10 de noviembre de 2013

Edén Ferrer: Epiclesis

 Hay un viejo debate, tal vez de origen francés, sobre la forma correcta de aproximación a una obra literaria. Por un lado Sainte-Beuve, decía que una obra es el reflejo de una vida y para conocer esa obra, para explicarla cabalmente y en su justa dimensión, es necesario analizar la biografía del autor.

Por otro lado, están los defensores de la obra por la obra misma. De éstos, entre los autores franceses, destacan Flaubert y Proust. Ellos dicen que la obra tiene autonomía, se presenta sola y vale por sí misma. La obra es y dice lo que dice al margen de su autor. La interpretación y valoración, claro, es asunto de cada lector.

Me gustaría hablar de Epiclesis (Fondo de Cultura Económica, México, 2013), la antología de los escritos de Edén recién publicada, con autonomía e independencia. Quisiera hablar de la obra desde la obra misma, pero no puedo, me lo impide un accidente afortunado. Yo conocí a Edén Ferrer.

Borges se jactaba de lo que había leído, no de lo que había escrito. Yo tengo motivos para celebrar a mis amigos (también para lamentar a los que he perdido, y no siempre porque llegaran al final del camino). Edén y yo fuimos amigos; conversé con él por unos cuantos años en el sentido más profundo y grave de la palabra. Edén era un amigo entrañable, un regalo de la vida y su presencia era en sí misma un hecho literario.

Edén era un hombre, luminoso, lúcido, brillante como tal vez no he conocido a otro. Tenía la cultura del que ha leído una biblioteca entera y la recordaba por artes de Funes, el Memorioso (podía recitar centenares de versos, dar puntualmente citas textuales y explicaciones eruditas, nombres, títulos de obras y se sabía más palabras de las que caben en el Diccionario).

Edén era simpático, tenía una sonrisa fresca, era amigo de sus amigos y de la conversación, de la tertulia, del café; vivía una fascinación cósmica por las mujeres, vestía como dandy (jamás, nadie, lo vio despeinado, con una camisa arrugada o los zapatos sucios) e iba a todas partes con un portafolios de piel en el que guardaba sus escritos que mostraba y daba copias a sus amigos en la primera oportunidad  (por eso conservamos fotocopias de poemas y relatos que permanecen inéditos).

También tenía una rebeldía incompatible con la vida ordenada y cotidiana, no tenía la sumisión del empleado modelo; tenía en cambio una sed de libertad que no le permitía ejercer con método y la disciplina debida el trabajo en una oficina, o el estudio académico y la docencia, para la que estaba particularmente dotado, y una imaginación portentosa que no le ayudaba a mantener los pies en la tierra.

Su experiencia de vida lo hicieron un outsider, un Perseguidor, en términos cortazarianos, un hombre al margen, solitario, siempre a contracorriente, rodeado de familiares y amigos (adoraba a Edurne, su pequeña hija). Viajero de la noche, buscador de la belleza y lo sublime, se le pasaban las horas sin que se diera cuenta.  Muchas veces se quedó a pasar la noche en mi casa, y una vez se instaló una semana entera. Cuando no conversaba, leía y escribía en silencio como un gato; apenas comía, pero sí había que dejar a la mano una botella de vino tinto, por lo menos.

Edén era un buscador de absoluto que de pronto desaparecía. Algunos de mis amigos de principios de los años ochenta fueron amigos de él y buena parte de aquellas amistades se sustentaban en una madeja de complicidades para cuidarlo ("¿Tú lo llevas? ¿Lo pones en un taxi? ¿Lo has visto?" "¿Qué sabes de él?" "¿Con quién está?", nos preguntábamos). Menudo, enjuto, quevedescamente flaco, era frágil al extremo e inimaginablemente sensible. Verónica Volkow escribió un retrato "Edén Ferrer, in memoriam (La Jornada, México, domingo 4 de febrero de 1996), un testimonio de primera mano sobre un escritor del que casi nadie sabía nada y casi nadie había leído.
Era más de diez años mayor que yo y por momentos parecía un hermanito menor. Un día se definió: "Soy como un niño que no tiene un papalote que lo lleve".  

Edén era un Poeta (con alta inicial, por supuesto), un goliardo fuera de siglo, un espíritu libre y liberador, disperso, que no se molestó en recoger o publicar su obra, por eso celebro la justa y necesaria aparición de Epiclesis. Es un acierto del Fondo de Cultura Económica la publicación de esta antología con la que queda resarcida, al menos parcialmente, una deuda con un escritor de primera línea y marginal. Ahora un libro de Edén Ferrer se inscribe en la Colección Letras Mexicanas por derecho propio, como bien dijo Joaquín Díez-Canedo, entonces director de la editorial. Además, es una edición muy bella, que Edén hubiera apreciado.

No me sorprendería que los críticos a partir coloquen a Edén en el cajón de los “raros” o “inclasificables” de nuestras letras. El asunto es irrelevante, en cambio me parece que la literatura de Edén Ferrer tiene muy pocos rasgos en común con la obra de sus contemporáneos.

No sé cuánto habrá escrito, tal vez relativamente poco. Muchas veces me habló de una novela a la llamaba “Ruelas”,  el trayecto a pie del personaje desde el barrio de San Ángel al Zócalo en el centro de la ciudad. La novela sucedería en dos planos: la descripción y comentarios arquitectónicos e históricos sobre la ciudad misma y el pensamiento –una suerte de flujo de conciencia– del personaje mientras camina y recorre la ciudad. Edén decía que tenía más de cien páginas escritas y no tengo la menor idea dónde podrían estar. Es posible que haya perdido manuscritos y originales, no soy el único que conserva poemas y relatos inéditos.

Epiclesis es una antología que incluye una novela corta (de espléndida factura que puede leerse en clave de al menos dos géneros), ficciones o relatos, breves ensayos y poemas, es una selección a la que no le sobran páginas pero sí le faltan poemas y cuentos, en particular los relatos humorísticos. Esa ausencia se echa de menos porque Edén tenía un altísimo sentido del humor, era un hombre que reía y sabía hacerlo. Para él la risa y el humor eran atributos de la inteligencia y dones del espíritu que bien supo cultivar y hacer compatibles con su gravedad metafísica y un pensamiento serio y profundo (por algo anduvo un tiempo entre jesuitas).

Bienvenido sea Epiclesis, el libro, cuyo título es una palabra que no recoge el Diccionario pero sí la teología, lo que no debe sorprendernos, pues la obra de Edén es metafísica, una búsqueda y un ascenso de comunión cósmica antes que estrictamente religiosa. No es casual que de su poesía –tan seria, tan rica, tan inteligente, tan solemne– “Antífona” (Askesis), nombres que remiten a ese rasgo central de la poesía de Edén, sea el poema favorito de muchos lectores, y que en esta edición, en la página 168, aparece con una errata que Jorge Brash señala y espero sea enmendada en la primera reimpresión. Hablando de murciélagos, el poeta escribió guano (estiércol), habla del innoble aroma del guano fosilizado, y un mal duende de imprenta lo convirtió en gusano fosilizado.

La publicación de este libro, por tardía más gozosa (Edén murió en 1995, a sus cuarenta y seis años) es otro motivo para seguir pensando en él, para que gane lectores y el póstumo reconocimiento que merece. Para los que tuvimos la alegría de conocerlo, este libro, vínculo único con sus palabras, es también un pretexto inútil. No creo que nadie que haya conversado con él, nadie que lo haya conocido pueda olvidarlo.

Edén Ferrer era, en verdad, un hombre y un poeta extraordinario. (¡Evohé! ¡Evohé!, como sé que no hubieras dejado de decir, entrañable Edén, grandísimo traidor, pequeño cronopio, poeta mayor.)
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(Texto, con pequeños cambios, leído en la presentación de Epiclesis en la librería Octavio Paz del Fondo de Cultura Económica en la ciudad de México el jueves 7 de noviembre de 2013.)     

29 de septiembre de 2013

Maneras de morir

El 23 de agosto de 2012 llovió uno de esos ensayos del Diluvio que a veces anegan la ciudad de México. Gerardo Ortiz Gutiérrez, arquitecto de 53 años, hizo su última llamada telefónica poco antes de la medianoche, le informó a su hermana que la Avenida Insurgentes Sur y su coche estaban inundados. La llamada se cortó. Dejó el coche y, con papeles y documentos en la mano, trató de llegar al andén de la estación La Joya del Metrobús, más alto que el nivel de la calle. No lo logró.

Testimonios de automovilistas coinciden en que vieron a un hombre abrirse paso en el agua, cruzar la avenida y desaparecer antes de llegar a la estación. En Facebook un testigo apuntó que vio a un hombre caminar por el carril del Metrobús, con el agua a la cintura, y que de pronto, sí, desapareció.

Gerardo Ortiz Gutiérrez fue tragado por una alcantarilla sin tapa. La fuerza descomunal de la corriente lo arrastró por el sistema subterráneo del drenaje. Los bomberos lo hallaron una semana después, en la red de tuberías, en el subsuelo del centro de Tlalpan, a kilómetro y medio del sitio en que desapareció. El cuerpo fue identificado sin contratiempos por la familia; entre sus ropas encontraron sus pertenencias y documentos de identidad.

Heródoto, en Clío, el primero de los nueve libros de su Historia, narra el encuentro entre Solón, sabio y legislador ateniense, y Creso, rey de los lidios. Éste, guerrero y conquistador, inmensamente rico y poderoso, pero sobre todo enfermo de vanidad, le preguntó a su huésped si conocía al hombre más dichoso del mundo. 


Creso esperaba un elogio sobre su persona, quería escuchar del sabio que él era el más afortunado, pero Solón menciona a Telo, el ateniense, que tuvo una vida afortunada porque vio crecer a sus hijos y sus nietos, todos hombres de bien, con cualidades físicas y virtudes morales, en una ciudad próspera, y que tuvo una muerte gloriosa, pues en la batalla en defensa de su patria puso en fuga al enemigo y lo sepultaron con honores.

