sacar el mejor provecho a eso que suele llamarse talento. Para conseguirlo, el novel escritor se hace en sus lecturas, ante la vida y las palabras, en su manera de estar, de mirar. En la introspección, en la experiencia vital, en tomar por asalto la cultura, en su manera de ver cine y pintura, de mirar arquitectura y caminar por las calles de su barrio o por París o Roma o Londres, ahí es donde se hace un escritor. Un escritor se hace en su conciencia y sus palabras.

La Autobiografía es un libro cínico e incorrecto, misógino y presuntuoso, doloroso y crudo con una impecable lección estética. Esas cincuenta páginas, intensas e inolvidables, tienen un lugar entre los libros preclaros de la literatura mexicana. Son el relato de un destino literario en el que el amor y la locura pasajera, el horror y la pesadilla, los recuerdos y la cultura se funden con astucia literaria. Es inútil pretender contrastar esas páginas con la vida del autor, la Autobiografía es simplemente gran literatura. ▪

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1Propósito Editorial”. Salvador Elizondo. Autobiografía (Nuevos escritores mexicanos presentados por sí mismos) Empresas Editoriales, S. A. México, 1966. El tiraje fue de dos mil ejemplares.
2 Al parecer, son 83 los cuadernos inéditos que dejó Elizondo. Una selección se publicó en Letras Libres a lo largo de 2008 (http://www.letraslibres.com/revista/convivio/diarios-1958-1963-el-oficio-de-escribir?page=full). A los cuadernos que escribía de noche, Elizondo los llamaba con toda justicia noctuarios. La fotógrafa Paulina Lavista, esposa de Elizondo, comentó: “Salvador encontró que en el encamado nocturno hacía muchas cosas. Era para él como meterse a un sueño: acompañado de su whisky y sus pinturas, se ponía a escribir y a dibujar, una especie de viaje hacia la aventura del recuerdo. Él sostenía que lo que se escribía y hacía a esas horas era muy diferente a lo que se podía hacer durante el día”. La Jornada, La Jornada de enmedio, página 3ª, 26 de agosto de 2012.
3 Novela de amor y horror, de violencia y locura, de sadismo y magia, de aparecidos y desaparecidos, de mutaciones y desdoblamientos, es una narración extraña y de difícil clasificación en nuestras letras […] se lee sucesivamente con curiosidad, con aprehensión, con malestar físico que a punto está de convertirse en  náusea, con rabia […] con desaliento, con avidez y siempre con provecho artístico (Emmanuel Carballo, en el “Prólogo” a Salvador Elizondo (Autobiografía), Empresas Editoriales, México, 1966, pp. 5, 7. 
4  Juan Vicente Melo celebró la aparición de la “novela del tiempo, de la memoria y del olvido pero, sobre todo, novela del amor en sus más extrema manifestación: la del éxtasis de la tortura, la del ceremonial del terror […]. Utilizando procedimientos propios de ese género que se ha dado en llamar la ‘antinovela’ y de Alain Resnais, Elizondo ha realizado el experimento más ambicioso e importante en la novelística mexicana de los últimos años” (Revista de la Universidad de México, agosto 1966, p.31).
5 “Con Farabeuf […] llegaba a la llana y directa literatura mexicana el sentido alucinante y morboso, el juego de la ambigüedad y la presencia intercambiable de la perversión, el horror y la belleza (José Luis Martínez, “Contestación” a “Regreso a casa”, discurso de ingreso de Salvador Elizondo al ingreso a la Academia Mexicana correspondiente a la Española, Coordinación de Humanidades, UNAM, 1982, p.32).
6 Octavio Paz. Generaciones y semblanzas. Dominio mexicano. Obras Completas, tomo IV. FCE, México, 1994, p. 90.
7 Hay que reconocer a Salvador Elizondo como un creador excepcional de infiernos; quizá este sea el punto de inicio para una aproximación a su obra; sin embargo, no es lo único que debe tomarse en cuenta, está también su inclusión dentro de la categoría de escritor maldito, sus influencias literarias provenientes de escritores satánicos (el término no es tan alarmante como parece) y las ideas que subyacen y a veces se repiten (no como tautologías sino como motivos de nuevos descubrimientos) dentro de su obra.
   “Qué es ser un escritor maldito. Un recorrido por la historia literaria proporciona nombres que pueden contestar a esa pregunta: Baudelaire, Lautréamont, Bataille, el Marqués de Sade, Rimbaud, Poe. Un escritor maldito va al encuentro de las fuerzas oscuras de la naturaleza humana, desciende a los infiernos, tiene conversaciones sagradas con el demonio, es un poseedor de obsesiones oscuras, casi ininteligibles, tenebrosas, y lo que lo conduce a esto es un estado de zozobra interior que acaso pueda encontrar consuelo en la blasfemia. Las flores del mal y Cantos de Maldoror son ejemplos de esta literatura maldita.
    “Un escritor maldito no elige serlo, lo es sin remedio, y tiene que soportar el estigma y el goce de serlo. Salvador Elizondo tiene una vida que refleja su alianza con las fuerzas oscuras que estarán expresadas en su literatura. Sufrió de depresiones, alucinaciones, delirios, hasta el grado de tener que ser internado en un hospital psiquiátrico; su mirada siempre estuvo fija en escritores con los cuales se sintió identificado y a su vez lo influyeron, y en general tuvo experiencias tanto personales como literarias que le transmitieron un conocimiento preciso y perverso del mundo de las sombras del alma humana”.  Claudia Reina, “La escritura maldita en Farabeuf”, en http://www.lamaquinadeltiempo.com/algode/elizondo.htm (consultado en octubre de 2012).
8 Daniel Sada en "La escritura obsesiva de Salvador Elizondo", en http://www.revistadelauniversidad. unam.mx/6609/sada/66sada04.html (consultado en octubre de 2012).
9  José Luis Martínez, “Contestación” a “Regreso a casa”, discurso de ingreso de Salvador Elizondo al ingreso a la Academia Mexicana correspondiente a la Española, Coordinación de Humanidades, UNAM, 1982, p. 29.
10 Salvador Elizondo. Autobiografía (Nuevos escritores mexicanos presentados por sí mismos) Empresas Editoriales, S. A. México, 1966, p. 13.
11 Octavio Paz, Op. Cit.
12  Juan Malpartida, “Salvador Elizondo, el grafógrafo”, prólogo a la Narrativa completa de Salvador Elizondo, Alfaguara, México, 1999. Esta edición de la narrativa completa incluye los libros: Narda o el verano, Farabeuf, El hipogeo secreto, El retrato de Zoe y otras mentiras, El grafógrafo, Camera lucida y Elsinore. La Autobiografía no está en esta edición; quizá porque no es considerada “narrativa” o ficción”, en cualquiera de los dos casos es una ausencia notable.
13 Dermont F. Curley, En la isla desierta. Una lectura de la obra de Salvador Elizondo, Universidad Autónoma Metropolitana-Cuajimalpa y Editorial Aldus, México, 2008, p. 114-115.
14 Dermont F. Curley, Op. Cit., p. 115.
15 Adolfo Castañón, “La escritura como experiencia interior: entrevista a Salvador Elizondo”, Mascarones 5: Boletín del Centro de Enseñanza para extranjeros 5, julio-septiembre de 1985; Citado por Dermont F. Curley, Op. Cit., p. 115.
16 Dermont F. Curley, Op. Cit., p. 116.
17 Salvador Elizondo, “Salvador Elizondo”, Los narradores ante el público, Joaquín Mortiz, Vol. 1, México, 1966, p. 167. Citado en Dermont F. Curley, Op. Cit. P. 116.
18 Salvador Elizondo, Op. Cit., p. 155. Citado por Pablo Martínez Lozada en “Confesiones de una máscara” en Cámara nocturna. Ensayos sobre Salvador Elizondo, presentación y compilación de Daniel Orizaga Doguim, Fondo Editorial Tierra Adentro, 437, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, México, 2011, p. 19.
19 EditorialAldus, México, 2000. El mar de iguanas (Atalanta, Barcelona, 2010) es un volumen que reúne los tres textos manifiestamente biográficos de Salvador Elizondo: La Autobiografía (ahora llamada Autobiografía precoz), el cuento “Ein Heldenleben”,  la nouvelle  Elsinore  y una selección de los noctuarios.

