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17 de noviembre de 2024

Las cartas de una pachanga de compadres

Las cartas del Boom (Alfaguara, 2023) reúne la correspondencia entre Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa, de 1959 a 1975. La recuperación de las cartas, que algo tiene de exhumación y milagro, y luego acreditarlas, ordenarlas, cotejarlas e investigar su contexto se debe a cuatro dedicados y estupendos editores que han logrado un volumen impagable.

El libro se completa con un prólogo revelador y apéndices, otros textos de los cuatro novelistas (sobre alguno de los otros tres), documentos, una cronología e índices. Mención aparte merecen las cerca de setecientas notas que ofrecen información valiosísima para comprender las cartas, su contexto y personajes mencionados.  

Su publicación generó reseñas, comentarios, menciones y polémicas en medios y redes sociales. La palabra boom, entendida como grupo o movimiento literario o estrategia publicitaria/mercantil/editorial es, todavía, un escándalo; su poder no mengua; es letal y explosiva como una granada de mano lanzada sobre la mesa. 

El tema es viejo, y las opiniones varias y diversas. La sociología de la cultura puede explicar algunas condiciones y circunstancias que favorecen la creación artística, pero algo escapa a las explicaciones y respuestas fáciles, un buen puñado de obras maestras no se escriben por decreto y ni se planean en el despacho de una agencia.

Se vieron muy poco. Sólo hay dos testimonios. Cenaron en Bonnieux, Francia, el 15 de agosto de 1970, un día antes de reunirse en la casa de campo de Cortázar en Saignon, que terminó en un «una pachanga espasmódica», según el anfitrión, en una carta a Eduardo Jonquières. La segunda ocasión, la narra Pilar Serrano, esposa de José Donoso, fue un encuentro en un restaurante en Cataluña, en diciembre de 1971. 

Si esto es así, los cuatro sólo estuvieron juntos, acompañados de otras personas, en tres ocasiones. La única foto conocida en la que ellos aparecen es justo la de esa noche en Bonnieux. 

El libro, una pachanga de compadres, para decirlo con una cita de García Márquez, es una mina de oro, una para los lectores interesados en esos cuatro enormes autores, el núcleo duro del boom; en una fuente de satisfacciones y alegrías y sorpresas para los admiradores y seguidores, o una colección insufrible para aquellos desapegados a los que las vicisitudes de los autores y el devenir de sus libros los tiene sin cuidado. 

Aquí hay un poco de todo: el nacimiento de amistades, elogios, reseñas y comentarios elogiosos entre ellos, planes, proyectos, noticias de sus libros y viajes, comentarios, recomendaciones de traductores, editores y agentes literarios, y hasta la crisis política en Cuba por el caso Padilla que tuvo efectos devastadores en este grupo sin grupo (como los Contemporáneos). Las cartas cambian con los años, como cambian todas las relaciones. 

Las cartas, la simpatía, la confianza no son homogéneas, ni va pareja a los cuatro autores y destinatarios. Vargas Llosa detestaba escribir cartas; las suyas son más escuetas, más centradas en el trabajo de escribir libros. Carlos Fuentes era omnipresente, estaba informadísimo, lo sabía todo; tenía relaciones amistosas o políticas con todo mundo. Julio Cortázar escribe críticas a fondo sobre los libros de sus amigos, y terminó por hacer un triste papel, casi de comisario, en su defensa del totalitarismo castrista; y por momentos, fue quizá el más arrogante. Gabriel García Márquez fue el más abierto, el que hablaba de sus necesidades y de su mujer, de su falta de dinero, de su rutina y su jornada. Pide información, datos, ayuda; comparte su vida. Era el mejor corresponsal, el mejor amigo de sus amigos. Y lo mostró de varias maneras, una de ellas en su propia literatura. 

Por las cartas del boom me entero de que García Márquez les hacía guiños deliciosos a sus amigos, se "apropiaba" de personajes de sus compadres y los incluía en sus propios libros.  

