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30 de septiembre de 2025

Memoria y olvido

Tal vez le debemos a Michel de Montaigne la sentencia devastadora que nos recuerda que una función de la memoria es olvidar. Si no es suya, estaría de acuerdo, y aun la celebraría. Quien la dijo tenía conocimiento de causa, sabía lo que decía. Y sólo podemos aprobar esa aparente contradicción.

Si no olvidáramos, estaríamos expuestos a ese terrible mal que aquejaba a Funes, el memorioso, y Borges con maestría absoluta supo imaginar y ejecutar. No olvidar debe de ser una forma del infierno. Recordar las ofensas recibidas, los sinsabores, las derrotas de cada día debe de ser devastador para el ánimo y el espíritu. Las empresas exitosas, los logros y victorias también están ahí, y también pueden ser nocivas si alimentan y engordan el ego.

Recordar el encabezado de un periódico de hace diez años es tan inútil o fatigoso como podría antojarse la tarea de Sísifo. Recordar los sesenta nombres y apellidos de los compañeritos de segundo de primaria debe tener algo de castigo de los malos dioses.

Si no olvidáramos no podríamos vivir. No podríamos imaginar con optimismo un futuro que empieza esta misma noche. Claro que la memoria ayuda a no tropezar dos o tres veces con la misma piedra. Pero la verdad es que tropezamos, por falta de memoria o contumacia. 

Vivimos momentos y días que juzgamos memorables: dignos de tenerse presentes y volver a ellos para sonreír y confortar el arma. Pero también guardamos recuerdos en apariencia intrascendentes que tendríamos que explorar mediante el psicoanálisis o la hipnosis o cualquier otro método que ayude a desentrañar el significado. 

Recordar quiénes éramos los comensales de una comida de cumpleaños en un restaurante francés hace veinte años, y recordar lo que pidió cada uno tiene un sabor agridulce en el devenir de la existencia. ¿Para qué? ¿Por qué?, son preguntas pertinentes pero tal vez inútiles.

Mi padre, que no llegó a ser un viejo, en sentido estricto, podía recordar lugares, trozos de conversaciones, nombres, datos, fechas siempre y cuando hayan sucedido en un pasado remoto, y tenía dificultades para recordar que había comido el día anterior. 

Aún recuerdo fragmentos de «La suave patria» que memoricé cuando tenía diez años. La memoria, caprichosa, no me lo ha arrebatado del todo, pero tampoco me devuelve completo el poema.

Sin memoria no somos. Perderla es quedarnos sin identidad. Somos lo que fuimos, y lo que recordamos. Sin memoria, no sabríamos ni nuestro nombre, ni quiénes somos. Por eso aterran las consecuencias de las fallas de memoria y los males que la inducen y provocan. 

Y lo que recordamos puede ser menos relevante que lo olvidado. La memoria es nuestro ser, y opera de manera tan extraña que sería ocioso tratar de entenderla. No sé si se pueda olvidar a voluntad (no lo creo), pero Montaigne sabía que «Nada se fija tan intensamente en la memoria como lo que deseamos olvidar». Y tantas cosas que merecerían un recuerdo fijo terminamos por desecharlas y echarlas al olvido.

El otro día salí a comprar pan. En el camino pensé que también debería de llevar un poco de queso, y ya no había casi nada en el frutero. Fui de compras, llevé queso y manzanas y nieve de limón y otras cosas. Volví satisfecho de mi recorrido por las tiendas del barrio. Pero regresé sin pan. Olvidé comprarlo. Y había salido de casa por unos bolillos. 

5 de junio de 2021

«La suave Patria» y mi ejemplar de López Velarde

Los libros también tienen una vida secreta. En ellos depositamos la ilusión de un vínculo, de un diálogo. Y entre sus páginas guardamos cartas, postales, otros papeles y otros objetos. A veces basta una dedicatoria para que ese libro adquiera un valor singular, como una reliquia.

Pero una parte de esa vida secreta se nos escapa; los libros tienen una capacidad admirable para guardar polvo, para ser mellados por el tiempo. Pareciera que los libros absorben el tiempo. Sus materiales envejecen al tiempo que lo hacemos nosotros, al punto que un día, después de no frecuentarlos en años, se nos deshojan en las manos. 

Las marcas y huellas que los mellan, con las que registramos la lectura  y los accidentes que sufrieron mientras los leíamos (la huella de una caída, la fractura fatal que atraviesa el lomo como una columna vertebral rota, una mancha de café, de tinta, restos de un trocito de chocolate) revelan entusiasmos e intereses que con frecuencia olvidamos o ya no compartimos.

