2 de marzo de 2014

Las cartas de amor de Gilberto Owen

Algunos poetas alcanzan el momento más alto de su poesía, el cenit de su poética, en sus cartas. No me refiero a sus mejores versos, a esas palabras impecables que guardamos en la memoria y citamos, y  que con frecuencia son objeto de estudios y ensayos, sino al estado de gracia en el que dicen, a vuela pluma, en una línea apresurada, la verdad de su alma.

Gilberto Owen, poeta, se enamoró de Clementina Otero en 1928. Es una historia conocida y bien documentada. Ella era actriz y cantante; él poeta a punto de partir de México (para siempre) al inicio de su carrera diplomática. Ella tenía dieciocho años; él apenas contaba veinticuatro. Entre abril y noviembre el joven poeta enamorado (con frecuencia, esas tres palabras, al menos por un instante, nombran y dicen lo mismo) escribió una serie de cartas de amor por las que también es recordado.

Me muero de ‘Sin Usted’ (Siglo XXI) recoge esas cartas que Clementina conservó con celo toda su vida, mucho años después de que recibiera la última carta, del fin de su trato personal y epistolar con Owen. Ella guardó esas cartas rudas a pesar de no amarlo, pero sin duda sabía que en ellas había algo de Owen que no sólo a ella le pertenecía. Dice con lucidez: «Amaba su poesía, amaba al poeta, mas no al hombre.»

En una tarde calurosa de domingo, leo e imagino. Leo y supongo que Owen no era un galán gentil y amable, seductor de damas por su cortesía: «Ya sé (y lo sospechaba de antemano) que el tratar de conocerla me separó de usted inefablemente", le dice en una de sus primeras cartas. "Y me alejo de usted al adentrarme en su vida, porque usted está sólo en su superficie.»

Si Gilberto Owen tenía una táctica para enamorar a Clementina, decidió prescindir de las palabras dulces, los requiebros, las sutilezas: «Una vez hablamos de intentar yo conocerla, no teniendo llave de amor suyo, por el ojo de cerradura del amor mío nomás [...] Y cuando después estaba espiando, usted de otro lado cogió un largo alfiler para pincharme el ojo. Me refiero así, a que todas las veces que he tratado de abordarla anunciándoselo, usted se ha defendido contra mi ternura mañosamente. Tuve así que preferir entrar por la ventana, y como soy poco ágil, me he caído y seguiré cayendo en usted no sé cuánto».

El poeta no le oculta sus temores a su amada: «Alguna vez me he puesto a pensar angustiado, en lo espantoso, en lo monstruoso que sería un noviazgo entre nosotros.» «La vergüenza me golpea en lo único firme, mi amor a usted.» Y el orgullo, que tantas veces habla en el nombre del amor, dice: «Y sólo me consuela no deberle ninguna felicidad.» «Y yo enloquecería, no de que usted no me ame, sino de no amarla a usted.»

También la franqueza y la desesperanza hablan por el poeta: «Es usted obscura. O no, sino obscurecedora.» «Y yo, que estaba diciéndole hace un momento a Dios, agradecido, que no merecía la fortuna de amarla como la amo, me hallo de pronto sin nada sin saber lo que amo, sin saber si amo, con las manos vacías de haber querido apretar puñados de aire. Y yo me odio profundamente.»

Si la estrategia era sacudirla, provocarla, moverla por la inteligencia, Owen tenía su repertorio y le decía lo que probablemente nadie nunca más le dijo a Clementina: «Además, físicamente no es usted el tipo de mujer de la que yo deseaba enamorarme. Me parece usted hermosa, y ahora tengo que empeñarme naturalmente en encontrarle nuevos atractivos cada día.»

Owen, pasa de la exaltación de la amada, para la que tuerce los pronombres y lastima la sintaxis, y pasa de lo ordinario intrascendente y la frase relámpago, a la declaración abierta y el juego de las formas. Desesperado, pasa de la oración amante y el recuerdo pueril a la frase ambigua y la gravedad. «Hubo un momento en que usted me habría atraído por su apariencia saludable, y yo tan enfermo; pero cuando he descubierto que usted lo está tanto como yo, y a pesar de ello he seguido enamorado, he tenido que ponerme a buscar por otro lado.»

Contradictorio, atormentado, apasionado, Owen está en sus cartas de cuerpo entero. No oculta, todo lo contrario, su condición: «yo enamorado y usted inhumanamente, casi divinamente helada, no es extraño».

No falta una amenaza, por suerte falsa: «Le voy a ser fiel un año. Al año me enamoraré de la muerte y me pegaré un balazo.» No hacía falta el arma de fuego. Owen morirá un poco, y no será el mismo cuando termine el año. Habrá muerto de Clementina. La oración emblema debe tomarse en serio: «Me muero de ‘sin usted’».

Sin ella se sabe perdido, y encuentra consuelo en su razón de amor: «Amar no es nada. Lo que importa es saber que se ama.» «Clementina: la adoro sin a pesar de nada». Y le advierte que lo suyo no son sólo palabras: «usted sabe mucho de literatura para saber que ya no hago literatura.»

El poeta quiere a la amada como su poesía. Le gustaría fundirlas, ir de una a otra. Le confiesa a Clementina: «La inhumanidad se la atribuía un poco con índole literaria, por saberla igual a como yo quería mi poesía. Luego me he ido acostumbrando a quererla igual a usted.»

«La invito a mi vida. Es cómoda, apacible, y dura y agitada. Nunca aburrida. No soy egoísta, no ronco y no atropello a las gentes sino a la entrada del subway» es una de las propuestas más sinceras, con datos biográficos importantes, que debe ser considerada en su brevedad y concreción como una de las piezas más  escuetas y originales en los anales de las peticiones matrimoniales y la literatura amorosa.

Pero el amor consume al poeta, su paciencia se agota, y desde Nueva York dice en una de sus últimas cartas: «La odio y no me importa que a usted no le importe. Mi odio es gratuito y absoluto [...]  Y no necesito ya nada de usted que ser el objeto, la cosa, el blanco negro de mi odio. Y este odio me salva y me llena y me basta y sólo sería mayor mi alegría si la supiera a usted más miserable que yo mismo.»

Palabras rudas, duras. Impropias de un caballero, expresión de un hombre desesperado. Unos mueren de sed, de odio, de amor. Owen murió de sin ella. «Me muero de ‘sin usted’ es todo un lema y una declaración de principios y una fe y una biografía amorosa.

Luego, el silencio.

Dice Clementina Otero en el libro: «Más tarde, empecé a necesitar sus cartas, las esperaba con ansiedad, acaso con cierta ilusión. Mas no estaba segura de que fuera amor, ¿amor? “Por siempre jamás. La adora G. O.”: fueron sus últimas palabras en su última carta. Se fue y no llegue a su vida. ¿Se fue huyendo de mi desamor? No lo supe: sólo sé que en su última carta se sentía culpable, tal vez por haber encontrado otros amores, o por haber perdido la esperanza de esperarme.»

28 de febrero de 2014

La suplantación de Philip Marlowe


John Banville, novelista inglés de estimable talento, suele firmar con seudónimo algunos de sus libros, al parecer aquellos con los que no aspira a los grandes premios que suele ganar. Reserva el prestigio de John Banville para lo que considera literatura pura y dura, y se permite escribir libros de género, novelas negras, de “ficción criminal”, tal vez en busca de otro público (otro mercado) o tal vez para su alegría y satisfacción personal, con el falso nombre de Benjamin Black. Dos nombres públicos y conocidos para dos escrituras; todo el mundo lo sabe y que nadie se llame a engaño.

Pero ahora las incursiones de Black han ido muy lejos. Al parecer, los herederos del gran Raymond Chandler, sedientos de dólares, le han encargado a Banville-Black que escriba una novela, La rubia de los ojos negros, protagonizada ni más ni menos que por el mismísimo Philip Marlowe, el más entrañable detective privado de la historia de la Literatura, protagonista de siete novelas y las mejores páginas de Chandler.

Sí, estamos ante una suplantación, una provocación, una afrenta, una vergüenza. La personalidad, los atributos, los defectos y virtudes de Philip Marlowe (su soledad, su integridad moral, sus hábitos, su honestidad, su desprecio por la policía, su fracaso con las mujeres, su pobreza) son tan nítidos y definidos que no se antoja tan difícil trasplantarlos a una novela apócrifa no en su autor, la bellaquería está anunciada, sino en su protagonista.

Pero una falsificación o un robo anunciado no deja de ser una falsificación o un robo. Por lo demás, nada nuevo bajo el sol. Cervantes ya tuvo que padecer el falso Quijote de un tal Avellaneda (en esos tiempos los derechos de autor no eran los de hoy ni había copyright), aunque debemos agradecerle al impostor que diera pie a algunas de la mayores pruebas de la genialidad de Cervantes en su segunda parte del QuijotePero a veces en el pecado llevan la penitencia, dice el dicho. El Quijote de Avellaneda es un remedo, un monigote del verdadero Quijote; y el falso Sancho es una mala caricatura del verdadero Sancho.

