23 de septiembre de 2024

Una lengua originaria en el supermercado

La fila de la caja siete no avanzaba. Algo iba mal. Un cliente hablaba con la cajera, venía y se iba un supervisor; algo sucedía con su cuenta y su tarjeta de puntos o descuentos. Pasaban los minutos. En las filas ocho y la nueve había todavía más gente en espera para pagar, y sólo había tres personas antes de mi turno. No debía moverme, mi mejor opción era esperar.  

Fue en un supermercado muy grande, muy iluminado, muy bien montado. Las frutas y verduras están hidratadas y se mantienen frescas y coloridas con un sistema ingenioso de vapor y agua. La sección de carnes es el paraíso de un carnívoro, y la de pescados un lindo muestrario de peces y bichos marinos. 

La sección de latas de conservas de productos, muchos importados, es una invitación indecorosa a dejarse llevar para satisfacer los gustos y antojos de sibaritas exigentes. Era un supermercado caro, muy caro, bien surtido, con muchos bienes de lujo, en una colonia más que acomodada de Ciudad de México.

Mi compra era pequeña y puntual: dos botellas de vinos (la selección que ofrecía no era nada desdeñable), dos baguetes, un trozo de queso emmental, una lata de palmitos y otra de espárragos, y dos litros de helado, encargo de la anfitriona. Yo iba a una reunión informal con amigos. 

De pronto, empezaron a hablar, o quizá en un momento por fin los escuché y puse atención. Conversaban, algo comentaban, a veces sonreían. Yo no entendía ni una palabra, y tuve la certeza absoluta de que no hablaban ninguna lengua europea.

Me di la vuelta como si fuera a escudriñar el horizonte y encontré, a mi espalda, a tres hombres jóvenes, con sus pobres ropas de faena, completamente cubiertas de cal o yeso. En realidad, ellos también estaban cubiertos de ese polvo blanco. Lo llevaban en las manos, en la cara, en el pelo. 

Imaginé, sin darme mucho margen de error, que eran albañiles que encalaban muros de una construcción muy cercana, tal vez preparaban las paredes para pintarlas. Llevaban, entre los tres, dos latas grandes de sardinas en salsa de tomate, dos kilos de tortillas, una lata de chiles y tres litros de coca-cola.

En un cálculo no muy riguroso, supuse que todo su cargamento era más barato que el vino que yo llevaba. Ya había pasado la hora de la comida, estábamos cerca de la sobretarde, así que supuse que apenas terminaban su jornada, o no habían comido durante el día, o esa sería su merienda. No lo sé, me hice preguntas, pero sobre todo una: ¿en qué lengua hablaban?

Eran morenos, de muy baja estatura, risueños, delgados, agradables. No sé por qué los imaginé oaxaqueños, aunque no puedo decir por qué ni de qué región. Pero podrían ser de otras muchas partes. Eran indios mexicanos y hablaban en una lengua de la que no tenía ni el menor indicio para reconocerla.

El Atlas Cultural de México señala que hacia el año 2010 se hablaban en el país cerca de sesenta lenguas (una de ellas, sólo tenía dos hablantes, que no se hablaban entre ellos*). Siempre hice mis estudios según los programas oficiales, en escuelas públicas y privadas, y jamás recibí, en veinte años de educación, ni una lección sobre esas lenguas originarias. Soy, como la mayoría de los mexicanos, incapaz de distinguirlas y reconocerlas.

La diversidad de lenguas y grupos humanos de México es muy grande; las diferencias entre mexicanos son abismales. Mientras en la caja seguía el problema con la tarjeta del cliente, que exigía su derecho o descuento o no sé qué; mientras crecía el lío, en el que ya participaba otro supervisor, un empleado de la oficina de servicios al consumidor, una clienta desesperada y un señor impaciente que exigían que les cobraran de una buena vez, y el guardia del supermercado que se acercaba entre curioso y amenazante; mientras, yo escuchaba. 

Era una lengua dulce, de oraciones que me parecían cortas y rápidas. Aquellos tres jóvenes conversaban y parecían aceptar con impecable estoicismo el contratiempo y la espera en la fila de la caja. Luego de algunos minutos, cometí una imprudencia. 

Me volví y con cuidada corrección les pregunté de dónde eran y qué lengua hablaban. De inmediato se hizo el silencio entre ellos. Cesó su conversación melodiosa y dulce. Se miraban entre ellos desconcertados. Estaban en una situación en verdad embarazosa. Se sintieron vulnerados. Espiados. Perseguidos. Yo era un intruso, un entrometido. Un extraño: una amenaza.

Yo era un transgresor de un código. No creo que se negaran a hacerlo, simplemente  no podían responder. No obtuve respuesta. Estaba claro que me habían entendido. Algunos hablantes de las llamadas lenguas originarias a veces son perfectamente bilingües, a veces tropiezan con el español. Pero un indio mexicano, lo he visto, lo he escuchado, deja de hablar en su lengua cuando lo escucha alguien ajeno, extraño a esa lengua y su cultura. 

Me volví y pensé que primero llegaría Godot, el de la pieza de Samuel Beckett, antes de que se arreglara el lío en la caja siete. Atrás de mí se hizo el silencio. Un silencio que se hizo incómodo, que me hizo ver que había cometido una falta. Pensé en disculparme, tuve la lucidez de callarme, supe antes de hablar que sería peor. 

Su silencio, su conversación rota, me decía algo. Me señalaba. Sabía que se avergonzaban de haber sido escuchados (aunque yo no comprendiera nada), tal vez se avergonzaban de su lengua. No hay comunicación posible con ellos, al menos no en la fila de un supermercado. 

Les pedí el paso, a ellos y a todos los clientes de la fila, y me fui a la caja dieciséis, lejos de aquella conversación rota con el fin de no importunarlos más. Encontré una fila muy larga, y tuve mucho tiempo para pensar en ellos. Lamenté la situación, sobre todo no saber en qué lengua hablaban.

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* Véase en este blog el apunte: "Una lengua se muere y los dos viejos que no se hablan", del 8 de abril de 2011.

9 de septiembre de 2024

Reseñas de Matrimonio a la italiana

Busco información, datos, noticias, sobre Matrimonio a la italiana, de Vittorio de Sica, una joya deliciosa del cine italiano de los sesenta. No quiero nada en particular, pero me gustaría encontrar algún dato curioso, elementos para comprender, que me ofrezcan un contexto, un punto de apoyo para valorar mejor la película.

Busco en la Red, en el inevitable internet. Esto es lo que me ofrece Google en la primer intento, como si lanzara la red por primera vez al mar: 


«Durante la Segunda Guerra Mundial, en Nápoles, Filomena Marturano (Sophia Loren) no encuentra cómo ganarse la vida, así que trabaja en un prostíbulo, y ahí conoce a Domenico Soriano (Marcello Mastroianni), quien la lleva a vivir con él.»* (Wikipedia)

«Con dos de los más grandes exponentes del cine italiano en su reparto, Matrimonio a la italiana nos muestra las debilidades sexuales de sus personajes incluida una de las más bellas mujeres de la historia del cine Sophia Loren.»** (Prime video)

«Nápoles, Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Filomena Marturano, una bella joven que está sola en el mundo, trabaja en un prostíbulo, pues no encuentra otra manera de ganarse la vida. Allí es donde conoce a Domenico Soriano, más conocido como Don Mimi, un acomodado burgués que la retira de la profesión y la lleva a vivir a su casa. Basada en la obra teatral de Eduardo de Filippo.»*** (FilmIn)

«Estelarizada por Sophia Loren, el filme cuenta la historia de Filomena, una joven solitaria que para sobrevivir decidió trabajar como prostituta. Por su parte, Domenico Soriano es dueño de un bar en la ciudad, cuya posición social lo convirtió en un hombre respetado. No obstante, acostumbra asistir a burdeles y disfrutar de las mujeres sin ningún tipo de obligación. Durante un ataque militar, entre estallidos y escombros, ambos se conocen mientras tratan de protegerse. En ese momento, Dominico se interesa en la ingenuidad de la muchacha e inmediatamente la retira de su profesión y la lleva a vivir a su casa. Filomena esperanzada en quitarse el estigma que su trabajo le dejó, ansía que el protagonista decida casarse con ella para convertirla en una mujer respetable. Sin embargo, él solo está interesado en sus viajes y no quiere compromisos.»**** (Cinema 22)

«La película de Vittorio de Sica cuenta la historia de Filomena, una joven prostituta que en tiempos de guerra conoce a Don Mimi, un caradura hombre de negocios, que se siente atraído por ella. A lo largo de los años, el caprichoso destino los vuelve a reunir, y el acomodado Domenico la retira de la calle para colocarla en su casa con la única finalidad de cuidar de su madre.» *****

«Durante la Segunda Guerra Mundial, Filomena Marturano se ve obligada a trabajar en una casa de prostitución para ganarse la vida. Allí conoce a Doménico Soriano, quien le retira de la profesión. La relación acabará en boda.»****** (La Vanguardia)

«(Marcello Mastroianni) es un reputado hombre de negocios que mantiene una aventura amorosa con Filumena. La joven se convierte en su amante a lo largo de los años y, además, le ayuda en sus negocios. Al final, acaba teniendo un hijo de Domenico, quien desea conocerle. Para ello, Filumena le exigirá que antes contraiga matrimonio con ella.»******* ( DeCine21)

«Durante la Segunda Guerra Mundial, Filomena Marturano se ve obligada a trabajar en una casa de prostitución para ganarse la vida. Allí conoce a Doménico Soriano, quien le retira de la profesión. La relación acabará en boda.»******** (SincroGuíaTV)

«Filomena está determinada a casarse con el hombre con quien ha compartido los últimos 20 años de su vida y volverse una mujer respetable. Con una brillante estrategia que funciona a la perfección, consigue por fin el tan anhelado anillo de compromiso.»********* (Quality Films; Biblioteca UNPA )


Ninguna miente del todo, ninguna cuenta o revela la verdad del filme. Es imposible hacerse de una idea clara y precisa a partir de estas tristes reseñas. Pareciera, incluso, que no hablan de la misma película. Por lo visto, la recensión es un género literario poco cultivado, por lo tanto tiene un gran futuro. Compruebo, una vez más, que buscar en la Red es muy fácil, pero encontrar es muy difícil.


