Si tras leerlo con atención y con él ánimo dispuesto un libro desfallece, si no nos conmueve y aun nos decepciona, si uno no puede gozarlo dos veces, no habrá valido la pena ni la primera lectura. Esa podría ser una medida que no hace gala de la diplomacia y la cortesía pero no excluye la justicia. Si un libro se nos cae de las manos, si no nos invita a volver a sus páginas, se habrá resuelto el desencuentro.
Alessandro Baricco va más lejos en el caso de los autores: un escritor, dice, no debe leer malos libros. No debe leer aquello que es inferior a su calidad. No hay razón para ello. Si después de unas páginas, las que sean, tres o cincuenta, el escritor encuentra, honestamente, que esa escritura es inferior a la suya, debe dejar de leer.
Inobjetable. Sin embargo, no es tan extraño encontrar lectores que se ha pasado media vida leyendo malos libros con impecable conocimiento de causa. Es posible que lean libros, uno tras otro, hasta el fin, con la certeza absoluta desde la primera página de que se trata de un libro muy malo (por no hablar del cine, las malas películas ejercen una extraña fascinación en no pocos espectadores que vuelven a ellas una y otra vez) y pospongan la lectura de autores mayores y de gran calado por no hablar de los llamados clásicos contemporáneos.
Más allá de los gustos y preferencias, de las discusiones estériles y los arrebatos, la mala prosa ensucia los ojos, se atora en la garganta, favorece la acidez estomacal, fomenta las pesadillas, enciende la cólera, cultiva el mal humor y perturba la razón. No soy partidario de censuras ni autoritarismos, pero hay ciertos productos en formato de libro que son nocivos para la salud.
Insisto: si un libro no vale la pena leerlo dos veces, no habrá valido la primera lectura. Respeto los gustos y las libertades, pero, por favor, oriente y ayude a sus vecinos y compañeros, a sus familiares y amigos: cuidemos la prosa que se consume. Es una cuestión de principios y responsabilidad ciudadana. La mala prosa es nociva, sus daños devastadores. Estamos, a fin de cuentas, ante un problema de salud pública.
28 de abril de 2013
La mala prosa
21 de abril de 2013
El silencio de los bosques
La primera noticia de El silencio de los bosques me la dio la propia Cecilia Urbina. Un día me habló de ella en un café. La novela no estaba escrita, pero Cecilia sabía muy bien lo que quería hacer. Me dijo: “Steve va al Louvre y no quiere saber nada del cuadro que mira: ni su nombre ni el del autor ni la técnica empleada o la fecha de composición. Nada. Sólo quiere observar los cuadros. Así también los osos, los pájaros, las pirámides, los árboles, los bosques. Mi personaje no quiere saber y no quiere contaminarse con la información que le dan otros, el mundo, los libros". No pensé que ese pudiera ser el punto de partida de una novela. Me alegro de haberme equivocado.
Novelista es alguien que ve y encuentra (Picasso decía: “yo no busco, encuentro”) una historia, un lenguaje, un punto de vista, una estructura. Alguien capaz de leer e interpretar y modificar la realidad para decir algo que no ha sido contado, o al menos no de esa manera. ¿A quién más se le podría ocurrir la historia de Steve? Un novelista ve una novela donde otros no la ven, incluso otros novelistas. Cecilia Urbina, entonces, es novelista.
Hoy separo en dos grupos a los libros: los que me dicen y me tocan, y los que nada me dicen. Los que me desquician y los otros. Los que me emocionan y los demás. Ya lo escribió Kafka: “Pienso que sólo debemos leer libros de los que muerden y pinchan. Si el libro que estamos leyendo no nos obliga a despertarnos como un puñetazo en la cara, ¿para qué molestarnos en leerlo?”.
No seré yo el que diga que El Silencio de los bosques es uno de esos libros que nos impone Kafka. No lo haré; esperaré pacientemente a que alguno de ustedes, sus primeros y naturales lectores, venga y me diga: “La novela de Cecilia Urbina me golpeó como un puñetazo en la cara”. Entonces, a ese lector o lectora le diré: “No me sorprende. Ponte un poco de hielo metafísico y sóbate el alma. Pero ahora dime, ¿qué te ha movido? ¿Dónde te duele más? ¿Qué cambió en ti? Y luego le diré: Por favor, envíale un ramo de flores a la autora. Dile: ‘Soy otra persona después de leer tu libro, o al menos: tu libro me ha permitido pensar sobre los árboles, los hombres, la soledad, el silencio, el abismo, de una manera en que no lo había hecho. Gracias’.”
Hay libros ejemplares en su composición, virtuosos en la técnica narrativa y que sin embargo no dicen nada que no hayamos visto en los manuales. Hay libros sobre temas gravísimos, dolorosos y amargos y, sin embargo, nada dicen a fin de cuentas, porque no nos mueven ni nos conmueven. No nos descentran. No modifican nuestro punto de vista, las frágiles certezas y los firmes prejuicios. Nada ofrecen que no aparezca en los periódicos.