Creso, sorprendido, insistió. ¿Y luego de Telo quién es el hombre más dichoso? Solón menciona a Cléobis y Bitón, dos naturales de Argos, que a falta de bueyes arrastraron más de ocho kilómetros cuesta arriba el carro en el que iba su madre, sacerdotisa de Hera, a una ceremonia en honor de la diosa. Entre elogios de la multitud, la madre pide con fervor a Hera que les concediera el don más preciado que puede alcanzar un hombre. Cléobis y Bitón se retiraron a descansar y ya no se levantaron.

Creso, molesto, soberbio, le recrimina a Solón que a pesar de sus súbditos y riquezas, de las tierras y pueblos conquistados, no lo considere entre los hombres felices. Solón, prudente y con pesimismo ateniense, le dice que de los poco más de veinticinco mil días que es el término de la vida humana, no hay uno idéntico a otro y que la vida es una serie de calamidades, por lo tanto no puede llamarlo feliz ni dichoso hasta que no concluyan sus días. El infortunio puede estar al acecho, por ello mientras no se sepa cómo muere un hombre, es prudente suspender el juicio y no llamarle feliz o dichoso pues se ha visto desmoronarse la fortuna de los más favorecidos.

Hay maneras de morir. La enfermedad o la violencia de los hombres, un suceso lamentable suele ser casi siempre la causa. Borges nos recuerda que morir sin agonía es una de las felicidades que la sombra de Tiresias promete a Ulises. Desearla, no es un hecho frívolo ni intrascendente. No sé quién dijo que la muerte es la prueba que todos superamos, pero no le falta razón.

Caer en una alcantarilla y ser arrastrado por la corriente al inframundo de la ciudad es tan extraño e improbable como la abducción por extraterrestres. De pronto, un día, los poderes del mundo, las armas homicidas, la furia de los dioses, las fuerzas descomunales de la naturaleza ponen fin a la vida de un hombre.

Unos mueren en el campo del honor, otros con dulzura mientras duermen; pero los más lo hacen con dolor y violencia, antes de tiempo (siempre se podría pedir un día más) o con inhumana lentitud. No encuentro respuestas que expliquen las infaustas circunstancias, sólo sé que no siempre los hombres de bien, según Solón, han sido los más felices.

11 de agosto de 2013

Los nombres de las cosas

Todas las cosas tienen su nombre. Todo lo visible y lo invisible, lo que existe y lo que puede ser imaginado tiene una palabra que lo distingue y lo nombra, que estimula la lengua y el paladar, el oído, y evoca una idea tan precisa y amplia como la que se representa con absoluta nitidez cuando decimos agua o guitarra.

Todo tiene nombre en este mundo. Los mares y los vientos, las estrellas y los cuerpos celestes, cada montaña y cada mar y cada río, las islas, los animales, las flores y los frutos, las plantas, los árboles, los minerales, las rocas, las tierras y las arenas. Los actos de las bestias y los de los hombres (que se conjugan en verbos), las emociones y los sentimientos, las construcciones verbales del pensamiento y la razón, los colores y su gama casi infinita de matices, las enfermedades casi inocuas y las letales, y los fenómenos y cambios físicos y químicos, los sucesos fantásticos y los de las pesadillas.

Todo tiene un nombre. Cada país, cada valle, cada región, cada lugar, cada calle, cada sendero, cada ciudad, cada urbe, cada caserío, cada edificio erigido para un fin, y cada prenda de vestir y cada instrumento y cada letra. También cada moneda y cada parte del cuerpo, de todos los cuerpos. También tienen su nombre todas las máquinas y todas las piezas que conforman un gran barco, un motor, todos los procedimientos y técnicas de todos los trabajos, de todas las profesiones y especialidades y de todos los oficios.

Todos los ángeles y seres invisibles y monstruos de los mares y del espacio; todos los conceptos y términos de la Filosofía, la Teología, las Matemáticas y el Derecho. Todas las ceremonias y todos los juegos, las operaciones mentales y las figuras retóricas y todas las partes de la oración y de la lengua según la Gramática, y todas las cifras y sus combinaciones y operaciones y todos los números.

Todo tiene su nombre y su definición y todo cabe en todos los diccionarios del mundo. Y no es lo mismo papel, que papel carta o papel de estraza o papel biblia o papel cebolla o papel blanco o papel cuché o papel de arroz o papel higiénico o papel carbón, y así todas las cosas, pues no es lo mismo una piragua que una balsa que una almadía que un kayak que un bote o una lancha, y tampoco es lo mismo los alisios que los contralisios o el siroco, el noto, el mistral, el cierzo.

Todos los días veo cosas y sucesos y fenómenos cuyos nombre desconozco, abro un diccionario y encuentro palabras que no uso, que nunca he escuchado, inauditas, cuyo significado me sorprende y a la vez me ofrecen una definición insospechada que también me habla de los estrechos límites de mi conocimiento del mundo, de otros oficios y otras culturas y otros tiempos.

Que tarea formidable darle nombre a todas las cosas, en todas y cada una de las lenguas que se hablan en el mundo. Que prodigio darle nombre a una hormiga que apenas se distingue de otra por su color o su tamaño. Y cada uno de nosotros tiene un nombre, una combinación de letras y palabras que nos forman y conforman.

Y cuando algo en el universo no tiene nombre, si eso aún es posible (el Bosón de Higgs tenía nombre y atributos, antes de que se tuviera la certeza de su existencia), un ejército de científicos, un astrónomo o un ingeniero naval, un zoólogo o un químico, un jurista o un poeta nos dirá el nuevo nombre de lo que no había sido nombrado.

Es pasmoso. Todas las cosas de este mundo tienen un sustantivo que las nombra; todas las acciones un verbo que las dice y se conjuga; un adjetivo que les da vida y las explica. Me siento apabullado bajo el peso alado y poético y denso y procaz de todas las palabras, de los nombres de todas las cosas. 

En el nombre y sus palabras reside la metafísica y la poesía de las cosas. Extraer de los nombres su poética, darle a las cosas su luz, fijar los atributos que las animan, es tarea de los mejores. Dice Borges con lucidez infinita: Si (como afirma el griego en el Cratilo) / El nombre es arquetipo de la cosa, / En las letras de rosa está la rosa / Y todo el Nilo en la palabras Nilo.  


Qué prodigio, las palabras. Me quedo sin habla. Escribo desde el asombro.



18 de julio de 2013

Brendan Behan en Nueva York

Alguien me habló hace tiempo de Brendan Behan. Luego, leí una reseña de su libro y finalmente su nombre apareció en el artículo de una revista o un periódico. Se había despertado mi curiosidad por este contador de historias, así que cuando me topé con Mi Nueva York (Marbot Ediciones; Barcelona, 2012) en una librería lo compré sin pensarlo demasiado. 

Una de las primeras noticias que tuve de él fue una sucinta semblanza, una autobiografía, ejemplar y modélica en su brevedad: «Soy un alcohólico con problemas de escritura». Bien vista, ahí está mucho de lo que conviene saber. En ese momento supe que Behan era escritor, alcohólico, que no se engañaba sobre sí mismo ni quería endulzar su imagen ante sus lectores; era honesto y decía la verdad. 

Había estado vinculado al Ejército Republicano Irlandés y por ello pasó un tiempo en la cárcel, fue pintor de casas y excéntrico profesional. Todas esas me parecieron muy buenas razones para leerlo.

Mi Nueva York es una obrita modesta, menor y divertida, con gran sentido del humor y estupendas anécdotas, seguramente las mentiras que deben esperarse de un gran contador de historias. No olvidemos que es el relato de un irlandés (los irlandeses son grandísimos contadores de historias y quizá los mejores embusteros del mundo) que no para de hablar de sí mismo. 

Uno puede imaginarlo en un bar neoyorkino, bebiendo whisky, contando sus aventuras sin parar, simpático y hablador, con un cigarrillo en los labios.

Se supone que Behan va a contar sus impresiones de la Gran Manzana, pero se las arregla para hablar de Irlanda y lo irlandés (como de una vocación y un destino, no de un lugar y del accidente de nacer allí, de la cruz que implica llevar la idiosincrasia irlandesa), la gente que conoció pero sobre todo de sí mismo. Sin embargo, algo hay de la promesa original del título del libro: aparecen bares y restaurantes, rincones y lugares neoyorkinos. 

Los juicios de Behan son sinceros, simples, claros, lúcidos, ingeniosos. Con todo, lo mejor del libro es cuando una y otra vez habla de sí mismo y pareciera que Nueva York es un pretexto para hablar de su tema favorito con oportunas digresiones salpicadas de humor irlandés. Los giros de estilo son sutiles, elegantes. Behan se comporta como un caballero, lo que ya es decir, y aunque promete poca política, en su libro hay mucha política, por supuesto, y no desde la política misma.

Además de aquella magnífica autobiografía citada, Behan se presenta así: «No soy un sacerdote sino pecador. No soy psiquiatra sino neurótico. Mis neurosis son las herramientas con las que me gano la vida. Si me curase, tendría que volver a pintar casas», digamos que podría ser útil. 

«Alguien me preguntó una vez si era un escritor de clase trabajadora. Pues bien, soy ciertamente de origen trabajador pero no me considero un escritor de clase trabajadora, ni un escritor irlandés, ni de ninguna otra secta especializada. Me considero simplemente un escritor», citable, digna de recordarla para cuando haga falta.

«Me apresuro a añadir que la única persona que conocí en Irlanda que se negara a aceptar un trabajo honesto con un sueldo aprobado por los sindicatos fui yo mismo», reveladora, sin duda. «Lo más importante en este mundo es tener algo que comer y algo que beber y alguien que te quiera», toda una confesión. 

«Yo aprendí el uso del whiskey a la edad de seis años, cuando mi abuelo dijo: "Dádselo a probar ahora, y no querrá ni una gota cuando sea mayor", lo cual, supongo, es lo más inexacto que se ha dicho en toda la historia», toda una biografía, una saga familiar, entre patética y conmovedora.
Alguien que escribe con tanta franqueza de sí mismo, puede volverse entrañable. El libro, un divertimento ideal entre la lectura de dos libros de gran calado, tiene numerosas ilustraciones de Paul Hogarth sobre la ciudad.