         
(Una versión de este ensayo fue publicada, gracias a Ernesto Garcianava, director editorial, en El Bibliotecario, Dirección General de Bibliotecas del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, México. Número #86; julio-septiembre de 2012.)

14 de abril de 2013

La despedida matutina de dos amantes

El viernes en la mañana iba al trabajo según las circunstancias: el traje planchado, la camisa blanca inmaculada, peinado a conciencia, impecable el nudo oxford de la corbata. Escuchaba las noticias de la radio. Todavía no eran las ocho. Un taxi se detuvo delante de mí en la Avenida de los Insurgentes. Entonces los vi, eran los enamorados. Él abrió la puerta trasera del taxi, caballeroso, atento. Se volvió y la abrazó como si fuera a perderla para siempre en el momento en que ella se subiera al taxi.

Ella llevaba un vestido color durazno que seguramente no era la mejor opción para una mañana fresca, demasiado corto, con un escote generoso y la espalda descubierta. Llevaba los zapatos de tacón en la mano. La melena estaba del todo revuelta como sólo podría estarlo a fuerza de caricias, el maquillaje seguramente había lucido mejor durante la noche. Él tenía cara de que no comprendía del todo las razones de su dicha y por las que ella se iba. Despeinado, atónito, llevaba una camisa blanca arrugada y mal abotonada por sobre los pantalones negros.

Algún automovilista tocó el claxon. Luego, otros los siguieron, de mala manera. Yo miraba, y comprendí que estaba delante del hecho más importante del día, de un prodigio, de una escena intensa, dulce y pura, que trascendía a los dos protagonistas, digna de insertarse en los anales de las escenas amorosas callejeras.
Aquellos dos se besaban y se volvían a besar en un beso que podría no haber concluido nunca. Se abrazaban como si se aferraran a un madero en medio del mar. Una noche puede parecer una eternidad, pero la desolación del otro día puede ser infinita.

Aquellos dos se abrazaban y se besaban como si en ello les fuera la vida, deseando fundirse en uno en ese acto, como si tuvieran la amarga certeza de que no volverían a verse nunca. Las manos iban del pelo a la cintura, del cuello al rostro, de arriba abajo. Se besaban las bocas y los ojos, las mejillas, los cuellos, las manos.

El taxi aguardaba, los automovilistas tocaban el claxon cada vez con más rabia y furia. Yo miraba, sólo miraba el prodigio de la escena como epifanía que se me había concedido presenciar. Empecé a imaginar historias. Condiciones, situaciones, circunstancias, las razones y las sinrazones... Luego, en algún momento después de las ocho, se separaron. Ella subió por fin al taxi. El taxi partió hacia el norte por la Avenida de los Insurgentes.

Él se quedó ahí, en la acera, en esa esquina, con una mano que hacía un gesto de despedida o lamento. Me hice preguntas que me repetí toda la mañana en la oficina. ¿Quiénes eran? Ella, ¿adónde iba, adónde volvía, de mañana, despeinada, con el maquillaje estropeado, con ese vestido durazno, cubierta de besos y con los zapatos en la mano?

9 de abril de 2013

El peso de una novela

Algunas historias parecieran tan frágiles y delicadas como las alas de una mariposa por la transparencia de su prosa y su impecable precisión, pero en cada página se revelan tan fuertes, duras y poderosas como la cornamenta del rey de los antílopes. 

Algunas novelas son tan bellas y verdaderas que a cada página crece el goce de la lectura tanto como el asombro y la dicha de leer un libro tan bueno. Con la impunidad del cazador furtivo, con la inocencia de la presa, me he sumergido en estas páginas para descubrir que el peso y la huella de un libro en el ánimo y la memoria se miden por su escritura verdadera tanto como su sabiduría para contar su historia con autoridad y mostrar la complejidad infinita de su pequeño mundo real.

Esta novela es dura y definitiva como un disparo en la pradera, vertical como un acantilado, sensible como el miedo, profunda como el instinto. En ella caben el hombre y el antílope, las estaciones y sus ciclos de vida, el depredador mayor y la lucha por las hembras y el poder, la lucha ritual y abierta en el reino animal, la torpe y acaso imposible relación con una mujer, el canto de una armónica que impide la relación con otros hombres, la decadencia y por tanto el principio del fin de un reinado y de una vida.

Aquí se cuenta una historia, pero también sucede un lenguaje, un ritmo, una sabiduría narrativa. Todo cabe en la novela porque todo está en su sitio. Todo brilla y sucede en armonía porque todo está en equilibrio, los rivales antagonistas, los diáfanos misterios, la intimidad del orden de la vida, la terrible belleza de un mundo cruel, el mejor de los mundos posibles, según Leibniz.

Una línea de prosa puede y debe ser tan perfecta e invariable como un verso de un poema, sentenció Flaubert, y tal vez Erri de Luca lo tenía muy presente mientras componía con maestría y dueño pleno de su oficio Il peso della farfalla (El peso de la mariposa; Sexto Piso), impecable pieza de escritura, novela ejemplar, asombrosa del título a la última palabra. La belleza sucede y suele ser inexplicable.

7 de abril de 2013

Un grifo, un punto, un destino

El grifo de la cocina tiene una palanca de diseño moderno que si es movida de izquierda a derecha el agua sale caliente o fría, y al accionarla de arriba abajo permite o no el paso del agua y gradúa la intensidad del chorro. Nada nuevo, salvo que esta palanca se cierra en un punto neutro, por así decirlo, que yo no puedo encontrar.