Cecilia Urbina nos muestra que aún es posible acercarse a otros puntos de mira, rondar otros límites, empinarse a otras orillas y dejarse seducir por el vértigo de la existencia desde posibilidades que no habíamos sospechado. Libros como el suyo son los libros necesarios.
También necesitamos libros que no nos den felicidad, sino desasosiego, que nos inquieten y nos perturben, que nos hagan preguntas que no admiten respuestas fáciles, higiénicas, redondas y definitivas. No necesitamos mentiras consoladoras. Necesitamos ficciones que nos abran los ojos. Necesitamos libros que nos descentren, que nos muevan, para acercarnos y vislumbrarnos, a nosotros mismos y a los otros.
El silencio de los bosques nos invita a revisar la manera en que conocemos, en que aceptamos el conocimiento, el lado sensible del mundo. El conocimiento lo construimos a partir de circunstancias históricas, psicológicas, sociológicas, culturales. La epistemología, en el ámbito de la filosofía, se ocupa de las condiciones en que generamos y aceptamos el conocimiento, es decir, lo que sabemos del mundo y de los hombres y las relaciones entre éstos con el mundo. Con ella damos forma y coherencia a lo que vemos y pensamos y damos por cierto y verdadero.
Desde la novela de Cecilia podemos mirar, con ojos nuevos, algunos temas decisivos que sólo podrían ser los de siempre: el yo, la identidad, la soledad, la amistad, el quehacer del hombre en la Tierra, acaso el amor y sus fracasos. La novela es una pregunta y una invitación a mirar como no hemos mirado y cada uno de nosotros lo hará de distinta manera. Somos individuos, pero todos somos el mismo, el ser que enfrenta cada día los mismos problemas esenciales.
Una mañana, entre una y otra taza de café, Cecilia me dijo que Steve, su personaje, después de ver el mundo, quería verse a sí mismo. Entonces pensé: “Ese muchacho debería leer Verdad y método de Hans-Georg Gadamer, figura central y tal vez fundador de la Escuela Hermenéutica. Ambos creen que la interpretación (parte esencial del conocimiento) debe evitar la intromisión y la reproducción de los vicios, errores y defectos que surgen de hábitos mentales, prejuicios y juicios aceptados como verdaderos sin el menor examen.
En pocas palabras, Steve, que pasaba por un muchacho raro y desorientado pensaba lo mismo que uno de los grandes sabios del siglo XX: debemos centrar la mirada en las cosas mismas, no en los textos y las palabras que nos hablan de las cosas.
Estuve a punto de decirle a Cecilia: “Maestra, hágame el favor de recomendarlo a Steve que lea a Gadamer, le haría mucho bien. Crecería como personaje, ganaría un peso intelectual que definitivamente no tiene”. Estoy seguro que Cecilia intuyó mis intenciones y dijo: “Hay que pedir la cuenta”. Cecilia Urbina sabía muy bien lo que traía entre manos: quería invitarnos a mirar de otra manera. Por eso novelista.
Con su prosa precisa, fría e inteligente, El silencio de los bosques me ha dado no sólo una situación inédita, la escalada y la culminación del acto supremo de la aventura existencial de Steve, que yo jamás habría imaginado, sino la posibilidad de mirar con nuevos ojos esa circunstancia.
Me ha dado otra oportunidad de vislumbrar la soledad, de sentir que estamos metafísicamente solos y que, como quería Hölderlin, el hombre, pleno de méritos, habita poéticamente esta Tierra. El silencio de los bosques es la historia de un hombre que no quería saber, sino desde su experiencia descifrar el mundo y encontrar su camino.
Sí, Steve quiso hacer de su vida un poema. Uno cuya música sólo él conocía. A hombres y mujeres como él les llamamos, raros, extraños, extravagantes, excéntricos, frikis, outsiders y locos. Él tenía una utopía en el bosque, entre los árboles, en las alturas. Sí, era un raro, a su manera un poeta.
La lectura de El silencio de los bosques me ha confirmado que la experiencia humana es la misma y distinta en cada individuo y que cada uno tiene que limitarse a vivir su vida. Que somos individuos aislados y que a veces, en la amistad, vislumbramos la soledad de los otros como un árbol en el bosque.
He cerrado los ojos y al abrirlos, por un instante, he comprendido a uno más de nosotros. Además, El silencio de los bosques no se parece, en sus registros, su estética, sus medios, a ninguna otra literatura que se publique en estos días.
Gracias, Cecilia, por esta novela; gracias por el kafkiano puñetazo en la cara. Ha sido bienvenido. Recibe a cambio un aplauso como si fuera un ramo de flores. •
(Versión reducida de la
presentación de El silencio de los
bosques (Terracota), el 21 de febrero de 2013.)
16 de abril de 2013
La Autobiografía de Salvador Elizondo
La vida por escrito
es literatura
Tenía treinta y tres años cuando terminó su Autobiografía. Al final de esas deslumbrantes cincuenta páginas anotó el nombre de una ciudad y una fecha para dejar constancia del lugar y día en que la concluyó: México, D. F., 15 de mayo de 1966. Ese día comienza la leyenda del texto autobiográfico más celebrado de la literatura mexicana del siglo XX.