En una carta a Carlos Fuentes, del 30 de julio de 1966, le pide que le solicite a Cortázar el número del edificio de la rue Dauphine de París en el que estaba la pieza de la Maga y Horacio, y también la autorización para incluir a Rocamadour, el hijo de la Maga, personaje trágico y célebre de Rayuela, en Cien años de soledad. La cita es larga, y la transcribo completa porque no puedo recortarla. Dice así: 

«Gabriel se había hecho reembolsar el pasaje de regreso para quedarse en París, vendiendo los periódicos atrasados y las botellas vacías que las camareras sacaban de un hotel lúgubre de la calle Dauphine. Aureliano podía imaginarlo entonces con un suéter de cuello alto que sólo se quitaba cuando las terrazas de Montparnasse se llenaban de enamorados primaverales, y durmiendo de día y escribiendo de noche para confundir el hambre, en el cuarto oloroso a espuma de coliflores hervidas donde había de morir Rocamadour.»

García Márquez, en carta del 20 de marzo de 1967, le cuenta a Vargas Llosa que acaba de corregir las pruebas de imprenta de Cien años de soledad y que ya no le sabe nada, fiel a la sentencia de Hemingway que hace suya en una carta anterior: «todo libro terminado es como un león muerto». Le dice que ya no hizo cambios, decidió dejar el libro como estaba en vez de cambiarlo todo, como era su deseo en noches de insomnio. 

«Lo único que modifiqué por completo fue la situación y el ambiente de un burdel de Macondo, que según mis recuerdos era una casa de madera en medio de un arenal, y que a última hora resultó ser sospechosamente parecido a cierto burdel de Piura.» La nota 289 de las Cartas dice sobre esta cita: «Humorada referida al burdel zoológico de Cien años de soledad, sin parecido con el burdel de La casa verde [novela de Vargas Llosa]. Sin embargo, GGM insistiría en establecer una relación entre ambas novelas meses después, en su diálogo público con MVLl en lima: "Estoy absolutamente convencido de que la monja que lleva al último Aureliano en una canastilla es la madre Patrocinio de La casa verde.»

Un juego fino, una gozada. Lástima que la amistad de estos dos compadres, en su mejor momento una fraternidad, terminó el 12 de febrero de 1976, en el vestíbulo de un cine, en Ciudad de México, cuando Vargas Llosa le descerrajó a García Márquez un derechazo que le dejó un ojo morado. García Márquez no dijo nada, y Vargas Llosa no ha revelado las razones de ese violento rompimiento. 

El juego con Carlos Fuentes alcanzó un nivel superior, que revela la profunda simpatía entre ellos, al punto que la amistad permitía entrometerse en la vida y destino de personajes de libros ajenos. Le escribe García Márquez a Carlos Fuentes en una larga carta del 30 de julio de 1966:

«Tengo un problema: el mayor Gavilán, testigo del heroísmo de Artemio Cruz, se exilió en Macondo, fue uno de los promotores de la huelga contra la United Fruit, cayó en la masacre de los trabajadores, y fue arrojado al mar en un tren de 120 vagones donde los cadáveres como banano de rechazo. Sin embargo, leyendo y releyendo tu libro, no encuentro cómo se llamaba —¿Roque o Diego?— ni si tú le diste un destino que desmienta el que yo he dado. Te ruego contestarme esto lo más pronto que puedas.»

Así que un personaje de La muerte de Artemio Cruz acaba sus días de manera trágica en Cien años de soledad. El compadre Fuentes se toma en serio el encargo, y le responde a su compadre García Márquez el 26 de agosto de 1966, con lo que tuvo que haber sucedido para que su personaje acabara en Macono, y de paso revisa la historia de México:

«RE GAVILÁN: el buen mayor reaparece, ya muy cambiadito, en el burdel de la Saturno [...] preparando el chaquetazo de Obregón a Calles y con grado de CORONEL. Luego Artemio lo ve salir del despacho presidencial (Calles) [...] junto con otros amigos que habían estado la noche pasada con la Saturno. Es decir:  Gavilán pasó al régimen callista y para haberse exiliado debió hacer alguna de estas cosas: a) Ponerse del lado de Vasconcelos y contra el Jefe Máximo en la elección de 1932; b) Antes, unirse a los cristeros durante el Maximato de Calles; c) Unirse a la rebelión escobarista contra Calles; d) Más flojo: haber creído que Aarón Sáenz era el tapado en 32, cuando en realidad era Ortiz Rubio: e) Lo más viable: salir exilado cuando Cárdenas rompió con Calles en 1935-1936 y mandó al Jefe Máximo y su camarilla al exilio. En cuanto al nombre, puedes inventárselo. Roberto Gavilán como homenaje a Gavaldón, o Lorenzo Gavilán, que sería chistoso porque es el nombre del hijo de A. Cruz y quizás Gavilán fue su padrino.»