Un libro lleva a otro. El de Behan me hizo volver a El secreto de Joe Gould, de Joseph Mitchell, admirable por su imagen de Nueva York y un vagabundo neoyorkino. 

Debe de haber muchos libros sobre las grandes ciudades, pero del subgénero «Nueva York», textos literarios dedicados o debidos a la ciudad, no deben olvidarse los poemas y escritos de García Lorca, Pasolini, Paul Morand y las en verdad notables crónicas instantáneas de Antonio Muñoz Molina en Las ventanas de Manhattan

Sin duda hay muchos más, y que conste que no me refiero a libros que sucedan en Nueva York, la lista de éstos sería, empezando por las historias de Henry James, simplemente interminable.

14 de julio de 2013

Rosario, sí, la de Acuña

Pues bien... Es una historia conocida desde los tiempos de mis bisabuelos, pero de vez en cuando hay que volver a contarla. Manuel Acuña, autor del “Nocturno a Rosario” se suicidó a sus veinticuatro años en diciembre de 1873 porque su pasión no fue correspondida. Así eran los Románticos, primero la muerte que vivir sin el amor de la mujer amada.

 Yo tengo a Acuña por un poeta de medio pelo al que su desgracia lo lanzó a la fama, por más que mi viejo profesor de literatura mexicana me sugiriera que leyera “Ante un cadáver” y “La ramera” (¡qué nombres!) para que comprendiera al fin la fina sensibilidad y el pensamiento del melancólico y joven bardo.

Acuña tuvo un sepelio tumultuoso, la noticia de su suicidio conmocionó a la Ciudad de México y el suceso fue noticia incluso fuera del país. Tal vez fue Ignacio Altamirano el que echó a andar la leyenda, al decirle imprudentemente a Rosario: “Se ha matado por ti”. Ya no importa si fue así, el imaginario popular lo ha creído y ella siempre será la musa y la mujer por la que el poeta se quitó la vida con cianuro.

Rosario la de Acuña: Un capítulo de historia de la poesía mexicana (1920) es el título del libro de José López Portillo y Rojas en que cuenta, además, que Acuña amaba a Rosario, pero tenía al mismo tiempo relaciones amorosas «con una hermosa e inspirada poetisa» [Laura Méndez] y con «una pobre lavandera» [Soledad]).

La bibliografía sobre el tema no es escasa, muchos autores se han ocupado de este caso. Carmen Toscano insistió en el tópico en su libro: Rosario, la de Acuña, mito romántico (1948), reeditado como La musa fatal: Rosario, la de Acuña (2004); Vicente Quirarte publicó “Un testamento de la ciudad romántica” (1995), un artículo muy bien documentado.

Lo que la leyenda popular no cuenta pero sí algunas crónicas es que la pobre de Rosario declaró que ella fue sólo el pretexto de una locura. Dijo que Acuña y ella sólo eran amigos, que ni se enteró de las pasiones que abrigaba Manuel en su alma (aunque sí fue la destinatario del “Nocturno” y conservaba el original como un tesoro). Y dejó en claro que otros dos hermanos Acuña también se quitaron la vida, y esa cifra demuestra que era una familia de suicidas; por una u otra causa, tarde o temprano, el poeta Acuña se mataría. Pero no quiero hablar de Acuña, sino de ella.

Rosario de la Peña y Llerena (1847-1924) debió ser una joven imponente, irresistible en sus encantos y virtudes. Hija de una familia acomodada, estudió, según la Enciclopedia de México (EM): «con profesores particulares lenguas y literaturas castellana y francesa, declamación, canto, piano, dibujo, pintura, tejido, bordado y cocina». Y sigue la EM: «Bella, graciosa y con talento, era el vértice ideal de las tertulias literarias que se celebraban en la casa paterna de Santa Isabel (donde actualmente se halla el Palacio de Bellas Artes)». Dice el Diccionario Porrúa (DP): «Su belleza y el magnetismo que supo imprimir a su mirada, fueron causa de que en torno a sus tertulias literarias se encendieran las pasiones». Ahora sí que voy entendiendo al pobre de Acuña.

Luego la EM nos da una lista de los que no pudieron resistir esa mirada letal. En la casa de Rosario se reunían: «los más célebres escritores de la época: el educador Gabino Barreda, el ecléctico Ignacio Ramírez El Nigromante, el chispeante Guillermo Prieto, el elocuente Ignacio Manuel Altamirano y el mordaz Vicente Riva Palacio, entre los consagrados». La lista no va nada mal; a estos egregios caballeros el DP los llama: «Espíritus disímbolos». ¿No son muchos adjetivos y confianzas para una enciclopedia y un diccionario?

Luego vienen los de segunda fila. Según la EM: «entre los jóvenes más brillantes: Juan de Dios Peza, Agustín F. Cuenca, Manuel M. Flores, Ángel de Campo, Francisco Sosa, José Rosas Moreno, Porfirio Parra, Justo Sierra, José Peón Contreras, Manuel Acuña, Francisco Frías y Camacho y el cubano José Martí». ¿Faltó alguien? Sí, según el DP es necesario incluir a Luis G. Urbina (aunque era demasiado joven), y no deja de decir que hubo «otros más». No existe la menor duda de que Rosario tenía eso que hoy llamamos sex appeal.

La EM lo deja muy claro. A Rosario: «en medio de aquel cortejo de bardos, tribunos, filósofos y literatos, le agradaba atraerse a los hombres brillantes y sentirse rodeada de una atmósfera de galanterías perspicaces y artísticas, según su exquisito temperamento erótico e intelectual». ¿No ha ido muy lejos la EM en sus juicios? Seguramente, y remata así: a Rosario «le complacía oír los dulces requiebros y los madrigales de Martí, de Acuña y de Flores, y encender los débiles fuegos anacreónticos de El Nigromante». Bien visto el asunto, lo extraño es que sólo hubiera una baja fatal en el nombre del amor.
  
Luego, el DP dice que: «Manuel Acuña, desafortunado al cotejarla, escribió el célebre ‘Nocturno a Rosario’ que se interpretó como anuncio de su suicidio». Para la EM, el nocturno es: «esencialmente espiritual» y «las generaciones anteriores a la revolución maderista (1910-1911) sabían de memoria y recitaban en los supremos momentos de una afección amorosa contrariada». Algo así como el himno de los enamorados sin remedio ni esperanza y el manual de suicidas potenciales.

Un diario (Milenio, 20 de enero de 2013) decía que a Rosario la pretendieron, además de Acuña, Ignacio Manuel Altamirano, Ignacio Ramírez, Manuel M. Flores y José Martí, y que estaban enamorados de ella Gabino Barreda, Justo Sierra y Guillermo Prieto. Esta lista es casi imposible, pareciera un exceso, pero tal vez da una idea del encanto irresistible de Rosario, quien se antoja una suerte de Lou Andreas Salomé mexicana, una especie de Misia Sert, la Marilyn Monroe de su tiempo, de la que se enamoraron poetas e intelectuales, abogados, profesores y sabios, casi todos destacadísimos y con trayectorias profesionales trascendentes.

Quizá Rosario no tenía plena conciencia ni la voluntad de romper corazones, pero fue pretendida por algunos de los mejores hombres de nuestro siglo diecinueve. Era, quizá, una seductora natural con belleza, inteligencia, talento, gracia y encanto (el poeta Jorge Brash me dice que le recuerda a la pastora Marcela del Quijote, que vivió la misma situación). Una mujer colmada de dones y virtudes no es responsable de los estragos que provoca en el ánimo y el corazón de los varones.

«En el Álbum, que era costumbre que llevaran las señoritas de la burguesía mexicana –dice la EM, dejaron su impronta sentimental los más altos exponentes de la lírica de esa época». El DP va más lejos: «En el Álbum en que los poetas glorificaron a la musa, Ignacio Ramírez, para iniciarlo, escribió el dístico: Ara es este álbum; esparcid, cantores, a los pies de la diosa, incienso y flores.» No podría ser más claro, y a la vez, más absurdo. Una pléyade de hombres, algunos verdaderamente egregios, revoloteando como bobos alrededor de una jovencita. Por muy agraciada y encantadora que fuera, la escena se antoja para una comedia. 

Sin embargo, Rosario no fue afortunada en el amor. Luego del affaire Acuña se convirtió para siempre en «Rosario, la de Acuña». La tragedia la señaló y no pudo sobreponerse del todo, se pasó media vida un poco aislada, dando explicaciones y defendiéndose de acusaciones injustas y explicando que una mujer tiene el derecho de aceptar y por lo tanto de rechazar una relación y el amor de cualquiera.

El desenlace no pudo ser peor. Dice el DP: «Manuel M. Flores, correspondido [por Rosario], necesariamente hubo de alejarse, a causa de cruel enfermedad». Así que hubo un elegido, uno entre tantos pretendientes gozó de la aquiescencia de la diosa, pero la fatalidad volvió a alcanzar a Rosario. Dice la EM, menos discreta: «Correspondido en amores, el poeta Manuel M. Flores hubo de alejarse de Rosario, a causa de la sífilis de la que al fin murió». Vaya ironía cruel.

Rosario no se casó ni se tiene noticia de que tuviera hijos u otra relación. Dos hombres de nombre Manuel marcaron su vida, y no de la mejor manera. La que tenía locos y despertó la pasión de al menos una decena de hombres ilustres, tal vez no gozó de una relación plena de pareja. Es posible que la musa de la tragedia amorosa más notable de las letras mexicanas, la diosa de los románticos no conociera, en su sentido más amplio y profundo, el amor. 

30 de junio de 2013

Parque México

De niño iba al parque por la calle de Tamaulipas, y en el camino saludaba al tendero, al electricista, al carnicero (al que mi abuela siempre le debía dinero), al peluquero (en cada visita evocaba a mi abuelo). Entonces la Condesa era una colonia apacible, arbolada, silenciosa, con un aire de quietud ligeramente rancio y aristocrático, de familias de clase media orgullosas de su linaje que vivían en casas de dos plantas y edificios no muy altos de departamentos, con comercios pequeños, modestos, de barrio. En cine Lido (donde ahora hay una librería del Fondo de Cultura Económica), luego cambió a Bella Época, vi antes de tiempo Doctor Zhivago, y en su vestíbulo, rojo y decadente, no era difícil encontrar a vecinos y conocidos.