14 de abril de 2013
La despedida matutina de dos amantes
El viernes en la mañana iba al trabajo según las circunstancias: el traje planchado, la camisa blanca inmaculada, peinado a conciencia, impecable el nudo oxford de la corbata. Escuchaba las noticias de la radio. Todavía no eran las ocho. Un taxi se detuvo delante de mí en la Avenida de los Insurgentes. Entonces los vi, eran los enamorados. Él abrió la puerta trasera del taxi, caballeroso, atento. Se volvió y la abrazó como si fuera a perderla para siempre en el momento en que ella se subiera al taxi.
Ella llevaba un vestido color durazno que seguramente no era la mejor opción para una mañana fresca, demasiado corto, con un escote generoso y la espalda descubierta. Llevaba los zapatos de tacón en la mano. La melena estaba del todo revuelta como sólo podría estarlo a fuerza de caricias, el maquillaje seguramente había lucido mejor durante la noche. Él tenía cara de que no comprendía del todo las razones de su dicha y por las que ella se iba. Despeinado, atónito, llevaba una camisa blanca arrugada y mal abotonada por sobre los pantalones negros.
Algún automovilista tocó el claxon. Luego, otros los siguieron, de mala manera. Yo miraba, y comprendí que estaba delante del hecho más importante del día, de un prodigio, de una escena intensa, dulce y pura, que trascendía a los dos protagonistas, digna de insertarse en los anales de las escenas amorosas callejeras.
Aquellos dos se besaban y se volvían a besar en un beso que podría no haber concluido nunca. Se abrazaban como si se aferraran a un madero en medio del mar. Una noche puede parecer una eternidad, pero la desolación del otro día puede ser infinita.
Aquellos dos se abrazaban y se besaban como si en ello les fuera la vida, deseando fundirse en uno en ese acto, como si tuvieran la amarga certeza de que no volverían a verse nunca. Las manos iban del pelo a la cintura, del cuello al rostro, de arriba abajo. Se besaban las bocas y los ojos, las mejillas, los cuellos, las manos.
El taxi aguardaba, los automovilistas tocaban el claxon cada vez con más rabia y furia. Yo miraba, sólo miraba el prodigio de la escena como epifanía que se me había concedido presenciar. Empecé a imaginar historias. Condiciones, situaciones, circunstancias, las razones y las sinrazones... Luego, en algún momento después de las ocho, se separaron. Ella subió por fin al taxi. El taxi partió hacia el norte por la Avenida de los Insurgentes.
Él se quedó ahí, en la acera, en esa esquina, con una mano que hacía un gesto de despedida o lamento. Me hice preguntas que me repetí toda la mañana en la oficina. ¿Quiénes eran? Ella, ¿adónde iba, adónde volvía, de mañana, despeinada, con el maquillaje estropeado, con ese vestido durazno, cubierta de besos y con los zapatos en la mano?
9 de abril de 2013
El peso de una novela
Algunas historias parecieran tan frágiles y delicadas como las alas de una mariposa por la transparencia de su prosa y su impecable precisión, pero en cada página se revelan tan fuertes, duras y poderosas como la cornamenta del rey de los antílopes.
7 de abril de 2013
Un grifo, un punto, un destino
9 de febrero de 2013
El 9 de febrero y la lección de Reyes
El 9 de febrero de 1913 murió el
general Bernardo Reyes en una carga de caballería contra el Palacio Nacional.
Fue el inicio de los sucesos de la llamada Decena Trágica. Al final de ese
pasaje tan oscuro y vergonzoso fue consumado el golpe de Estado y asesinado el
presidente Ignacio I. Madero.
Los hechos de ese día, de esos diez
días, con sus múltiples significados, que van del heroísmo a la vileza, de la
traición abyecta a la lucha por la legalidad y la justicia, del asesinato vil e
ignominioso al idealismo y la búsqueda de la instauración del ideario personal,
de la lucha entre los caudillos a la lucha por la instauración del Estado de
Derecho, quizá muestran nuestras más profundas contradicciones y nuestro
idiosincrasia para hacer política; tal vez con los hechos de esos días podría
cifrarse una lección profunda y decisiva de nuestra historia, de nuestra manera
de estar en el mundo.
Ese día fue nefasto para el país, y
para Alfonso Reyes, que perdió a su padre. Ese día quedó señalado como una
fecha clave en la historia y en la vocación y la trayectoria de don Alfonso,
faro perenne, lúcido y deslumbrante de nuestras letras. Su obra entera, nos
recuerda Jesús Silva Herzog-Márquez en un oportuno apunte, encuentra su razón
de ser, su origen y motivo en esa fecha.
«Fue la tragedia del cuerpo
ensangrentado de su padre lo que marcó el compromiso excéntrico con su patria,
su idea de la cultura como salvación, su fe en la civilización, su fe en la
civilización como esperanza de convivir. Un sentido del deber que no se
subordina a la pedestre exigencia de la política, sino que se planta afuera,
antes de ella: en el deber de volver hospitalaria la tierra nuestra, tan
agreste y tan hostil.» No puedo imaginarme un fin más noble.