(Sin embargo, nadie como Juan Montalvo, quien, más necio que tardío, no entendió que Cervantes deja muy claro al final de la segunda parte de su novela que Don Quijote está definitivamente muerto y enterrado justo para evitar lo que Montalvo hizo: escribir un libraco a fines del siglo XIX con el majadero nombre de Capítulos que se olvidaron a Cervantes. Ensayo de imitación de un libro inimitable, en el que cuenta falsas e inadmisibles aventuras de Don Quijote en América.)

No he leído La rubia de ojos negros (Alfaguara), y tal vez no lo haga nunca. Aunque puede ser que un sábado en la tarde me tiré indolente en el sofá y le conceda una oportunidad a Black. Por supuesto, desde ahora sé que habrá una rubia que pondrá a girar a Marlowe, éste beberá en un bar, jugará ajedrez solo, tendrá un caso que resolver, se meterá en problemas…

Pero más le vale a Black que su Marlowe sea de carne y hueso, que evoque al legítimo y original; que, como en el cine o el teatro, me haga sentir que estoy viendo y leyendo a un personaje-actor que interpreta al verdadero y que su actuación es muy buena, que se parece mucho al héroe que representa, porque si no es así, no sabe en la que se ha metido. Que se entere de una vez que no saldrá ileso si ha atentado contra el nombre, la vida y el honor de Philip Marlowe. Aun en el mundo del hampa hay actos que no se toleran. Que sepa que no gozará de impunidad. La torpeza en la ejecución, la difamación y la traición suelen pagarse muy caras.

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Adenda: Sin contar las adaptaciones cinematográficas, que son otro lenguaje y otro mundo, pero siguen más o menos a Chandler, Philip Marlowe aparece en novelas negras de otros autores. Osvaldo Soriano se permitió un homenaje muy personal. En una novela llamada Triste, solitario y final (es una frase e Chandler), al lado de un personaje gordinflón y algo torpe, argentino, y para más señas llamado Osvaldo Soriano de visita en Los Ángeles, aparece un tal Philip Marlowe y juntos, una vez que se han hecho amigos del alma, arman líos y se dan de bofetadas con medio Hollywood. En una relectura reciente, este Philip Marlowe me pareció, a pesar de los chispazos, palabras y momentos en los que es puro Marlowe, más un homónimo que el detective que conozco en una aventura al margen de las escritas por Chandler. 

Héctor Fernando Vizcarra también le ha dado otra media vuelta a la tuerca: en su novela El filo diestro del durmiente (Terracota; 2014), su guiño u homenaje consiste en que a un tal Osvaldo Soriano, que se ha metido ya viejo de detective privado, las cosas no le salen del todo bien, se complican, y sueña con un tal Philip Marlowe, que le dice cómo podría resolver el caso.

29 de diciembre de 2013

El azul del cielo

Salvador Elizondo cuenta en su Autobiografía sus ambiguas impresiones de Le bleu du ciel de Georges Bataille. Por un lado, dice que fue el primer libro en su vida que lo subyugó por completo al margen de sus virtudes literarias (que son muchas y pocas a la vez), que es un libro irritantemente mal escrito, desorbitado y febril en el que, sin embargó, encontró «en sus deducciones espeluznantes acerca de la relación entre el coito y la muerte [...], entre las descripciones más desquiciadas de todos los actos excretorios del cuerpo humano y sus imágenes sospechosamente entusiastas del nazismo, algo así como la visión pura de lo que es pasión». 

El juicio es Salvador Elizondo en estado puro, temerario y brillante, pero sobre todo una invitación para adentrarse en las páginas de esa novela, un sendero en clave al pensamiento de Bataille. Luego, en un episodio más de esa inverosímil cadena de hallazgos y sucesos como señales en el camino que urden con una trama secreta los hechos significativos de la vida (aunque no siempre veamos el vínculo y el dibujo completo, el perfil de la silueta), un personaje de Elogio del amor, la película de Godard, dice para juzgar una obra: «Bueno, no es El azul del cielo...» Entonces comprendí que tenía que buscarla.

Yo lo pensaba un libro casi secreto, no traducido o imposible de conseguir, tal vez publicado en una edición semiclandestina o pirata agotada hacía muchos años. Fue casi una decepción pedir noticias de él en una librería y que en un instante pusieran en mis manos un ejemplar de Tusquets, reimpreso en México hace unos años.

Encontré un texto lúcido, amargo y provocador. Lo leí con furia, con entrega, con la urgencia de librarme de ese libro cuanto antes o de agotarlo y descubrir sus secretos lo más rápido posible. No tomé notas, no lo subrayé ni señalé. Nada. Fue una lectura pura en busca de la esencia cerúlea del cielo. Pospuso esas costumbres para la segunda lectura, que se me antojaba tan obligatoria como necesaria.

En su intensidad, en la fuerza de las palabras (a pesar de la traducción), en su capacidad para llevar situaciones al límite, recorrí un sendero que todavía dice mucho sobre la voluntad y la autodestrucción, el egoísmo, el vacío y el desamor. Me sumergí en una historia tan poco edificante como intensa.

Sí, es evidente que la obra habla de un Bataille apresurado, al límite, que tiende al fin de su horizonte un vaso comunicante que puede estimular la angustia de Elizondo. Terminé de leer El azul del cielo como si llegara no al final de un libro sino de un camino. Bataille mismo da la clave: los que importan son los relatos que revelan la verdad múltiple de la vida, los que enfrentan a los hombres con su destino.

24 de diciembre de 2013

El telegrama electrónico

Cuenta Saint-Exupéry que el Principito tenía que arrancar cada mañana los brotes de los dañinos baobabs, pues si no se eliminan en cuanto brotan, ya no será posible deshacerse de ellos. «Es una cuestión de disciplina», dijo el Principito. «Después del aseo personal por la mañana, es necesario limpiar el planeta. Hay que arrancar los baobabs tan pronto como se les distingue de los rosales. Es un trabajo aburrido pero muy sencillo.»

Ante esa lección tan sabia y prudente, ante ese ejemplo de perseverancia, cada mañana limpio la bandeja del correo de todos esos baobabs electrónicos, el spam y otras malas hierbas que llegan todos los días con implacable constancia.

El correo electrónico, al que muy bien podríamos llamar telegrama electrónico en cumplimiento riguroso de su etimología griega (tele: lejos; grama gramatos: letra) y para recuperar una palabra que se nos va quedando vieja, en desuso, en las novelas del tiempo de los abuelos o bisabuelos. Esos mensajes escritos a máquina por el telegrafista, con las palabras contadas (se pagaba por palabra) solían tener algo de mensaje críptico o casi secreto, sin artículos y con abreviaturas no siempre del todo claras.

Con frecuencia eran mensajeros de malas noticias, al menos urgentes, porque la primera virtud de la telegrafía era una oportunidad, la rapidez, la eficiencia con que se enviaba el mensaje por escrito. Claro que esa rapidez nada tiene que ver con la inmediatez del correo electrónico y sus primos hermanos, otros sistemas de mensaje de texto que se envían en lo que dura un parpadeo.

Anacrónicos, fuera del ritmo de los tiempos, tenían un encanto y una materialidad, una condición física que nada tiene que ver con lo que se dibuja y deshace al instante en una pantalla. A veces, los telegramas eran portadores de noticias decisivas, tanto que se guardaban toda la vida, y de pronto aparecían en los cajones, doblados, con el papel amarillo y quebradizos al tacto, a los ojos curiosos y entrometidos de los hijos y los nietos.

Recibir un telegrama, ya no digamos una de esas cartas dibujadas con caligrafía admirable y sin faltas de ortografía, era un motivo que distinguía el día, un tema de conversación, una razón para pensar en ello, en la respuesta justa.

Abro el correo electrónico e imito al Principito en las tareas de limpieza. Recibo textos apresurados y utilitarios, mensajes de felicitación que se envían en serie. No es nada personal, pero haría falta enviar cartas con paloma mensajera, cifrados con un código de la Segunda Guerra Mundial, con un anexo con consejos para hornear pasteles impecables o con el verso que nos sacuda y sea el motivo a recordar al menos por un día.

No es simple nostalgia y añoranza del papel, de esa rotunda presencia física que le daba a los mensajes una dignidad que ya no tienen entre tanta virtualidad y evanescencia. El papel y la tinta, los rasgos humanos, también eran el mensaje. Estamos en el fin de un horizonte tecnológico de enormes consecuencias para la cultura. “Hoy recibí un telegrama o una carta”, solíamos decir; si eso sucediera hoy, lo diríamos con una sonrisa, una sin pixeles ni códigos ni hologramas. 

23 de diciembre de 2013

Nomofobia o el sonoro impertinente

Algún día habrá que explicarles a los niños que durante mucho, mucho tiempo la humanidad no tuvo teléfonos celulares. Cuando abran los ojos asombrados, será necesario decirles didácticamente que después de las glaciaciones y la edad de piedra y la de hierro, el hombre descubrió el telégrafo y luego inventó el teléfono...