Por más que lo intento, cada vez que lo uso no puedo cerrarlo del todo, una gota incesante en fuga da cuenta de mi fracaso. Lo intento una y otra vez y no puedo dejar la palanca en ese punto exacto en el que deje de salir el agua. Cada vez que mi mujer ve la gotera, hace un gesto, me mira con indulgencia una vez más y en un segundo pone a la palanca en su sitio y deja de salir agua. Yo miro ese proceso como un prodigio, asombrado por la manifestación de un arte o conocimiento superior que no me ha sido revelado. (Así ha sido desde que nos mudamos a esta casa, hace años, sin faltar ni una sola vez.) Ella abre y cierra el misterio como si sólo abriera o cerrara una llave de agua.

No me he resignado, pero he comprendido que por alguna razón no puedo cerrar el grifo. La fuga de agua me acongoja tanto como mi torpeza. Escucho caer las gotas y en esa clepsidra cuento mis intentos y la dimensión de mi derrota que se extiende gota a gota en el tiempo.

Pero algo ha cambiado. Desde hace unos días ha dejado de ser un asunto doméstico y la palanca del grifo de la cocina es mucho más que la palanca del grifo de la cocina y la gotera de agua es mucho más que la gotera de agua. Empiezo a sospechar que no domino el arte de cerrar el grifo porque en ese punto de equilibrio, en esa posición única, ahí encontraría tal vez algo extraordinario. Sí, me digo, debe de haber una causa superior, un dios se opone a que yo cierre el grifo porque en ese acto podría encontrar la piedra de toque de toda una filosofía, el último verso memorable y perfecto de la lengua española, la respuesta a algunas de las preguntas esenciales. 

Tal vez podría adquirir un poder desmesurado, cósmico, como el conocimiento del punto en el que la palanca del grifo se situara en el lugar exacto en el que Arquímedes encontraría el punto de apoyo que necesitaba para mover el mundo, o tal vez me sería dado, me digo, la gracia de la visión total, absoluta y aniquilante, el Aleph del que da noticias Borges, el punto o lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos.

Desde que comprendí la razón de mi incapacidad para cerrar el grifo (para domar al ser fabuloso), mis intentos son el compás de espera; en ese reloj de agua cuento y aguardo el momento en que se revelará mi dicha, mi fortuna, mi destino.

9 de febrero de 2013

El 9 de febrero y la lección de Reyes

El 9 de febrero de 1913 murió el general Bernardo Reyes en una carga de caballería contra el Palacio Nacional. Fue el inicio de los sucesos de la llamada Decena Trágica. Al final de ese pasaje tan oscuro y vergonzoso fue consumado el golpe de Estado y asesinado el presidente Ignacio I. Madero. 

Los hechos de ese día, de esos diez días, con sus múltiples significados, que van del heroísmo a la vileza, de la traición abyecta a la lucha por la legalidad y la justicia, del asesinato vil e ignominioso al idealismo y la búsqueda de la instauración del ideario personal, de la lucha entre los caudillos a la lucha por la instauración del Estado de Derecho, quizá muestran nuestras más profundas contradicciones y nuestro idiosincrasia para hacer política; tal vez con los hechos de esos días podría cifrarse una lección profunda y decisiva de nuestra historia, de nuestra manera de estar en el mundo. 

Ese día fue nefasto para el país, y para Alfonso Reyes, que perdió a su padre. Ese día quedó señalado como una fecha clave en la historia y en la vocación y la trayectoria de don Alfonso, faro perenne, lúcido y deslumbrante de nuestras letras. Su obra entera, nos recuerda Jesús Silva Herzog-Márquez en un oportuno apunte, encuentra su razón de ser, su origen y motivo en esa fecha. 

«Fue la tragedia del cuerpo ensangrentado de su padre lo que marcó el compromiso excéntrico con su patria, su idea de la cultura como salvación, su fe en la civilización, su fe en la civilización como esperanza de convivir. Un sentido del deber que no se subordina a la pedestre exigencia de la política, sino que se planta afuera, antes de ella: en el deber de volver hospitalaria la tierra nuestra, tan agreste y tan hostil.» No puedo imaginarme un fin más noble. 

La "Oración del 9 de febrero" (Memorias. Obras Completas, Tomo XXIV), compuesta en Buenos Aires en 1930, nos dice el erudito José Luis Martínez, y terminada el día que el general Reyes había de cumplir sus ochenta años, diecisiete años después de los acontecimientos de 1913, nunca fue publicada por Reyes. Si bien esa fecha lo marcó para bien y para mal, «esa fecha terrible, inmensamente dolorosa de su parto moral, de su verdadero nacimiento intelectual», dice Silva Herzog-Márquez. 

Es posible que así haya sido. Reyes, maestro en la mesura y la precisión, señor de la decencia y la prudencia, modelo apolíneo de la pulcritud y del pudor, por no hablar de la sabiduría y la sintaxis, en la "Oración del 9 de febrero", escrita en memoria de su padre, se muestra hombre, huérfano lúcido y dolido de cuerpo entero. 

«Junto a él no se deseaba más que estar a su lado. Lejos de él, casi bastaba recordar para sentir el calor de su presencia», dice Reyes, y reconoce claramente las distancias y diferencias: «Él me llevaba más de cuarenta años, y se había formado en el romanticismo tardío de nuestra América. Él era soldado y gobernante. Yo iba para literato». 

La muerte del general fue «una violenta intromisión de la metralla en la vida y no el término previsible y paulatinamente aceptado de un acabamiento biológico. Esto dio a su muerte no sé qué aire de grosería cosmogónica, de afrenta material contra las intenciones de la creación. Mi natural dolor se hizo todavía más horrible por haber sobrevenido aquella muerte en medio de circunstancias singularmente patéticas y sangrientas, que no sólo interesaban a una familia, sino a todo un pueblo [...] Por las heridas de su cuerpo, parece que empezó a desangrarse para muchos años, toda la patria». 

Si el padre, su muerte y su ausencia son un tema recurrente en la literatura mexicana,  la "Oración del 9 de febrero" es un texto indispensable de esa lista imaginaria y sus antologías resultantes. Tal vez el peso de la Historia, la circunstancia trágica y su peso en la vida nacional, hayan hecho de la muerte del general Bernardo Reyes un tema de historiadores y cronistas, pero este texto, lo devuelve a los lectores de un siglo después, al terreno pleno de la literatura. 

Reyes lo sabía: «La literatura puede ser citada como testigo ante el tribunal de la historia o del derecho, como testimonio del filósofo, como cuerpo de experimentación del sabio». Entonces alcanza su dimensión cabal su dolor filial: «[...] sufro porque presiento al considerar la historia de mi padre, una oscura equivocación en la relojería moral de nuestro mundo; me desespera, ante el hecho consumado que es toda tumba, el pensar que el saldo generoso de una existencia rica y plena no basta a compensar y a llenar el vacío de un solo segundo». 

Un siglo después todo está intacto. La historia, la violencia, el dolor del hijo, la oscura equivocación en la relojería moral de nuestro mundo

Reyes, el viejo abuelo, cuya obra es una caja de infinitas sorpresas, nos sigue alumbrando el camino, nos sigue dando lecciones.