La "Oración del 9 de
febrero" (Memorias. Obras Completas, Tomo XXIV), compuesta en
Buenos Aires en 1930, nos dice el erudito José Luis Martínez, y terminada el
día que el general Reyes había de cumplir sus ochenta años, diecisiete años
después de los acontecimientos de 1913, nunca fue publicada por Reyes. Si bien
esa fecha lo marcó para bien y para mal, «esa fecha terrible, inmensamente
dolorosa de su parto moral, de su verdadero nacimiento intelectual», dice
Silva Herzog-Márquez.
Es posible que así haya sido. Reyes,
maestro en la mesura y la precisión, señor de la decencia y la prudencia,
modelo apolíneo de la pulcritud y del pudor, por no hablar de la sabiduría y la
sintaxis, en la "Oración del 9 de febrero", escrita en memoria de su padre, se muestra hombre, huérfano lúcido
y dolido de cuerpo entero.
«Junto a él no se deseaba más
que estar a su lado. Lejos de él, casi bastaba recordar para sentir el calor de
su presencia», dice Reyes, y reconoce claramente las distancias y diferencias: «Él me llevaba más de cuarenta años, y se había formado en el romanticismo
tardío de nuestra América. Él era soldado y gobernante. Yo iba para
literato».
La muerte del general fue «una
violenta intromisión de la metralla en la vida y no el término previsible y
paulatinamente aceptado de un acabamiento biológico. Esto dio a su muerte no sé
qué aire de grosería cosmogónica, de afrenta material contra las intenciones de
la creación. Mi natural dolor se hizo todavía más horrible por haber
sobrevenido aquella muerte en medio de circunstancias singularmente patéticas y
sangrientas, que no sólo interesaban a una familia, sino a todo un pueblo [...]
Por las heridas de su cuerpo, parece que empezó a desangrarse para muchos años,
toda la patria».
Si el padre, su muerte y su ausencia
son un tema recurrente en la literatura mexicana, la "Oración del 9 de
febrero" es un texto indispensable de esa lista imaginaria y sus antologías resultantes. Tal vez el peso de la Historia, la circunstancia trágica y su peso
en la vida nacional, hayan hecho de la muerte del general Bernardo Reyes un
tema de historiadores y cronistas, pero este texto, lo devuelve a los lectores
de un siglo después, al terreno pleno de la literatura.
Reyes lo sabía: «La literatura puede ser
citada como testigo ante el tribunal de la historia o del derecho, como
testimonio del filósofo, como cuerpo de experimentación del sabio».
Entonces alcanza su dimensión cabal su dolor filial: «[...] sufro porque
presiento al considerar la historia de mi padre, una oscura equivocación en la
relojería moral de nuestro mundo; me desespera, ante el hecho consumado que es
toda tumba, el pensar que el saldo generoso de una existencia rica y plena no
basta a compensar y a llenar el vacío de un solo segundo».
Un siglo después todo está intacto.
La historia, la violencia, el dolor del hijo, la oscura equivocación en la
relojería moral de nuestro mundo.
Reyes, el viejo abuelo, cuya obra es
una caja de infinitas sorpresas, nos sigue alumbrando el camino, nos sigue
dando lecciones.
31 de enero de 2013
Una lección de poética
In memóriam Rubén Bonifaz Nuño
6 de enero de 2013
Procrastinar y los propósitos de enmienda
31 de diciembre de 2012
Todas las mañanas del mundo
La novela corta es un género que permite
rozar la perfección. La brevedad y la prosa contenida pueden generar tensión y
sutilezas muy estimulantes para la imaginación. Como una pequeña obra maestra Todas las mañanas del mundo es un modelo
porque sus páginas de impecable belleza sugieren y revelan mucho más de lo que
dicen. Pascal Quignard es uno de los escritores más solitarios y asilados de
nuestros días. Cada uno de sus libros, ¡y ha escrito tantos!, es raro, único e
irrepetible.
Esta joya, preciosa como una viola del
siglo XVII, es astuta, fina, sutil. Todo está ahí y todo
alcanza su lugar: la cruda o procaz fisiología, el sino intenso de un músico,
el señor de Sainte Colombe, a merced de los demonios de su arte, su maestría,
la melancolía y la nostalgia.
Historia de un duelo conyugal, una historia de
amor a su manera, a destiempo, es también la historia de la relación de un
hombre con el poder absoluto, de un maestro al que la fama lo perturba, un
padre que se afana en educar a sus niñas. La llegada de un joven llamado Marin
Marais en busca de un maestro a la casa de Sainte Colombe será la piedra de
toque del destino de éste y sus hijas.
Todo está ahí, el paso del tiempo, una
nueva ilusión, la búsqueda del alma de la música mucho más allá del dominio de
la técnica. Todas las mañanas del mundo
(la película del mismo nombre, de Alain Corneau, tiene su encanto) es una
novela para la memoria dotada de luz e inteligencia; un libro pleno de sabiduría
y palabras justas que evoca, con sutil sensibilidad e imaginación, el goce
único e inmenso, el consuelo inefable de la música.