Eso de que un novelista autorice a otro a darle nombre a un personaje, de una novela ya publicada, no se ve todos los días. Pero el guiño no acaba ahí. García Márquez le cuenta a su generoso compadre, en carta del 30 de septiembre de 1966, cómo Lorenzo Gavilán encontró un sitio en Cien años de soledad.

«Gracias por las aclaraciones sobre el mayor (coronel) Lorenzo Gavilán. La cita quedó así: "Entre ellos (los instigadores de la huelga bananera) se llevaron presos a José Arcadio Segundo Buendía y la Lorenzo Gavilán, un coronel de la revolución mexicana exilado en Macondo, que decía haber sido testigo del heroísmo de su compadre Artemio Cruz.»*

La carta se extiende, el comentario es a fondo: «He aquí el final de tu personaje: la tarde en que el ejército acorraló y ametralló a más de 3.000 trabajadores en la estación del ferrocarril, José Arcadio Segundo y el coronel Gavilán estaban entre la muchedumbre.»

José Arcadio Segundo fue herido. Cuando despertó, maltrecho, se dio cuenta de que iba en un tren acostado sobre cadáveres. Se arrastró de un vagón a otro, repletos de muertos. «Solamente reconoció a una mujer que vendía refrescos en la plaza, y al coronel Gavilán, que todavía llevaba enrollado en la mano el cinturón con la hebilla de plata moreliana con que trató de abrirse camino a través del pánico.»

Y el remate de García Márquez es sorprendente, inaudito y memorable. Le dice a Fuentes: «Fini le pauvre colonel Gavilán, a quien yo llegué a querer más que tú, porque se portó como un hombre de los buenos en la gran huelga de Macondo.»

Vargas Llosa, en el ensayo «Cien años de soledad: el Amadís de América», publicado también en el volumen, dice que García Márquez también incorporó a su novela a Víctor Hughes, personaje de Alejo Carpentier. 

No se puede pedir más. Las cartas del Boom es también un retrato o una crónica de casi veinte años de la literatura latinoamericana. Es, a fin de cuentas, una pachanga de compadres. ¡Pura alegría! 

__________ 

* En la novela hay pequeñas variaciones con respecto a esta cita.

19 de diciembre de 2021

Carta a Irene Vallejo

Estimada Irene:

Vivimos tiempos en los que la formalidad y el respeto y la corbata son vistos con sospecha y recelo. Todo el mundo le habla de tú a las autoridades, a los mayores, a hombres y mujeres que merecerían nuestra consideración, al punto que los niños también tutean a sus padres y profesores. No voy a negar que lo lamento un poco, pero me parece que tampoco podemos forzar los usos y costumbres que, como siempre en la historia, no cesan de cambiar. Así que no he comenzado esta carta con un solemne: «Querida doctora Vallejo o Apreciable doña Irene», con los que estoy seguro de que usted no se sentiría a gusto y, para decir la verdad, yo tampoco.  

Quizá cierta informalidad permite una aproximación, una empatía y, en su caso, ha generado la confianza con la que los lectores se aventuran en El infinito en un junco, y me refiero a lectores que no suelen leer ensayos de filología ni de historia, que no son académicos, y que en algunos casos ni siquiera son lectores habituales. Usted ha conseguido que la más bella historia de los libros saliera a la calle y sedujera a lectores de varias generaciones, con niveles de educación muy desiguales e intereses muy diversos. Usted ha conseguido que cientos de miles de lectores disfruten y aprendan con su portentoso ensayo, que lo leen como si fuera una fábula, un gran cuento, una de las fascinantes historias de Sherezada.