Un libro leído con pasión muestra en sus páginas el fervor de la lectura, los subrayados enfáticos, las interjecciones debidas, los comentarios necesarios, las pequeñas flechas, palomas y taches. Cada lectura deja sus huellas en las páginas. Las páginas de un libro gritan, en cuanto lo abrimos, si su lector ha sido pulcro o las ha maltratado con manos sucias y toscas. Mirar a alguien cómo cuida un libro dice mucho del trato que esa persona puede darle a personas o animales.

Por el contrario, enseguida se nota si un libro no ha sido leído, si no ha sido abierto, por no hablar de esos ejemplares intonsos que todavía se conseguían hace unos años y que hay que abrir con pulso de cirujano con un abrecartas.

En la escuela primaria, el profesor Rogelio (un yucateco calvo, simpático, entrado en años, que cumplía funciones administrativas, de atención a los padres de familia) de vez en cuando se aparecía afable por los salones de clase, casi siempre para suplir a alguna miss ausente. Durante su clase nos contaba historias, curiosidades, la fórmula de la aspirina, por ejemplo, que nos hacía mucha gracia al repetirla como si fuera un trabalenguas, y poco a poco se animaba hasta que nos recetaba un poema. 

Era claro que le gustaban los poemas que se recitaban, y con voz engolada nos acribillaba con poemas de veleros con diez cañones por banda, de un seminarista de ojos negros, de un bohemio que brinda por su madre, de un tal Paquito que jura que no hará travesuras, sobre la silla que ahora nadie ocupa porque murió la madre; pero también crímenes, amores adúlteros, miserias, tragedias, naufragios. 

El arsenal mayor de ripios, morbo y versos lamentables que son la alegría del sentimental declamador sin maestro. El profesor Rogelio nos alentó en su afición: «Consigan un libro de poemas. Si se aprenden un gran poema, podrán declamarlo en una ceremonia en el patiofrente a todo el colegio.»

Esa tarde le llamé a mi padre por teléfono al periódico en el que trabajaba y le pedí un libro de poemas. 
A la mañana siguiente, en la mesa del comedor, encontré mi ejemplar de Ramón López Velarde con esta dedicatoria: «Para  mi hijo Enrique ese libro que ojalá lo inicie en el placer de la lectura. 7 de octubre de 1971.»

Todavía no tenía diez años. Me gusta pensar que ese fue mi primer encuentro con la poesía. En realidad, un encontronazo: sin conocimiento de causa emprendí la temeraria tarea de memorizar «La suave Patria». Y la logré, aunque no entendí nada. Tendrían que pasar muchos años, muchas relecturas y ensayos de otros autores (Paz, Zaid, Martínez, Pacheco, Sheridan) y consultas al diccionario para comprender el poema. Pero el ritmo, el misterio, el encanto, la magia estuvieron presentes desde el primer momento. 

López Velarde lo escribió y publicó hace cien años, en junio de 1921. Y hace cincuenta que recibí un regalo impagable de mi padre. Aún conservo mi ejemplar, acaso la joya de mi biblioteca. Es un libro de una edición popular, pequeña, rústica, una antología, de hojas amarillas y quebradizas que huele más a vainilla conforme pasa el tiempo y que a mí me recuerda el santo olor de la panadería

El diseño de la cubierta es lamentable, por suerte todavía está cubierta por un plástico rojo, el reglamentario de mis libros escolares. La tipografía es limpia y correcta, y asombrosamente sigue encuadernado. Ya no leo en él a López Velarde, este ejemplar, aunque no soy bibliófilo, ya es objeto de culto. Entre sus páginas guardo el boleto de entrada de mi visita a la Casa-Museo deLópez Velarde en Jérez, Zacatecas.

Hace un tiempo, en una mañana de domingo, recoleta y casi provinciana, escuché la campana de la parroquia de mi barrio. Fue como un regreso a la infancia, como si me hubiera caído un rayo. Algo en mí se iluminó y recordé con una emoción muy viva un verso: las campanadas caen como centavos. 

De un salto fui por mi ejemplar, y aunque no soy un patriota, leí de pie, en voz alta, como si estuviera a la mitad del foro o del patio de la escuela, el poema entero. Acabé exhausto y asombrado. Comprobé que los libros absorben el tiempo, que envejecen con uno, pero que ese poema no se desgasta. «La suave Patria», centenaria, pareciera una obra compuesta esta mañana.