30 de diciembre de 2012
Caronte viaja en el metro
Menéndez “está acusada de cometer la peor pesadilla de todo usuario del metro: ser arrojado de repente y sin sentido a las vías de un tren que se aproxima", dijo el fiscal del distrito de Queens, Richard Brown.
Yo recuerdo con gozo los miles de kilómetros que viajé en el metro mientras leía ávidamente sentado o de pie. Gracias a Julio Cortázar, en particular a la novela El perseguidor (Johnny Carter perdió un saxofón en el metro de París) y “Manuscrito hallado en un bolsillo”, cuento magistral de cuyo efecto devastador, tantos años después, no he podido reponerme, aprendí que el metro es mucho más que un medio de transporte, y que el juego de trenes y estaciones, correspondencias, escaleras que suben y bajan a profundidades considerables pueden ser esencialmente literarios.
La fecunda imaginación
Milan Kundera ha imaginado en el
argumento de una de sus novelas una circunstancia y un personaje que son
conocidos incluso por muchas personas que jamás leerán sus libros. La despedida (escrita en checo y
publicada en 1972, también ha sido traducida como El vals del adiós), se desarrolla en un balnearia al que acuden
mujeres que no pueden tener hijos.
El doctor Skreta, responsable del tratamiento
para la fertilidad de esas mujeres, sabe que “es muy difícil obligar a la gente
a tener en cuenta los intereses de sus descendientes durante el acto sexual” y está convencido de que “el hombre no puede
seguir mezclando permanentemente el amor y la reproducción” y le interesa la “forma
de practicar la reproducción sin amor”. Ante esa situación no encontró mejor
remedio que fecundar a sus pacientes con su propio semen.
Con el riesgo de desprestigiar a los
novelistas, su oficio y su fecunda imaginación, se podría pensar que la necia realidad se empeña en
contradecirlos y nos muestra que tal vez sean atentos observadores pero aportan
poco, muy poco a la relación de sucesos de este mundo.
Por su parte, el azar a
veces urde tan bien sus hilos que la realidad pareciera una suma de
coincidencias y hechos que guardan una estrecha relación. Acostumbrado a ellos,
sólo les presto atención cuando llegan a mí sin buscarlos y con frecuencia ni
siquiera tengo noticia de su existencia.
Fue condenado a cinco años de prisión, se le retiró su licencia para ejercer la medicina y se le concedió el Premio Ig Nobel de Biología en 1992, una burla y modelo de desprestigio por la vileza, bajeza o mezquindad y que debe su nombre a la palabra “ignoble” (innoble) y el apellido “Nobel”. Incluso se filmó una película para la televisión con el caso: The Babymaker: The Dr. Cecil Jacobson Story, también llamada Seeds of Deception, dirigida por Arlene Sanford en 1994.
Nunca se sabrá con certeza el número de hijos que engendró y es probable que su mujer supiera sus fechorías o al menos sospechara de ellas pues destruyó los archivos de la clínica.
Si Milan Kundera en el ejercicio de su oficio hubiera imaginado sin la ayuda de la historia las fechorías de Wiesner y Jacobson, y es muy probable que así fuera, sólo se habrá demostrado, otra vez, además de que las mujeres pueden ser fértiles ante ciertos tratamientos (hay más maridos estériles de lo que se piensa), una verdad que no por sabida deja de sorprender: la naturaleza se empeña en imitar al arte y la realidad suele ser hija de la novela.
29 de diciembre de 2012
El tiempo y su escritura
Es necesario escribir rápido, con prisa,
con urgencia. Asir el instante al vuelo y con él la vida. En esta sentencia no
hay tiempo para la maduración, el pensamiento, la selección de las
palabras. Esta escritura no puede ser de otra manera, la lentitud no la haría
mejor. La escritura reposada perdería el instante. Es necesario decirlo todo en
un momento.
No hay tiempo que perder porque se pierde solo, se fuga. El tiempo
se escapa en espirales, en volutas, no se sabe si va o viene, o si es circular porque
a veces pareciera que vuelve. No, se va. El tiempo huye, la escritura queda, es
necesario escribir la escritura de lo que se fuga en este instante. Escribo
deprisa, no hay palabra que perder, hay que contarlo todo, mirar lo que pasa, admirarse de lo que queda. Es urgente
abrir los ojos y en un parpadeo comprenderlo todo, vivirlo en un instante.
Escribo mi asombro. Todo sucede y pasa. Hay que decir que todo está en movimiento, la
luz y la temperatura cambian. Se ha marchado el gato que hace un minuto estaba
en el sillón. Se rompe el silencio, el precario equilibrio. El mundo cambia;
también la gente cambia. El segundero vuela, el minutero corre. Escribo de
prisa, la arena del reloj se agota. ¡Tiempo! Hasta aquí llega esta escritura.
4 de diciembre de 2012
El punto final
El oficio de escritor ofrece la posibilidad de una trayectoria tan larga como la vida misma, con frecuencia hasta el fin de los días del autor. Es posible escribir bajo condiciones adversas, en los sitios más inesperados, en el encierro y en el exilio, de día y de noche, con lluvia o sol.