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* https://es.wikipedia.org/wiki/Matrimonio_a_la_italiana_(pel%C3%ADcula_de_1964)

** https://www.primevideo.com/detail/Matrimonio-a-la-italiana/0NUBQI2WZ7IJ797QDDDITDBKCO

*** https://www.filmin.es/pelicula/matrimonio-a-la-italiana

**** https://cinema22.canal22.org.mx/sinopsis.php?id=403&barra=Autor 

***** https://www.rubensolerferrer.com/matrimonio-allitaliana-matrimonio-a-la-italiana-vittorio-de-sica-1964/

****** https://www.lavanguardia.com/peliculas-series/peliculas/matrimonio-a-la-italiana-49687

******* https://decine21.com/peliculas/matrimonio-a-la-italiana-4282

******** https://sincroguia-tv.expansion.com/peliculas/matrimonio-a-la-italiana--47v-SPA

********* https://biblioteca.unpa.edu.mx/cgi-bin/koha/opac-detail.pl?biblionumber=4557&shelfbrowse_itemnumber=1860


8 de septiembre de 2024

La violación de Gisèle Pelicot

El caso de Gisèle Pelicot, cuyo juicio comienza en estos días de septiembre, en Aviñón, Francia, va a generar miles de páginas, artículos, ensayos, tesis, asombrosos libros de investigación (ojalá alguno de ellos lo escriba, por su impecable calidad y enorme talento, y esa fusión entre reportaje y novela, gran literatura, de Emmanuel Carrère), y no descarto que en unos años tengamos documentales y películas.

La violación de una mujer por al menos setenta y dos hombres, invitados e inducidos por el marido de ella, es una historia asquerosa, siniestra y repugnante. Un crimen que merece la mayor condena y el peso de la ley.  

No es fácil dar por ciertos los hechos, la manera en que ha sucedido esta violación masiva. Y no pretendo reducir su gravedad, ni proteger a Dominique Pelicot, ese es el nombre del primer criminal, sino que la verosimilitud, nuestra capacidad de creer, sin atenuar las aberraciones que suceden, tiene un límite; luego, viene la imaginación, la fantasía, la exageración, la distorsión. Todo lo que cabría en una novela.

Algunas historias no caben en una novela, si el novelista aspira a la verosimilitud; es decir, a que los lectores crean que esos hechos narrados sucedieron. Vargas Llosa lo ha contado, en La fiesta del Chivo, tuvo que dejar fuera parte de las carnicerías, crímenes y crueldades sin nombre del Chivo, Rafael Leónidas Trujillo, dictador de la República Dominicana para que algunos lectores y críticos no descartaran la novela por fantasiosa e increíble.

Hay sucesos que los lectores leen con escepticismo y levantan las cejas antes de aceptar como hechos históricos lo que cuentan novelas y ensayos históricos. Sucede que van más allá de lo que es prudente creer y aceptar como verdadero. 

Dominique Pelicot, de 71 años, ofrecía a su mujer, con la que estuvo casado por cincuenta años, a través de redes sociales y chats de foros, en un pueblo del sur de Francia. Parecía un buen marido, buen padre y buen abuelo. 

¿Cómo creer, suspender la incredulidad, para decirlo con Coleridge, que Dominique drogaba a Gisèle con medicamentos como benzodiazepinas, que ella entraba a un sueño como un coma, y entonces era violada por alguno de esa legión de hombres que contaban con el consentimiento y estímulo del marido? 

¿Cómo creer que durante años fuera posible repetir este procedimiento sin que fuera descubierto? ¿Cómo creer que ella no notara al despertar? ¿Cómo creer que Gisèle no se hubiera contagiado o infectado de alguna enfermedad de transmisión sexual, que no tuviera molestias, irritaciones o moretones que despertaran sus sospechas?

¿Cómo conseguía Dominique que Gisèle tomara las pastillas? ¿Cómo es posible que los tres hijos del matrimonio no se dieran cuenta? 

Drogar a mujeres para que hombres yazgan con ellas o duerman a su lado es una historia no ejemplar que ya imaginaron y escribieron Yasunari Kawabata en La casa de las bellas durmientes, y Gabriel García Márquez en Memoria de mis putas tristes.

No descarto que el proyecto de una novela sobre un hombre mayor ofrece a su mujer no joven para prostituirla mientras ella está sedada, inconsciente, y acuden uno tras otro hombres de diversa condición; ese proyecto podría recibir objeciones severas y considerables, por inverosímil, que podrían mandar esa sinopsis a la papelera de los libros que nunca se escribieron ni se escribirán. Pero esto no es un proyecto de novela, sino una historia policiaca cuyo juicio apenas comienza. 

Algunos de los clientes, esos hombres que Dominique llevaba a su cama más por morbo y malsano placer que por dinero, han dicho que pensaban que la mujer fingía dormir, lo cual hacía más excitante la visita pues era una fantasía irresistible, una experiencia que no eran fácil rechazar. 

Gisèle, con un gesto admirable y poco común, aparece en el juicio con el rostro descubierto y la cara en alto, y ha decidido seguir usando el apellido de su marido, que también es el de sus hijos. Su mensaje es claro: que sean otros los que se avergüencen, entre otras razones porque ella no tiene de qué avergonzarse: «La honte doit changer de camp» (La vergüenza debe cambiar de bando).  Algunos de sus violadores, que podrán ser condenados a veinte años de prisión, ya no saben cómo esconderse. 

No es inverosímil imaginar que no hay novelista que haya imaginado esta historia. Se antoja, en verdad, imposible. 

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Adenda de diciembre de 2024. El juicio contra Dominque Pelicot y la panda de violadores ha concluido. El marido ha sido condenado a 20 años de prisión, y los otros a diversas penas de años también en prisión. El caso conmocionó a Francia, y su repercusión es mundial. 

3 de septiembre de 2024

Atrapados en el espacio

Dos astronautas estadounidenses, Butch Wilmore y Suni Williams, están en la Estación Espacial Internacional desde junio y no pueden volver a la Tierra. Su misión debía durar una semana, pero se prolongará hasta febrero del 2025, cuando otra nave vaya por ellos. Será un viajecito de nueve meses. Eso es lo que podemos llamar sin duda alguna un gran contratiempo. 

Algo no está bien con un software y parece que hay una fuga en las tuberías relacionadas con la propulsión. Pero las razones por las que no van por ellos no sólo son técnicas. Claro, enviar un cohete no es pedir un taxi a domicilio, pero hay declaraciones políticas ambiguas, burocracia espacial, rivalidades entre empresas privadas contratistas de la Nasa, seguramente la negociación de un anexo al contrato y mucho dinero de por medio.

No sé en qué consiste su dieta de esos astronautas, pero sea la que sea no debe ser muy variada ni apetitosa; no sé si la comida sea abundante, pero les falta agua: beberán su propia orina filtrada y purificada una y otra y otra vez. Y no puedo imaginarme los precarios cuidados que podríamos llamar de higiene personal. ¿Tendrán en su nave suficiente papel higiénico y una vasta dotación de pañales? 

Supongo que tendrán mucho tiempo para conversar, para conocerse, para jugar cartas o ajedrez. De esa convivencia intensa ininterrumpida durante meses podría surgir el amor, un enamoramiento súbito y loco, a salvo del demonio de los celos, al menos mientras sigan allá arriba.

Pero también podrían caerse mal, empezar a fastidiarse, detestarse y odiarse al punto de los arrebatos pasionales dominados por la vesania. No sé si ya se ha registrado para la historia el primer coito espacial, pero estoy seguro de que no se ha cometido ningún homicidio, o feminicidio. 

Butch Wilmore y Suni Williams tendrán tiempo para reflexionar y pensar qué harán en la Tierra, si vuelven con bien, el resto de sus vidas. Por lo pronto, seguro, cada uno se perderá una boda y un funeral, un bautizo o un bar mitzvah, el cumpleaños de la hija o la nieta, la convalecencia de la madre, el aniversario de bodas (al menos ella está casada), el Thanksgiving Day, la Navidad y el Año Nuevo. No sé si les será posible votar para la elección presidencial de noviembre. Sin duda, estar en la Estación Espacial varados (término que no le gusta a la Nasa) es un gran contratiempo.

Su espera, mientras son rescatados, en sus condiciones, fuera del tiempo, hace ver la de Penélope como un ligero retraso. La señora de Ítaca, aunque cercada por años por sus molestos pretendientes, al menos estaba en su casa: podía comer una buena ensalada, respirar aire fresco, pasear por el jardín, tomar el sol y disfrutar del mar. 

Dino Buzzati, en El desierto de los tártaros, novela admirable que Borges elogió sin reservas, imaginó la vida del oficial Giovanni Drogo, que partió con su nuevo uniforme de teniente una mañana a una fortaleza en la frontera. Debía permanecer allá poco tiempo; su vuelta es una postergación indefinida. 

Juan José Arreola en «El guardagujas» narra la pesadilla o el sueño o la crónica puntual de un tren que no llega a la estación donde lo espera un viajero, o que no se sabe cuándo pasará o que tal vez nunca llegará a ninguna parte porque no existe o de ninguna ha salido. 

Y Luis Buñuel nos muestra en El ángel exterminador, una de sus obras maestras, a los asistentes a una cena que no pueden, literalmente no pueden, sin obstáculo visible o conocido, abandonar el salón. Pero ese par de astronautas cuentan con que algún día una nave vaya por ellos y puedan regresar a la Tierra, digamos a casa. 

Bien visto, digan lo que digan los entusiastas y los desquiciados, estar atrapado en una suerte de refugio espacial, como en una celda de castigo, en una versión de alta tecnología del Purgatorio es una forma de prisión, y un ajuste de cuentas cósmico que se distancia de lo que solemos llamar una buena vida. 

Exploradores a toda prueba, curiosos sin remedio, no paramos hasta conocer el último rincón, la última punta de la Tierra; navegar por todos los mares y explorar todas las fuentes de los ríos; sentar nuestra real humanidad en toda la Tierra. Ahora vamos en el espacio. 

Me pregunto si la alegría, el sentido de la vida, la felicidad no se encuentra en casa. En edificar eso que llamamos un hogar. Después de todo, entiendo, aquellos dos que después de haber viajado y permanecido más de lo prudente en el espacio, no quieren otra cosa que volver a la Tierra. 

Todos nos hemos contrariado por la avería del coche, porque no conseguimos un taxi y perdimos un autobús, un tren o un avión, y casi siempre se trata de un pequeño contratiempo que se resuelve pronto, en unas horas, al otro día; pero a estos viajeros, que ya llevan tres, les faltan cinco meses en su cacharro espacial. Ya veremos cómo les va hasta su planeado regreso en febrero.

Ay. Ante el infortunio de Wilmore y Williams, recuerdo a Pascal, que escribió en sus Pensamientos: «he comprendido que toda la desdicha de los hombres se debe a una sola cosa, la de no saber permanecer en reposo en una habitación.»