31 de enero de 2013

Una lección de poética



In memóriam Rubén Bonifaz Nuño

Lo conocí hace muchos años, hacia mil novecientos ochenta. Tenía su tertulia en una taquería del sur de la ciudad en la que celebraba la poesía y la amistad. Entonces ya me parecía un viejo. Con la soberbia de un poeta adolescente le mostré el soneto que yo acababa de escribir. Lo leyó, volvió a leerlo, se entretuvo en alguna imagen del segundo cuartero. Lo celebró y me sugirió que quitara una i griega. No lo hice, por supuesto.

Dejé de verlo, pero me acercaba a su poesía con frecuencia, a veces con desgana, otras con entusiasmo: todo es bueno si la llama de la vida lo enciende. Un día me sorprendió que le escribiera una colección de sonetos a una mujer del mundo del espectáculo que fingía ser actriz en pésimas telenovelas. Ella era guapa y el poeta, que nadie lo culpe, se había enamorado.

Conversé con él dos o tres veces más. Hablamos de los autores griegos y latinos que traducía pero yo hubiera querido hablarle de la actriz de sus amores. He vuelto a sus libros (nunca el tema es de por sí poesía) y descubro que en cada nueva lectura me dice más. Sus poemas me parecen más reposados, más sabios y profundos. Para el verdadero encuentro me faltaban años.

Hoy ha muerto y en medio de la barbarie debemos detenernos y abrevar de sus palabras: En medio del alba mira el poeta [...] y encuentra, en el dulce canto que forma, un modo inocente de estar contento y de hacer el bien a los que pasan.

La partida de un poeta es un hecho pleno de significados. Es necesario y urgente hacer algo como leer sus versos hasta el fondo de la noche, su poesía vital, su poesía amorosa, sus versos vitales y amorosos. Sí, y después de la lectura, apabullado o empapado en su palabras, tal vez realice un sacrificio, un acto noble y sensato de justicia poética en memoria de aquel primer encuentro, tan lejano en el tiempo y tan fresco en mi ánimo. 

Tal vez reconsidere mi decisión y me incline y quite para siempre una i griega que seguramente le sobra a un soneto casi perfecto y tan soberbio como adolescente. Tal vez descubra con humildad que no ha terminado la intensa lección del maestro.

6 de enero de 2013

Procrastinar y los propósitos de enmienda

El inicio de un año, el comienzo de un nuevo ciclo, es el tiempo propicio para hacer, después de profundas y largas reflexiones, una lista con toda suerte de promesas, propósitos y enmiendas como si al vencimiento de una fecha se agotaran por arte de magia las razones y condiciones de tantas cosas que quisiéramos acabar o mejorar en nuestras vidas. La voluntad de ser mejores es una constante que perdura implacable a través del tiempo en justa correspondencia con los sucesivos fracasos de otros tantos intentos.

Procrastinar (del latín: procrastinare: diferir, aplazar) es un verbo que no solemos conjugar pero cuyo significado conocemos bien porque lo ejecutamos, por omisión, a pesar de sus consecuencias, con asombroso rigor e impecable constancia. Los abuelos tenían el remedio en un refrán: “No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”. Las agendas y los calendarios, los programas y objetivos son antídotos para esa tendencia a posponer las acciones en una fuga al infinito.

Procrastinar, ya sea un pequeño asunto o posponer para mañana lo decisivo, la gran obra, el gran proyecto, el amor o la vida misma (mañana empezaré a vivir), es más que un defecto y un vicio. Procrastinar puede ser la expresión de una filosofía, de un estado superior del ánimo o la conciencia, de una posibilidad de la condición humana que pueden ser elevados, por espíritus virtuosos, al punto de la obra maestra, como una más de las bellas artes.  

Ellos saben que no es simple pereza ni falta de entusiasmo, sino un acto de honda rebeldía, una inmovilidad y desprecio metafísico por ciertos asuntos, una aceptación profunda del orden cósmico, una resignación a ciertas manifestaciones de un estado del mundo. Procrastinar puede ser una acción positiva y activa porque alguien así lo ha decidido o porque revela una sabiduría no exenta de poética y contradicciones debidas a la certeza inmutable de que el cambio trascendente, como a veces la vida, está en otra parte.

Para decirlo con Constantino Kavafis, quien comprendía que el sentido de su poesía se afirmó en la vida disoluta de su juventud y que por ello sus remordimientos no lo han detenido mucho tiempo, sabemos bien, aunque nos engañemos con los ojos abiertos y no nos resignemos a las constantes pruebas y la múltiples evidencias, que los propósitos de enmienda no duran más de dos semanas.

31 de diciembre de 2012

Todas las mañanas del mundo

La novela corta es un género que permite rozar la perfección. La brevedad y la prosa contenida pueden generar tensión y sutilezas muy estimulantes para la imaginación. Como una pequeña obra maestra Todas las mañanas del mundo es un modelo porque sus páginas de impecable belleza sugieren y revelan mucho más de lo que dicen. Pascal Quignard es uno de los escritores más solitarios y asilados de nuestros días. Cada uno de sus libros, ¡y ha escrito tantos!, es raro, único e irrepetible.

Esta joya, preciosa como una viola del siglo XVII, es astuta, fina, sutil. Todo está ahí y todo alcanza su lugar: la cruda o procaz fisiología, el sino intenso de un músico, el señor de Sainte Colombe, a merced de los demonios de su arte, su maestría, la melancolía y la nostalgia.

Historia de un duelo conyugal, una historia de amor a su manera, a destiempo, es también la historia de la relación de un hombre con el poder absoluto, de un maestro al que la fama lo perturba, un padre que se afana en educar a sus niñas. La llegada de un joven llamado Marin Marais en busca de un maestro a la casa de Sainte Colombe será la piedra de toque del destino de éste y sus hijas.

Todo está ahí, el paso del tiempo, una nueva ilusión, la búsqueda del alma de la música mucho más allá del dominio de la técnica. Todas las mañanas del mundo (la película del mismo nombre, de Alain Corneau, tiene su encanto) es una novela para la memoria dotada de luz e inteligencia; un libro pleno de sabiduría y palabras justas que evoca, con sutil sensibilidad e imaginación, el goce único e inmenso, el consuelo inefable de la música.

30 de diciembre de 2012

Caronte viaja en el metro

El lunes 15 de octubre de 2012 una mujer joven se arrojó a las vías del metro de la ciudad de México. Escuché la noticia en un noticiario de la radio de las ocho de la mañana. No será la última en hacerlo. Hace ya muchos años en el metro había carteles de una campaña de prevención del suicidio de adolescentes con mensajes positivos, motivadores, y un número telefónico de orientación y ayuda.

Recuerdo la fecha porque esa mañana tenía una cita y la anoté en una agenda. La persona convocada no llegó al encuentro y después me dijo que se había suspendido el servicio de la Línea B porque una suicida se había lanzado a las vías al paso del convoy en la estación Garibaldi poco antes de las siete y media.