Nada impide por sí mismo que alguien escriba salvo la ignorancia totalitaria del censor. Algunos, muy enfermos o venerablemente ancianos han dictado sus últimas obras (a juzgar por los ejemplos de algunos de los más grandes, la ceguera no es un obstáculo para la poesía). Tampoco nada obliga a un retiro, a una dimisión.
Aunque no se haya escrito ni publicado en mucho tiempo, aunque pareciera que el silencio y la desidia o el desgano se han impuesto siempre es posible el zarpazo inesperado y postrero de un poema, un ensayo o una novela. Mientras no se pierda lo que Cortázar llamó la fascinación de las palabras, mientras bulla la imaginación, y el estímulo del mundo y de la vida misma continúen animando el pensamiento, un escritor seguirá activo.
La condición de escritor está en la mirada, en el acto incesante de develar e interpretar el mundo y está en lo suyo aunque no escriba ni una palabra. No es necesario siquiera que tenga algo trascendente que decir, basta la voluntad de escribir, el goce y el deseo de hacerlo o la severa obligación impuesta por el cumplimiento irrestricto de un deber. El ejercicio del oficio tiene razones y secretos no del todo claros ni conocidos. El don de la escritura misma tiene algo de misterio.
Enrique Vila-Matas ha dedicado un libro, Bartleby y compañía, para comprender a los que de pronto dejan de escribir, a veces sin motivo evidente, y ha reunido una colección de historias y casos en su búsqueda de las razones de esa extraña conducta.
La sección mexicana de los bartlebys, ese club mundial de los que renuncian por siempre a la escritura, está presidida por un escritor portentoso, tal vez el mejor de los nuestros. Juan Rulfo imaginó un par de libros definitivos, inagotables, de una profundidad sin fin, dos obras maestras; las realizó y luego a otra cosa. De la palabra iluminada al silencio.
Tal vez un escritor así, después de alcanzar la cumbre, con clarividencia y sabiduría pretenda evitarse los sinsabores de la innoble tarea de superarse a sí mismo, esquivar el abismo de la repetición, la condescendiente conmiseración de críticos y lectores, el amargo vértigo de la acechante decadencia.
Carlos Fuentes murió a los ochenta y tres años con un libro más en proceso y estoy seguro de que no le hubiera disgustado caer fulminado sobre su máquina de escribir.
Escribir libros, en particular novelas muy extensas, exige una dedicación con voluntad inquebrantable que puede ser agotadora. El dominio de un oficio, aun la maestría absoluta, no garantiza que habrá un libro más y tampoco que el siguiente será tan bueno como el mejor que ese autor haya escrito.
Pareciera que cada libro tiene su sino y que el ejercicio del don de la escritura tiene algo de azaroso y novelesco. Sería estupendo dejar de escribir a tiempo, pero casi siempre el silencio viene por otras razones.
Tal vez por eso, a pesar de lo dicho, no sorprende que un escritor con muchos años encima dejé de escribir sino que anuncie su retiro y que esa proclama de jubilación voluntaria tenga en la prensa un carácter semioficial de muerte cívica con declaraciones, lamentos, despedidas solemnes, obituarios literarios y valoraciones y juicios que se pretenden definitivos.
Philip Roth e Imre Kertész se han despedido de la escritura. Roth, a los setenta y nueve años, con una bibliografía de más de treinta títulos, casi todos novelas, se despidió así: «No quiero leer ni escribir más. He dedicado mi vida a la novela: he estudiado, he enseñado y he leído. He dejado fuera casi todo lo demás. Ya basta. Ya no siento ese fanatismo por escribir que sentía antes.»
Roth, modelo de escritor profesional, de esos que escriben con disciplina ejemplar para publicar un libro al año, se ha cansado. Lavorare stanca (Trabajar cansa), es el título de un libro de poemas de Cesare Pavese. Los poetas saben lo que dicen.
Imre Kertész, el primer húngaro en recibir el premio Nobel, de ochenta y tres años, dice: «Ya no quiero escribir. Mi obra, que está tan relacionada con el Holocausto nazi, ha concluido para mí.» Sobreviviente de los campos de Auschwitz y Buchenwald, cree que ya no tiene nada que decir porque da por concluida su literatura sobre la experiencia fundamental de su vida: «El campo de concentración sólo puede imaginarse como texto literario, no como realidad.»
Si hacer literatura es contar el mundo, decir y cantar lo que mueve y sorprende, lo que uno se encuentra y la imaginación descubre, siempre hay razones para escribir. Renunciar a hacerlo, a no tomar más la pluma e iniciar una escritura en un cuaderno nuevo, es cerrar el capítulo trascendente de una vida dedicada a las palabras.
Nadie acaba una obra porque nadie termina nunca de contarlo todo, pero al parecer también la literatura y la vida misma cansan. Así y sólo así se entiende que un escritor declare que ya ha puesto el punto final.