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Epílogo. Hoy, 18 de marzo de 2025, Wilmore y Williams han vuelto a la Tierra desde la Estación Espacial Internacional. Una nave fue por ellos y dejó a otros astronautas en la Estación. Llegaron allá el 6 de junio de 2024 para una corta estancia de ocho días y se han pasado allí nueve meses y medio. Su vida allá, en aquel cacharro espacial, supongo que dará material para una serie corta de televisión, con el contrapunto de la increíble serie de sucesos técnicos, burocráticos, políticos y empresariales que han aderezado su postergado regreso, que supongo ha rotos todos los récords de demora espacial. Ellos podrían haber pensado, en su espera, que era más probable que a la Estación Espacial llegara Godot que una nave a rescatarlos. Hoy ha sido el día. Final feliz. Siempre y cuando, claro, estén contentos de volver a la Tierra.

18 de agosto de 2024

El tío Isidro

Isidro Fabela Alfaro murió hace sesenta años, en agosto de 1964. Mi tío Isidro, decía mi padre. Era primo hermano de mi abuelo Gabriel, y éste tuvo cargos menores en el servicio exterior y salió al mundo acompañando al tío Isidro. 

La trayectoria diplomática y política de Isidro Fabela es asombrosa. Uno de los embajadores y negociadores más talentosos que ha tenido México, con logros extraordinarios y un peso internacional, entre las naciones, que hoy se antoja de fantasía:

Secretario de Relaciones Exteriores, embajador en Francia, en Argentina, en Chile, en el Reino Unido, en Alemania y en Brasil, y fue juez de la Corte Internacional de Justicia en La Haya. Sus trabajos y gestiones en la Sociedad de las Naciones fueron notables. Contribuyó decididamente a forjar la admirable, respetable y respetada política exterior de México, que por desgracia ha desparecido. 

Aún se recuerda y reconoce su defensa de la República Española, de Austria y de Etiopía, los tres agredidos por el fascismo y el nazismo, en algunas de las horas más negras del siglo XX; Haile Selassie I, emperador de Etiopía, viajó a México en junio de 1954 para agradecer la defensa de su país, la valiente denuncia de la invasión de la Italia de Mussolini en 1936. Visitó al presidente Adolfo Ruiz Cortines y pronunció un sentido discurso en Palacio Nacional. 

Una rotonda de Ciudad de México se llama Etiopía, y sé que algún sitio de Etiopía lleva el nombre de México. (En Viena, una placa recuerda que México fue el único país que protestó en la Sociedad de las Naciones por la anexión de Austria por la Alemania de Hitler.)

Mi padre me hablaba poco de él; mejor aún, no dijo casi nada. Pero tengo el vago recuerdo del relato  del día en que Isidro Fabela llevó al emperador de Etiopía a su tierra, Atlacomulco; mi padre estuvo presente en un acto o una recepción y el tío Isidro los presentó. Nunca olvidó su encuentro con el emperador.

El tío Isidro era el padrino de bautizo de mi padre, y le regaló a su ahijado cuando éste era muy joven, no sé con qué motivo, un reloj de oro que todavía da la hora y cuido con esmero. No conservo nada más. Unas cuantas fotografías, ejemplares de sus libros (que no he leído). 

No sé si exista una buena biografía del tío Isidro. Hace años que no visito la Casa del Risco, en San Ángel, Ciudad de México, que él donó al pueblo de México como sede de un museo y centro cultural, que ha venido a menos. 

La misión diplomática de Isidro Fabela, sus esfuerzos por la paz y justicia entre las naciones, su legado político, se diluyen, se desdibujan, se pierden en el devenir de los días; como todos, como a casi todos, lo devora el olvido. Cada vez se hablará menos de las acciones y los servicios prestados por Isidro Fabela; en la familia tenemos del todo olvidado al tío Isidro, que murió hace sesenta años.

4 de agosto de 2024

Los cuernos de Moisés

La escultura de El Moisés de Miguel Ángel, en la basílica de San Pietro in Vincoli, en Roma, tiene una presencia tan imponente, tan rica en detalles y misterios, que el viajero curioso que la observa se siente dichoso de estar allí y a la vez abrumado del milagro del mármol que revela la belleza más allá de lo imaginable y transmite el mensaje de un pasaje bíblico esencial para Occidente. 

Mirarla y admirarla es una alegría; la explicación de la escultura y sus significados son otras muchas y diversas cosas. Me interesé en ella por el gusto de hacerlo, por cultivar un conocimiento sin un fin, por celebrar la utilidad de lo inútil, diría Nuccio Ordine. 

Encontré que debió formar parte del conjunto nunca terminado de la tumba del papa Julio II, y que Miguel Ángel, al concluirla en 1516, estaba más que satisfecho con su obra.

En El Moisés se ha visto la representación del Vicario de Cristo, el principio del poder político, la plasmación de un pensamiento de Girolamo Savonarola, un autorretrato, una clave autobiográfica, la apostasía del pueblo hebreo.

Yo buscaba en sitios web y en libros, incluso en una biblioteca especializada en arte, y no encontraba una explicación seria y convincente sobre los cuernos que coronan la testa del profeta. Pero acumulaba información sobre la actitud y la representación de Moisés. La posición de la mano derecha, de los pies, de las tablas, las barbas, la cabeza, todo se presta a las interpretaciones.

Pareciera, dicen algunos, que está a punto de levantarse, furioso, y pasar a la acción, a castigar a los infieles (momento en el que se caerían las tablas por la mala posición del brazo que las sujeta). Investigadores, estudiosos y comentadores se ocupan de los pliegues de las ropas, de la forma en que la mano derecha toma la barba, pero no con todos los dedos, en un gesto muy extraño; está claro, que eso debe significar algo, debe de haber una razón profunda que lo explique, y se empeñan en encontrar el motivo.  

Encontré que hay atributos propios de un preciso simbolismo: «cabellos como llamas, barba como agua, miembros y paños como rocas para representar la composición de un hombre según la idea antigua, o llenos de sentidos simbólicos como la fuerza o el orden en el infinito.»*

Todo esto es de lo más interesante, pero nada sobre los cuernos, tan visibles. ¿Por qué ese silencio de estudiosos y exégetas, por así llamarles? Pregunté aquí y allá, y no obtuve una buena respuesta, incluso un necio me dijo que esos cuernos no existían. La fe y las ideologías, seguidas con fanatismo, pueden llevar a negar la realidad. No sé en qué estaría pensando ese hombre, tal vez entendió que yo decía que Moisés era simple y llanamente un cornudo.

Me topé con un ensayo estupendo de Sigmund Freud sobre El Moisés, pero no dijo nada sobre mi búsqueda. Qué raro que a Freud no le interesaran los cuernos. 

Mi amigo Carlos tiene a su vez un amigo historiador católico (sic), cuyo nombre no conozco, que respondió por escrito a mi pregunta, tan sencilla, y aprovechó para publicar su apunte en sus redes sociales. El texto que recibí dice: 

«¿Por qué el Moisés de Miguel Ángel tiene cuernos, qué significa eso o de dónde salió eso? En resumen, es una de varias representaciones de una serie de símbolos muy hermosos que se entrelazan. A Moisés se le representa generalmente con dos "rayos" o los dos "cuernos" (o dos cuernos como rayos, o dos rayos como cuernos). Hay tres razones que se combinan o confunden entre sí.

«La primera, los rayos, representan la luz que emanaba de la piel del rostro radiante de Moisés después de haber estado en la presencia del Señor, y bajado del Sinaí con las tablas de la Ley, en el libro del Éxodo; es una evocación de la irradiación original que emanaba de Adán y de Eva antes de su caída.

«La tercera, es debida a una variante semántica en la traducción de un término antiguo en la traducción de San Jerónimo en la Vulgata. Como el hebreo antiguo se escribía a menudo sin vocales, había una palabra, "qrn", que pronunciada "karán" quería decir resplandecer o brillar o irradiar, y pronunciada "kerén" significaba... cuerno. [Luego encontré otros textos que dicen que Keren es luminoso, con rayos de luz, y karan, cuerno. Justo al revés.]

«Karán y kerén aproximadamente, porque como decía, no se sabe a ciencia cierta la verdadera pronunciación del hebreo antiguo; el usado actualmente es una creación moderna hecha a partir de conocimientos certeros pero también de especulaciones lingüísticos.

«Y esto introduce la segunda razón, a saber que en las civilizaciones veterotestamentarias (o sea, del Antiguo Testamento) los cuernos no tenían la misma connotación que en la nuestra (de algo demoniaco o grotesco), y para aquellos pueblos antiguos, entre ellos el de los hebreos, representaban la "fuerza" y el "poder divino".

«Pero hay otro matiz más profundo, porque esta vertiente de los cuernos en la Vulgata aparece sólo después del episodio del becerro de oro, cuando, tras haber destruido el ídolo infernal, Moisés sube al Sinaí y enseguida baja como "representante" del Dios todopoderoso único y verdadero, y en cierto modo "remplaza", pero en verdad y en santidad, al ídolo pagano sacrílego e impuro.

«Por eso a Moisés se le representa de esas dos formas, pueden buscar estatuas antiguas o por ejemplo ilustraciones medievales y van a encontrar las dos representaciones indiferentemente.»

Agradezco al historiador católico amigo de Carlos su explicación, pero persiste la duda. ¿Los cuernos son resultado de un error de San Jerónimo al traducir la Biblia o son la representación de la fuerza y el poder divino? Una cosa o la otra.

No encontré ninguna otra explicación sobre los cuernos como representación de la fuerza divina, pero sí una mención al paso sobre el error de San Jerónimo. Dice Kirsten Bradbury: 

«De su cabeza surgen dos cuernos, debidos a una convención de época medieval que era el resultado de la traducción equivocada de un texto hebrero. De su cabeza deberían emerger rayos de luz.»**

Mientras no se demuestre lo contrario, supongo que El Moisés de Miguel Ángel tiene cuernos por un craso error de San Jerónimo, santo, padre y doctor de la Iglesia, traductor de la Biblia del hebrero y el griego al latín. 

Pero siempre es un yerro descartar a Satanás. Esta metida de pata o malentendido bien podría ser obra de Titivillus, uno de sus demonios, hijo perfecto del medievo, que provocaba que los los escribas cometieran errores, y, me aventuro, también los traductores. 

Así que no es un disparate suponer que el santo patrono de los especializados en esa asombrosa alquimia que consiste en verter una lengua en otra, fue la víctima de una jugarreta de tremendas consecuencias. Aunque el que pagó los platos rotos fue otro. Sí: los cuernos se los pusieron a Moisés. 

Es conveniente no olvidar que la versión de San Jerónimo, conocida como la Vulgata, sigue siendo, aunque revisada, la Biblia oficial, canónica y verdadera de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana. 