Hace cuarenta años tener un teléfono fijo en casa en la ciudad de México era como pertenecer a una aristocracia de la alta comunicación. No porque fuera particularmente caro contratar una línea (que lo era), sino porque la compañía telefónica tardaba varios años en hacer la conexión.

Y es increíble recordar lo bien que funcionaba el mundo cuando hacíamos una llamada desde una caseta telefónica con una moneda de veinte centavos cuya caída sonora y metálica (¿ya te cayó el veinte?) anunciaba que podía iniciarse la conversación, y no hacía falta un teléfono en el bolsillo para arreglar los asuntos cotidianos de la vida y que que las parejas hicieran una cita y se encontraran  ¡Eureka!, en la puerta de un cine.

Era común que uno llamara a la casa de la vecina y dejara un mensaje, y el portero atendía en su teléfono recados para los inquilinos del edificio por una módica cantidad mensual. También se podía hacer una llamada desde la tienda o la tintorería de la esquina, y los meseros hacían sentir la calidad de los restaurantes elegantes con el garbo con el que llevaban hasta la mesa del cliente distinguido una bandeja con un aparato negro, pesado, grande, unido con un largo cable a una pared de la caja del negocio o la oficina del gerente. Y recibir una llamada en esos sitios revelaba el oficio y la importancia del que se ponía al teléfono, porque tenía allí mismo que ocuparse de un asunto urgente y decisivo.

Todavía era posible enviar telegramas o billetes, pequeñas cartas escritas con letra apresurada y que entregaba a tiempo un mensajero, y los periodistas llamaban desde donde pudieran a las redacciones de los diarios y dictaban con una sintaxis atropellada a un mecanógrafo hábil la nota fresca que acababan de conseguir.

A las llamadas de larga distancia les llamaban conferencias; la operación era complicada, frágil, a veces se pedían a una operadora, y eran un acto tan serio y grave que no faltaba quien se ponía solemne y de pie como si saliera a escena o a pronunciar un discurso.

Hoy todo el mundo tiene un teléfono en el bolsillo (un rasgo de las democracias, sin duda) pero dudo mucho que nos comuniquemos más o mejor. No en términos tecnológicos, desde luego, sino en el conocimiento y la comprensión de las necesidades y deseos de los demás.

Pero ese teléfono en realidad no está en el bolsillo, sino en la oreja, sobre el escritorio y la mesa, al alcance de la mano, que no deja de jugar con él a todas horas, de enviar mensajes o contestarlos, de mirar una u otra aplicación, de hacer esto o aquello. He visto comensales en una mesa con igual número de teléfonos, cada uno mirando el suyo mientras degluten la sopa.

Esa maravilla tecnológica, esa computadora portátil, esa oficina móvil y centro de entretenimiento, ese sonoro impertinente (siempre suena cuando no debería) se ha convertido en el mejor amigo, en el yo materializado, en la expresión más acabada de nuestros gustos y estilo de vida.

Sin no tenemos al certeza de que late en nuestras manos con pilas y con la señal adecuada, el corazón se agita y estamos expuestos a un ataque de angustia. La patología ya tiene nombre:  nomofobia (del inglés: "no mobile phone phobia") y se define como el temor irracional de quedarse sin el teléfono móvil o celular. Sin duda, debe ser el mal que mejor define al hombre de nuestros días. El teléfono celular es el pequeño amo que guardamos en el bolsillo, y el que esté libre de adicciones que haga la primera llamada.

El hombre habla como el pájaro vuela y la lluvia cae, dice Octavio Paz. Pero no es verdad que el telefonino nos acerque más con los seres queridos o fomente el diálogo entre los hombres y las naciones. No es verdad que estemos más cerca de quien amamos y de quien nos necesita. No es verdad que nos ayude a conocer a los extraños hermanos ni les diga más de nosotros mismos.

Casi todas las llamadas son prescindibles o podrían posponerse sin consecuencias. Casi todas las llamadas son acaso utilitarias. No es lo mismo hablar por teléfono que comunicarse. Casi todas las llamadas, por decirlo de una vez, son innecesarias. Los teléfonos celulares tienen muchas funciones, sirven para escuchar música, para escribir mensajes, para invertir en la bolsa y cerrar un negocio; pero casi siempre sirven para jugar, para pasar el tiempo, para entretenerse, y poco más.

Por cada llamada urgente o importante o verdadera podrían contarse al menos mil de las otras. Pero salga sin el pequeño tirano a la calle, entonces sabrá lo que es la nomofobia. Sé de algunos para los que no sería peor quedarse sin parque en la batalla, sin red en el trapecio, sin agua en el desierto.

22 de diciembre de 2013

Los impuntuales

Todos hemos llegado tarde al menos una vez. Todos hemos llegado muy tarde al menos a una cita, y hemos padecido como un conjuro adverso los pequeños contratiempos: al reloj despertador se le acabaron las pilas tres minutos antes de la hora en que debía sonar, la cocina amaneció inundada o al coche se le acabó la batería.  

Encontrar un taxi bajo la lluvia una tarde de otoño puede ser tan complicado como buscar la piedra filosofal o el último de los números primos, y todos hemos padecido como una maldición la implacable cadena de sucesos que ejercen en perfecta sintonía un efecto devastador en los planes de un día.

Todos hemos tenido una mañana de perros, un pequeño accidente casero, una tormenta personal del tamaño de nuestra habitación en la que estuvimos a punto de sucumbir. Cualquiera va en un avión que despega seis horas más tarde de lo programado y en el metro son comunes las averías y retrasos, los cajeros no tienen dinero con frecuencia y a veces, sí, es urgente llevar al niño al doctor o el gato al veterinario.

Las grandes ciudades con sus atascos o embotellamientos son una realidad cotidiana para explicar el retraso; sí, tanto como la coartada perfecta para explicar una tardanza que supera cualquier límite de tolerancia y urbanidad.

Podría, sin embargo, crearse un premio que se entregara puntualmente a quien ofrezca la mejor razón, causa, excusa o pretexto para justificar un retraso digno de registrarse en los anales del tiempo; el premio, por supuesto, consistiría en un reloj suizo de oro.

Pero no quiero hablar de las causas ordinarias por las que todos hemos llegado tarde alguna vez. Me refiero a los impuntuales (estamos rodeados por ellos), a los que por método y sistema, impulsados por su código incivil, llegan siempre tarde a todas partes: siempre.

Hablo de los profesionales de la impuntualidad, de los que abusan del tiempo de sus semejantes, de los que impunemente llegan tarde sin sonrojarse ni esbozar siquiera un remedo de disculpa (la excusa, larga y anecdótica, no basta para los ofendidos, nunca es suficiente).

Los impuntuales roban el tiempo de sus amigos, de sus colegas y compañeros, de su familia y su pareja. Hacen añicos los planes de los otros, echan por tierra el tiempo de la convivencia, consiguen que se enfríe la sopa y todo se retrase por el resto del día, arruinan las expectativas y la agendas, retrasan a los demás con un efecto de bola de nieve, destrozan el ritmo, impiden que fluya el curso de las actividades, la llegada a tiempo al siguiente pequeño puerto personal del periplo cotidiano.

Son ellos, los impuntuales, los que llegan una o dos horas tarde haciéndose los importantes, los que tenían asuntos serios y graves, y lo hacen con una sonrisa impecable, la máscara que denuncia su estulticia o su inconsciencia. 

Son ellos, los que llegan tarde como una forma del ejercicio del poder y retrasan las otras obligaciones y roban horas de sueño a los otros, los que impiden la realización de un dibujo o de una tarea escolar, los que esfuman en el hueco del tiempo un poema que ya jamás será escrito, los que impiden la firma de un contrato o la pérdida de un negocio, porque esas horas, el tiempo vacío, no estará ahí al otro día.

Son ellos, los impuntuales, los que no tienen remedio, los que deben pensar que hacerse esperar un par de horas es un gesto de coquetería o un rasgo distinguido. Hacerse esperar con premeditación y alevosía en la puerta de un cine, en un aula, en un despacho o un consultorio, a la mesa, para sentirse el centro del mundo es un acto impecable de mala educación y un gesto desamoroso, un acto inmoral y desatento, un vicio censurable y una soberbia falta de respeto.

Los impuntuales, los que salen al encuentro en el momento justo en que se cumple la hora de la cita, son enemigos del tiempo de los otros. Pretender que no pasa nada y el tiempo se extiende a sus anchas es un acto infantil, de soberana inmadurez. Pretender que es lo mismo las tres que las seis y hoy que mañana es darle la espalda a la única certeza humana: el tiempo se agota, y el reloj siempre está en marcha. Dice un adagio latino sobre las horas: todas hieren, la última mata.

20 de diciembre de 2013

Baricco y el tiempo

Alessandro Baricco no se parece al común de los escritores, va por la vida con un aura antiintelectual, un estar del otro lado de las cosas, una simpleza ejemplar y dichosa. Bien pudo ser actor o una estrella de rock. Decía en una conferencia improvisada, con la misma soltura con la que los italianos conversan en la sobremesa, quitándole gravedad a su oficio, que su vocación literaria surgió de la necesidad de inventarse cuentos a sí mismo: «Papá trabajaba siempre, mamá siempre estaba triste; entonces tenía que contarme historias para no aburrirme.»

