21 de noviembre de 2016

La acumulación primaria de capital intelectual

Fernando Iwasaki publicó hace unos años en un periódico madrileño un artículo ("La acumulación primaria") que revela una de las claves sociológicas de nuestro tiempo. Ni más ni menos. Antes de comentarla debo admitir dos cosas: no entiendo cómo Iwasaki no ha sido debidamente reconocido por su hallazgo, y que me siento afín a su posición y sus enunciados.

Sucede que Iwasaki, al escribir su artículo, tenía hijas universitarias que vivían en otra ciudad, y una vez que ellas volvieron a la casa paterna, él descubrió que su acumulación primaria de capital intelectual era evidentemente distinto al de sus hijas. Ellas entendían el mundo de otra manera, se relacionaban de otra manera, hablaban de otra manera, leían otros libros, escuchaban otra música... Es decir, eran chicas de otra generación. Y para eso no hay remedio.

Uno educa a los hijos lo mejor que puede, y tarde o temprano resulta que dicen palabras que bien merecen el nombre de palabrujas, escuchan canciones de cantantes que uno juzga, prudentemente, que deberían estar en el Infierno, y tienen opiniones que uno jamás pensaría en su sano juicio.

Iwasaki admite que no tiene cuentas en las llamadas redes sociales, que no sabe chatear... No sólo reconoce que la tecnología no perturba su vida y que lo tiene sin cuidado, también admite que cuando eran joven la curiosidad le producía un enorme placer, y ahora cree que el placer es más importante que la curiosidad.

Es más, reconoce que en los últimos veinte años (¿cómo es la letra de aquel tango?) no ha descubierto nada, deslumbrante ni en los musical ni en lo audiovisual. En esto debo guardar distancia con don Fernando. Hace veinte años yo no había disfrutado del talento de Juliette Binoche, Scarlett Johansson o Laetitia Casta, por ejemplo. Sin embargo, reconozco que dice con sabiduría:

«Simplemente dejo constancia de que ya no conecto con lo que se hace ahora. Soy de otra época, de otro tiempo y de otra edad, porque mi acumulación primaria de capital intelectual fue diferente.[...] Lo diré de otra manera: entre los 15 y los 25 años uno se instala el sistema operativo que le permitirá "cargar" nuevos programas en forma de libros, películas, composiciones musicales, obras de teatro, creaciones plásticas, etc. Y ahí está la diferencia con la manera de estar en el mundo de mis hijas: mi "sistema operativo" ya no admite más actualizaciones porque hace años que se dejó de fabricar.»

Vuelve a sus hijas y explica: «Las sensibilidades serán otras, pero la acumulación primaria de capital intelectual debería seguir existiendo. No será la misma porque habrá menos libros y más películas, menos humanidades y más tecnología, menos conocimientos y más habilidades, menos palabras y más idiomas, pero después de todo [el suyo] será el "sistema operativo" con el que tendrán que funcionar por el resto de sus vidas.»

Más claro, imposible. Pero no sé si debo lamentar que vayamos por el mundo con diferentes «sistemas operativos», tal vez la diversidad sea parte esencial del encanto del diálogo entre generaciones, la sal de la vida. Por si el amable lector tiene alguna duda, me apresuro a declarar que escribo en una computadora con sistema operativo Windows XP, que ciertamente no es el más reciente, pero funciona. Ah, la acumulación primaria de capital intelectual.