El error de lectura o interpretación está en Éxodo 34:35. San Jerónimo debió traducir algo así: «Y los hijos de Israel vieron entonces que cuernos emanaban de la tez del rostro de Moisés...». Una Biblia protestante dice: «Y al mirar los hijos de Israel el rostro de Moisés, veían que la piel de su rostro era resplandeciente...». En la Biblia de Jerusalén se lee: «Los israelitas veían entonces que el rostro de Moisés irradiaba...».

Los cuernos o el resplandor o la luz debían surgir del rostro, no de la parte alta de la cabeza, lo cual complica un poco más el problema. Pero algo más que me intriga. Supongamos que San Jerónimo cometió una variante en la interpretación o un error en su traducción del Antiguo Testamento del hebreo al latín (si lo fue, debe de ser uno cuyas consecuencias se extienden a la historia del arte). 

Si Miguel Ángel se basó por su lectura o por instrucciones de la Iglesia en la Vulgata de San Jerónimo, ese error persistió más de mil cien años, que separan el inicio de la traducción (390) y el inicio de los trabajos de escultura (1514). Un lapso casi inverosímil, si consideramos además que Gutenberg ya había publicado la Biblia. 

No sé qué versión aparece en la Vulgata, no sé cómo pasamos de los cuernos a los rayos de luz, a un rostro resplandeciente, a uno que irradiaba... Admito que tengo una enorme curiosidad por saber cómo han sido esas enmiendas, qué decía y qué dice la versión actual y autorizada de la Vulgata.

Es posible corregir un error en un libro, con la fe de erratas o en la siguiente edición, pero no es posible «corregir» una de las esculturas más asombrosas, una obra maestra absoluta del arte universal.

Así que no hay nada que hacer. Por supuesto que no es posible limarle los chichones al pobre patriarca, además no es buena idea, no le gustaría a Miguel Ángel, seguro. Sería un atentado, una intervención violentísima e inadmisible, un acto terrorista en el nombre de la fidelidad filológica y lingüística, algo muy posmoderno y por lo tanto inaceptable. 

Así que Moisés se quedará con sus enormes chipotes, por decirlo con una palabra mexicana, de los que apenas suponemos y especulamos, sin una certeza de su función, su razón de ser, pero que lucen absurdos y monstruosos por todo lo alto en esa escultura perfecta, que se antoja eterna, única, irrepetible.

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* VV. AA. Miguel Ángel, Vol. 1. Ed Teide, Barcelona, 1978, p. 117. 

** Kirsten Bradbury, Miguel Ángel, Parragon, Barcelona, 2004.

28 de julio de 2024

Óscar, el gato que presentía la muerte

Los gatos, amos y señores de la casa y de cualquier otro espacio que habiten, campean con sigilo y silencio, dos de sus atributos, también en la literatura. Por supuesto, esto comenzó hace varios miles de años, con certeza en el antiguo Egipto. 

Son protagonistas de tantas historias que necesitaríamos muchos volúmenes y una biblioteca de buen tamaño para registrar, con un ejército de escribidores, la Verdadera Historia Universal de las Increíbles y Heroicas Hazañas y Glorias Gatunas Nunca Antes Así Contadas.

Sí, basta escribir la palabra gato para instalarse en el reino de la literatura, del recuerdo y la imaginación. En un instante se erigen en la memoria un cuento de Poe; otro de Cortázar y algunos de esos textos impecables, contundentes y libres, inclasificables, que deben contarse entre las mejores páginas de la lengua. Al menos un poema perfecto de Borges, otros dos de Baudelaire. 

La novela Opiniones del gato Murr, de E.T.A. Hoffmann; la clásica de las letras japonesas, Soy un gato, de Natsume Sōseki, y El gato, novela corta de Juan García Ponce, cuya trama vive en la presencia de un felino. 

Esto no es un inventario ni un recuento, apenas la consigna mínima de lo que en un instante recupera la memoria. (Esa historia universal nunca escrita podría ofrecer satisfacciones a los compiladores y muchas alegrías a no pocos lectores.)

La memoria también trae a esta página dos películas. El séptimo sello, de Bergman, en la que la muerte anuncia su presencia, y, guardando distancias, a Sexto sentido, de M. Night Shyamalan, en la que un niño ve a gente muerta, que no saben que están muertos (como metáfora de gente muerta en vida es devastadora, pero en la película es real).

La historia del gato Óscar, que aquí reproduzco, la encontré en las páginas de un diario, cuya tarea es contar cada día el devenir del mundo, que a veces revela historias como esta, que podrían ser la materia prima de un guionista: 

En Estados Unidos, en el año 2005, en una casa de retiro o reposo adoptaron a un gato de seis meses para que contribuyera en la terapia de los ancianos. La crónica del diario no explica en qué consistirían las funciones del gato, al que llamaron Óscar. El personal de la casa pronto encontró extraña la conducta de Óscar. Casi siempre prefería estar solo, pero algunas veces se echaba cerca de alguno de los ancianos residentes. 

Alguien del personal se dio cuenta de que el anciano al que Óscar acompañaba moría en unas horas. Le restaron importancia a esa coincidencia, pensaron que no era relevante, hasta que, con el tiempo, sucedió veinte veces. Ya era más que una sospecha suponer que Óscar sabía cuándo alguien iba a morir. 

Se disipaban las dudas sobre los extraños poderes de Óscar. Más de una vez, el personal de la casa de reposo pensaba que un residente moriría pronto, pero el gato se acercaba a otra cama, a otro anciano, una persona con un cuadro clínico menos grave que de pronto moría antes que aquél, cuyo fin parecía inminente. 

Entonces se descubrió el verdadero sentido de los servicios de Óscar. Si veían que el gato se echaba muy cerca de un anciano, llamaban a los familiares de éste para prevenirlos y fueran pronto a la casa de reposo.

Se extendió la opinión de que Óscar podía identificar el olor de un cuerpo moribundo, por eso se acercaba a confortar a los residentes que morirían muy pronto y que además estaban solos. El número de sus aciertos era asombroso, su instinto o intuición era casi infalible. 

Óscar estuvo en la casa de reposo, cumpliendo con su singular y escalofriante misión, por así llamarla, hasta el año 2022, durante casi diecisiete años. Más de cien veces advirtió, implacable, al echarse a los pies de un anciano, la inminente llegada de la muerte. 

26 de julio de 2024

Esa salsa no pica

Belkis Wille, una investigadora suiza con un alto cargo en la división de Crisis y Conflictos de Human Rights Watch, decidió pasar unos meses libres de su empleo en busca de los chiles de México, sus picores y sabores, sus encantos y colores. 

Escribe Wille en su crónica: «Me paso el día documentando crímenes de guerra para Human Rights Watch en Ucrania. Pero dedico mi tiempo libre a la comida: a cocinar, leer, ver programas de televisión y planear viajes en torno a ella. Después de penosos viajes al frente, con días dedicados a entrevistar a decenas de víctimas de los peores abusos de la guerra, sé que puedo volver a casa, a Kiev, y encontrar algo de alivio en la cocina, preparando comida impregnada de amor.»  

Luego de una iniciación que terminó en llanto, poco a poco aprendió a comer chiles: «En cuanto pude tolerar el picor —dice— comencé a deleitarme con sabores emocionantes escondidos en el picante: notas afrutadas, ácidas, amargas, brillantes o ahumadas, a veces por etapas, a veces todas al mismo tiempo.»  

Así que planeó otro viaje a México (había venido al menos una vez) en el que la cocina mexicana y los chiles en particular, serían el centro, tema y motivo. 

Emprender un viaje desde la Ucrania en guerra contra el invasor para recorrer Veracruz, Puebla y Oaxaca en busca de los sabores y secretos de los chiles pareciera tan extraño e improbable, incluso inverosímil, como emprender hoy la búsqueda del santo grial. 

El respeto e interés de Wille por el mundo culinario y cultural que va descubriendo no tiene límites. Y su asombro no disminuye. Si escribiera un libro sobre los chiles de México, yo lo leería con gusto y provecho. 

En Puebla, descubrió, con Leopoldo Ramírez y Jessica Andrade, productores de chile poblano, que: «los "verdaderos" chiles poblanos germinan en febrero, pero no se cosechan sino hasta julio o agosto, así que si alguna vez has comido chiles poblanos frescos fuera de esos dos meses, son impostores. 

«Según Ramírez y Andrade, hasta el ochenta por ciento de los chiles poblanos que se consumen en México se cultivaron en China con pesticidas, lo cual produce chiles de piel más gruesa que carecen del verdadero sabor poblano, gran parte del cual procede del suelo volcánico de Puebla.»

Las incursiones de Wille son notables, va a fondo, a pueblos y sitios recónditos, para encontrar secretos y sorpresas, recetas y chiles para ella desconocidos. Su aventura la lleva de asombro en asombro, y descubre fascinada las cocinas y guisos de México, sus chiles, con los que tuvo tropiezos muy dignos de mención. 

En Coatepec, Veracruz: «Apenas toleré un par de mordidas del [chile] manzano. Se sentía como si al interior de mi boca y garganta hubiera un incendio forestal. Tuve que admitir la derrota y tomé varios sorbitos de agua fresca, sosteniendo cada uno en la boca para apagar el fuego.» (Beber agua sirve de muy poco a la hora de apagar esa clase de incendios que abrasan las entrañas.) 

Disfrutar de aquellas delicias tiene un precio muy alto. No siempre se padecen de golpe todos los síntomas, que pueden ser muchos y muy dignos de consideración: hormigueo en los labios, ardor en la lengua, quemazón en la boca, sudor intenso, coloración súbita de la piel, enrojecimiento de la cara, acidez, dolor de estómago, de cabeza, diarrea, malestar gastrointestinal, suspensión temporal del habla, los sentidos y la consciencia. Y tallarse los ojos con los dedos impregnados de un chile potente puede considerarse tortura china en primer grado.

Los entusiastas e incondicionales, que algo tendrán de masoquistas, se desviven para pregonar los beneficios a la salud que conlleva el consumo de chile, hablan de efectos antioxidantes y antiinflamatorios. No dudo de que así sea, pero hay otros métodos menos agresivos de alcanzar esos fines. 

Ante una buena salsa, invariablemente soy derrotado y muy proclive a sentir una variante del fuego: lava ardiendo que corre por el esófago y desintegra el estómago. 

La capsaicina, la responsable del picor, es una sustancia tóxica, muy peligrosa, que hay que manejar con cuidado extremo, y no debe dejarse al alcance de los niños ni de cocineros frívolos, sádicos, bromistas o insensibles. Según el Diccionario de la Lengua Española es un: «Alcaloide responsable del sabor característico de la guindilla, con propiedades analgésicas y cuya ingesta excesiva provoca envenenamiento.»