Si bien la especulación inmobiliaria no ha acabado del todo con la colonia Condesa, la de hoy, atestada de edificios de oficinas y sobre todo de restaurantes y bares y sitios indefinidos y temibles, poco conserva de la que viví de niño.

En el parque de mi infancia cumplí el rito obligado de pasear en el minúsculo autobús, reproducción a escala de los que entonces circulaban por las calles, en el que seis niños éramos paseados a fuerza de músculo por los senderos (esos vehículos, toda una tradición en el parque, son un negocio familiar que aún existe: mi hija también fue pasajera de ese autobús).

En el parque México me despedí para siempre de mi infancia cuando conversé un momento, por única vez en mi vida, con Deborah, una chica de mi edad de cabello castaño y ojos verdes por la que estuve dispuesto a convertirme y aprender yiddish. Era un sábado a media tarde; nunca, nunca más volví a verla.

Sin demasiada nostalgia y sin pensar que antes era mejor, no puedo dejar de advertir que en el Parque México las cosas no han cambiado para bien. Está seco, degradado, descuidado, sucio. En una orilla del estanque de los patos se acumula basura y el agua estancada hiede. El césped, las plantas, los árboles están abandonados, sin atención. Pareciera que no los riegan y las fuentes no tienen agua.

En la zona de rocas (que fueron fuentes) que da a la Avenida Sonora, pululan muchísimos perros, que se bañan en la escasa agua, sucia, recogen las pelotas que les lanzan sus dueños y son entrenados en un área extensa, con lo que le han arrebatado una parte del parque a los niños, y no sólo eso, son un peligro latente para éstos.

Ahora muchas más personas visitan el parque, y sus actividades y origen son muy diversos. La Condesa es una colonia en la que viven muchos artistas e intelectuales, por lo que no es difícil encontrar en el parque a un cineasta célebre (uno que se enfada y hace berrinches que se publican en los diarios si no le dan premios internacionales), más de tres poetas, cinco novelistas, siete modelos, doce actores, quince actrices, muchísimos músicos, pintores, artistas gráficos, visuales, sonoros y toda clase de lunáticos; como se ve, el parque es cosmopolita y su fauna y su flora son muy diversas.

Un fin de semana, además de los paseantes, familias, parejas, padres con sus hijos, en el ágora muchachos (y no tan muchachos) juegan futbol; ahí mismo, otros van en patines o patineta o bicicleta y no faltan los corredores que se ejercitan y aun los que se entrenan para un maratón. Pero lo más llamativo son las hordas que tan tomado el parque. Una se entrena en el hula-hula con fines circenses. Otra en corro, la supongo brasileña, practica con mucho éxito de público la caporeira, con movimientos rítmicos y la monotonía de sus berimbaus, panderetas, raspadores, campanas y tambores. Exiliados de Mar del Plata bailan con morriña y dan clases de tango y milonga con un equipo de música casero. Otros cantan canciones de Silvio Rodríguez acompañados de una guitarra mal afinada, otros ensayan lo que cantarán en una misa. Y todo ello, en el corazón del parque, en unos cuantos cientos de metros cuadrados.

En una carpa mal puesta se instalan militantes de un partido político que prometen el paraíso a los ciudadanos que se afilien en ese momento. Chicos y chicas entusiastas piden la firma para alguna causa, no muy lejos de donde un grupo de personas con evidente sobrepeso saltan, se agitan y se esfuerzan al ritmo del silbato de un instructor.

Los ancianos y los enamorados han sido expulsados de las bancas, los comerciantes y proveedores de diversos servicios se han adueñado de ellas y del techo cuelgan sus mercancías, otros se extienden por el piso. Unos venden botanas, correas, suéteres, bozales, escudillas y cepillos para perros. Otros ofrecen pinturas, papel, pinceles y lápices de colores para que los niños pinten y dibujen en pequeños caballetes y mesas. Las señoras hacen manualidades y artesanías, decoran cerámica y piezas de barro. He visto quiroprácticos que ofrecen en medio parque soluciones y milagros sin pasar por el quirófano. Otros por unos pesos toman la presión arterial y ofrecen consejos de salud. También están los magos, los charlatanes, los videntes, la bruja de la quiromancia y la que ofrece limpias contra embrujos.

No es difícil encontrar a un círculo que practica un canto espiritual, a una asamblea de los miembros de alguna cofradía no identificada y sospechosa. No faltan los que meditan sentados y otros lo hacen andando, y no faltan los que se ejercitan en el yoga de la risa. Un poco más allá operan los filatelistas y los grupos de boys scouts hacen lo suyo, sus juegos y ejercicios y formaciones entre gente que pasea por el parque y ecologistas que invitan a salvar la Tierra y agentes de asociaciones protectores de animales que ofrecen en adopción un cachorro que llevan en las manos.

También está el predicador de la palabra del Señor, el que ofrece la salvación y muestra el camino. También he visto ecologistas radicales y mítines políticos y el círculo de los expertos en Tai Chi y otras artes marciales (algunos con armas blancas), y no falta el grupo en apariencia espontáneo que baila Harlem Shake y el club de los adoradores de Michael Jackson que aspiran alcanzar un estado superior del espíritu al practicar todos juntos las coreografías de su ídolo.

 No falta el colchón neumático para que brinquen los niños más pequeños ni los que rentan pequeños y no tan pequeños coches eléctricos cuyos conductores aún no han ingresado a la escuela primaria pero ya arrollan a los viandantes, sobre todo a las ancianas. También pasan a toda velocidad los derrochadores de energía con patines y es posible rentar una bicicleta para ir por senderos saturados además con vehículos familiares, de cuatro ruedas y pedales.

De pronto se oye una quena y luego un tambor frenético, más tarde un tango o un bolero y los gritos salvajes de guerreros y los cantos piadosos. No faltan los vendedores de golosinas y palanquetas, almendras garapiñadas, cacahuates tostados, salados y enchilados, pepitas de calabaza, pistachos y garbanzos, algodones de azúcar, de palomitas (que también son compartidas con los patos), de papás fritas y chicharrones, vasos de plástico y conos de papel con trozos de mango, pepino, naranja y jícama con chile y sal, de hot-dogs, hamburguesas y refrescos. No faltan los globos para niños de todas formas y colores y los juguetes baratos de plástico, de disfraces (para perros y para niños), de piezas de barro, de carpetitas tejidas por tías solteronas para centro de mesa, diversas piezas de macramé y hasta vendedores de muebles de madera de dudosa calidad.

Un domingo uno puede encontrar un mercadillo, una fiesta cívica, patriotas que celebran una fiesta nacional, los hinchas de un equipo de futbol celebrando una victoria, una muestra gastronómica de la República Checa o una feria del libro. En el parque se puede practicar el arte de conversar en varias lenguas (yo estuve a punto de aprender yiddish) y encontrar gente de muchos países y muchas formas de vida. Son muchas y diversas las tribus y hordas del parque, más de que podría imaginar y la lista de las que menciono está muy lejos de ser exhaustiva.

Una tarde, un poco cansado de tantas emociones y encuentros inesperados, harto de tanto ruido y tanto grito y de tantas sorpresas, de la caca de perros de dueños inciviles y la sensación de ir no por un parque sino por el patio de un manicomio, me refugié en la biblioteca que está en una esquina, a un lado de la estatua del general San Martín. La sala estaba casi vacía. Al fin tendría un poco de paz, podía entregarme sin reservas al placer de la lectura. De pronto, una mujer de voz chillona, de profesión docente y vocación castrense, comenzó a gritar para ¿educar?, y dar instrucciones a un grupo de niños. Gritó y gritó y no dejó de gritar. Adiós lectura en paz. ¿No eran las bibliotecas un lugar sin ruidos y dedicado a la lectura en silencio?

Me sentí expulsado del paraíso. Como sabía Quevedo, no encontré a Roma en Roma. El parque ya no es el remanso de paz y fuente de alegría de mi infancia. Para consolarme, crucé la Avenida México y me senté a una de las mesas en la acera de un café. Pedí agua mineral y un exprés doble que resultó bastante bueno. No todo estaba perdido, tenía además un libro y un poco de sosiego y mis recuerdos y una vista magnífica al lado oriente del parque México.


28 de abril de 2013

La mala prosa

Si tras leerlo con atención y con él ánimo dispuesto un libro desfallece, si no nos conmueve y aun nos decepciona, si uno no puede gozarlo dos veces, no habrá valido la pena ni la primera lectura. Esa podría ser una medida que no hace gala de la diplomacia y la cortesía pero no excluye la justicia. Si un libro se nos cae de las manos, si no nos invita a volver a sus páginas, se habrá resuelto el desencuentro.

Alessandro Baricco va más lejos en el caso de los autores: un escritor, dice, no debe leer malos libros. No debe leer aquello que es inferior a su calidad. No hay razón para ello. Si después de unas páginas, las que sean, tres o cincuenta, el escritor encuentra, honestamente, que esa escritura es inferior a la suya, debe dejar de leer.

Inobjetable. Sin embargo, no es tan extraño encontrar lectores que se ha pasado media vida leyendo malos libros con impecable conocimiento de causa. Es posible que lean  libros, uno tras otro, hasta el fin, con la certeza absoluta desde la primera página de que se trata de un libro muy malo (por no hablar del cine, las malas películas ejercen una extraña fascinación en no pocos espectadores que vuelven a ellas una y otra vez) y pospongan la lectura de autores mayores y de gran calado por no hablar de los llamados clásicos contemporáneos.

Más allá de los gustos y preferencias, de las discusiones estériles y los arrebatos, la mala prosa ensucia los ojos, se atora en la garganta, favorece la acidez estomacal, fomenta las pesadillas, enciende la cólera, cultiva el mal humor y perturba la razón. No soy partidario de censuras ni autoritarismos, pero hay ciertos productos en formato de libro que son nocivos para la salud.