14 de noviembre de 2012
El México de Le Clézio
Es un hombre alto, erguido, rubio, con el cabello muy corto,
de rostro anguloso y gesto adusto en el que aparece y se esfuma en seguida una
sonrisa. Su aspecto es distinguido y juvenil a sus setenta años, su trato
cortés, sus movimientos suaves, serenos. Aun así, no es difícil adivinar su
timidez, se nota que le pesa sobrellevar la celebridad.
Se llama Jean-Marie
Gustave Le Clézio, obtuvo en 2008 el premio Nobel de Literatura (al que le
resta importancia: «todos los premios son iguales») y es digno de
reconocimiento al menos por otros dos hechos notables, al margen de su
literatura: ha escrito sobre los pueblos y culturas originarios de México y su
historia con una mirada singular y atenta, por lo que es una pena que entre
nosotros sea tan mal conocido y menos leído. El segundo hecho es un hallazgo
invaluable: he descubierto que es el escritor menos engreído y vanidoso del
mundo.
Lejos de hablar de sí mismo y de su obra, a Le Clézio le
gusta hablar de las lenguas minoritarias y del peligro de que desaparezcan, en
cualquier parte del mundo («no sólo en México, en Bretaña, en Francia, también
hay lenguas que se están muriendo»).
Dice con absoluta claridad, ya sea en
francés o en inglés o en español, que sin educación no hay futuro (y ésta debe
ser bilingüe o trilingüe) y que cada ser humano con su cultura, su condición
particular e individual, acarrea un beneficio para su comunidad, la enriquece,
por lo tanto debe ser respetado en su identidad, en su forma de hablar, en sus
lenguas, sus culturas. Está convencido de que es necesario favorecer las
relaciones interculturales porque la multiculturalidad no es suficiente, no
basta que las culturas vivan una junto a la otra, es necesaria la comunicación
y el intercambio, el diálogo entre las culturas.
Le Clézio es un escritor y viajero asombrado por el mundo,
abierto a las culturas y geografías, interesado en los pueblos y sus
conflictos, sus cambios, sus pérdidas. Nació en Niza, Francia, en 1940, hijo de
un médico inglés y de una bretona.
Pasó parte de su infancia en África (El
africano es un libro de memorias de la infancia tan bello e intenso
como breve), se educó en Inglaterra y Francia y luego se marchó a la isla
Mauricio (además de la francesa tiene la nacionalidad mauriciana), a la que
había emigrado en el siglo XVIII una rama de su familia.
El gobierno francés lo envió a Tailandia, pero fue expulsado
de allí por denunciar la prostitución infantil. Entonces lo mandaron a trabajar
en el Instituto Francés de América Latina en la ciudad de México. Ese día
cambió su vida. Si su primer contacto fue accidental, quedarse muchos años fue
su elección. Para conocer el país empezó por leer las crónicas de Bernal Díaz
del Castillo y recorrerlo de punta a punta.
«Todavía no acabo de conocer a
México, para mí es un país misterioso que tiene tantas formas, caras, idiomas y
maneras de pensar. Es el país de la aventura total» Vivió algunos años en
Michoacán, aprendió lenguas e historia con la tutela del notable historiador
Luis González y González. Luego se marchó a otros países, pero no deja de
regresar a México, vuelve sigiloso y con el asombro intacto.
Le Clézio es uno más de los escritores franceses que han
venido a México. Una lista intensa más que exhaustiva da cuenta de la
fascinación que un país como un surtidor de culturas puede animar en espíritus
inquietos: André Breton, Antonin Artaud, Benjamin Péret, André Pieyre de
Mandiargues, Serge Gruzinski, Philippe Ollé-Laprune o Jean Meyer (gran amigo de
Le Clézio), también estuvieron o aún están aquí y han escrito sobre este país.
No son pocas las páginas que J. M. G. Le Clézio (así firma)
ha dedicado a México, la identidad amerindia, las marcadas etapas de nuestra
historia. Dos títulos entre otros: La conquista divina de Michoacán y El
sueño mexicano o el pensamiento interrumpido (Fondo de Cultura Económica), y trabaja en un ensayo sobre tres escritores
fundamentales para él: Sor Juana Inés de la Cruz, Luis González y González y
Juan Rulfo, al que considera el mejor novelista del siglo XX.
Lo veo como a un amigo, y no me refiero a esa palabra con intención amable con que se saluda al turista extranjero, no a la expresión correcta y diplomática, me refiero al que vive y busca disolverse como uno más entre nosotros, al que se interese por nuestra historia.
«No soy un historiador, soy un novelista, no sirvo para otra
cosa», dice, pero conoce bien el vínculo estrecho que hay entre la imaginación
literaria y la verdad histórica: no puede concebir al mundo sin Historia ni
historias, en especial porque los escritores son parte verdadera de la
dimensión humana: no inventan, su tarea es relatar todo lo que han percibido: «El
escritor es un testigo, un contador y, a veces, un mentiroso...