Vaya definición; deja mucho que desear. Si bien la capsaicina se usa como analgésico en medicina, el efecto en el valiente que cubre de salsa sus tacos es el contrario: genera dolor y malestar. Y la palabra guindilla no la usa ni conoce el noventa por ciento de los hispanohablantes, y difícilmente alguien en este continente entenderá que se está hablando del chile. 

Y eso del envenenamiento en sentido recto está por comprobarse, el porcentaje de envenenados debe ser mínimo, residual, sin valor estadístico. Se refiere al consumo de capsaicina pura, pues es mucho más probable morir de los otros síntomas que con una dosis sobrehumana de chile de árbol, por ejemplo.

(Sostener que el Diccionario rezuma deficiencias, insuficiencias, omisiones, errores y es una formidable colección de metidas de pata se antoja una verdad tan evidente como decir que el chile habanero es el más picoso de los que se cultivan en México. Es urgente revisarlo a fondo; mejor aún: rehacerlo.)

El chile habanero, me informa la señora Wille, tiene denominación de origen en Yucatán, Campeche y Quintana Roo; y está lejos de ser el chile más picoso del mundo. (Quizá estas líneas son un testimonio de mi ignorancia, que pone en evidencia una viajera venida desde Ucrania para ilustrarme sobre los chiles mexicanos.

Hay más de doscientas variedades criollas y sesenta y cuatro variedades domesticadas en México, y cada chile tiene su historia. Son comunes los casos de mestizaje, como el del chile poblano, que algo tiene de chino, pues fue «creado en el siglo XVIII por monjes franciscanos que cruzaron chilacas locales con morrones de Asia.»

Hace ya más de un siglo que el químico Wilbur Scoville creo la escala que mide el picor en la unidad SHU (Scoville Heat Units; Unidad de Picante Scoville) que comprende un rango desde el cero del no picante pimiento morrón, hasta los más de dos millones del Pepper X seguido del Carolina Reaper.

 Aunque la escala es imprecisa, esos más de dos millones revelan el poder aniquilador, casi letal por la cantidad de capsaicina que contienen esos chiles. El habanero, campeón nacional, puede superar las quinientos mil SHU, que no es poco. 

En México, en todo el enorme país, todos los guisos de todos los tiempos pueden llevar picante, desde las entradas y botanas hasta los dulces y los postres (sí, hay helados de chile). Una comida sin picante es como un día sin agua. 

El chile, casi siempre como señor y amo de la salsa, está presente en cada mesa, desde la más modesta y sencilla del campesino más pobre, en cualquier fonda o merendero, hasta la casa más opulenta y en los restaurantes de lujo.

El gusto por las tortillas de maíz y el chile es un rasgo común de una sociedad tan heterogénea y desigual como la mexicana. Aun así, moderar el picor, las unidades SHU de las salsas y los guisos sería un acto cívico, un gesto amable, de buena voluntad. Una acción fraterna, solidaria, altruista y humanitaria. 

Anunciar en los menús de los restaurantes y cafeterías, de los puestos callejeros, el grado de picor es por ahora una tarea imposible, muy pocas cocineras y unos cuantos jefes de cocina mexicanos debe saber qué es una unidad SHU, y la medida se basa en la receta, la tradición, o la resistencia: me atrevo a pensar que algunos tienen la lengua escaldada e insensible o simplemente blindada. 

Medir el picor y graduarlo es una más de las tareas nacionales que nos falta por hacer (incluida las casas de amigos y parientes. Es cierto que algunas empresas que venden salsas en frascos de vidrio o latas ya advierten así a los desprevenidos: «Muy picante»).

No todos los mexicanos resisten estoicos los bombardeos millonarios de unidades de capsaicina, sin contar que a la mesa también hay viejos, enfermos, mujeres embarazadas, niños y extranjeros que pueden lanzar aullidos y derramar lágrimas por una salsa guisada para matar. 

Los defensores del picor sin límite defienden el todo o nada. La salsa debe picar, y si alguien no quiere que pique, que prescinda de ella. Falsa solución, por poco diplomática y atenta, que no considera que hay guisos a los que no se les añade salsa: ya llevan el chile en sí mismos, y pueden ser/son, en su picor, abiertamente agresivos al paladar. Además, prescindir de la salsa no es una solución, se pierde el sentido, el encanto, pues un poco de picor, en su punto justo (concepto subjetivo, lo admito) es una alegría y puede ser la vida y el alma del platillo.

Un amigo mío me contó que su tío, aficionado al cine, entraba a la sala con una buena bolsa de chiles serranos o verdes, y que mientras veía la película los desgranaba a mordidas limpias, como otros se llenan la boca de palomitas, hasta que sólo le quedaban entre los dedos los rabillos o pedúnculos, sufriendo feliz, bañado en lágrimas y empapado en sudor.

El verdadero deporte nacional no es la charrería, ni el consumo en cantidades heroicas e inverosímiles de chiles, sino negar su picor. El tío de mi amigo podría jurar, en su lamentable estado, que esos chiles no picaban, y esa afirmación la pueden repetir millones de comensales como declaración jurada.

Muchas personas en México pueden proclamar a los cuatro vientos y por la salud de su santa madre, como una verdad inobjetable, como si cualquier cosa, que una salsa que podría usarse como arma química o biológica, simplemente no pica. Si apenas sabe, suelen de decir. 

Negar el picor del chile que les enciende la cara y los pone a sudar es una de las más altas y puras expresiones de la mexicanidad, una manifestación del ethos, del carácter nacional, que nos une a los productos de esta tierra, y celebramos sus atributos aunque eso implique tragar fuego. No sé qué vibras del nacionalismo, de la identidad se imponen en ese trance. Ya no se sabe si es costumbre, orgullo o contumacia.

No es fácil encontrar una camarera o un mesero, un capitán o un maître, un cocinero o una mayora (otra palabra mexicana que debería conocer el Diccionario) que admita que su salsa es un atentado contra la salud pública. 

Belkis Wille ya lo sabe, y pagó el precio, como tantos extranjeros que por primera vez bañan de salsa sus tacos. En México, por razones muy difíciles de comprender, que rebasan por mucho las explicaciones simplistas de la cocina y la gastronomía, de la capsaicina y las unidades de medida del Wilbur Scoville, de la idiosincrasia, la historia, la magia negra y los misterios del inframundo; en México, decía, una buena salsa de chile habanero o manzano o de árbol, bien puede ser la morada del diablo, una pequeña degustación del infierno.  

6 de marzo de 2024

Los huesos del general

El comandante supremo de las fuerzas armadas, por decreto, y con la previa autorización del Senado de la República, ha enviado a sesenta marinos, veinte soldados, once especialistas de la Comisión Nacional de Búsqueda y dos empleados de Relaciones Exteriores (noventa y tres personas en total) en busca de los huesos de Catarino Erasmo Garza Rodríguez, un don nadie de nula trascendencia histórica que pasa por un gran revolucionario y que seguramente fue asesinado en sus correrías en 1895.

Es hora de que los huesos de ese ínclito varón vuelvan a la patria.

La expedición zarpó de Veracruz en el Huasteco, el 19 de febrero, y la búsqueda, por fortuna, no se extenderá demasiado, pues deberá volver el 16 de abril; un senador de la oposición ha llamado a esta expedición «turismo militar».

Catarino, periodista crítico y enemigo de Porfirio Díaz, inició en 1891 una revuelta contra el viejo dictador en... Texas, que fue vencida y aniquilada sin llegar a México. Entonces tuvo que exiliarse. No volvió a México. Anduvo en el Caribe de levantamiento en levantamiento, de revuelta en revuelta, hasta que cayó en Bocas del Toro, hoy provincia de Panamá. 

Dicen que el presidente de la república escribió (es un decir) un libro sobre don Catarino, célebre precursor de la Revolución Mexicana, aunque en otros ámbitos, con otras fuentes y otros datos, se dice que sus méritos militares y éxitos en su lucha están por averiguarse o inventarse.

La misión, conocida por el pueblo bueno como "Rescatando al soldado Catarino", tiene el encargo de hacer labores de «excavación arqueológica» para encontrar los restos del general (es un decir) y repatriarlos.    

La primera dificultad fue hacer sobre la marcha, a destiempo, una serie de trámites burocráticos, siempre engorrosos y absurdos, como pedir permiso a la hermana República de Panamá para el desembarco de los militares y que hicieran hoyos aquí y allá. 

El final es previsible, por supuesto. La expedición será un éxito. Antes del plazo señalado, los soldados y marinos encontrarán los huesos, en un hallazgo asombroso, en el que se combinaron positivamente factores tan diversos como las estrellas, la genial estrategia y táctica militares, la intuición y la buena fortuna.

No importará, por supuesto, si los huesos encontrados son de general o de sargento, de cualquier cristiano o pagano, de caballo, perro o de burro; da igual. Se anunciará orbi et urbi el gran hallazgo. Serán incinerados, y volverán en una urna de maderas finas cubierta por la bandera nacional. El Huasteco entrará triunfal al puerto de Veracruz, entre salvas y las más viva y espontánea recepción de bienvenida que se haya visto en mucho tiempo. 

El presidente de la República recibirá las cenizas del general y ordenará que se dispongan en algún altar de la patria, y condecorará a los bravos guerreros que fueron a rescatar lo que tanto necesitábamos. 

Esto podría ser el argumento de la farsa, de una opereta, de un mal cuento, de una pésima película del Santo o de los hermanos Almada, pero sucede que es un hecho histórico. Ahora mismo tropas mexicanas buscan los huesos de un hombre que murió hace ciento veintinueve años y que no merece más atención que una línea en los libros de historia. 

Pronto nos olvidaremos de este distractor, de este disparate, que movería a risa si México no fuera el país de los desaparecidos. Hay más de cien mil personas que no volvieron a su casa, y hay más de cincuenta y dos mil cuerpos sin identificar. 

Y hay mujeres heroicas que se juegan la vida por buscar los cuerpos de sus hijos; lo hacen contra viento y marea, a pesar de los criminales, y la desatención y la obstrucción de las autoridades; lo hacen con rabia, con llanto, de rodillas, y escarban con las uñas. Y no dejarán de hacerlo. 


Adenda. No que no, ya se sabía, sí se pudo o misión cumplida: La Jornada, el martes 24 de septiembre de 2024, publicó con una foto que el presidente «López Obrador depositó los restos del revolucionario y antiporfirista Catarino Erasmo Garza Rodríguez en un nicho, junto al busto y monumento que el escultor Pedro Reyes realizó en su memoria, en el puente Puerta México de Matamoros, Tamaulipas. El gobernador Américo Villarreal agradeció que haya localizado los restos del también periodista en Panamá y los trajera a su tierra natal.»