El 5 de diciembre de 2012 un hombre fue arrollado en el metro de Nueva York, cerca de Times Square. Ki-Suck Han, de 58 años,  intentó desesperadamente durante largos minutos subir al andén y no lo consiguió. Su muerte tiene tres elementos más que la hacen digna de reflexión. 

Un video revela que fue lanzado a las vías por un hombre con el que había discutido (el sospechoso fue arrestado por la policía). Nadie lo ayudó a subir al andén y un fotógrafo registró la foto más oportuna de su vida, justo unos segundos antes de que el convoy destrozara a la víctima.

El fotógrafo, pasajero que esperaba el metro, no sólo no lo ayudó, sino que tomó esa foto que publicó el diario The New York Post en primera plana, enorme, con un encabezado macabro, joya de la prensa amarillista: "Condenado. Arrojado al metro, este hombre está a punto de morir". La indignación y el escándalo sobre la responsabilidad ética de los medios y sus límites fueron inmediatos.

El 29 de diciembre de 2012, también en Nueva York, la policía arrestó a Érika Menéndez acusada de homicidio en segundo grado, motivado por odio, al empujar por la espalda a Sunando Sen, de 46 años, inmigrante indio, a las vías del metro en la estación 40 Street-Lowery en Queens. 

Menéndez, indigente, al parecer con trastorno bipolar, ha admitido que empujó a la víctima el jueves 27 de diciembre porque odia a los hindúes y a los musulmanes desde los atentados del 11 de septiembre de 2001. Si es declarada culpable, podría pasar al menos veinticinco años en la cárcel.

Menéndez “está acusada de cometer la peor pesadilla de todo usuario del metro: ser arrojado de repente y sin sentido a las vías de un tren que se aproxima", dijo el fiscal del distrito de Queens, Richard Brown.

Dicen las crónicas periodísticas que en 2012, 139 personas fueron arrojadas a las vías del metro neoyorkino y 54 de ellas perdieron la vida según un vocero del Transporte Metropolitano. Son demasiadas. A la muerte, la que ejecuta con violencia, le gusta viajar en el metro.

Yo recuerdo con gozo los miles de kilómetros que viajé en el metro mientras leía ávidamente sentado o de pie. Gracias a Julio Cortázar, en particular a la novela El perseguidor (Johnny Carter perdió un saxofón en el metro de París) y “Manuscrito hallado en un bolsillo”, cuento magistral de cuyo efecto devastador, tantos años después, no he podido reponerme, aprendí que el metro es mucho más que un medio de transporte, y que el juego de trenes y estaciones, correspondencias, escaleras que suben y bajan a profundidades considerables pueden ser esencialmente literarios.

En los túneles y la oscuridad, bajo tierra, en las entrañas de las ciudades, con iluminación artificial y absolutamente irreal, en la velocidad y el movimiento, no es difícil cifrar una vida o encontrar un gran amor, un poema revelado, el secreto de la dimensión del tiempo, un destino. 

En el metro se refugia la gente para protegerse de los bombardeos, para esconderse, para encontrar refugio, para pasar la noche con menos frío; ahí encuentran un sitio los que no tienen ninguno y han sido expulsados hasta de las calles de las grandes ciudades. Viajar en metro puede ser una lección de metafísica, un acto preparatorio, un paseo atroz o dichoso por el laberinto, un encuentro con el absurdo. Gracias a Cortázar descubrí que algo esencial puede hallarse al bajar las escaleras de cualquier estación del metro.

Ahora, más que nunca viajar en el metro se ha convertido en un acto peligroso. Una mujer se quita la vida por una depresión profunda o una decepción amorosa o porque se ha quedado embarazada o sin trabajo, con deudas o sin escuela; un hombre arroja a otro por una discusión seguramente irrelevante, un simple contratiempo sin importancia que ha tenido consecuencias fatales; una mujer arroja sin más a un hombre por odio a los musulmanes.

Me pregunto si Caronte, el barquero, el encargado de llevar el alma al otro lado del río Aqueronte, en un ataque de modernidad, no habrá decidido dejar la barca por un tiempo y usar el metro para ejercer su oficio. Tal vez no hay tanta diferencia entre llevar un óbolo bajo la lengua y meter un boleto en el torniquete y bajar las escaleras, descender, adentrarse en la tierra, seguir los propios pasos de cada quien en busca o encuentro del destino, en cualquier estación de metro, de cualquier ciudad del mundo.

La fecunda imaginación

Milan Kundera ha imaginado en el argumento de una de sus novelas una circunstancia y un personaje que son conocidos incluso por muchas personas que jamás leerán sus libros. La despedida (escrita en checo y publicada en 1972, también ha sido traducida como El vals del adiós), se desarrolla en un balnearia al que acuden mujeres que no pueden tener hijos.

El doctor Skreta, responsable del tratamiento para la fertilidad de esas mujeres, sabe que “es muy difícil obligar a la gente a tener en cuenta los intereses de sus descendientes durante el acto sexual” y está convencido de que “el hombre no puede seguir mezclando permanentemente el amor y la reproducción” y le interesa la “forma de practicar la reproducción sin amor”. Ante esa situación no encontró mejor remedio que fecundar a sus pacientes con su propio semen.

Con el riesgo de desprestigiar a los novelistas, su oficio y su fecunda imaginación, se podría pensar que la necia realidad se empeña en contradecirlos y nos muestra que tal vez sean atentos observadores pero aportan poco, muy poco a la relación de sucesos de este mundo.

Por su parte, el azar a veces urde tan bien sus hilos que la realidad pareciera una suma de coincidencias y hechos que guardan una estrecha relación. Acostumbrado a ellos, sólo les presto atención cuando llegan a mí sin buscarlos y con frecuencia ni siquiera tengo noticia de su existencia.


Ahora me entero que Cecil Jacobson, médico estadounidense, en los años ochenta del siglo XX, en su clínica de Virginia, siguió puntualmente las enseñanzas del personaje de Kundera. Exámenes de ADN mostraron que es el padre biológico de al menos setenta y cinco niños y que defraudó al menos a cincuenta y dos mujeres al inseminarlas con su propio semen. 

Fue condenado a cinco años de prisión, se le retiró su licencia para ejercer la medicina y se le concedió el Premio Ig Nobel de Biología en 1992, una burla y modelo de desprestigio por la vileza, bajeza o mezquindad y que debe su nombre a la palabra “ignoble” (innoble) y el apellido “Nobel”. Incluso se filmó una película para la televisión con el caso: The Babymaker: The Dr. Cecil Jacobson Story, también llamada Seeds of Deception, dirigida por Arlene Sanford en 1994.

Dos días después de conocer la historia de Cecil Jacobson, sin que tuviera interés en el tema ni buscara información, me enteré que David Gollancz, abogado inglés e hijo adoptivo, quiso saber quién era su padre biológico (otro hijo que realiza su telemaquia). Descubrió que es hijo de Bertold Wiesner, biólogo austriaco que fundó con su mujer, en los años cuarenta del siglo XX, una clínica de fertilización que alcanzó fama y renombre, la London Barton.