De pronto, dice algo que casi cualquier otro escritor lo diría con gravedad académica o trágica solemnidad: «El tiempo es algo raro con lo que jugamos toda la vida. Jugamos una vida y casi siempre perdemos.» Ulises tarda años en volver a su casa. Cuando al fin está frente a Penélope, al final de la Odisea, necesita tiempo para reencontrarse con su mujer. Necesitan tiempo para reconocerse, para colmar su tiempo.

Todas las parejas tienen a fin de cuentas un problema de tiempo: Julieta y Romeo no son la excepción. Su problema no son los odios y pleitos entre sus familias, sin la falta de tiempo: una noche es un poco tiempo, luego se acaba su tiempo, y mueren casi al mismo tiempo. Les falto tiempo.

En la vida no se gana la partida contra el tiempo. A veces estamos un poco antes, con frecuencia un poco después. Por poco estamos a tiempo. La sincronía, pareciera, es la excepción, la norma es el destiempo trágico. Es como ir siempre tarde, como ser impuntuales, ir detrás en busca del momento justo que permitiría el gran encuentro, la realización en nuestra vida, nuestra historia; otra vez: en el tiempo.

Tenemos un lío con el tiempo, pareciera que quisiéramos jugar con el tiempo o contra él, pero siempre, más tarde o más temprano, nos quedaremos sin tiempo. Tenemos un problema grave con el tiempo, y la belleza del ser humano, de la vida, nace de ello. ¿No sería estupendo, por ejemplo, dice Baricco, poder conocer a nuestra propia madre cuando era más joven, cuando aún no habíamos nacido. Todas las historias tienen un problema de tiempo.

Llegamos, conocemos, estamos a tiempo y a destiempo. Nos ocupamos en tantas cosas, vamos de un lado a otro, y pocas veces nos damos cuenta que nuestro gran problema es el tiempo. Tenemos un problema con el tiempo.

Luego, habló de cómo se cuenta una historia, de sus libros. De cómo funciona el tiempo en la ficción, de la velocidad del lector que entra en el tiempo del autor. Yo me había quedado atrás. Al salir de la conferencia, no quise, por mucho tiempo, mirar el reloj.

3 de diciembre de 2013

Amour

En la escena del desayuno de esa pareja de ancianos cabe un instante de su cotidianidad y sus años de matrimonio, que son tantos que pareciera que siempre estuvieron juntos cumpliendo cabalmente todas las etapas de la vida y ya no podrían vivir a plenitud el uno sin el otro; se siente y se respira la vida en común, su soledad acompañada, el paso implacable del tiempo y el desgaste, el declive de las facultades, la decadencia de la carne, el ataque o el ictus como un rayo que anuncia el inexorable principio del fin.

En ciertas secuencias, en los espacios de ese departamento tan burgués como parisino, los ambientes, la relación con los objetos recuerda con sutileza la mirada magistral y el cine de Ingmar Bergman. En los gestos, siempre tan pequeños como relevantes, en esas acciones que pareciera que nada aportan, surge la historia que nos cuenta Michael Haneke en su película Amour, que también podría haberse llamado "El amor conyugal" o "La vejez" o "La decrepitud".

En ciertos planos, con una economía de medios y personajes, surge la música (Schubert por delante), la distancia abismal e insalvable de la hija respecto de sus padres, el giro de la vida hacia el drama y sus devastadores consecuencias.

El guion, tan eficaz, que dice tanto con sus largos silencios, con sus ausencias, con lo que no dice y sugiere, podría ser rechazado por insuficiente en una escuela de guionistas, y se torna tan rico y sabio en esa mirada fina y discreta que define el gran cine, en las actuaciones imponentes de Jean-Louis Trintignant y Emmanuelle Riva.

¿Qué hacer cuando la vida se acaba en vida? Enfermamos porque estamos sanos, nos recuerda Montaigne, y moriremos porque estamos vivos. ¿Cuál es la solución para tener en el tiempo justo una partida digna?

En la escena central de la película, en el momento de la decisión más difícil de su vida, que pareciera tan impulsiva como surgida de la caridad y la misericordia o del fondo del amor, él realiza una acción que remite y recuerda a Betty Blue (37.2 le matin), aquel filme de Jean-Jacques Beineix, con Béatrice Dalle, que a fines de los años ochenta causó una inolvidable conmoción. A veces, los hechos definitivos, los actos trascendentes, generan un arte a la altura de las circunstancias.

El gran cine evoca al cine, ilumina la vida, nos conmueve y se fija en la memoria para siempre.

25 de noviembre de 2013

¿Por qué escribimos?

Tres autores convergen en una respuesta clara y simple: escribimos porque tenemos el deseo de hacerlo.

Dice Federico Campbell (Post scriptum triste): «la enseñanza de Juan Rulfo es que no tiene sentido escribir; que no vale la pena escribir si no es para lograr una obra maestra: y, sobre todo, que en cuestiones de literatura la cantidad de libros publicados no tiene nada que ver con la calidad, como suele darse a entender en un medio donde aparecen tantas novelas escritas sin deseo. Juan nos hizo ver que lo que importa en esta vida es el deseo.

»Su enseñanza es de un orden que sólo podríamos adjetivar con una palabra que prácticamente ya no quiere decir nada en nuestro medio: ético. Lo importante no es escribir cuando se tiene algo que decir sino cuando se tienen deseos de hacer.»

Dice V. S. Naipaul (Leer y escribir): «Los libros posteriores surgieron como el primero, impulsado únicamente por el deseo de escribirlos, con una percepción intuitiva, inocente o desesperada de las ideas y los materiales, sin comprender plenamente a dónde podían llevarme. El conocimiento llegaba con la escritura.»

Dice Antonio Muñoz Molina (“Cuaderno en blanco”): «No se busca un cuaderno porque se sienta la necesidad o el deseo de escribir algo. Se escribe algo porque se tiene un cuaderno, porque su forma y sus hojas en blanco nos despiertan el deseo de escribir, de anotar, de descubrir.»


En el principio está el deseo, la imperiosa necesidad de escribir. Luego, toma forma la escritura, una posición ética, y ante propia escritura, la sed de fijar palabras, asoma el asombro, el conocimiento, la revelación, la sorpresa del hallazgo. 

La escritura es el deseo en movimiento, un viaje textual al fondo de uno mismo.

24 de noviembre de 2013

La prosa de Elizabeth Smart

Elizabeth Smart, dama de las oraciones contundentes, señora de las imágenes asombrosas, de la afirmación rotunda y descarnada, escribió una obra tan breve como intensa, tan lúcida y poética (plena de guiños y referencias, de citas, homenajes y paráfrasis que se fugan y se pierden en la traducción, el tiempo transcurrido y el contexto cultural) que otorga a sus libros una dignidad de pequeñas joyas en verdad singulares, un canto al amor y un grito desconsolado de voz inconfundible.

Muchos años después de En Grand Central Station me senté y lloré, publicó Los pícaros y los canallas van al cielo (ambos en Salamandra), expresión acabada de sus temas y motivos, de sus razones y sus amores.

Si en aquella primera novela narraba sus amores con George Barker, en la segunda da cuenta de su vida en al posguerra, de sus hijos, el hambre, el trabajo, los recuerdos y la muerte, su búsqueda y reclamo del amor. La prosa de Elizabeth Smart es tan poderosa que sucede en instantes, en oraciones que obligan a detener la lectura y volver a esas palabras como se mira un cuadro muy bello o una escultura particularmente bien plantada. John Banville dice que la frase es el mayor invento de la civilización humana; Elizabeth Smart lo supo antes, ahí están: sólidas, impecables, sorprendentes:

«Sin embargo, en esta hermosa tarde, lo que queda de mi juventud se alza como un géiser, y me siento al sol, peinándome para quitarme los piojos. Pues es difícil dejar de esperar (“Lo que mi corazón recién despierto murmuró que era el mundo”). Aunque soy una mujer de treinta y uno y medio con piojos en el pelo y un amante infiel.»

»El amor es un hecho trágico y casi siempre imposible. O tal vez sólo se conseguí, como ciertos elementos químicos, en condiciones muy particulares, fugaces, por muy poco tiempo. De cualquier manera, admiro su sabiduría, su capacidad de observación, su lucidez para nombrar y decir su verdad, con contundencia y delicadeza, con rabia y contundencia emocional.

La trama casi no importa. La novela no va a un final, sino a la acumulación de momentos vitales que juntos formarán los motivos y le darán sentido a la escritura, develarán a la escritora, explicarán una vida gracias a esa prosa tan bella como intensa.