Insisto: si un libro no vale la pena leerlo dos veces, no habrá valido la primera lectura. Respeto los gustos y las libertades, pero, por favor, oriente y ayude a sus vecinos y compañeros, a sus familiares y amigos: cuidemos la prosa que se consume. Es una cuestión de principios y responsabilidad ciudadana. La mala prosa es nociva, sus daños devastadores. Estamos, a fin de cuentas, ante un problema de salud pública.

21 de abril de 2013

El silencio de los bosques

La primera noticia de El silencio de los bosques me la dio la propia Cecilia Urbina. Un día me habló de ella en un café. La novela no estaba escrita, pero Cecilia sabía muy bien lo que quería hacer. Me dijo: “Steve va al Louvre y no quiere saber nada del cuadro que mira: ni su nombre ni el del autor ni la técnica empleada o la fecha de composición. Nada. Sólo quiere observar los cuadros. Así también los osos, los pájaros, las pirámides, los árboles, los bosques. Mi personaje no quiere saber y no quiere contaminarse con la información que le dan otros, el mundo, los libros". No pensé que ese pudiera ser el punto de partida de una novela. Me alegro de haberme equivocado.

Novelista es alguien que ve y encuentra (Picasso decía: “yo no busco, encuentro”) una historia, un lenguaje, un punto de vista, una estructura. Alguien capaz de leer e interpretar y modificar la realidad para decir algo que no ha sido contado, o al menos no de esa manera. ¿A quién más se le podría ocurrir la historia de Steve? Un novelista ve una novela donde otros no la ven, incluso otros novelistas. Cecilia Urbina, entonces, es novelista.

Hoy separo en dos grupos a los libros: los que me dicen y me tocan, y los que nada me dicen. Los que me desquician y los otros. Los que me emocionan y los demás. Ya lo escribió Kafka: “Pienso que sólo debemos leer libros de los que muerden y pinchan. Si el libro que estamos leyendo no nos obliga a despertarnos como un puñetazo en la cara, ¿para qué molestarnos en leerlo?”.

No seré yo el que diga que El Silencio de los bosques es uno de esos libros que nos impone Kafka. No lo haré; esperaré pacientemente a que alguno de ustedes, sus primeros y naturales lectores, venga y me diga: “La novela de Cecilia Urbina me golpeó como un puñetazo en la cara”. Entonces, a ese lector o lectora le diré: “No me sorprende. Ponte un poco de hielo metafísico y sóbate el alma. Pero ahora dime, ¿qué te ha movido? ¿Dónde te duele más? ¿Qué cambió en ti? Y luego le diré: Por favor, envíale un ramo de flores a la autora. Dile: ‘Soy otra persona después de leer tu libro, o al menos: tu libro me ha permitido pensar sobre los árboles, los hombres, la soledad, el silencio, el abismo, de una manera en que no lo había hecho. Gracias’.”

Hay libros ejemplares en su composición, virtuosos en la técnica narrativa y que sin embargo no dicen nada que no hayamos visto en los manuales. Hay libros sobre temas gravísimos, dolorosos y amargos y, sin embargo, nada dicen a fin de cuentas, porque no nos mueven ni nos conmueven. No nos descentran. No modifican nuestro punto de vista, las frágiles certezas y los firmes prejuicios. Nada ofrecen que no aparezca en los periódicos.

Cecilia Urbina nos muestra que aún es posible acercarse a otros puntos de mira, rondar otros límites, empinarse a otras orillas y dejarse seducir por el vértigo de la existencia desde posibilidades que no habíamos sospechado. Libros como el suyo son los libros necesarios.

También necesitamos libros que no nos den felicidad, sino desasosiego, que nos inquieten y nos perturben, que nos hagan preguntas que no admiten respuestas fáciles, higiénicas, redondas y definitivas. No necesitamos mentiras consoladoras. Necesitamos ficciones que nos abran los ojos. Necesitamos libros que nos descentren, que nos muevan, para acercarnos y vislumbrarnos, a nosotros mismos y a los otros.

El silencio de los bosques nos invita a revisar la manera en que conocemos, en que aceptamos el conocimiento, el lado sensible del mundo. El conocimiento lo construimos a partir de circunstancias históricas, psicológicas, sociológicas, culturales. La epistemología, en el ámbito de la filosofía, se ocupa de las condiciones en que generamos y aceptamos el conocimiento, es decir, lo que sabemos del mundo y de los hombres y las relaciones entre éstos con el mundo. Con ella damos forma y coherencia a lo que vemos y pensamos y damos por cierto y verdadero.

Desde la novela de Cecilia podemos mirar, con ojos nuevos, algunos temas decisivos que sólo podrían ser los de siempre: el yo, la identidad, la soledad, la amistad, el quehacer del hombre en la Tierra, acaso el amor y sus fracasos. La novela es una pregunta y una invitación a mirar como no hemos mirado y cada uno de nosotros lo hará de distinta manera. Somos individuos, pero todos somos el mismo, el ser que enfrenta cada día los mismos problemas esenciales.

Una mañana, entre una y otra taza de café, Cecilia me dijo que Steve, su personaje, después de ver el mundo, quería verse a sí mismo. Entonces pensé: “Ese muchacho debería leer Verdad y método de Hans-Georg Gadamer, figura central y tal vez fundador de la Escuela Hermenéutica. Ambos creen que la interpretación (parte esencial del conocimiento) debe evitar la intromisión y la reproducción de los vicios, errores y defectos que surgen de hábitos mentales, prejuicios y juicios aceptados como verdaderos sin el menor examen.

En pocas palabras, Steve, que pasaba por un muchacho raro y desorientado pensaba lo mismo que uno de los grandes sabios del siglo XX: debemos centrar la mirada en las cosas mismas, no en los textos y las palabras que nos hablan de las cosas.

Estuve a punto de decirle a Cecilia: “Maestra, hágame el favor de recomendarlo a Steve que lea a Gadamer, le haría mucho bien. Crecería como personaje, ganaría un peso intelectual que definitivamente no tiene”. Estoy seguro que Cecilia intuyó mis intenciones y dijo: “Hay que pedir la cuenta”. Cecilia Urbina sabía muy bien lo que traía entre manos: quería invitarnos a mirar de otra manera. Por eso novelista.

Con su prosa precisa, fría e inteligente, El silencio de los bosques me ha dado no sólo una situación inédita, la escalada y la culminación del acto supremo de la aventura existencial de Steve, que yo jamás habría imaginado, sino la posibilidad de mirar con nuevos ojos esa circunstancia.

Me ha dado otra oportunidad de vislumbrar la soledad, de sentir que estamos metafísicamente solos y que, como quería Hölderlin, el hombre, pleno de méritos, habita poéticamente esta Tierra. El silencio de los bosques es la historia de un hombre que no quería saber, sino desde su experiencia descifrar el mundo y encontrar su camino.

Sí, Steve quiso hacer de su vida un poema. Uno cuya música sólo él conocía. A hombres y mujeres como él les llamamos, raros, extraños, extravagantes, excéntricos, frikis, outsiders y locos. Él tenía una utopía en el bosque, entre los árboles, en las alturas. Sí, era un raro, a su manera un poeta.

La lectura de El silencio de los bosques me ha confirmado que la experiencia humana es la misma y distinta en cada individuo y que cada uno tiene que limitarse a vivir su vida. Que somos individuos aislados y que a veces, en la amistad, vislumbramos la soledad de los otros como un árbol en el bosque.

He cerrado los ojos y al abrirlos, por un instante, he comprendido a uno más de nosotros. Además, El silencio de los bosques no se parece, en sus registros, su estética, sus medios, a ninguna otra literatura que se publique en estos días.

Gracias, Cecilia, por esta novela; gracias por el kafkiano puñetazo en la cara. Ha sido bienvenido. Recibe a cambio un aplauso como si fuera un ramo de flores. •


(Versión reducida de la presentación de El silencio de los bosques (Terracota), el 21 de febrero de 2013.)

16 de abril de 2013

La Autobiografía de Salvador Elizondo

La vida por escrito es literatura


Al escribir que escribe, Elizondo se escribe
Octavio Paz, El signo y el garabato


Tenía treinta y tres años cuando terminó su Autobiografía. Al final de esas deslumbrantes cincuenta páginas anotó el nombre de una ciudad y una fecha para dejar constancia del lugar y día en que la concluyó: México, D. F., 15 de mayo de 1966. Ese día comienza la leyenda del texto autobiográfico más celebrado de la literatura mexicana del siglo XX.

Esa Autobiografía de Salvador Elizondo es un libro importante al menos por dos razones. En México, y en el ámbito de la lengua española en general, redactar memorias y autobiografías es una rareza y mucho más muy cerca del momento que Dante llamó la mitad del camino de la vida.

Hay una razón que explica ese texto precoz: esta autobiografía fue escrita por encargo y para ser publicada por Empresas Editoriales, S. A., en una colección que se “inspira en el propósito de dar a conocer en páginas autobiográficas la fuerte personalidad de los jóvenes escritores mexicanos del momento, para que el lector […] impresionado por la calidad humana y el inteligente laborar de estos nuevos valores literarios, acuda desde luego a conocerlos en su obra. Pretende por tanto esta serie de magros libros, ensanchar y prolongar el cauce a la producción de la joven literatura mexicana”.1 

Otros jóvenes escritores de entonces, como Juan García Ponce, Vicente Leñero, José de la Colina, José Emilio Pacheco y Sergio Pitol, entre otros, también publicaron su autobiografía en esa colección, pero ninguno de esos textos ha trascendido hasta llegar a nosotros, hoy, más de cuarenta años después, más allá de la bibliografía de cada uno de ellos.

Esos textos biográficos tienen interés para los estudiosos y lectores entusiastas de esos autores, a diferencia del de Elizondo, que ocupa un lugar central entre sus libros aunque no siempre ha sido así reconocido. Esta es la segunda razón de la importancia de la Autobiografía de Elizondo: no haber sido un simple texto apresurado de presentación de un nuevo escritor para que el lector acudiera a la obra de ese autor, como si una autobiografía fuera un mero apéndice al margen de la obra y no parte esencial e indivisible de ella. Si así fuera en otros casos, no lo es para la escritura de Salvador Elizondo, y no sólo por ser una fuente primaria y, supongamos, confiable y fidedigna sobre los hechos y vicisitudes de la vida del autor.