Otra vez las pruebas de ADN, en 2007, revelaron que en una muestra doce de las dieciocho personas nacidas gracias a los tratamientos de Wiesner eran sus hijos. ¡Dos tercios de los niños nacidos eran del propio Wiesner! Cálculos moderados sugieren que entre trescientos y seiscientos niños de los mil quinientos concebidos en la clínica London Barton entre los años cuarenta y sesenta pueden ser hijos de Wiesner, quien murió en 1972, mucho antes de que se descubrieran sus donaciones seminales. 

Nunca se sabrá con certeza el número de hijos que engendró y es probable que su mujer supiera sus fechorías o al menos sospechara de ellas pues destruyó los archivos de la clínica.

Hay que ser cauteloso con lo que uno imagina. Es probable que el Doctor Skreta, el personaje de Kundera, no haya sido el primero de esta pandilla de bribones, pero la única diferencia es que los otros dos son reales y han poblado la Tierra con sus muy particulares tratamientos contra la infertilidad. 

Si Milan Kundera en el ejercicio de su oficio hubiera imaginado sin la ayuda de la historia las fechorías de Wiesner y Jacobson, y es muy probable que así fuera, sólo se habrá demostrado, otra vez, además de que las mujeres pueden ser fértiles ante ciertos tratamientos (hay más maridos estériles de lo que se piensa), una verdad que no por sabida deja de sorprender: la naturaleza se empeña en imitar al arte y la realidad suele ser hija de la novela.


Adenda. Nota del 24 de mayo de 2017. Dice una nota del periódico fechada hoy en Ámsterdam: «Jan Karbaat, un médico fallecido en abril a los 89 años, inseminó en secreto durante décadas a decenas de mujeres que acudieron a su clínica de fertilidad holandesa. En vez de utilizar el esperma de los donantes anónimos que las clientas habían seleccionado por catálogo, Karbaat usaba el suyo.» Al parecer es una historia recurrente. Volvió a suceder la misma historia. Sigo convencido de que la naturaleza y la historia imitan al arte, pero la próxima vez que encuentre la misma historia (solo cambian los nombres y las circunstancias) empezaré a dudar del fecundo poder de la imaginación.

29 de diciembre de 2012

El tiempo y su escritura

Es necesario escribir rápido, con prisa, con urgencia. Asir el instante al vuelo y con él la vida. En esta sentencia no hay tiempo para la maduración, el pensamiento, la selección de las palabras. Esta escritura no puede ser de otra manera, la lentitud no la haría mejor. La escritura reposada perdería el instante. Es necesario decirlo todo en un momento.

No hay tiempo que perder porque se pierde solo, se fuga. El tiempo se escapa en espirales, en volutas, no se sabe si va o viene, o si es circular porque a veces pareciera que vuelve. No, se va. El tiempo huye, la escritura queda, es necesario escribir la escritura de lo que se fuga en este instante. Escribo deprisa, no hay palabra que perder, hay que contarlo todo, mirar lo que  pasa, admirarse de lo que queda. Es urgente abrir los ojos y en un parpadeo comprenderlo todo, vivirlo en un instante.

Escribo mi asombro. Todo sucede y pasa. Hay que decir que todo está en movimiento, la luz y la temperatura cambian. Se ha marchado el gato que hace un minuto estaba en el sillón. Se rompe el silencio, el precario equilibrio. El mundo cambia; también la gente cambia. El segundero vuela, el minutero corre. Escribo de prisa, la arena del reloj se agota. ¡Tiempo! Hasta aquí llega esta escritura.

4 de diciembre de 2012

El punto final

El oficio de escritor ofrece la posibilidad de una trayectoria tan larga como la vida misma, con frecuencia hasta el fin de los días del autor. Es posible escribir bajo condiciones adversas, en los sitios más inesperados, en el encierro y en el exilio, de día y de noche, con lluvia o sol.

Nada impide por sí mismo que alguien escriba salvo la ignorancia totalitaria del censor. Algunos, muy enfermos o venerablemente ancianos han dictado sus últimas obras (a juzgar por los ejemplos de algunos de los más grandes, la ceguera no es un obstáculo para la poesía). Tampoco nada obliga a un retiro, a una dimisión.

Aunque no se haya escrito ni publicado en mucho tiempo, aunque pareciera que el silencio y la desidia o el desgano se han impuesto siempre es posible el zarpazo inesperado y postrero de un poema, un ensayo o una novela. Mientras no se pierda lo que Cortázar llamó la fascinación de las palabras, mientras bulla la imaginación, y el estímulo del mundo y de la vida misma continúen animando el pensamiento, un escritor seguirá activo.

La condición de escritor está en la mirada, en el acto incesante de develar e interpretar el mundo y está en lo suyo aunque no escriba ni una palabra. No es necesario siquiera que tenga algo trascendente que decir, basta la voluntad de escribir, el goce y el deseo de hacerlo o la severa obligación impuesta por el cumplimiento irrestricto de un deber. El ejercicio del oficio tiene razones y secretos no del todo claros ni conocidos. El don de la escritura misma tiene algo de misterio.

Enrique Vila-Matas ha dedicado un libro, Bartleby y compañía, para comprender a los que de pronto dejan de escribir, a veces sin motivo evidente, y ha reunido una colección de historias y casos en su búsqueda de las razones de esa extraña conducta.

La sección mexicana de los bartlebys, ese club mundial de los que renuncian por siempre a la escritura, está presidida por un escritor portentoso, tal vez el mejor de los nuestros. Juan Rulfo imaginó un par de libros definitivos, inagotables, de una profundidad sin fin, dos obras maestras; las realizó y luego a otra cosa. De la palabra iluminada al silencio.

Tal vez un escritor así, después de alcanzar la cumbre, con clarividencia y sabiduría pretenda evitarse los sinsabores de la innoble tarea de superarse a sí mismo, esquivar el abismo de la repetición, la condescendiente conmiseración de críticos y lectores, el amargo vértigo de la acechante decadencia.

Carlos Fuentes murió a los ochenta y tres años con un libro más en proceso y estoy seguro de que no le hubiera disgustado caer fulminado sobre su máquina de escribir.

Escribir libros, en particular novelas muy extensas, exige una dedicación con voluntad inquebrantable que puede ser agotadora. El dominio de un oficio, aun la maestría absoluta, no garantiza que habrá un libro más y tampoco que el siguiente será tan bueno como el mejor que ese autor haya escrito.

Pareciera que cada libro tiene su sino y que el ejercicio del don de la escritura tiene algo de azaroso y novelesco. Sería estupendo dejar de escribir a tiempo, pero casi siempre el silencio viene por otras razones.

Tal vez por eso, a pesar de lo dicho, no sorprende que un escritor con muchos años encima dejé de escribir sino que anuncie su retiro y que esa proclama de jubilación voluntaria tenga en la prensa un carácter semioficial de muerte cívica con declaraciones, lamentos, despedidas solemnes, obituarios literarios y valoraciones y juicios que se pretenden definitivos.