Dice de las mujeres, sus vidas, sus obligaciones, su condición:

«Así que entre la preocupación y la acción las caras de las mujeres menguan. ¿Pueden marcharse, dejar tras ellas todo lo espurio, lo fútil, lo ignominioso, lo falto de amor, en esos misteriosos campos de champiñones, en la colina salpicada de vacas informes como babosas al anochecer, y alcanzar por fin, esa misma noche, la tranquilidad de un pub de Londres, donde los rostros fosforecen entre el humo y a veces, entre la distraída angustia? ¿Ni siquiera una ligera libertad condicional?

»No. Deben quedarse. Deben rezar. Deben golpearse la cabeza. Deben ser bonitas. Esperar. Amar. Intentar dejar de amar. Odiar. Intentar dejar de odiar. Amar de nuevo. Seguir amando. Afanarse. Ir de acá para allá.

»La verdad se les engancha y corroe su belleza.

»El útero es un equipaje difícil de manejar. ¿Quién puede tambalearse colina arriba con tan escandaloso peso?»

Unir agallas e inteligencia y sensibilidad es menos común de lo que podría esperarse. Elizabeth Smart, además de celebrar con fortuna la literatura, sabía que «un bolígrafo es un arma furiosa».

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Véase en este Cuaderno de bitácora de lo casi inadvertido el apunte del 25 de octubre de 2010: "Elizabeth Smart y su llanto en Grand Central Station".

22 de noviembre de 2013

El enigma de Kafka

El 12 de enero de 2013, Fernando Bermejo Rubio publicó en Babelia, el suplemento cultural de El País, el artículo Kafka: la solución a un enigma, que guardé para continuar con una inveterada costumbre heredada de mi abuelo y de mi padre que consiste en acumular papeles, recortar de diarios y revistas reseñas, entrevistas, reportajes, cualquier escrito que amerite conservarlo por la contundencia de sus opiniones, la claridad de sus razones o la riqueza de su información.

Este artículo, me dije mientras lo guardaba, va a desatar una tormenta. Me parece que no fue así, y ahora que reaparece en mi estudio entre un rimero de papeles variopintos se me ocurre una explicación: tal vez Kafka no presenta ningún enigma, y resolver o desmontar lo kafkiano en busca de la verdad de Kafka es, como enseña Quevedo, buscar a Roma en Roma, o quitar las capas de la cebolla para encontrar la esencia misma y la verdad de la cebolla.

Sin embargo, el artículo tiene su interés. En La transformación (durante muchos años fue traducida como La metamorfosis), Kafka cuenta cómo Gregor Samsa, tras un sueño intranquilo, se encontró convertido en un monstruoso insecto. Bermejo Rubio dice que  Kafka sería un escritor incompetente si su intención sólo hubiera sido narrar esa transformación.

Si Kafka quería mostrarnos a un bicho, ¿para qué hablar de sus lágrimas y su risa, de su cuello y sus orificios nasales, de su posición erguida y de sus discursos? ¿Por qué la madre de Gregor se lamenta y su hermana entra en la habitación para ventilarla y alimentarlo? ¡Es un insecto descarnadamente humano!

Si prescindimos de la “supuesta metamorfosis” o no la entendiéramos en sentido recto, toma sentido esta otra interpretación:

Gregor es un hombre ingenuo, emocionalmente frágil, que se pliega a los intereses de su familia e interioriza los juicios ajenos con excesiva facilidad. Gregor es víctima de su familia ociosa y sin muchos escrúpulos, a la que mantiene mientras él se desloma trabajando.

Un día, simplemente, cae enfermo, y empieza a percibirse como los otros lo ven: como un bicho, un ser insignificante y deleznable. «Y, en efecto, aunque Gregor se debate entre la autoafirmación y la sumisión, el rechazo que sufre le hará asumir paulatinamente la visión de sus verdugos, según la cual él –la víctima– es un ser miserable, nada sino un bicho.

»Ahora bien, ¿quién nos cuenta esta historia? Aunque el relato está narrado en tercera persona, en realidad la voz narrativa no es omnisciente, sino que refleja una perspectiva limitada, que coincide esencialmente con la del propio protagonista. ¡Esto significa que La transformación está contada en la perspectiva de una víctima!»

Así se despeja la solución al enigma: «cuando la propia víctima llega a compartir la visión del círculo victimario la verdad misma desaparece, imponiéndose como “verdad” una versión distorsionada en la que la víctima es presentada como un ser infrahumano.»

La obra de Kafka, según el artículo, está plagada de indicios de la genuina humanidad del protagonista. Bermejo Rubio concluye que deberíamos «desechar de una vez la cháchara del “absurdo” y lo “ininteligible”, y comenzar a reconocer en su obra una despiadada lección de lucidez».

Sostener que el de Gregor era un simple problema de autoestima que lo hacía sentir como un insecto es una solución simple pero no por ello desechable. El relato es más complejo, múltiples los elementos en juego. De cualquier manera, si esta es en verdad otra interpretación, no altera «las implicaciones [que] para nuestra herencia cultural son tan inmensas como inquietantes».

Releo el artículo y tengo más dudas y preguntas que soluciones y certezas. El enigma Kafka está intacto. Le doy vueltas, lo reviso como al sombrero de un mago: no hay truco ni una trampilla. Kafka se sale siempre (en cada lectura) con la suya. Kafka es más complejo y rico que las interpretaciones que pretenden resolverlo. Buscar descifrar a Kafka es kafkiano; es como pelar una cebolla para encontrar la cebolla, como buscar a Roma en Roma.

18 de noviembre de 2013

Las dos comas

Las dos comas o coma doble es un signo de puntuación de reciente creación que está causando furor entre filólogos, lingüistas y semiólogos, profesores de bachillerato e  investigadores universitarios. También llamado doble coma e incluso coma y coma, terminará por trastocar la puntuación y el acto de la escritura, aseguran, por la enorme riqueza que ofrece al redactor.

Poetas de al menos seis lenguas y trece naciones de ambas orillas del Atlántico han señalado su entusiasmo por el nuevo signo al que le atribuyen la  posibilidad de indicar pausas no sólo más largas sino pronunciadas, profundas, abismales han dicho, lo que modifica esencialmente el verso y la multiplicidad de los significados del poema.

Un par de premios Nobel de Literatura han manifestado su beneplácito (uno de ellos dijo que revisará la puntuación de sus obras completas a la luz del nuevo signo) y un autor de novela negra, un fabricante imparable de best-sellers ha anunciado que se pondrá a trabajar en una novela en la que el nuevo signo tendrá un lugar protagónico, como si fuera un personaje o el detective que resuelve un caso, y es que la doble coma abre una puerta al pensamiento oblicuo y polisémico.

La doble coma, confirman correctores de estilo, editores y tipógrafos, es una revolución en la página semejante a la que introdujo Aldo Manucio en Venecia en la segunda mitad del siglo XV al establecer el uso del punto y coma, las letras itálicas o cursivas y la apariencia actual de la coma tanto como su lugar al pie de la línea.

En pocas palabras, ya no es escribirá igual. La doble coma no acaba de llegar y ya ha modificado un sistema imperfecto que, a fin de cuentas, ha funcionado durante varios siglos. Lo sorprendente no es la incorporación del nuevo signo, sino que no se hubiera instalado antes en nuestros escritos.

En estos tiempos incluyentes y democráticos, donde se reconoce plenamente los derechos de la diversidad textual, ¿por qué no habríamos de aceptar y gozar de los beneficios de la doble coma sí aceptamos y usamos otros signos combinados (casi dígrafos) como el punto y coma, los dos puntos y, el colmo de colmos, los muy desprestigiados puntos suspensivos? 

¿Cómo no celebrar un signo que separa elementos de la oración con énfasis, señala pausas reveladoras (no necesariamente más largas, aunque no excluye una duración mayor), más incisivas, intuitivas y -por qué no- emocionales? No hay razón para que las dos comas empoderadas no cohabiten, convivan y operen instaladas en el mismo espacio tipográfico señalado para un solo signo.

Ha quedado por fin superada la fragilidad de una coma simple (nunca una simple coma) sin necesidad de recurrir al fin abrupto del sintagma ante el punto y coma o los dos puntos, que tantas veces se erigen como un muro por su rudeza, por no hablar del fin súbito que señala el punto y seguido pues con él muere la oración.

Pero el nuevo signo presenta ya un problema. Un célebre semiólogo y novelista italiano de fama mundial ha abierto una brecha que podría no cerrarse nunca pues han surgido partidarios irreconciliables en ambos bandos. La doble coma, ha dicho, puede operar en el texto una detrás de la otra o una sobre otra. A esta última posición sus detractores la han llamado revanchista y frívola; sus incondicionales la llaman simplemente vertical o en pie de lucha, pues celebran que la coma ya no se encuentre de manera obligada sobre la línea, al pie de las letras, al nivel del ordinario punto.

Así, tenemos la doble coma horizontal y la doble coma vertical. Es obvio que una posición distinta le otorgará a las dos comas distintas funciones textuales, que deberán operar al menos en dos planos y acabarán por modificar tanto el significado como el significante. Un renombrado lingüista polaco, profesor de la Universidad de Cambridge, ya ha sugerido si no estamos, en realidad, ante dos signos distintos (la doble coma horizontal y la doble coma vertical), lo que complica mucho más el sentido de las pausas, la cisura, el hiato, que se abre en la oración y sus múltiples sentidos.