Usted ha conseguido trenzar la erudición, la sabiduría y el rigor académico (el aparato crítico y las referencias son impresionantes) con la literatura, que también es el arte de imaginar la realidad y contar la vida de la mejor manera posible. No tengo que decirle que la inmensa mayoría de los ensayos de sus colegas (saturados de notas intransitables y no exentos de cierta pedantería), de los filólogos y lingüistas, no están hechos para lectores, sus fines son otros. Y esto es algo que sus lectores le agradecemos. Usted ha demostrado que el método y el conocimiento a fondo que roza la sabiduría no están reñidos con la buena prosa, la precisión y la claridad (y que el cine y la cultura pop también son parte de la cultura y pueden dialogar con la gran literatura; vamos, que en sus manos, incluso el comentario personal y la experiencia de vida pueden incorporarse si el pasaje es oportuno y honesto).

Me pregunto si no es usted hoy por antonomasia la guardiana de los libros, de los clásicos y la defensora de las humanidades. Usted ha hecho más por la difusión de los libros, por la divulgación del conocimiento, por volver a mirar a las humanidades y los estudios clásicos como una necesidad callada y silenciosa, pero no menos vital para la formación integral de cada persona, que muchos programas educativos, instituciones y gobiernos de todas partes que desaparecen a la filosofía y las humanidades de los programas de estudio de bachillerato y pretenden prescindir de las lenguas clásicas (sí, del griego y el latín, incluso como opción).

Tal vez ha hecho usted más por dar la voz de alerta, por llamar la atención, por invitar a la reflexión y a  volver a las fuentes de nuestra civilización que muchos ministerios, programas educativos, planes, pedagogos y políticos que derrochan dinero y cumplen la triste función de los bomberos pirómanos. 

Estamos en deuda con usted por su contagioso entusiasmo, por su fe en la palabra de los más sabios, hombres y mujeres que nos precedieron desde hace muchos siglos; estamos en deuda por su defensa del libro, por hacernos conscientes de su fragilidad y su asombrosa permanencia. Así, también es usted una formidable motivadora y formadora de lectores. 

Dice Ana, personaje de su novela El silbido del arquero: «Mi madre solía decir que, algún día, muchos aprenderán a dibujar sus pensamientos, y la magia de guardar las palabras se extenderá, y será un gran conjuro contra el olvido.» Hoy, que se ha cumplido ese vaticinio, lo importante es hacer de la lectura un hecho esencial, y no sólo de la educación, sino de la vida misma, para no caer en el olvido, para descubrir quiénes somos y de dónde venimos. 

Usted ha dicho que por ahora no considera escribir una segunda parte de El infinito..., pero cómo nos gustaría, Irene, que nos contara otras historias con su magia y su maestría. La historia del libro en la Edad Media, su impresionante auge a partir de la imprenta y las enormes consecuencias de su difusión; de la samizdat, la copia y distribución clandestina de libros en la Unión Soviética, entre muchas otras. 

No hace falta conocer el futuro para suponer que su libro será leído por las siguientes generaciones, que su huella perdurará por muchos años. Por ello, me permito dos comentarios finales. (Donde se encuentre un error o una falta, es imperativo corregir.) Valdría la pena pedirle a la editorial que haga una revisión a fondo del Índice Onomástico que, aunque muy bien realizado, no deja de tener errores. No aparece allí, por ejemplo, el nombre de Pascal Quignard, que usted menciona en la página 348.

Por último, me permito darle una referencia. Usted narra que Ana María Moix le contó la anécdota de los escritores del boom latinoamericano en un restaurante barcelonés, en 1971, en el que nadie apuntaba el pedido y al ver la hoja en blanco el maître preguntó, con sentido del humor, si ninguno de los comensales de esa mesa sabía escribir. Uno puede imaginar el desconcierto y las miradas entre divertidas y suspicaces de Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa, Carlos Franqui y José Donoso. El restaurante era La Font dels Ocellets, y la anécdota la cuenta María Pilar Serrano, con mucho detalle, aunque no aparece Ana María Moix, en «Apéndice I. El boom doméstico», incluido en un libro de José Donoso, su marido: Historia personal del Boom (Seix Barral, Barcelona, 1983, pp. 102-104). 

Recibe, Irene, un cordial saludo, con mi agradecimiento y admiración.

EALl


P. D. Mi hija, de 17 años, recibirá un ejemplar de El infinito en un junco como regalo navideño.