»Al encontrar
la historia en México, hallé una dimensión que no existe en Europa: en México
la historia está viva, se percibe como un elemento vivo y dinámico todos los
días. Ser historiador en México significa algo totalmente diferente a serlo en
Europa: donde la historia es algo distante, es una ciencia. En México, la
historia tiene mucho más que ver con la fe o con el ser profundo de los seres
humanos». Sí, para vernos en un ligero escorzo, al margen de su otra literatura, es necesario leer a Le Clézio.
14 de octubre de 2012
Salto al vacío en busca de sí mismo
Elogio de la Capilla Alfonsina
El papel es fino, ahuesado, y no es difícil descifrar estas últimas palabras que tanto me dicen, escritas con tinta azul y trazos rápidos: «Mi teléfono es 15.22.25. ¿Por qué no me habla un día y viene a conocer la biblioteca que Díez-Canedo llamaba ‘Capilla Alfonsina’? Un alegre abrazo de año nuevo. Alfonso Reyes».
No recuerdo cuando encontré esta carta, quizá entonces Alfonso Reyes había muerto unos treinta años antes, y mi abuelo unos veinticinco. Desde ese día imagino el encuentro, la conversación sobre libros y autores, las coincidencias y complicidades, aunque es posible que se frecuentaran desde antes, el «querido y frecuentado Gabriel Alfaro» da pie a suponer un trato respetuoso y un tanto distante que se rompería con esa invitación.
Lo que desde entonces me esfuerzo por imaginar es el primer instante de la fascinación, el hechizo que la casa de Reyes ejerció sobre mi abuelo, porque entrar a una casa diseñada y erigida para albergar una biblioteca en la que, luego, también pudiera vivir su primer lector y su familia, no es del todo común.
Existen casas —no tantas como quisiéramos los que no podríamos vivir sin la palabra impresa— en las que los libros ocupan mucho espacio, en algunas la biblioteca es el centro y sitio de la convivencia familiar, en otras uno podría pensar que los volúmenes han tomado la casa —el tamaño de las habitaciones por grandes que sean es irrelevante—y están dispuestos a expulsar a sus habitantes pues pareciera que se reproducen y multiplican.
Pero no me refiero a casas ordinarias con libros, la de Alfonso Reyes, la Capilla Alfonsina, como la llamó con inspiración y justeza Enrique Díez-Canedo, fue construida para buscar el conocimiento, fomentar la lectura, celebrar la escritura en un espacio iluminado con el aire más transparente, en el que los libros y las obras de arte, los objetos y los muebles están dispuestos para fomentar el milagro de los versos serenos y la prosa lúcida de Alfonso Reyes.
Díez-Canedo sabía que esa casa era una capilla en la que encontraba su sitio la antigua Grecia, la literatura toda y la civilización. Ahí tenía su asiento el universo entero de un sabio que había viajado por el mundo y lo comprendía porque lo había cifrado en su escritura.
Ahí, entre esos muros con una gran vidriera, en esos dos pisos con un volado en el que el escritorio ocupaba el lugar central y presidía la asamblea y el diálogo de los hombres con los dioses, de los hombres con ellos mismos, desde el punto que le ofrecía una vista imponente de su biblioteca, Alfonso Reyes vivió y dio forma material a un mundo que es el complemento perfecto de su universo paralelo de palabras contenido en los veintisiete tomos de sus obras completas. Sí, Reyes también sabía que una biblioteca puede ser el modelo a escala humana del universo.
Cuando encontré esa carta de puño y letra de Alfonso Reyes, yo había visitado la Capilla Alfonsina varias veces y no he dejado de hacerlo, atraído por el espíritu imponente que la anima. No es difícil imaginar la vida y la grandeza de un hombre que le dio forma y volumen. Visitar la casa de Alfonso Reyes es un paseo, un gusto, una alegría, un ejercicio estimulante y acto de justicia poética, e imaginó dónde se habrá sentado mi abuelo Gabriel a conversar con el señor de la casa y de las letras mexicanas.
La Capilla Alfonsina es, aunque abierta al público, un lugar secreto en la colonia Condesa de la Ciudad de México. Conservada como «capilla», es también un museo alfonsino, un centro de estudios literarios con actividades artísticas y culturales y una galería con la obra plástica que reunió Reyes a lo largo de su vida.
La Capilla Alfonsina acaba de ser reabierta con una nueva propuesta museográfica que ha considerado los fondos artísticos y documentales. Ha sido puesta al día, pero la arquitectura, los objetos, los muebles, los cuadros, las fotografías, los objetos, algunos libros, lejos de ser testigos mudos, hablan y dicen lo que no han cesado de decir desde hace más de medio siglo, tras la muerte de Alfonso Reyes en 1959.
Cuentan la vida de un hombre que quiso saberlo todo y explicarlo con una prosa que a cada punto y seguido parece un prodigio y cosa de encantamiento. Uno que nos enseñó que la literatura no sólo es ficción sino un atributo de la inteligencia que encuentra en la precisión, la limpidez y la claridad de pensamiento los mejores aliados del conocimiento, la belleza y la verdad.
No se le puede pedir más a un hombre ejemplar que nos abre su casa y su obra de par en par y nos reveló el sentido del arte y del mundo como no siempre lo habíamos visto.