Mientras los gramáticos y académicos discuten, los fabricantes de ordenadores, tabletas y toda clase de dispositivos han saludado al nuevo signo y le han dado la bienvenida con una carrera contra reloj para incorporarlo a los teclados y hacerse con una buena tajada del mercado, que muy pronto será del cien por ciento de las máquinas y los usuarios pues nadie podrá prescindir de él.

Se ha anunciado ya el Primer manual de uso de la doble coma y se espera que pronto se ajusten los planes de estudio de las escuelas primarias y secundarias. Todo el mundo está de acuerdo en que la doble coma o las dos comas llegó para quedarse, y una vez que nos acostumbremos, dicen, no podremos vivir sin ella, aunque tal vez tendríamos que decir sin ellas. Y es que, en verdad, llegaron para quedarse porque además de necesarias son encantadoras, deliciosas e irresistibles.

15 de noviembre de 2013

Una novela cada día

Durante una semana de julio de 2013 elegí para mis improbables alumnos de una asignatura imposible que llamaría “Las noticias y la ficción o cada noticia encierra una novela I”, diez noticias raras, extrañas, algo absurdas o sorprendentes o que mueven a la indignación que encontrara en los periódicos para cotejarlas con eso que solemos llamar la imaginación literaria.

Decidí excluir guerras, injusticias y conflictos, desastres humanos o naturales, por considerarlos temas más propios de la poesía épica que de la novela, siempre subjetiva y creada para narrar una historia, las vicisitudes de una vida (Flaubert y Stendhal encontraron en los diarios y gacetas el origen de sus obras maestras). El tiempo y el lugar son irrelevantes: casi siempre y en todas partes obtendría los mismos resultados. Los inexistentes alumnos tendrían que explorar las cualidades literarias y la posibilidad de escribir un relato a partir de esos sucesos. En esa semana tuve noticia de que:

1. Científicos de la Universidad de Utah han descubierto una nueva especie de dinosaurio, al que han llamado Nasutoceratops titusi porque poseía una cabeza con una gran nariz y enormes cuernos. Los paleontólogos han explicado que pertenece a la familia de los triceratops, aunque “está fuera de la norma de este grupo”.

Mark Loewen, director de la investigación, ha explicado que los cuernos y la nariz de esta especie eran por mucho “los más grandes” de cualquiera de su familia de dinosaurios. Los cuernos se curvan hacia los lados y hacia adelante.

Loewen ha comentado: “Nunca se ha visto nada igual" y "ni siquiera se podría suponer la existencia de este animal". El estudio de la Universidad fue publicado en la revista Proceedings of the Royal Society.

Entre sus características, además de su enorme nariz y cuernos, destaca que el dinosaurio era herbívoro, medía unos cinco metros de largo, tenía una especie de cuello festoneado detrás de la cabeza y pesaba unas dos toneladas y media. Los huesos del dinosaurio fueron hallados en 2006 y no se había ratificado que se trataba de una nueva especie porque tardaron años en limpiar el fósil y reconstruir con precisión las características del animal, según Loewen, quien también trabaja para el Museo de Historia Natural de Utah.

Los fósiles fueron encontrados en rocas de unos 75 millones años, lo que ha permitido afirmar que el dinosaurio habitó la Tierra durante el período Cretácico. Los expertos han señalado que los fósiles se hallaron en un desierto al sur de Utah, que una vez perteneció a un continente llamado Laramidia (que años más tarde pasó a formar parte de Norteamérica). Este sitio es considerado como un lugar rico en fósiles, ya que se han hallado otros dos tipos de dinosaurios con cuernos y uno con pico de pato (hadrosaurios).

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2. Alessandro Bastianoni, italiano de 48 años, jugador de póquer, que ganó una fortuna gracias a su habilidad para las cartas, fue hallado muerto en un departamento de Miraflores, en Lima, Perú. Al parecer, decidió suicidarse con veneno mezclado con refresco tras haber perdido seiscientos mil dólares en dos campeonatos de póquer.

Su novia denunció su desaparición y dijo que la última vez que hablaron le dijo que había perdido mucho dinero. “Su voz denotaba una tristeza profunda.” En el departamento encontraron un maletín con ciento cuarenta mil dólares y una carta del puño y letra de Bastianoni en que pedía que se empleara el dinero para incinerar sus restos.

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3. Expertos y turistas están en espera de la floración de la llamada “flor más grande del mundo”. La Amorphophalus Titanum (Aro Gigante, en español) de más de un metro y medio del Jardín Botánico de Washington, Estados Unidos, está a punto de florecer y tiene a la expectativa a los botánicos, funcionarios y turistas que van a visitarla. Como si se tratara de una pieza de arte, esta rara, espléndida y gigante flor, muy pronto mostrará su gran conducto polinizador, que atrae a una gran cantidad de insectos de kilómetros a la de redonda.

 “Estamos nerviosos e ilusionados porque no sabemos cuándo va a ocurrir exactamente, creemos que será en los próximos días, lo que sabemos es que cuando ocurra será muy temprano por la mañana", dijo el moderador de seres vivos del museo, William McLaughlin. "Es muy exótica y muy extraña, nunca había visto nada igual. Es fantástica. No se ve esto todos los días. Se han situado dos cámaras para seguir el acontecimiento por streaming.

La Titáncomo la llama el experto no tiene un ciclo de florecimiento anual. El tiempo entre brotes es impredecible, puede variar entre varios años y varias décadas. Esta flor necesita crear la suficiente energía para generar un brote tan espectacular. Además, apesta cuando brota", señala McLaughlin. Originaria de las selvas tropicales de Sumatra (Indonesia) y descubierta en 1878, "doce horas después de florecer desprende un olor fétido, como a carne podrida, durante otras doce, algo que impedirá estar cerca de ella durante mucho tiempo, pero es un evento excepcional desde el punto de vista de la botánica".

La planta tiene alrededor de siete años y "tenía el tamaño de un frijol cuando llegó al museo en 2007. Pesa más de ciento diez kilos y es su primer florecimiento. Cuando la planta brote dará una flor amarilla, la planta anterior que tuvimos fue carmesí. Una vez que florezca totalmente, permanecerá viva de 24 a 48 horas, luego se marchitará muy rápidamente", puntualiza McLaughlin.

"La Titán requiere unos cuidados muy especiales y una temperatura adecuada, tanto de día como de noche. En este momento el invernadero está a unos 32 grados, aunque son capaces de vivir en condiciones más frescas, de hasta quince grados". Una gran humedad y mucho espacio también son necesarios para un correcto crecimiento. "No se puede tener en casa", indica sonriendo.

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4. Una joven noruega, Marte Deborah Dalelv, tras denunciar a la policía que había sido violada por un compañero de trabajo, ha sido detenida, juzgada y condenada a dieciséis meses de cárcel por mantener relaciones sexuales fuera del matrimonio, falso testimonio y consumo de alcohol.

Parece una pesadilla o el guión de una película de serie B, pero es lo que le ha sucedido a la noruega Marte Deborah Dalelv en Dubái, según ha hecho público la víctima y ha confirmado el Emirates Centre for Human Rights (ECHR). “Informó a las autoridades de Dubái que había sido violada el 6 de marzo, pero le confiscaron el pasaporte y el dinero, y la encausaron cuatro días después”, señala el comunicado de esa organización de defensa de los derechos humanos.

Dalelv, una decoradora de 24 años que trabajaba en el vecino Catar, había viajado a Dubái unos días antes con otros compañeros. Una noche fueron a una discoteca y estuvieron bebiendo. En algún momento, la mujer pidió a uno de ellos que la acompañara de vuelta al hotel. “A la mañana siguiente al despertar [me di cuenta de que] me había violado, me había quitado la ropa y estaba tumbada boca abajo”.

Entonces acudió a la policía para presentar una denuncia, pero cuando el agente le preguntó si había recurrido a ellos “porque no le había gustado” la relación, comprendió que no le estaban creyendo. Empezó entonces su calvario. Fue enviada a prisión y acusada de haber mantenido relaciones sexuales fuera del matrimonio, algo que está penado en Dubái y en el resto de los miembros de la federación de Emiratos Árabes Unidos. Además, fue imputada por falso testimonio y consumo de alcohol sin tener licencia, un permiso que por otra parte sólo pueden obtener los residentes y que ningún establecimiento solicita.

Su agresor, cuya identidad no ha trascendido, deberá cumplir 13 meses de prisión por relaciones sexuales fuera del matrimonio. Para poder ganar un juicio por violación la legislación emiratí, basada en la Sharía o ley islámica, requiere que haya o una confesión del violador, o el testimonio de cuatro testigos varones y adultos.

“Este veredicto choca con nuestra noción de justicia. Es muy raro que alguien que denuncia una violación sea inculpada por delitos que en nuestra parte del mundo no se consideran tales”, ha declarado el ministro de Exteriores noruego, Espen Barth Eide. El caso muestra "la posición legal de la mujer en muchos países", ha añadido, para expresar el compromiso del Gobierno noruego con los derechos de la mujer, especialmente en este caso.