5 de marzo de 2024

Este libro no sirve

Mañana, 6 de marzo de 2024, será presentada en Madrid, En agosto nos vemos, una novela corta, inédita, póstuma, de Gabriel García Márquez; en este día cumpliría noventa y siete años. El acto será transmitido por internet, y también desde mañana el libro, que será lanzado de manera simultánea en cuarenta ediciones, estará disponible en las librerías de muchos países. 

Será una gran fiesta de la mercadotecnia, la promoción y el arte de vender libros. Puede ser también una fiesta literaria. Supongo que para algunos lectores entusiastas y admiradores sin reservas de García Márquez será una fecha memorable, e irrepetible, porque ya no hay escritos inéditos que podrían publicarse en el futuro. 

Rodrigo y Gonzalo García Bacha, hijos y herederos del novelista, decidieron ahora publicar una novela que su padre se había negado a hacerlo. Si bien el propio García Márquez publicó hace muchos años un capítulo, después de varias versiones (esta que se publica es la quinta) quedó insatisfecho con el resultado y decidió no publicar la novela.

No hay dudas sobre la opinión que García Márquez tenía de su novela: «Este libro no sirve. Hay que destruirlo.» Y cometió el error de no destruirlo él mismo, con todas las versiones y archivos digitales. Los hijos tampoco lo hicieron. Dicen en el prólogo: «No lo destruimos, pero lo dejamos a un lado, con la esperanza de que el tiempo decidiera qué hacer con él.»

No es el tiempo quien lo publica ahora, sino la ambición. Publicar un libro imperfecto, que había dejado insatisfecho al autor, que era tan escrupuloso y limpio en su escritura, tan impecablemente cuidadoso de su prosa y el artificio novelesco, es un acto por lo menos cuestionable. Los señores García Bacha dicen que «... no está tan pulido como sus más grandes libros. Tiene algunos baches y pequeñas contradicciones...», etcétera. Es decir, no es ni de lejos el mejor libro de García Márquez.

¿Era necesario publicar una obra así? ¿Aportará algo al prestigio y la gloria literaria de García Márquez? Me parece que antes puede suceder lo contrario. Hay casi un consenso total de que dar a la luz Memoria de mis putas tristes fue un error grave, una caída al final de una exitosísima vida literaria; ahora quedará el consuelo de que no García Márquez sino sus hijos los que se equivocaron.

Hace unos años el hijo de Vladimir Nabokov publicó el manuscrito de la novela El original de Laura. El novelista dejó muy claro que esas 138 tarjetas en las que trabajaba eran borradores, y que esa novela estaba inconclusa. Su voluntad no fue respetada, y ese libro es un apéndice o una anécdota de la obra poderosa de Nabokov. 

Si un autor no quiere que se publique alguno de sus escritos, debe destruirlo él mismo, y no dejarlo en manos de sus hijos, sobre todo de sus hijos, y de otros parientes, agentes y representantes. Tarde o temprano (en realidad, cuanto antes, mejor) si se puede lucrar con el libro, alguien, los herederos, cederán los derechos a algún editor, pedirán un adelanto y cobrarán puntualmente las regalías de los derechos de autor. En el caso de García Márquez se empieza con cuarenta ediciones en muchas lenguas, y en el caso de Nabokov también debe de haber sido una fortuna lo que esa obra generaba por sus derechos en todo el mundo. 

La historia del autor que pide destruir su obra y ésta terminada por ser publicada ha sucedido varias veces. Virgilio, insatisfecho con la Eneida, pidió que fuera destruida, pero Augusto, primer emperador de Roma, creía, con razón que ese poema era la fundación mítica y literaria de Roma.

Y el caso de Franz Kafka es más que conocido. ¿Debemos agradecerle a Max Brod que no haya cumplido la voluntad de su amigo? Y Brod fue mucho más allá. No sólo dio a la imprenta la obra de Kafka, sino que la ordenó, la comentó, la editó y difundió. No tengo noticia de que lo hiciera por dinero. 

Hace unos años la familia de García Márquez puso a la venta ropa del escritor colombiano, aunque parece que con fines benéficos. Parece que la venta no estuvo abierta a todo público, hacía falta una invitación, algo así. La venta de cochera fue en la casa de García Márquez en Ciudad de México, a la que se podía visitar como un museo, si se hacía una cita y se pagaba una cuota.

Lo dicho, si algún heredero puede lucrar con un libro inédito, lo hará. Aunque la voluntad del autor lo prohibiera. Aunque el libro esté inconcluso o su ejecución esté por debajo de las mejores páginas de ese escritor, el libro será dado a la estampa a cambio de dinero. Parece una constante sin excepciones, como si tratara de otra ley de la física clásica.

4 de marzo de 2024

Una evocación de Emily

Emily Dickinson se esmeró en hacer de su vida un atributo más de su poesía. Pasó muchos años mirando el mundo (su jardín) desde su ventana. Y si un día decidió no salir de su casa, terminó por no salir de su habitación, en la que escribía sus poemas a los que restaba importancia y guardaba en un cajón. 

Emily Dickinson era un ser singular, un misterio, y una de las grandes poetas de la lengua inglesa. Dominique Fortier, escritora canadiense, ha imaginado la vida de Emily, de la que sabemos lo suficiente para saber que casi nada sabemos. Este pequeño libro, Las ciudades de papel (minúscula, Barcelona) es una biografía/ensayo/cuento muy libre sobre lo que sabemos y no sabemos de Emily. 

Fortier la recreó tanto como la imaginó, y ha logrado un retrato verosímil y sugerente. Su capacidad de crear atmósferas y personajes, de imaginar y evocar es notable. En párrafos escasos y cortos dice más que otros muchos autores en decenas de páginas. El original francés debe ser realmente una buena pieza de escritura, pues traducido ya suena y se lee estupendamente. Se siente vibrar el goce de la palabra viva, de la buena literatura. 

Este librito, en verdad una delicia, nos acerca a la intimidad de Emily, y el lector lo agradece y lo goza como si fuera un caramelo.

1 de marzo de 2024

Carta a Juan Rivera

 Querido Juan:

Hace menos de un mes me enviaste un ejemplar de tu novela La casa de la memoria rota (La Huerta Grande Editorial, Madrid, 2023). Es una edición muy bella, y tengo la impresión de que los libros de verdad, los de papel y tinta, mejoran cuando las artes gráficas y el proceso editorial alcanzan una realización notable, una ejecución esmerada; así, creo que esta nueva edición da mayor realce a tu novela publicada en el año 2021 (Gobierno del Estado de México, Toluca). Esto de que los libros mejoran, son más nítidos y profundos, más finos y logrados, debe ser una manía de lector, pero un libro bien compuesto y mejor impreso en buenos materiales siempre es una alegría. 

Así, con las dos ediciones en la mesa, noté que las dos notas biográficas hablan de libros que no conozco. Te pregunté por ellos, en el correo en el que te agradecía el envío. Respondiste así:

«Me preguntas sobre otros títulos que aparecen en la solapa de mi novela. La historia inconseguible es una novela juvenil que obtuvo en 2021 el Premio Internacional FOEM. Pensé que te la había enviado ya. Al próximo envío, te la adjunto para la colección. La edición está bellamente ilustrada. Un dato curioso es que la escribí durante un curso de literatura juvenil en Casa Lamm, diez años antes de su publicación. Sobre los libros de cuentos, puedo decir poco: con el primero, El lecho del mar, obtuve el premio estatal de literatura del estado de Hidalgo durante la preparatoria, lo cual me facilitó en gran medida el proceso de conseguir chicas. Y el segundo, La ronda, lo escribí a los dieciocho años para continuar con el hechizo. A pesar del paso del tiempo, no me avergüenzan. Creo que ya desde entonces está presente una filosofía personal que me gobierna dentro y fuera de la página: hacer bien las cosas. Porque aunque no haya mucho material, mucho talento o mucho de nada, se pueden hacer bien las cosas, todas. Aun así, tampoco voy por la vida presumiendo aquellos libros. Fueron y estuvieron bien.»

Me quedo con dos ideas: la voluntad de hacer bien las cosas, y que los libros pueden ser útiles en el proceso de conseguir chicas. No pensaba en esos libros de adolescencia y primera juventud, publicados hace más de diez años; supuse que sólo serían el sustento de la obra que escribes y escribirás, y que habría que volver a mirarlos con el tiempo, y ver qué ha sucedido con ellos, y que por lo pronto no te avergüenzan, lo cual quiere decir que tienes buena relación con ellos.

Coincidencia podría ser el nombre de una novela. Borges creía en ella, también García Ponce, en un sentido profundo, casi filosófico, y algunos autores la vinculan más con la causalidad que con la casualidad. 

Unos días después respondí tu correo, y me entretuve un tiempo con la idea de los libros de formación, adolescentes, sus posibilidades y razón de ser en la obra posterior. Buscaba casos, ejemplos. Contra todo hábito y pronóstico, ese martes, por un cambio de horarios, iba a comer con mi madre y mi hermano en su casa. Para llegar, tenía que cruzar un parque en el que se instala, sólo los martes, un mercado callejero, un tianguis, con puestos de comida y mercancía varia. 

Ahora sé por qué decidí cruzar el mercado, en el que es complicado caminar, si podía rodearlo sin gran esfuerzo; ya sé por qué llegué a la esquina, si había un sendero diagonal que me libraría de los puestos de frutas y de tacos, de maquillaje y ropa barata. Y está clarísimo por qué tenía que ir a meter las narices al único puesto minúsculo en el que había una veintena de libros sobre una mesa expuestos al sol. 

Me acerqué, a pesar de que iba sobre la hora y nada esperaba de un triste puesto de un mercado, porque no puedo dejar de mirar los libros que aparecen en mi camino. De todos esos libros viejos, sólo uno tenía algo que ofrecerme, sólo uno era para mí. 

Me acerqué a ese puesto para el feliz encuentro con un libro tuyo. Contra toda probabilidad, ahí estaba un ejemplar de La ronda, de 2013, en buen estado, uno más que razonable si lo imaginamos rondando por el mundo, de mano en mano, once años y asoleándose sin pudor los martes de mercado. 

No podía creerlo, Juan. Esa mañana pensaba en tus libros y de pronto uno de ellos me sale al paso. El librero me pidió treinta pesos por el ejemplar (ese es el precio de un litro de leche). Lo compré por supuesto, aturdido de felicidad por el hallazgo, temeroso de los dioses, del significado de esa casualidad que tendría que ser la seña de algo mayor. 

Si me hubiera empeñado en buscar La ronda, podría haber recorrido librerías de viejo de toda la ciudad, hurgado en otras librerías, bodegas y rincones, y estoy completamente seguro de que no lo hubiera encontrado.