En realidad la vida de un autor es tan poco relevante para la literatura y sus libros como si estos fueron compuestos en tipos de la familia Agaramond o Baskerville. La obra explica y da sentido a una vida; nunca al revés. La obra justifica la vida del escritor. Ciertos autores, entre ellos se cuentan  algunos de los mejores, han logrado fundir vida y obra en una unidad plena de correspondencias que sería imposible aproximarse a profundidad a una sin hacerlo simultáneamente a la otra.

Tal vez Elizondo sea uno de estos casos. No es  común que la experiencia vital, la trayectoria y la cuenta de los pasos por el mundo encuentren un espejo, literario, artístico e intelectual tan nítido en las páginas de los libros de ese autor. La vida es la misma para todos. “Cada hombre lleva en sí mismo plena ya la forma de la condición humana”, escribió Montaigne, pero la manera de mirar una cabellera y el perfil de una muchacha o la serie de los nenúfares de Monet, de escuchar los Nocturnos de Chopin, de asumir la vocación por la escritura o la locura y la concepción del amor y el erotismo son estrictamente personales e intransferibles. En ellos consiste tal vez la individualidad, la singularidad de cada hombre y sobre todo la calidad y la condición del artista.

La Autobiografía de Elizondo es gran literatura antes que el recuento de una vida con momentos solares y otros de innombrable sordidez, es la crónica de una vocación artística que maduró en la mirada de un artista de la palabra que alcanzó la excelsitud de su oficio. Ese pequeño libro es relevante por su crudeza, su prosa descarnada, rabiosamente inteligente y su deslumbrante lucidez. Si Elizondo cultivó la poesía, la novela, el cuento y el ensayo, la suya es pura escritura en estado puro.

Es el hombre por antonomasia que escribía. Elizondo fue el escritor y el escribidor y el grafógrafo. El hombre de la caligrafía asombrosa, el que dibujaba las letras, el de la estilográfica que escribía en cuadernos sin cesar, de día y de noche,2 diarios, apuntes, relatos: literatura, escritura pura.

Por ello la Autobiografía debe ser leída como una Bildungsroman o novela de formación que termina con la consolidación de una vocación literaria irrenunciable, íntimamente ligada e indisoluble de la vida del autor al menos en su autoficción o su escritura sobre sí mismo, pues estas páginas intensas fueron escritas después de la publicación de Farabeuf o la crónica de un instante, la deslumbrante y desquiciadora primera novela de Elizondo, aparecida en noviembre de 1965 (obtuvo el Premio Villaurrutia ese año, cuando obtenerlo ofrecía algún prestigio y guardaba una relación con las letras y pareciera incluso que era en sí mismo un hecho literario),  que muy pronto ganó reconocimiento de la crítica,3  de los novelistas4 y de un destacado historiador de la literatura mexicana.5

Octavio Paz sabía que “para encontrar la unión de sexualidad y muerte en la literatura mexicana hay que ir a López Velarde […]; sobre todo, a las novelas y ficciones de Juan García Ponce y de Salvador Elizondo”.6 Con los años, esos juicios no han cambiado, Farabeuf sigue siendo la novela más singular, aislada y extraña de las letras mexicanas, acaso la más terrible y lúcida para entrever el fondo descarnado de la dualidad erotismo y muerte. Es el libro central de Elizondo, tal vez la expresión más acabada de su maestría, pero también el más terrible.

Claudia Reina, luego de considerarlo un autor notable y maldito, “no puede dejar de verse a Farabeuf como una novela llena de erotismo (sádico, masoquista, perverso, pero erotismo)”, lo reconoce como un creador excepcional de infiernos: “Farabeuf es un libro siniestro, oscuro, perturbador, confuso […]; es un infierno textual digno de Salvador Elizondo”.7

Desde 1965 corría ya la leyenda Salvador Elizondo como el escritor más original (léase extraño, extravagante) de su generación, y no ha cesado de hacerlo. “Al resaltar la propensión a la vida interior, vale hacer énfasis en que nos hallamos ante un espíritu agitado.”8 Esta explicación de Daniel Sada ofrece una clave de la literatura de Elizondo: la vida interior y sus demonios. Visto así, buena parte de la obra de Elizondo, las novelas y los cuentos (lo que solemos llamar ficción), pero también sus ensayos y otros escritos, responden al mismo impulso que anima la Autobiografía.

Esa mirada a su pasado se proyecta sobre el futuro,  explícita o insinuada, textual o cifrada, en la narrativa que escribiría en la segunda mitad de su vida. La nostalgia, la melancolía, el extrañamiento ante el mundo, la lucidez y el registro estético de la Autobiografía aparecerán en otros libros. Las razones para escribir una autobiografía pueden ser muchas, en el caso de Elizondo, por prematura y lúcida, por su intensidad y belleza, la Autobiografía revela al hombre y las claves de su literatura, pero también es un libro que debería estar en el “canon” de Elizondo y no al margen de la obra.

La Autobiografía resulta útil para explicarnos su formación, aficiones, y rasgos de temperamento, y ayudarnos a comprender tan singular personalidad”,9 escribe José Luis Martínez, sin darle, como tantos críticos y comentaristas, un lugar en la obra; sin omitirla, no es leída como un libro con plenos derechos y poderes y casi siempre ha sido recibida como un documento extraño, escandaloso y marginal: “Mi visión esencial del mundo es poco edificante; en realidad, no apta para ser difundida”,10 dice Elizondo de sí mismo; mejor aún, de un personaje de ficción, escrito, llamado Salvador Elizondo.

No es un caso único, Borges también lo hizo, escribió sobre sí mismo con nombre y apellido, con su condición y circunstancia, pero era otro. Elizondo al escribir se escribe, dice Octavio Paz;11 así es, y lo hace como ningún otro autor de las letras mexicanas. Elizondo parte del acto mágico de escribir para llegar a la escritura misma (“escribo que escribo viéndome escribir que escribo”) y desde la escritura misma saltar a la celebración de la inteligencia y el pensamiento.

La imaginación y el argumento, el tema y la trama están subordinados a la escritura, a la revelación de lo escrito, a la dicha de ejercer el placer de escribir y ver asombrado las palabras que se fijan en el papel y se extienden y fluyen para llenarse de sentido en el pensamiento o el tiempo o en imágenes como una secuencia cinematográfica. Elizondo es un autor estructurado  y  pulcro en extremo. La suya es una búsqueda de la escritura con rigor matemático, de una nitidez simétrica tan bella e inteligente como lúcida y fría.

No es difícil imaginar que Elizondo también hubiera destacado en la lógica formal, en la filosofía de la ciencia. Dice Juan Malpartida: “Pasión de científico, aunque nada positivista. Pasión analítica que, en muchas ocasiones, se consume a sí misma en su propia mecánica, en su propia dialéctica, siguiendo fatalmente la herencia de su admirado Valéry, el poeta que prefería escribir un poema secundario sabiendo lo que escribía a escribir un poema genial de manera inesperada”.12

Una de las lecciones de Elizondo es el rigor, la calidad de su prosa, la pureza de su argumentación. Pero esas virtudes no lo libraban de la ficción. Una biografía también es una novela, y una autobiografía es la novela  cuyo protagonista es el autor de la novela. La autoficción es hacer literatura de ficción a partir de la vida del escritor. La autobiografía narra la vida de Elizondo y es a la vez un texto de ficción y esta verdad tan evidente, que despierta suspicacias entre algunos críticos, de ninguna manera devalúa la calidad del relato de su vida.

Escribe: Dermont F. Curley: “todo lo que ha escrito Elizondo, ya sea un libro de poemas poco logrado, un cuento, un ensayo crítico o una novela experimental, forma parte del intento de esculpir, de formar, su propio universo literario y dramatizar su vocación por la escritura. Sus puntos de vista sobre la literatura, el arte, la fotografía o el cine revelan una clara propensión y la confirmación de sus obsesiones privadas”.13 Al crítico le faltó incluir en su lista los textos biográficos, la Autobiografía, tan literaria y narrativa y de ficción como cualquier otro.

Dice Curley: “Según Elizondo, el género autobiográfico sólo es exacto y sincero en la medida en que el lenguaje le permita serlo. Más importante que al sinceridad es el lenguaje, junto con l actitud y la aplicación del escritor a lo que escribe”.14 Elizondo no podría haber sido más claro sobre su Autobiografía en una entrevista con Adolfo Castañón: “con un criterio estrictamente literario, distorsionando muchas veces hechos de la realidad que merecían, en aras de la literatura, ser un poco aderezados para que fueran más interesantes. Yo conté allí, puedo decirlo ahora, muchas mentiras, no mentiras en el sentido estricto de la palabra, de que no fueran ciertas, sino que eran medias mentiras. Había algo de realidad, pero había tanta realidad como fantasía, o muchas veces más fantasía que realidad”.15

No hay diferencia esencial entre una biografía y una novela, entre una autobiografía y una novela, una pieza de escritura de ficción. No sólo es así sino que no podría ser de otra manera. El relato de la verdad objetiva y neutra, si tal es posible, tendría que buscarse en otra parte, pero tampoco la crónica y la Historia pueden ser la verdad y solo la verdad y toda la verdad. De hecho, no lo son. En el caso de la Autobiografía la objetividad y verosimilitud quedan hechas añicos desde el momento mismo en que el narrador hablará de sí mismo y su experiencia vital, su educación sentimental y su formación estética.

Cualquier suceso que pasa por las manos y las palabras de un escritor, aunque se inscriba en la Historia, pasa a ser ficción. Un escritor no miente, y menos los más grandes y profundos; un escritor  inventa la realidad, le da imaginación, veracidad y coherencia, un lenguaje y un registro, un ritmo, un color, un ambiente, un tiempo, un punto de vista, todos esos elementos de la escritura que le dan singularidad a un texto; en una palabra, lo que hace que un escrito se inscriba en la obra y el talento y el pensamiento de un escritor. 