Philip Roth e Imre Kertész se han despedido de la escritura. Roth, a los setenta y nueve años, con una bibliografía de más de treinta títulos, casi todos novelas, se despidió así: «No quiero leer ni escribir más. He dedicado mi vida a la novela: he estudiado, he enseñado y he leído. He dejado fuera casi todo lo demás. Ya basta. Ya no siento ese fanatismo por escribir que sentía antes.»

Roth, modelo de escritor profesional, de esos que escriben con disciplina ejemplar para publicar un libro al año, se ha cansado. Lavorare stanca (Trabajar cansa), es el título de un libro de poemas de Cesare Pavese. Los poetas saben lo que dicen.

Imre Kertész, el primer húngaro en recibir el premio Nobel, de ochenta y tres años, dice: «Ya no quiero escribir. Mi obra, que está tan relacionada con el Holocausto nazi, ha concluido para mí.» Sobreviviente de los campos de Auschwitz y Buchenwald, cree que ya no tiene nada que decir porque da por concluida su literatura sobre la experiencia fundamental de su vida: «El campo de concentración sólo puede imaginarse como texto literario, no como realidad.»

Si hacer literatura es contar el mundo, decir y cantar lo que mueve y sorprende, lo que uno se encuentra y la imaginación descubre, siempre hay razones para escribir. Renunciar a hacerlo, a no tomar más la pluma e iniciar una escritura en un cuaderno nuevo, es cerrar el capítulo trascendente de una vida dedicada a las palabras.

Nadie acaba una obra porque nadie termina nunca de contarlo todo, pero al parecer también la literatura y la vida misma cansan. Así y sólo así se entiende que un escritor declare que ya ha puesto el punto final.

14 de noviembre de 2012

El México de Le Clézio

Es un hombre alto, erguido, rubio, con el cabello muy corto, de rostro anguloso y gesto adusto en el que aparece y se esfuma en seguida una sonrisa. Su aspecto es distinguido y juvenil a sus setenta años, su trato cortés, sus movimientos suaves, serenos. Aun así, no es difícil adivinar su timidez, se nota que le pesa sobrellevar la celebridad.

Se llama Jean-Marie Gustave Le Clézio, obtuvo en 2008 el premio Nobel de Literatura (al que le resta importancia: «todos los premios son iguales») y es digno de reconocimiento al menos por otros dos hechos notables, al margen de su literatura: ha escrito sobre los pueblos y culturas originarios de México y su historia con una mirada singular y atenta, por lo que es una pena que entre nosotros sea tan mal conocido y menos leído. El segundo hecho es un hallazgo invaluable: he descubierto que es el escritor menos engreído y vanidoso del mundo.

Lejos de hablar de sí mismo y de su obra, a Le Clézio le gusta hablar de las lenguas minoritarias y del peligro de que desaparezcan, en cualquier parte del mundo («no sólo en México, en Bretaña, en Francia, también hay lenguas que se están muriendo»).

Dice con absoluta claridad, ya sea en francés o en inglés o en español, que sin educación no hay futuro (y ésta debe ser bilingüe o trilingüe) y que cada ser humano con su cultura, su condición particular e individual, acarrea un beneficio para su comunidad, la enriquece, por lo tanto debe ser respetado en su identidad, en su forma de hablar, en sus lenguas, sus culturas. Está convencido de que es necesario favorecer las relaciones interculturales porque la multiculturalidad no es suficiente, no basta que las culturas vivan una junto a la otra, es necesaria la comunicación y el intercambio, el diálogo entre las culturas.

Le Clézio es un escritor y viajero asombrado por el mundo, abierto a las culturas y geografías, interesado en los pueblos y sus conflictos, sus cambios, sus pérdidas. Nació en Niza, Francia, en 1940, hijo de un médico inglés y de una bretona.

Pasó parte de su infancia en África (El africano es un libro de memorias de la infancia tan bello e intenso como breve), se educó en Inglaterra y Francia y luego se marchó a la isla Mauricio (además de la francesa tiene la nacionalidad mauriciana), a la que había emigrado en el siglo XVIII una rama de su familia.

El gobierno francés lo envió a Tailandia, pero fue expulsado de allí por denunciar la prostitución infantil. Entonces lo mandaron a trabajar en el Instituto Francés de América Latina en la ciudad de México. Ese día cambió su vida. Si su primer contacto fue accidental, quedarse muchos años fue su elección. Para conocer el país empezó por leer las crónicas de Bernal Díaz del Castillo y recorrerlo de punta a punta.

«Todavía no acabo de conocer a México, para mí es un país misterioso que tiene tantas formas, caras, idiomas y maneras de pensar. Es el país de la aventura total» Vivió algunos años en Michoacán, aprendió lenguas e historia con la tutela del notable historiador Luis González y González. Luego se marchó a otros países, pero no deja de regresar a México, vuelve sigiloso y con el asombro intacto.

Le Clézio es uno más de los escritores franceses que han venido a México. Una lista intensa más que exhaustiva da cuenta de la fascinación que un país como un surtidor de culturas puede animar en espíritus inquietos: André Breton, Antonin Artaud, Benjamin Péret, André Pieyre de Mandiargues, Serge Gruzinski, Philippe Ollé-Laprune o Jean Meyer (gran amigo de Le Clézio), también estuvieron o aún están aquí y han escrito sobre este país.

No son pocas las páginas que J. M. G. Le Clézio (así firma) ha dedicado a México, la identidad amerindia, las marcadas etapas de nuestra historia. Dos títulos entre otros: La conquista divina de Michoacán El sueño mexicano o el pensamiento interrumpido (Fondo de Cultura Económica) y trabaja en un ensayo sobre tres escritores fundamentales para él: Sor Juana Inés de la Cruz, Luis González y González y Juan Rulfo, al que considera el mejor novelista del siglo XX.

Lo veo como a un amigo, y no me refiero a esa palabra con intención amable con que se saluda al turista extranjero, no a la expresión correcta y diplomática, me refiero al que vive y busca disolverse como uno más entre nosotros, al que se interese por nuestra historia.

«No soy un historiador, soy un novelista, no sirvo para otra cosa», dice, pero conoce bien el vínculo estrecho que hay entre la imaginación literaria y la verdad histórica: no puede concebir al mundo sin Historia ni historias, en especial porque los escritores son parte verdadera de la dimensión humana: no inventan, su tarea es relatar todo lo que han percibido: «El escritor es un testigo, un contador y, a veces, un mentiroso...

»Al encontrar la historia en México, hallé una dimensión que no existe en Europa: en México la historia está viva, se percibe como un elemento vivo y dinámico todos los días. Ser historiador en México significa algo totalmente diferente a serlo en Europa: donde la historia es algo distante, es una ciencia. En México, la historia tiene mucho más que ver con la fe o con el ser profundo de los seres humanos». Sí, para vernos en un ligero escorzo, al margen de su otra literatura, es necesario leer a Le Clézio.