(El de Marte Deborah Dalelv no es un caso aislado. En 2008, la australiana Alicia Gali pasó ocho meses en una cárcel de Fuyaira, Emiratos Árabes, acusada de haber mantenido relaciones fuera del matrimonio. Gali trabajaba en un salón de belleza en el hotel Le Méridien. Una noche salió a tomas una copa con compañeros de trabajo. A la mañana siguiente, cuando despertó, aseguró encontrarse "desnuda, con costillas rotas y numerosos moratones". Cuando fue a poner una denuncia, no sabía que la ley local establece que una denuncia de violación sin pruebas equivale al delito de mantener relaciones extra matrimoniales. Los acusados testificaron que las relaciones fueron consentidas, ya que no existían pruebas de violación. Gali fue encarcelada durante ocho meses y luego puesta en libertad, en marzo de 2009.)

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5. Investigadores de la universidad escocesa de Saint Andrews ha descubierto nuevas evidencias que prueban que los delfines se llaman unos a otros por el nombre. Su estudio ha revelado que estos mamíferos marinos utilizan un silbido único para identificarse entre ellos. Cuando un delfín escucha que otro está imitando su señal acústica, responde a esa llamada repitiendo el sonido. El estudio, referido en concreto a la especie Tursiops truncatus, ha sido publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences.

Hace tiempo que se sospechaba que los delfines se servían de silbidos distintivos para identificarse, de un modo similar al que los humanos utilizan los nombres. Antiguas investigaciones habían probado que estos animales recurrían a menudo a estas llamadas y que los miembros de un mismo grupo eran capaces de aprender a imitar sonidos no habituales.

No obstante, esta es la primera vez que se ha demostrado que los delfines responden cuando son llamados por su nombre. Para la investigación, los científicos grabaron a un grupo de delfines Tursiops y capturaron la señal acústica identificativa de cada animal. Después, reprodujeron estos sonidos mediante altavoces acuáticos. Así descubrieron que los especímenes solo respondían a su propia señal, imitándola.

El equipo de científicos sostiene que es un comportamiento típico de humanos. El doctor Vincent Janik, de la Unidad de Investigación de Mamíferos Marinos de la Universidad de Saint Andrews, apunta que esta habilidad probablemente ayude a los animales a mantenerse unidos en un grupo en su vasto hábitat acuático.

"La mayor parte del tiempo no pueden verse, ni pueden olerse debajo del mar, y el olfato es un sentido muy importante para que los mamíferos se reconozcan", explica el doctor Janik, "Tampoco tienden a quedar en un lugar concreto, así que no tienen nidos o madrigueras a las que volver".

Los investigadores creen que esta es la primera vez que se reconoce este comportamiento en un animal, aunque existen estudios que sugieren que algunas especies de loros utilizan sonidos para identificar a sus compañeros de grupo. El doctor Janik afirma que entender cómo esta habilidad ha evolucionado en paralelo en diferentes especies podría proporcionarnos más información sobre cómo se ha desarrollado la comunicación entre los humanos.

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6. Un estadounidense despierta sin memoria y hablando en sueco. El pasado febrero, Michael Boatwright, de 61 años, fue encontrado inconsciente en un motel de Palm Springs, California. En cuanto lo encontró, la policía lo trasladó a un centro médico.

No sabe qué le ha sucedido y no recuerda su pasado. Dice llamarse Johan Ek, aunque cuando lo encontraron tenía cuatro documentos -entre ellos un pasaporte-, que le identifican como Michael Thomas Boatwright. Las autoridades piensan que Boatwright podría haber participado en un torneo de tenis, ya que encontraron una mochila con ropa de deporte y raquetas.

Un mes después de su aparición, los médicos le diagnosticaron amnesia global transitoria, que puede durar meses; se trata de un síndrome poco común provocado por un trauma físico o emocional.

Tras una extenuante búsqueda, la policía ha encontrado, en los registros públicos suecos, documentos que podrían certificar que Boatwright vivió en Suecia durante 1981 y 2003. Algunos suecos lo han identificado como el estadounidense con gran interés por la historia medieval. Olof Sahlin declaró a Associated Press que lo conoció gracias a su interés por la historia. Lo definió como una persona “amable, simpática y un poco reservada”.

Lisa Hunt Vázquez, la trabajadora social asignada a este extraño caso, declaró a The Sun que Boatwright no puede valerse por sí mismo, no recuerda cómo sacar dinero de un cajero o cómo abordar un autobús; tampoco recuerda a su mujer ni a sus hijos.

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7. Olga Dogaru, rumana, asustada por los robos de su hijo Radu Dogaru, en su afán de protegerle quemó en una estufa casera los siete cuadros robados por Radu en 2012 en el Centro de Arte de Rotterdam (Kunsthal), Holanda.

Según su testimonio, aceptado por la justicia de su país, la banda de seis miembros de la que formaba parte Radu no logró vender a la mafia rusa ni tampoco a un modista rumano, las telas de Monet, Picasso, Matisse, Gauguin, Lucian Freud y Meyer de Haan sustraídas del Kunsthal.

Al ver que se estrechaba el cerco policiaco, Olga primero enterró las telas en el cementerio de una iglesia en el pueblo de Carcaliu, al este de Rumania. Desesperada, optó después por destruirlas en el fuego. “Prendieron en seguida y se quemaron del todo”, ha declarado.

Los fiscales rumanos aceptan que los cuadros han sido calcinados, pero el análisis de las supuestas cenizas pictóricas —que podría demorarse varios meses— continúa. A falta de informe definitivo, la dirección del Kunsthal, y los fiscales holandeses, se aferran a una versión esperanzadora de esta historia. Es decir, que Olga Doradu haya mentido y los cuadros aparezcan por fin. O que tal vez solo quemó unos pocos guardando el resto.
El robo del grupo de Radu, perpetrado el 16 de octubre de 2012, levantó una tormenta en Holanda. El Kunsthal de Rotterdam presumía de contar con un sistema de seguridad por computadora, manejado a distancia desde una central externa, que hubiera debido avisar a la policía en tiempo real en caso de asalto. Tanto es así, que la noche del robo no había guardas en el interior de la sala. Ni esa ni ninguna otra, y los holandeses se sienten burlados: los ladrones no fueron detenidos, pero fueron grabados a detalle por las cámaras internas de seguridad. Se les ve claramente entrar encapuchados, y salir con el botín.
En pocos minutos se perdieron los óleos Cabeza de arlequín, de Picasso (1971); La lectora en blanco y amarillo, de Henri Matisse (1919); El puente de Charing Cross y El puente de Waterloo, de Londres, dos pasteles de Claude Monet (1901); además de Mujer ante una ventana abierta, de Paul Gauguin (1888); Autorretrato, de Meyer de Haan (1889-1891), y Mujer con los ojos cerrados, pintado por Lucian Freud en 2002. Los cuadros están valorados en dieciocho millones de euros.

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8. Un hombre, de 45 años, falleció tras participar en un concurso de beber cerveza en las fiestas de la pedanía murciana de Gea y Truyols, Murcía, España.  Según testigos, el fallecido, licenciado en Historia y celador del Hospital Universitario de Morales Meseguer, ganó el concurso al beberse unos seis litros de cerveza en tan solo 20 minutos. Sorprendentemente, luego se sintió mal y vomitó, por lo que los vecinos pidieron auxilio médico.

Las bases del Gran Concurso de Cerveza son muy sencillas: hay que beber sin parar el mayor número de 'minis' de cerveza en 20 minutos y hasta que el cuerpo aguante. Al parecer, el cuerpo del licenciado no aguantó. Los servicios de emergencia recibieron un llamado sobre las nueve de la noche y al lugar acudió una ambulancia de Corvera, que trasladó al bebedor al hospital Virgen de la Arrixaca, con paro cardiorrespiratorio. El hombre llegó muerto a la puerta de Urgencias.

La pedanía ha suspendido las fiestas, en honor de la Virgen del Carmen, y decretado tres días de luto.

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9. Los calvinistas holandeses sufren una epidemia de sarampión por su negativa a vacunarse por motivos religiosos. La epidemia se ha desatado en el denominado Cinturón Bíblico holandés, zona de mayoría calvinista que cruza el país de oeste a este.

Lo que ha motivado un debate sobre el derecho del Estado a obligar a los padres a proteger a sus hijos de enfermedades infecciosas evitables. La cifra oficial de niños afectados asciende a 466, pero el Instituto Nacional de Salud Pública calcula que puede ser 10 veces mayor. “En esa comunidad, no todo el mundo acude al médico ni alerta a las autoridades sanitarias”, señalan los virólogos, que han puesto en marcha una campaña urgente de inoculación para seis mil bebés.

Su credo de los calvinistas les lleva a anteponer el “plan de Dios y las pruebas mandadas a sus criaturas”, a la evidencia científica sobre el riego y prevención del virus. Otros ortodoxos, por el contrario, admiten que la presión social les lleva a no vacunar a sus hijos. Los que abren la puerta al médico si acude a domicilio, actúan con vergüenza y a escondidas para no ser marginados por los suyos.