“La literatura no es la vida, mucho menos la descripción realista de ella. Por una parte, existe el papel que desempeñan la fantasía y la imaginación; por otra, el criterio estrictamente literario, el arte empleado. A expensas de una “mentirita” se proyecta la verdad no una verdad moral, no el bien o el mal, sino la expresión por escrito de una idea o emoción ideal.”16 

La célebre “verdad de las mentiras”, la aproximación a verdades esenciales desde la imaginación y su mezcla con el recuerdo, con trozos de hechos reales, la especulación y la evocación del sueño y el mito es la vía correcta, útil y necesaria. Tal vez la ficción sea la única manera en que podemos mirar con nitidez la realidad. Abrumados por ésta, necesitamos de la imaginación para explicarnos el mundo y al compleja condición humana.

Una autobiografía es una manera directa de abordar el recuerdo imaginado de la propia vida, que da pie y sustento a mucho más, una visión del mundo, un paseo por la cultura, una búsqueda, una tentativa de responder a preguntas esenciales, una reflexión histórica, un ajuste de cuentas, un corte de caja, una explicación al camino recorrido, una búsqueda del que falta por recorrer, un vislumbre de sí mismo. “Si concebimos la autobiografía como una forma de escribir, tenemos también la libertad de emplear un lenguaje que vuelva trascendentes algunas experiencias que aparentemente no lo son”.17

Es decir, una autobiografía es también literatura  pura y dura, tanto como una novela o un cuento. Su singularidad consiste en que la vida del autor coincide, al menos en líneas generales, con la del personaje que ha creado. El autor es el único habitante y creador de una escritura de la que no es el único lector. Las razones de ese escrito, las causas profundas en el caso de Elizondo no son un secreto. Decía Elizondo en 1967: “publiqué una pequeña autobiografía en al que yo creo que, en cierta medida, cuando menos, he puesto todas aquellas cosas de mi vida personal que he considerado que han sido importantes en la búsqueda y en el encuentro de mi vocación de escritor. […] Cuando digo escritor estoy admitiendo o estoy proclamando una vocación de la que no puedo escindir el sentido de mi vida personal. Es decir que mi vocación forma parte íntima de mi vida personal”.18

La Autobiografía en sentido estricto no se llama así. En la cubierta dice: “Nuevos escritores mexicanos del siglo XX presentados por sí mismos. Salvador Elizondo”. La palabra autobiografía aparece en la página 13, al inicio del texto. El libro tuvo éxito y contribuyó a forjar la leyenda de Elizondo. Pronto fue visto como el genio y el loco, el extraño y el perverso por antonomasia en las letras mexicanas. Elizondo vivió con el estigma de ser el brillante y el perturbado, el cosmopolita y el extraño, el esnob y el outsider. El que lo sabía todo y el de los juicios más extraños.

Agotada la edición no permitió que la Autobiografía volviera a reeditarse. Los ejemplares disponibles alcanzaron precios muy elevados. En la medida que Elizondo ganaba prestigio y reconocimiento, su Autobiografía se volvía un libro secreto, en documento imprescindible de ciertos círculos literarios, en objeto de elogios y censura. Era un libro maldito prohibido no por la censura sino por su propio autor. En los cafés y las aulas, en las redacciones de las revistas y los diarios, en las editoriales y las librerías se hablaba del  libro que era verdaderamente inconseguible.

Con los años, no fue difícil conseguir un juego de fotocopias si se preguntaba por el libro aquí y allá, y se habló de ediciones piratas. Sin duda, fue la circulación ilegal e informal del libro en estos soportes lo que llevó a Elizondo a permitir una reedición de un libro que no quería volver a publicar pero circulaba por las calles. Volvió a editarse en el año 2000 con la autorización del autor bajo el nombre de Autobiografía precoz. Desde entonces, ha sido publicada19 varias veces.

La Autobiografía ha sido vista como un libro que contiene, en particular hacia el final, ante el derrumbe del personaje y el fracaso conyugal, algunas de las páginas más perdurables y malditas de la literatura mexicana. 

En esa pequeña joya encuentran su sitio el descubrimiento del erotismo, la melancolía, la soledad, del ensimismamiento, la construcción de un mundo propio, lucido, absurdo, radical, impenetrable, absurdamente inmaduro y adolescente. Los amigos, el alcohol y el burdel y luego el llamado del amor y con éste, el descubrimiento de la poesía y el encuentro con la vocación literaria. La búsqueda de la esencia de la poesía y la misión del poeta. La fallida vocación de pintor, el largo camino para hacerse escritor, que sólo se consigue con la voluntad y el ejercicio del oficio que consiste en sacar el mejor provecho a eso que suele llamarse talento. Para conseguirlo, el novel escritor se hace en sus lecturas, ante la vida y las palabras, en su manera de estar, de mirar. En la introspección, en la experiencia vital, en tomar por asalto la cultura, en su manera de ver cine y pintura, de mirar arquitectura y caminar por las calles de su barrio o por París o Roma o Londres, ahí es donde se hace un escritor. Un escritor se hace en su conciencia y sus palabras.

La Autobiografía es un libro cínico e incorrecto, misógino y presuntuoso, doloroso y crudo con una impecable lección estética. Esas cincuenta páginas, intensas e inolvidables, tienen un lugar entre los libros preclaros de la literatura mexicana. Son el relato de un destino literario en el que el amor y la locura pasajera, el horror y la pesadilla, los recuerdos y la cultura se funden con astucia literaria. Es inútil pretender contrastar esas páginas con la vida del autor, la Autobiografía es simplemente gran literatura. ▪

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1Propósito Editorial”. Salvador Elizondo. Autobiografía (Nuevos escritores mexicanos presentados por sí mismos) Empresas Editoriales, S. A. México, 1966. El tiraje fue de dos mil ejemplares.
2 Al parecer, son 83 los cuadernos inéditos que dejó Elizondo. Una selección se publicó en Letras Libres a lo largo de 2008 (http://www.letraslibres.com/revista/convivio/diarios-1958-1963-el-oficio-de-escribir?page=full). A los cuadernos que escribía de noche, Elizondo los llamaba con toda justicia noctuarios. La fotógrafa Paulina Lavista, esposa de Elizondo, comentó: “Salvador encontró que en el encamado nocturno hacía muchas cosas. Era para él como meterse a un sueño: acompañado de su whisky y sus pinturas, se ponía a escribir y a dibujar, una especie de viaje hacia la aventura del recuerdo. Él sostenía que lo que se escribía y hacía a esas horas era muy diferente a lo que se podía hacer durante el día”. La Jornada, La Jornada de enmedio, página 3ª, 26 de agosto de 2012.
3 Novela de amor y horror, de violencia y locura, de sadismo y magia, de aparecidos y desaparecidos, de mutaciones y desdoblamientos, es una narración extraña y de difícil clasificación en nuestras letras […] se lee sucesivamente con curiosidad, con aprehensión, con malestar físico que a punto está de convertirse en  náusea, con rabia […] con desaliento, con avidez y siempre con provecho artístico (Emmanuel Carballo, en el “Prólogo” a Salvador Elizondo (Autobiografía), Empresas Editoriales, México, 1966, pp. 5, 7. 
4  Juan Vicente Melo celebró la aparición de la “novela del tiempo, de la memoria y del olvido pero, sobre todo, novela del amor en sus más extrema manifestación: la del éxtasis de la tortura, la del ceremonial del terror […]. Utilizando procedimientos propios de ese género que se ha dado en llamar la ‘antinovela’ y de Alain Resnais, Elizondo ha realizado el experimento más ambicioso e importante en la novelística mexicana de los últimos años” (Revista de la Universidad de México, agosto 1966, p.31).
5 “Con Farabeuf […] llegaba a la llana y directa literatura mexicana el sentido alucinante y morboso, el juego de la ambigüedad y la presencia intercambiable de la perversión, el horror y la belleza (José Luis Martínez, “Contestación” a “Regreso a casa”, discurso de ingreso de Salvador Elizondo al ingreso a la Academia Mexicana correspondiente a la Española, Coordinación de Humanidades, UNAM, 1982, p.32).
6 Octavio Paz. Generaciones y semblanzas. Dominio mexicano. Obras Completas, tomo IV. FCE, México, 1994, p. 90.
7 Hay que reconocer a Salvador Elizondo como un creador excepcional de infiernos; quizá este sea el punto de inicio para una aproximación a su obra; sin embargo, no es lo único que debe tomarse en cuenta, está también su inclusión dentro de la categoría de escritor maldito, sus influencias literarias provenientes de escritores satánicos (el término no es tan alarmante como parece) y las ideas que subyacen y a veces se repiten (no como tautologías sino como motivos de nuevos descubrimientos) dentro de su obra.
   “Qué es ser un escritor maldito. Un recorrido por la historia literaria proporciona nombres que pueden contestar a esa pregunta: Baudelaire, Lautréamont, Bataille, el Marqués de Sade, Rimbaud, Poe. Un escritor maldito va al encuentro de las fuerzas oscuras de la naturaleza humana, desciende a los infiernos, tiene conversaciones sagradas con el demonio, es un poseedor de obsesiones oscuras, casi ininteligibles, tenebrosas, y lo que lo conduce a esto es un estado de zozobra interior que acaso pueda encontrar consuelo en la blasfemia. Las flores del mal y Cantos de Maldoror son ejemplos de esta literatura maldita.
    “Un escritor maldito no elige serlo, lo es sin remedio, y tiene que soportar el estigma y el goce de serlo. Salvador Elizondo tiene una vida que refleja su alianza con las fuerzas oscuras que estarán expresadas en su literatura. Sufrió de depresiones, alucinaciones, delirios, hasta el grado de tener que ser internado en un hospital psiquiátrico; su mirada siempre estuvo fija en escritores con los cuales se sintió identificado y a su vez lo influyeron, y en general tuvo experiencias tanto personales como literarias que le transmitieron un conocimiento preciso y perverso del mundo de las sombras del alma humana”.  Claudia Reina, “La escritura maldita en Farabeuf”, en http://www.lamaquinadeltiempo.com/algode/elizondo.htm (consultado en octubre de 2012).
8 Daniel Sada en "La escritura obsesiva de Salvador Elizondo", en http://www.revistadelauniversidad. unam.mx/6609/sada/66sada04.html (consultado en octubre de 2012).
9  José Luis Martínez, “Contestación” a “Regreso a casa”, discurso de ingreso de Salvador Elizondo al ingreso a la Academia Mexicana correspondiente a la Española, Coordinación de Humanidades, UNAM, 1982, p. 29.
10 Salvador Elizondo. Autobiografía (Nuevos escritores mexicanos presentados por sí mismos) Empresas Editoriales, S. A. México, 1966, p. 13.
11 Octavio Paz, Op. Cit.
12  Juan Malpartida, “Salvador Elizondo, el grafógrafo”, prólogo a la Narrativa completa de Salvador Elizondo, Alfaguara, México, 1999. Esta edición de la narrativa completa incluye los libros: Narda o el verano, Farabeuf, El hipogeo secreto, El retrato de Zoe y otras mentiras, El grafógrafo, Camera lucida y Elsinore. La Autobiografía no está en esta edición; quizá porque no es considerada “narrativa” o ficción”, en cualquiera de los dos casos es una ausencia notable.
13 Dermont F. Curley, En la isla desierta. Una lectura de la obra de Salvador Elizondo, Universidad Autónoma Metropolitana-Cuajimalpa y Editorial Aldus, México, 2008, p. 114-115.
14 Dermont F. Curley, Op. Cit., p. 115.
15 Adolfo Castañón, “La escritura como experiencia interior: entrevista a Salvador Elizondo”, Mascarones 5: Boletín del Centro de Enseñanza para extranjeros 5, julio-septiembre de 1985; Citado por Dermont F. Curley, Op. Cit., p. 115.
16 Dermont F. Curley, Op. Cit., p. 116.
17 Salvador Elizondo, “Salvador Elizondo”, Los narradores ante el público, Joaquín Mortiz, Vol. 1, México, 1966, p. 167. Citado en Dermont F. Curley, Op. Cit. P. 116.
18 Salvador Elizondo, Op. Cit., p. 155. Citado por Pablo Martínez Lozada en “Confesiones de una máscara” en Cámara nocturna. Ensayos sobre Salvador Elizondo, presentación y compilación de Daniel Orizaga Doguim, Fondo Editorial Tierra Adentro, 437, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, México, 2011, p. 19.
19 EditorialAldus, México, 2000. El mar de iguanas (Atalanta, Barcelona, 2010) es un volumen que reúne los tres textos manifiestamente biográficos de Salvador Elizondo: La Autobiografía (ahora llamada Autobiografía precoz), el cuento “Ein Heldenleben”,  la nouvelle  Elsinore  y una selección de los noctuarios.