14 de octubre de 2012

Salto al vacío en busca de sí mismo

Felix Baumgartner ha saltado en caída libre desde la estratósfera a poco más de treinta y nueve mil metros de altura. Abrió por fin su paracaídas a mil y tantos metros de las arenas del desierto de Nuevo México. Los periódicos hablan de récords y hazañas. Nadie ha querido ver en este acto un hecho metafísico, no un símbolo ni una metáfora, sino la búsqueda del sentido de su condición de hombre.

En el aire, sujeto a los vientos, en impecable soledad, frágil e inerme en ese viaje absurdo en el que se precipitó de vuelta a la Tierra a la velocidad del sonido, acaso supo del vértigo perfecto y del vacío absoluto. (Otros, para sentirlos, no tienen que salir de casa.) 

Su gesta nada tiene que ver con la aeronáutica ni los deportes de alto riesgo ni con la ciencia. Baumgartner es un héroe por otras razones: como todos los hombres necesitaba vivir la experiencia suprema de viajar con urgencia al sinsentido, de jugarse la vida, para vislumbrarse. El suyo fue un salto en busca de su razón de ser hombre en la Tierra. La suya fue una caída sin alas hacia sí mismo.

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Adenda: Nota del 17 de julio de 2025. Felix Bramgartener, campeón de las hazañas aéreas y espaciales, con las que se jugaba la vida, ha muerto en un accidente, hoy, en Fermo, Italia. Murió a los 56 años mientras practicaba parapento, un deporte de alto riesgo. Eso era lo suyo. Celebro su constancia y arrojo. Pero somos mortales, claro, y encontró su fin a su manera. No puedo imaginar mejor muerte para él.

Elogio de la Capilla Alfonsina

En una carta fechada el 31 de enero de 1957, Alfonso Reyes le agradece a mi abuelo Gabriel las notas y reseñas que éste había publicado en la prensa sobre la dilatada obra alfonsina. La carta tiene en la parte superior un gran sello en tinta con viñetas y motivos griegos (al fondo, un templo y un grupo de guerreros; en primer plano, un escultor con martillo y cincel trabaja en un frontón que bien podría ser el del Partenón) y al calce, con otro sello, el domicilio: «Av. Benjamín Hill, No. 122. México 11, D.F.»  

El papel es fino, ahuesado, y no es difícil descifrar estas últimas palabras que tanto me dicen, escritas con tinta azul y trazos rápidos: «Mi teléfono es 15.22.25. ¿Por qué no me habla un día y viene a conocer la biblioteca que Díez-Canedo llamaba ‘Capilla Alfonsina’? Un alegre abrazo de año nuevo. Alfonso Reyes».

No recuerdo cuando encontré esta carta, quizá entonces Alfonso Reyes había muerto unos treinta años antes, y mi abuelo unos veinticinco. Desde ese día imagino el encuentro, la conversación sobre libros y autores, las coincidencias y complicidades, aunque es posible que se frecuentaran desde antes, el «querido y frecuentado Gabriel Alfaro» da pie a suponer un trato respetuoso y un tanto distante que se rompería con esa invitación.

Lo que desde entonces me esfuerzo por imaginar es el primer instante de la fascinación, el hechizo que la casa de Reyes ejerció sobre mi abuelo, porque entrar a una casa diseñada y erigida para albergar una biblioteca en la que, luego, también pudiera vivir su primer lector y su familia, no es del todo común.

Existen casas —no tantas como quisiéramos los que no podríamos vivir sin la palabra impresa— en las que los libros ocupan mucho espacio, en algunas la biblioteca es el centro y sitio de la convivencia familiar, en otras uno podría pensar que los volúmenes han tomado la casa —el tamaño de las habitaciones por grandes que sean es irrelevante—y están dispuestos a expulsar a sus habitantes pues pareciera que se reproducen y multiplican.

Pero no me refiero a casas ordinarias con libros, la de Alfonso Reyes, la Capilla Alfonsina, como la llamó con inspiración y justeza Enrique Díez-Canedo, fue construida para buscar el conocimiento, fomentar la lectura, celebrar la escritura en un espacio iluminado con el aire más transparente, en el que los libros y las obras de arte, los objetos y los muebles están dispuestos para fomentar el milagro de los versos serenos y la prosa lúcida de Alfonso Reyes.

Díez-Canedo sabía que esa casa era una capilla en la que encontraba su sitio la antigua Grecia, la literatura toda y la civilización. Ahí tenía su asiento el universo entero de un sabio que había viajado por el mundo y lo comprendía porque lo había cifrado en su escritura. 

Ahí, entre esos muros con una gran vidriera, en esos dos pisos con un volado en el que el escritorio ocupaba el lugar central y presidía la asamblea y el diálogo de los hombres con los dioses, de los hombres con ellos mismos, desde el punto que le ofrecía una vista imponente de su biblioteca, Alfonso Reyes vivió y dio forma material a un mundo que es el complemento perfecto de su universo paralelo de palabras contenido en los veintisiete tomos de sus obras completas. Sí, Reyes también sabía que una biblioteca puede ser el modelo a escala humana del universo.

Cuando encontré esa carta de puño y letra de Alfonso Reyes, yo había visitado la Capilla Alfonsina varias veces y no he dejado de hacerlo, atraído por el espíritu imponente que la anima. No es difícil imaginar la vida y la grandeza de un hombre que le dio forma y volumen. Visitar la casa de Alfonso Reyes es un paseo, un gusto, una alegría, un ejercicio estimulante y acto de justicia poética, e imaginó dónde se habrá sentado mi abuelo Gabriel a conversar con el señor de la casa y de las letras mexicanas.   

La Capilla Alfonsina es, aunque abierta al público, un lugar secreto en la colonia Condesa de la Ciudad de México. Conservada como «capilla», es también un museo alfonsino, un centro de estudios literarios con actividades artísticas y culturales y una galería con la obra plástica que reunió Reyes a lo largo de su vida. 

La Capilla Alfonsina acaba de ser reabierta con una nueva propuesta museográfica que ha considerado los fondos artísticos y documentales. Ha sido puesta al día, pero la arquitectura, los objetos, los muebles, los cuadros, las fotografías, los objetos, algunos libros, lejos de ser testigos mudos, hablan y dicen lo que no han cesado de decir desde hace más de medio siglo, tras la muerte de Alfonso Reyes en 1959. 

Cuentan la vida de un hombre que quiso saberlo todo y explicarlo con una prosa que a cada punto y seguido parece un prodigio y cosa de encantamiento. Uno que nos enseñó que la literatura no sólo es ficción sino un atributo de la inteligencia que encuentra en la precisión, la limpidez y la claridad de pensamiento los mejores aliados del conocimiento, la belleza y la verdad. 

No se le puede pedir más a un hombre ejemplar que nos abre su casa y su obra de par en par y nos reveló el sentido del arte y del mundo como no siempre lo habíamos visto.