En 1971, la misma visión bíblica favoreció la aparición de una epidemia de poliomielitis que acabó con la vida de cinco menores y dejó con secuelas a otros 44. En 1999 hubo un segundo brote.

Aún no se alcanza el pico de la epidemia, y los reproches entre predicadores y políticos han adquirido dimensiones insospechadas. Los primeros ofrecen su apoyo pastoral a las familias y advierten, como Wouter Pieters, de que “nada hay por encima de la Biblia”. “Los servidores públicos pueden hablar en nombre propio, pero el creyente decide por sí mismo bajo la mirada del Señor”. Respondía así al llamamiento de la antigua ministra de Sanidad, Els Borst, a la vacunación. “No va en contra de Dios. Y si todo es voluntad divina, también lo son las vacunas”, dijo ella. Su postura fue refrendada por el propio primer ministro, Mark Rutte, creyente y protestante, que considera imposible “que el Creador quiera que estos niños sufran las consecuencias de una enfermedad peligrosa”. “En este mismo mundo creado por Él hay vacunas”, señaló, en su alocución semanal de los viernes. Edith Schippers, titular de la cartera de Sanidad, y miembro a su vez del partido en el poder, prefirió poner la nota pragmática: “Si bien el sarampión no es inocuo y no vacunar es un error, vivimos en un país libre”.

Con el debate acalorado, la senadora Heleen Dupuis, se ha atrevido a pedir que “el Estado proteja a los niños de sus padres”. “Es hora de abrir la discusión sobre la posibilidad de una vacunación obligatoria. También lo es la educación elemental. Otra manera, si se quiere, de forzar la voluntad paterna”, declaró en el informativo nocturno Nieuwsuur. A partir de aquí, la religión y la ciencia, enfrentadas como nunca, han cedido terreno al principio de la separación de la Iglesia y el Estado. Y las opiniones se han multiplicado. Desde el historiador Hans van der Jagt, estudioso del protestantismo nacional, que ha escrito en el rotativo De Volkskrant lo siguiente: “Los únicos que tienen la respuesta son los creyentes mismos. Pero estamos ante un grupo marginal y egoísta de ortodoxos protestantes […] Van desapareciendo, pero ni Rutte ni la sociedad puede cambiarles”. Al predicador y profesor de teología Arnold Huijgen, que lamenta “la falta de respeto del Estado, con sus constantes intromisiones, por las libertades ciudadanas”. “¿Adónde vamos a llegar?”, se pregunta. "Los virus forman parte del plan de Dios", dice un predicador.

Con la sociedad en vilo por la suerte de los niños enfermos, y el temor a que la epidemia salte al resto del país, El Instituto Nacional de Seguridad Pública preparaba seis mil cartas dirigidas a la comunidad calvinista para invitarla a vacunar a los niños.

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10. El oro que existe en la Tierra (y en el resto del Universo) tuvo su origen, según los últimos datos, en cataclismos cósmicos difíciles de imaginar, concretamente en el proceso de formación de agujeros negros como consecuencia de la colisión de estrellas.

Hace seis semanas se detectó un estallido de rayos gamma de corta duración (solo duró dos décimas de segundo), que es uno de los procesos más energéticos observables en el Universo, e inmediatamente se centraron en esa zona del cielo los más avanzados telescopios, porque los científicos quieren saber a qué se deben. Primero con el Magallanes, en Chile, y luego con el telescopio espacial Hubble se observaron los restos en luz visible y luz infrarroja de esta explosión.

Estas observaciones son las que mejor sostienen hasta ahora la hipótesis de que estos estallidos de rayos gamma proceden de la colisión de estrellas de neutrones, según científicos del Centro de Astrofísica Harvard-Smithsonian. El resplandor observable durante los días siguientes es lo que ha indicado que allí, por desintegración radiactiva, se crearon cantidades sustanciales de elementos químicos pesados, incluido el oro.

El oro es escaso en la Tierra (a pesar de que se calcula que están sin extraer el 80% de las reservas) y es también escaso en el Universo. Tampoco era muy accesible la hipótesis anterior, de hace unos 20 años, que situaba el origen del oro (y de muchos otros elementos pesados) en las explosiones estelares conocidas como supernovas. Precisamente de las supernovas surgen las estrellas de neutrones, densísimas y muy pequeñas. Si chocan dos estrellas de neutrones y se forma, como se cree, un agujero negro, en el proceso se podría decir que se emiten rayos y centellas.

“Hemos calculado que la materia eyectada tras la colisión es aproximadamente equivalente al 1% de la masa del Sol y que la cantidad de oro en ella es hasta 10 veces la masa de la Luna, lo que nos da un valor de mercado actual de 1 seguido por 28 ceros en dólares”, explicó medio en broma Edo Berger, que ha dirigido la investigación. Asegura que con este mecanismo (explosiones de este tipo se producen cada centena de miles de años en una galaxia) se puede justificar la formación de todo el oro del universo, aunque no descarta que las supernovas sean el origen de una pequeña parte. La reciente colisión se produjo en una galaxia similar a la Vía Láctea pero muy lejana. El brillo del estallido superó durante unos instantes el brillo total de la galaxia.


Cada día, una experiencia personal apuntalada en la imaginación por la memoria, las confesiones de un amigo o la conversación que escuchamos furtivos en un autobús o de la mesa de junto en un café y alguna noticia del periódico de cada día encierran la posibilidad de un relato que podría ser digno de contarse. Que una historia como argumento y trama encuentre a su novelista es tan improbable como que uno de esos alumnos inexistentes narre la novela de alguna de esas noticias que le he guardado. Por eso, entre otras razones, una buena novela tiene algo de imposible y siempre nos sorprende como un milagro.

10 de noviembre de 2013

La permanencia literaria de un amor

Edna Lieberman conoció a Roberto Bolaño en México cuando eran muy jóvenes, ella no llegaba a los veinte, él era unos años mayor. Luego se encontraron en Barcelona. Un día él la invitó a tomar un café con leche. Ese encuentro fue decisivo. El amor que a todos ronda, sobre todo en la juventud, hizo lo suyo. Entonces decidieron vivir juntos. Un año después, más o menos, se separaron. Edna se fue a Italia. No volvieron a verse. Bolaño no la olvidó. La evocó como un personaje clave y recurrente a lo largo de sus libros.

Todo esto, su particular ajuste de cuentas con ese amor, esa historia inconclusa, su tomentosa relación con Bolaño lo cuenta Edna en su libro Cartas a mi fantasma (Editorial Terracota). A mí me la contó un sábado en la mañana mientras tomábamos café en la terraza de una librería muy bella y particularmente bien surtida. Me habló de su encuentro tardío con la obra del escritor chileno. De su creciente sorpresa al ver su nombre o ser aludida sin posibilidad de error o confusión a lo largo de muchos libros y muchos poemas. “Roberto nunca me olvidó”, me dijo Edna. “Te lo voy a demostrar”.

Entramos a la librería, abría un libro y me mostraba dónde aparecía. Tomaba otro y volvía a decirme quién y cómo era en esa obra. A veces, su mención es textual, con todas sus letras, su identidad apenas se oculta bajo velos translúcidos, puestos más para mostrar que para ocultar.

A lo largo de toda la obra, a lo largo de casi treinta años, Edna aparece como Edith Oster en Los detectives salvajes; en Amberes es la mexicana, judía, pecosa, de piernas flacas y pelo caoba; en Tres, es la desconocida que desaparece en su Atlántida; en Llamadas telefónicas, la mexicana; en 2666 es Edna Miller; en Los sinsabores del verdadero policía es Edith Lieberman.

También está presente en la poesía. Entre otros, en los poemas “Musa”, “Te alejarás”, “En realidad quien tiene más miedo soy yo”. En otros poemas la evoca por su nombre: uno se llama “Para Edna Lieberman” y otro “El fantasma de Edna Lieberman”, que dice:

Te visitan en la hora más oscura / todos tus amores perdidos. / El camino de tierra que conducía al manicomio / se despliega otra vez como los ojos / de Edna Lieberman, / como sólo podían sus ojos / elevarse por encima de las ciudades / y brillar. / Y brillan nuevamente para ti / los ojos de Edna / detrás del aro de fuego / que antes era el camino de tierra, / la senda que recorriste de noche, / ida y vuelta, / una y otra vez, / buscándola o acaso / buscando tu sombra. / Y despiertas silenciosamente / y los ojos de Edna / están allí. […]

Estos testimonios, estas menciones, esa presencia constante de Edna en la literatura de Roberto Bolaño dicen mucho de la importancia que tuvieron uno para el otro en sus vidas. Para él, a lo largo tantos años y tantos libros. Para ella, a partir del descubrimiento del lugar que tiene en tantas páginas del escritor que la amó. Yo leo y escucho con asombro, pienso en esa memoria viva, en esa constancia, en esa permanencia literaria del amor.