         
(Una versión de este ensayo fue publicada, gracias a Ernesto Garcianava, director editorial, en El Bibliotecario, Dirección General de Bibliotecas del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, México. Número #86; julio-septiembre de 2012.)

14 de abril de 2013

La despedida matutina de dos amantes

El viernes en la mañana iba al trabajo según las circunstancias: el traje planchado, la camisa blanca inmaculada, peinado a conciencia, impecable el nudo oxford de la corbata. Escuchaba las noticias de la radio. Todavía no eran las ocho. Un taxi se detuvo delante de mí en la Avenida de los Insurgentes. Entonces los vi, eran los enamorados. Él abrió la puerta trasera del taxi, caballeroso, atento. Se volvió y la abrazó como si fuera a perderla para siempre en el momento en que ella se subiera al taxi.

Ella llevaba un vestido color durazno que seguramente no era la mejor opción para una mañana fresca, demasiado corto, con un escote generoso y la espalda descubierta. Llevaba los zapatos de tacón en la mano. La melena estaba del todo revuelta como sólo podría estarlo a fuerza de caricias, el maquillaje seguramente había lucido mejor durante la noche. Él tenía cara de que no comprendía del todo las razones de su dicha y por las que ella se iba. Despeinado, atónito, llevaba una camisa blanca arrugada y mal abotonada por sobre los pantalones negros.

Algún automovilista tocó el claxon. Luego, otros los siguieron, de mala manera. Yo miraba, y comprendí que estaba delante del hecho más importante del día, de un prodigio, de una escena intensa, dulce y pura, que trascendía a los dos protagonistas, digna de insertarse en los anales de las escenas amorosas callejeras.
Aquellos dos se besaban y se volvían a besar en un beso que podría no haber concluido nunca. Se abrazaban como si se aferraran a un madero en medio del mar. Una noche puede parecer una eternidad, pero la desolación del otro día puede ser infinita.

Aquellos dos se abrazaban y se besaban como si en ello les fuera la vida, deseando fundirse en uno en ese acto, como si tuvieran la amarga certeza de que no volverían a verse nunca. Las manos iban del pelo a la cintura, del cuello al rostro, de arriba abajo. Se besaban las bocas y los ojos, las mejillas, los cuellos, las manos.

El taxi aguardaba, los automovilistas tocaban el claxon cada vez con más rabia y furia. Yo miraba, sólo miraba el prodigio de la escena como epifanía que se me había concedido presenciar. Empecé a imaginar historias. Condiciones, situaciones, circunstancias, las razones y las sinrazones... Luego, en algún momento después de las ocho, se separaron. Ella subió por fin al taxi. El taxi partió hacia el norte por la Avenida de los Insurgentes.

Él se quedó ahí, en la acera, en esa esquina, con una mano que hacía un gesto de despedida o lamento. Me hice preguntas que me repetí toda la mañana en la oficina. ¿Quiénes eran? Ella, ¿adónde iba, adónde volvía, de mañana, despeinada, con el maquillaje estropeado, con ese vestido durazno, cubierta de besos y con los zapatos en la mano?

9 de abril de 2013

El peso de una novela

Algunas historias parecieran tan frágiles y delicadas como las alas de una mariposa por la transparencia de su prosa y su impecable precisión, pero en cada página se revelan tan fuertes, duras y poderosas como la cornamenta del rey de los antílopes. 

Algunas novelas son tan bellas y verdaderas que a cada página crece el goce de la lectura tanto como el asombro y la dicha de leer un libro tan bueno. Con la impunidad del cazador furtivo, con la inocencia de la presa, me he sumergido en estas páginas para descubrir que el peso y la huella de un libro en el ánimo y la memoria se miden por su escritura verdadera tanto como su sabiduría para contar su historia con autoridad y mostrar la complejidad infinita de su pequeño mundo real.

Esta novela es dura y definitiva como un disparo en la pradera, vertical como un acantilado, sensible como el miedo, profunda como el instinto. En ella caben el hombre y el antílope, las estaciones y sus ciclos de vida, el depredador mayor y la lucha por las hembras y el poder, la lucha ritual y abierta en el reino animal, la torpe y acaso imposible relación con una mujer, el canto de una armónica que impide la relación con otros hombres, la decadencia y por tanto el principio del fin de un reinado y de una vida.

Aquí se cuenta una historia, pero también sucede un lenguaje, un ritmo, una sabiduría narrativa. Todo cabe en la novela porque todo está en su sitio. Todo brilla y sucede en armonía porque todo está en equilibrio, los rivales antagonistas, los diáfanos misterios, la intimidad del orden de la vida, la terrible belleza de un mundo cruel, el mejor de los mundos posibles, según Leibniz.

Una línea de prosa puede y debe ser tan perfecta e invariable como un verso de un poema, sentenció Flaubert, y tal vez Erri de Luca lo tenía muy presente mientras componía con maestría y dueño pleno de su oficio Il peso della farfalla (El peso de la mariposa; Sexto Piso), impecable pieza de escritura, novela ejemplar, asombrosa del título a la última palabra. La belleza sucede y suele ser inexplicable.

7 de abril de 2013

Un grifo, un punto, un destino

El grifo de la cocina tiene una palanca de diseño moderno que si es movida de izquierda a derecha el agua sale caliente o fría, y al accionarla de arriba abajo permite o no el paso del agua y gradúa la intensidad del chorro. Nada nuevo, salvo que esta palanca se cierra en un punto neutro, por así decirlo, que yo no puedo encontrar.

Por más que lo intento, cada vez que lo uso no puedo cerrarlo del todo, una gota incesante en fuga da cuenta de mi fracaso. Lo intento una y otra vez y no puedo dejar la palanca en ese punto exacto en el que deje de salir el agua. Cada vez que mi mujer ve la gotera, hace un gesto, me mira con indulgencia una vez más y en un segundo pone a la palanca en su sitio y deja de salir agua. Yo miro ese proceso como un prodigio, asombrado por la manifestación de un arte o conocimiento superior que no me ha sido revelado. (Así ha sido desde que nos mudamos a esta casa, hace años, sin faltar ni una sola vez.) Ella abre y cierra el misterio como si sólo abriera o cerrara una llave de agua.

No me he resignado, pero he comprendido que por alguna razón no puedo cerrar el grifo. La fuga de agua me acongoja tanto como mi torpeza. Escucho caer las gotas y en esa clepsidra cuento mis intentos y la dimensión de mi derrota que se extiende gota a gota en el tiempo.

Pero algo ha cambiado. Desde hace unos días ha dejado de ser un asunto doméstico y la palanca del grifo de la cocina es mucho más que la palanca del grifo de la cocina y la gotera de agua es mucho más que la gotera de agua. Empiezo a sospechar que no domino el arte de cerrar el grifo porque en ese punto de equilibrio, en esa posición única, ahí encontraría tal vez algo extraordinario. Sí, me digo, debe de haber una causa superior, un dios se opone a que yo cierre el grifo porque en ese acto podría encontrar la piedra de toque de toda una filosofía, el último verso memorable y perfecto de la lengua española, la respuesta a algunas de las preguntas esenciales. 

Tal vez podría adquirir un poder desmesurado, cósmico, como el conocimiento del punto en el que la palanca del grifo se situara en el lugar exacto en el que Arquímedes encontraría el punto de apoyo que necesitaba para mover el mundo, o tal vez me sería dado, me digo, la gracia de la visión total, absoluta y aniquilante, el Aleph del que da noticias Borges, el punto o lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos.

Desde que comprendí la razón de mi incapacidad para cerrar el grifo (para domar al ser fabuloso), mis intentos son el compás de espera; en ese reloj de agua cuento y aguardo el momento en que se revelará mi dicha, mi fortuna, mi destino.