Ahora empezaré a leerlo con cautela, como si examinara un objeto explosivo, como si saliera de ronda. Estoy convencido de que esa coincidencia guarda un secreto, un mensaje que aguarda. Al menos creo, que así podría comenzar La coincidencia, esa novela no escrita que empieza a tomar forma a partir de un libro tuyo, que vuelve, como una exhumación, para decirme algo, para ser leído. 

Un abrazo

31 de julio de 2023

Escrito en otra lengua

Los escritores que han logrado páginas y libros que podemos llamar una obra, en otra lengua que no sea la materna o de la primera infancia, siempre han despertado en mí asombro, una particular admiración, y no sé si una curiosidad malsana que oculta algo así como una envidia tenue e inocua. 

Escribir no es fácil, en ningún caso, y hacerlo en una lengua aprendida lo encuentro tan arriesgado como el equilibrista que va en su alambre, sin red, a quince metros del suelo. Un traductor incapaz que arremete una obra extranjera por necesidad, inconsciencia o soberbia es un funambulista irresponsable e improvisado que en su caída y fracaso literario puede hacer mucho daño. 

Tal vez el autor cuya maestría literaria se agiganta por su hazaña sea Joseph Conrad, súbdito ruso (hoy sería ucraniano), que aprendió inglés hacia los veinte años al enrolarse en la marina mercante inglesa, y la lectura de Shakespeare le permitió convertirse en un clásico de la literatura inglesa con una escritura singular. Un verdadero monstruo (para evaluar esta palabra, consúltese el Diccionario, por favor).

Y ese es el punto: los múltiples matices y significados y guiños que puede tener una palabra o una expresión en la pluma de un autor dotado, por no hablar de un genio. Las palabras significan, y están plenas de significados; y no significan ni dicen lo mismo. Flaubert sabía que no hay sinónimos. Entre niño, crío, chaval, escuincle, chamaco, chavito, angelito, chico, chiquillo, muchacho, infante, hijo... hay un abismo en la intención y en el habla del personaje o la expresión estética, el tono y lenguaje que ha elegido el narrador. 

Por eso es tan difícil comprender todo lo que dicen y sugieren las palabras. Comprender en todos los niveles es saber leer de manera plena. Hacerlo en otra lengua parece una hazaña. Este punto alcanza su extremo en el caso de la poesía, por supuesto. 

¿Cómo expresar en otra lengua eso que a veces tanto esfuerzo cuesta encontrar en la propia? Dicen que se puede escribir en otra lengua cuando se piensa en ella, y es posible hacer operaciones aritméticas mentales. Puede ser. Pero yo encuentro que con frecuencia me faltan palabras en español, y los nombres de cosas y objetos, de situaciones y conceptos se me escapan. Siempre habrá una palabra que nos falta o se nos niega: el vocabulario no tiene fin.

Con todo, la lista de los que han incursionado en otras lenguas no es breve, y algunos nombres son célebres. Pero más interesante sería conocer las razones para escribir en otra lengua. 

Mi admiración por Vladimir Nabokov, en este sentido, remitió un poco cuando leí, en Habla, memoria, su autobiografía, que, cuando tenía seis años «mi progenitor [sic] comprobó aquel año, con patriótico disgusto, que mi hermano y yo sabíamos leer y escribir en inglés pero no en ruso», gracias a los buenos oficios de su institutriz inglesa, seguramente Miss Norcott. (¿Por qué dice progenitor, palabra áspera, y no padre, papá, papi, entre otras posibilidades?) Si la obra de Nabokov es admirable, y lo es, no debe sorprender que buena parte de ella la haya escrito en inglés. 

Guillaume Apollinaire, italiano de origen polaco, incidió de tal manera en la lengua francesa que cambió el curso de la poesía, y no sólo en esa lengua. Residente desde joven en Francia, terminó por convertirse en un poeta tan francés como esencial. 

Rainer Maria Rilke incursionó en la lengua francesa, pero tengo la impresión de que lo suyo fue una exploración, una incursión temeraria, más que una búsqueda o revelación poética. 

Emil Cioran llegó muy joven a Francia, y terminó por escribir en francés. Es el mismo caso de Clarice Lispector, ucraniana de nacimiento y de lengua materna pero que al emigrar a Brasil hizo suya la lengua portuguesa, en la que escribió con maestría libros definitivos.

Samuel Beckett escribió una parte de su obra en francés, y parece que no son sus mejores páginas. Esos textos «dicen menos, no están tan bien escritos», lo cual también podría ser la intención de Beckett. 

Milan Kundera, escribió en checo sus primeros libros, entre ellos La insoportable levedad del ser, novela que le basta para ser recordado entre los grandes autores europeos del siglo XX. Le preocupaba mucho, como a muchos otros escritores, la fidelidad de las traducciones* a otras lenguas, y no le faltaba razón. 

Leía y cotejaba, preguntaba y consultaba y descubría que los traductores con frecuencia hacen paráfrasis, versiones, aproximaciones impresentables o inadmisibles a su pensamiento y sus palabras, sus figuras, sus imágenes. Kundera, desesperado ante este problema, acabó por escribir sus últimos libros en francés. Y aunque tenía muchos de residir en Francia, su obra perdió brillo, calidad, precisión. 

No es fácil escribir literatura en una lengua extranjera, aprendida. Sin embargo, he conocido a dos autores, los dos italianos, y editado un libro de cada uno y puedo dar fe de su conocimiento de la lengua española. Nadie conoce tan bien un libro, después del autor, que un traductor o editor que ejerza bien su oficio.  

Carlo Cóccioli era un escritor italiano afincado en México. Escribía en español y algunos de sus libros con temas mexicanos. Tuvo muchos años una columna en el Excélsior, y se regodeaba de la calidad de su prosa. Pero, además, había escrito en francés libros que fueron celebrados y premiados en Francia (quiero decir, al menos estaban muy bien escritos), y algunos los tradujo él mismo al italiano. 

Lo conocí cuando ya era un viejo imposible y nada agradable. Y trabajamos juntos en una versión revisada de una biografía suya de Buda. Tenía un gurú, un gramático colombiano, en Bogotá, que lo asesoraba. Le llamaba por teléfono y le pedía razones y explicaciones gramaticales muy complejas. Su conocimiento del español era impresionante, y sus escritos tenían una calidad muy superior a la media de los colaboradores de los diarios, por decir lo menos. No he conocido otro caso como el suyo. 

El otro autor es autora, Francesca Gargallo, escritora e investigadora de múltiples intereses y actividades de la que edité la novela Al paso de los días. Fue una alegría trabajar con ella en la versión final. Tenía poco más de veinte años cuando llegó a México, y su español, impecable, se caracterizaba por algunos giros y usos poco comunes que antes de revelar su extranjería mostraban una curiosa singularidad. 

Tengo noticia de otro italiano. Fabio Morábito llegó en su adolescencia a México, decidió escribir en español y sigue entre nosotros. Me dicen que sus dudas y sorpresas lo llevan a consultar gramáticas y manuales, y todos los días el Diccionario. A Morábito no lo conozco, ni he editado ninguno de sus escritos, pero he leído un par de libros de cuentos, en lo que he encontrado alegrías y no poco esparcimiento.


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*No conozco el original checo, y aunque lo tuviera frente a mí no comprendería ni una palabra. Los traductores son imprescindibles, por ello debemos vigilar sus traducciones o versiones. Una oración de La insoportable levedad del ser dice en una versión en inglés: «In the sunset of dissolution, everything is illuminated by the aura of nostalgia». 

La versión española de Fernando Valenzuela (Tusquets) dice: «El crepúsculo de la desesperación lo baña todo con la magia de la nostalgia.» La distancia es considerable; las oraciones dicen dos cosas distintas a partir de una original. Aquí hay gato encerrado o un traidor...

¿Disolución o desesperación? ¿Iluminado o bañado? ¿Por el aura o la magia de la nostalgia? Una traducción de Google dice: «En el ocaso de la disolución, todo está iluminado por el aura de la nostalgia.» Uf. Que alguien encienda las alarmas. No le faltaba razón a Kundera.

10 de julio de 2023

William Burroughs, el héroe

En la calle Monterrey, 122, esquina con Chihuahua, en la colonia Roma de Ciudad de México, está el restaurante/bar Krikd's, que en los años cincuenta se llamó Bounty's, El lugar de la leyenda. Ocupa la planta baja de un edificio de otros tres pisos, de color morado y terracota.

El edificio y el Krikd's podrían pasar inadvertidos, el restaurante, que deja mucho que desear, es feo, viejo y no hablemos de los estrechos y minúsculos baños y su único lavabo. Pero la comida es muy buena y a buen precio, y a las tres de la tarde es muy difícil conseguir una mesa. El servicio, claro, es malo y apresurado. 

No tiene decoración, salvo dos fotografías grandes, enmarcadas en dos muros, a los que les urge una mano de pintura. En una de ellas, que tiene ya muchos años, están sentados a una mesa William Burroughs, Mick Jagger y Andy Warhol (me gusta imaginar que están en el Bounty's). En la otra foto, de Robert Mapplethorpe, de los años setenta, aparecen Patti Smith y William Burroughs. 

El edificio es conocido, y aún atrae a admiradores, fanáticos y curiosos porque en uno de los departamentos, William Burroughs mató a Joan Vollmer, su esposa, la noche del 6 de septiembre de 1951. Lo hizo intoxicado de alcohol y otras drogas, imitando el célebre pasaje de Guillermo Tell: Joan se puso contra la pared, colocó un vaso sobre su cabeza; él apuntó con su pistola y... falló.

El hecho es muy conocido, la primera anécdota de los poetas y escritores beatniks (Jack Kerouac, Lucien Carr o Allen Ginsberg, los Burroughs, entre otros). A algunos de ellos les encantaba México, en particular la capital: se divertían en los salones de baile, las corridas de toros, las peleas de gallos, la lucha libre, el box, los cabarets. La vida era barata; la comida, buena; la oferta de drogas muy estimulante, y la policía corrupta y la justicia no operaba. El paraíso.

Jorge García-Robles escribió La bala perdida, un libro sobre Burroughs y la muerte de Joan, y parece que una novela gráfica reciente tiene el mismo tema. La leyenda Burroughs sigue viva y muy activa; del crimen, hoy lo llamarían feminicidio, han pasado setenta y dos años.

Todo esto me lo cuenta apresurado el hombre del Krikd's, al que veo no como gerente, sino como dueño del restaurante y aun del edificio. Se alegró de que alguno de sus muchos comensales le preguntara por las fotos, y habló con orgullo de ellas. 

Debe de haber heredado de sus mayores el edificio. Conoce el lugar y su historia: debe de haber sido una historia muy viva en su familia por varias generaciones.

«Aquí venían, en este lugar, que se llamaba Bounty's, El lugar de la leyenda. Aquí comían y bebían. Vivían aquí arriba», dice orgulloso. «El departamento está rentado, ahí viven unas personas, pero todavía viene gente que quiere visitarlo, incluso del extranjero. Hace un mes atendí a unos canadienses. El departamento no se puede visitar.»

Puedo imaginarme el perfil del inquilino que paga un alquiler por vivir en el departamento en que estuvieron los beatniks, en el que Burroughs mató. No me extrañaría si vivir ahí tiene un sobrecosto.

La dinámica del restaurante no da para una charla reposada, pero mientras me demoro en pagarle la cuenta le pregunto qué opina de William Burroughs. Pregunta ociosa, está claro que es la figura clave, el héroe del lugar. 

16 de abril de 2023

El cuarteto de Alejandría

(Apuntes de primera impresión en doce aproximaciones sobre una investigación del amor moderno)

1.  Lawrence Durrell advierte que «el tema básico del libro es una investigación del amor moderno», y seguramente lo es.

En realidad, difícilmente podría ser de manera consistente algo más. Los sucesos de la trama, por intensos que se nos presenten, y muchos de ellos lo son en extremo, pierden consistencia y se desvanecen, se relegan a sí mismos, unos y otros, en su devenir, en su discontinuidad, en su falta de desarrollo y conclusión novelesca convencional.

Son demasiados personajes y nadie es lo que parece; suceden demasiadas cosas, y pocas significan lo que sugieren.

Más de mil páginas son muchas para un ciclo de novelas que avanzan (o retroceden) hacia ninguna parte. Nada concluye; sólo pasa el tiempo, se modifican las relaciones, suceden hechos, los personajes cambian, los arrastra la vida.

Imposible contar el argumento: se desmorona. Se deshace entre las manos.

2.  La novela, entonces, o las cuatro novelas, es lo que dice Durrell, y sólo eso: la «investigación del amor moderno».

3.  La investigación se sostiene, como dice George Steiner («Lawrence Durrell y la novela barroca» en Lenguaje y silencio), sobre el notable estilo, singular, al que no duda en llamar, en su riqueza y desuso «barroco». Durrell, «a diferencia de los novelistas corrientes, usa las palabras como si éstas estuvieran enterradas en alguna cueva del tesoro».

La riqueza del léxico, la sintaxis, la audacia de las figuras y metáforas, las imágenes, luminosas, la unión inusitada de sustantivos y adjetivos son en verdad sorprendentes.

La prosa de Durrell es en verdad única, y sobresaliente entre los novelistas contemporáneos, es decir, del último medio siglo. Durrell (y decir esto puede ser temerario e injusto, como una acusación en falso) es un maestro de la prosa, antes que de la novela.

4.  Por lances y momentos, el cuarteto como una sola novela es deslumbrante; en conjunto, un alarde de escritura: la obra de un notable prestidigitador de las palabras.

5.  La investigación del amor contemporáneo puede considerarse, otra vez según Steiner y como punto de partida «una elaborada enredadera de encuentros sexuales, pues sólo así puede la espectralidad [sic] del espíritu humano encontrar la sustancia de la vida».

Los personajes de Durrell que habitan en el Cuarteto buscan y se buscan a través de la sexualidad. Nadie los culparía por ello, pero valdría subrayar que estarían en perfecta sintonía con las enseñanzas de Freud, y de la búsqueda paralela, aunque un poco anterior en el tiempo, de D. H. Lawrence y Henry Miller, mentores y modelos de Lawrence; el primero, incluso personaje o autor mencionado (celebrado) en el Cuarteto, y el segundo le ofreció una amistad decisiva y muy estimulante al novelista inglés.

La sexualidad es el camino para buscarse, alcanzarse, y, acaso, encontrarse y ser. Escribe Steiner: «Justine, Balthazar, Mountolive y Clea están fundados en el axioma de que las últimas verdades de la conducta y el mundo no pueden ser penetradas por la fuerza de la razón.  […] Durrell nos enseña que el alma penetra en la verdad como el hombre penetra en la mujer, en una posesión a la vez sexual y espiritual.»

Consumar el amor, y con esa consumación alcanzar la liberación y realización del Hombre es el camino, el único posible. (Clea creía que su virginidad era un obstáculo para su arte, su condición de pintora y artista en busca de su plena realización, su maestría.)

6.  Situada como tiempo de la novela a fines de los treinta y los primeros años cuarenta del siglo XX, los personajes acusan una modernidad impecable, aun si los consideramos como seres de fines de los cincuenta. En cualquier caso son anteriores a la revolución sexual, cultural y social de los años sesenta.

En su conducta y pensamiento son un grupo, en conjunto, de adelantados, de pioneros de esa modernidad en el amor, que rompió con los estrechos caminos del amor burgués, convencional, modelo dominante de aquellos años.

7. Una telaraña de relaciones más o menos efímeras, motivadas con frecuencia por razones no amorosas sino interesadas, con fines incluso políticos mueven a los personajes a formar parejas que apenas duran o permanecen.

Quizá la modernidad del amor, la investigación del amor moderno, sugiere que la fragilidad es su primera característica. Tal vez Durrell fue un visionario al advertir que el amor moderno es efímero, fugaz: líquido, para decirlo con Zygmunt Bauman.

8. El amor (la conformación de una pareja) como antídoto, el único posible, contra la soledad, y el vacío sin sentido, en el centro del ser, que suele acompañarla.

9.  La sexualidad como el vínculo de placer que mantiene unida, aun fugazmente a una pareja. La sexualidad, antídoto contra la muerte y dadora, fugaz y trascendente, del sentido de la vida.

10. El enamoramiento, aunque no siempre es una condición o la fuerza cósmica que une a dos, cuando aparece ordena el mundo y llena de sentido la vida del amante (el que ama), y quizá, aunque puede no saberlo ni sentirlo, del amado.

11. Por ello, el suicidio de Pursewarden personaje de personajes del Cuarteto, el más complejo, atormentado y oscuro; el más intenso y el que más sufre es un hecho relevante y tal vez el más significativo del ciclo: «desaparece», «se aparta», «se marcha» por amor a Liza.

La relación con su hermana, con el doble escándalo del incesto y la ceguera de ella, es el amor más profundo, constante, intenso e inviable de la novela. El amor prohibido, el que no puede ser, se levanta como el único que exige, por uno de los amantes, la desaparición del otro.

Pursewarden se marcha para que sea posible el matrimonio de Liza con otro hombre. El más grande amor tiene que inmolarse en nombre de un orden: matrimonio, hijos, patrimonio, protección, compañía.

El amor se aniquila a sí mismo por amor.

12. El ciclo del Cuarteto concluye con una promesa de amor. Un reencuentro entre Darly, el «hermano asno» y Clea, en el futuro, algún día, en Francia, lejos de sus amigos y examantes, lejos de Alejandría.

20 de diciembre de 2022

Fusión nuclear

«Científicos del Laboratorio Nacional Lawrence Livermore de California anunciaron el martes [13 de diciembre de 2022] que lograron reproducir la energía del sol en un laboratorio.

«A la 1:03 de la madrugada del 5 de diciembre, 192 láseres gigantes de la Instalación Nacional de Ignición del laboratorio hicieron estallar un pequeño cilindro del tamaño del borrador de un lápiz que contenía un nódulo congelado de hidrógeno encerrado en diamante.

«Los rayos láser entraron por la parte superior e inferior del cilindro, vaporizándolo. Esto generó una descarga de rayos X hacia el interior que comprimió una pastilla de combustible del tamaño de una bala de deuterio y tritio, las formas más pesadas del hidrógeno.

«En un breve instante que duró menos de 100 trillonésimas de segundo, 2,05 megajulios de energía —aproximadamente el equivalente a medio kilo de trinitrotolueno— bombardearon la pastilla de hidrógeno. Salió un torrente de partículas de neutrones —el producto de la fusión— que transportaban unos 3 megajulios de energía, un factor de 1,5 en ganancia energética.

«Esto cruzó el umbral que los científicos de la fusión láser denominan ignición, la línea divisoria en la que la energía generada por la fusión es igual a la energía de los láseres entrantes que inician la reacción.

«Los científicos llevan décadas hablando de cómo la fusión, la reacción nuclear que hace brillar a las estrellas, podría proporcionar una fuente de energía abundante en el futuro. Es la primera reacción de fusión en un laboratorio que produce más energía de la necesaria para iniciarla. En todos los esfuerzos de los científicos por controlar la fuerza desbocada de la fusión, sus experimentos consumían más energía de la que generaban las reacciones de fusión.

«En el Sol y las estrellas, la fusión combina continuamente átomos de hidrógeno en helio, lo que produce luz solar y calor que baña los planetas.

«El primer disparo láser a 2,05 megajulios se realizó en septiembre, y ese primer intento produjo 1,2 megajulios de energía de fusión. Además, los análisis mostraron que la pastilla esférica de hidrógeno no se comprimía de manera uniforme y que parte del hidrógeno salía por los lados y no alcanzaba la temperatura de fusión.

«La fusión sería esencialmente una fuente de energía libre de emisiones, y ayudaría a reducir la necesidad de centrales eléctricas que queman carbón y gas natural, que bombean cada año a la atmósfera miles de millones de toneladas de dióxido de carbono que calientan el planeta.

«Si la fusión puede implantarse a gran escala, ofrecería una fuente de energía desprovista de la contaminación y los gases de efecto invernadero causados por la quema de combustibles fósiles y de los peligrosos residuos radiactivos de larga vida creados por las centrales nucleares actuales, que utilizan la división del uranio para producir energía.

«Riccardo Betti, científico jefe del Laboratorio de Energética Láser de la Universidad de Rochester, dijo: “Este es el objetivo, demostrar que se puede encender un combustible termonuclear en el laboratorio por primera vez”. “Y esto se hizo”. Así que es un gran resultado”.»

Estas citas están tomadas de un artículo de periódico,* pero me parecen tan asombrosas e increíbles que podrían ser el comienzo de un relato de ciencia ficción, o el inicio de una nueva era para la humanidad (el planeta Tierra).

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*Kenneth Chang, «¿Es posible desarrollar otras fuentes de energía? Unos científicos apuestan por la fusión nuclear», New York Times, 16 de diciembre de 2022. 

Fuente: https://www.nytimes.com/es/2022/12/16/espanol/fusion-nuclear.html?campaign_id=42&emc=edit_bn_ 20221220&instance_id=80639&nl=el-times&regi_id=96225684&segment_id= 120348&te= 1&user_ id=1fd44ec7cc3788a34360a30318dcc491