27 de septiembre de 2024

Stella Rossi, soprano

Escribo esto como si compartiera un tesoro, un secreto.

En mi familia se decía que Stella Rossi, mi abuela paterna, había cantado ópera en su juventud, que inició una carrera que abandonó muy pronto para casarse con mi abuelo, a fines de los años veinte del siglo pasado.

Durante años oí anécdotas (falsas, seguro), fantasías, especulaciones y disparates. Nunca apareció una foto, un programa de mano, una nota, una reseña en un periódico, una crítica. Lo mejor hubiera sido un registro sonoro, una grabación. Nunca apareció nada.

Ahora un primo hermano mío envía desde Acapulco un par de imágenes digitales que hacen realidad una leyenda familiar, delicia de los creyentes, que nunca había mostrado ni la menor evidencia del milagro. 

La primera imagen es un cartel, con el tono amarillento que adquieren los papeles con los años, en el que se anuncia que el jueves 29 de abril de 1926, a las 19:30 horas, en el Teatro Iris, se representaría ¡Bohemia! (sic), la ópera en cuatro actos del maestro G. Puccini, con el maestro director y concertador Marcos Rocha, con Stella Rossi en el papel de Mimì. Nada menos. Para caerse de la silla.

La segunda imagen es un recorte de prensa, tan amarillo como mal fotografiado, pues en la parte inferior falta la última línea, justo en la que se habla de Stella Rossi. Es la reseña de un radio-concierto transmitido por el diario El Universal y la Casa del Radio. No tiene fecha, pero la omnisciente Red dice que: «Las primeras estaciones privadas, según Mejía (2007), serían las instaladas conjuntamente por el periódico El Universal y la tienda de artículos electrónicos La Casa del Radio de Raúl Azcárraga, que operó de 1922 a 1928.»

La reseña, más cercana a una crónica de Sociales, nos informa que cantaron con excelencia de «primissimo cartello [...] las distinguidas artistas líricas señoritas Stella Rossi y Paz Lozano, ambas de la ameritada Academia de Arte del maestro Guichenné, y ambas notabilísimas cantantes. Cantó la señorita Stella Rossi...», y aquí el Diablo recortó o fotografió mal la nota de periódico, de manera que falta la línea esencial en la que se habla del canto de doña Stella. 

La nota, claro, es una flor sin mácula del periodismo de su género de hace un siglo. Continúa así:  «Ambas señoritas, como un nuevo regalo, inestimable a nuestros oyentes, cantaron después un dúo de Mendelssohn y el dúo "Ojos verdes" del maestro Chucho Martínez, cantados, los dos, de manera grata y admirable.

«El teléfono funcionó anoche repetidamente, para felicitar a las dos notables artistas, a quienes acompañó muy bien al piano su propio maestro, señor Guichenné, al que nosotros también dedicamos una expresiva felicitación.»

Esto debió de haber sido entre 1926 y 1928. Ahora sí hay pruebas de que cantaba en el teatro y en los primeros programas de revista musical de la radio en México. ¿Por qué mi primo Jorge no compartió antes este tesoro?

No sé si Stella Rossi tenía una bella voz, grande o dulce, o bien educada. ¿Cómo serían sus notas agudas? Nada sé de su talento, de otros papeles que cantó, de su repertorio, de sus posibilidades. Ahora sé que es cierto, fue cantante, y nada me gustaría más esta noche que escucharla. No sé si exista un registro, una grabación, y si Apolo o las musas, otros nombres del hado o el azar o el destino me deparan un encuentro con su voz.

Se casó, fue ama de casa, atendió a su marido, crio dos hijos, y dejó el canto para siempre. Pero no se extinguió el gusto, la afición, la fascinación por la música, eso es imposible. La primera vez que yo escuché una escena de ópera fue con ella, en su habitación, en su casa, en la que vivíamos. Calculo que hacia 1968.

En el televisor, en blanco y negro, mi abuela veía y escuchaba emocionada una función, tal vez en el Palacio de Bellas Artes. En la escena final, una pareja cantaba muy emocionada cosas muy extrañas, de las que no entendía nada, pero me angustié muchísimo cuando comprendí que se quedaban en una cueva cuya boca taparon con una gran roca. 

Mi abuela sentada a mi lado escuchaba y gozaba, mientras yo sufría al ver cómo aquellos dos se quedarían encerrados para la eternidad, y esperaban su fatal destino cantando (toda una definición mínima del género). Mi inicio en la ópera fue con el final de Aida

Con los años supe de la leyenda de Stella Rossi como cantante, que ahora se vuelve histórica, verdadera, y nada tiene que ver con la dulce abuela, la anciana que no cesaba de consentirme y mascar caramelos.

23 de septiembre de 2024

Una lengua originaria en el supermercado

La fila de la caja siete no avanzaba. Algo iba mal. Un cliente hablaba con la cajera, venía y se iba un supervisor; algo sucedía con su cuenta y su tarjeta de puntos o descuentos. Pasaban los minutos. En las filas ocho y la nueve había todavía más gente en espera para pagar, y sólo había tres personas antes de mi turno. No debía moverme, mi mejor opción era esperar.  

Fue en un supermercado muy grande, muy iluminado, muy bien montado. Las frutas y verduras están hidratadas y se mantienen frescas y coloridas con un sistema ingenioso de vapor y agua. La sección de carnes es el paraíso de un carnívoro, y la de pescados un lindo muestrario de peces y bichos marinos. 

La sección de latas de conservas de productos, muchos importados, es una invitación indecorosa a dejarse llevar para satisfacer los gustos y antojos de sibaritas exigentes. Era un supermercado caro, muy caro, bien surtido, con muchos bienes de lujo, en una colonia más que acomodada de Ciudad de México.

Mi compra era pequeña y puntual: dos botellas de vinos (la selección que ofrecía no era nada desdeñable), dos baguetes, un trozo de queso emmental, una lata de palmitos y otra de espárragos, y dos litros de helado, encargo de la anfitriona. Yo iba a una reunión informal con amigos. 

De pronto, empezaron a hablar, o quizá en un momento por fin los escuché y puse atención. Conversaban, algo comentaban, a veces sonreían. Yo no entendía ni una palabra, y tuve la certeza absoluta de que no hablaban ninguna lengua europea.

Me di la vuelta como si fuera a escudriñar el horizonte y encontré, a mi espalda, a tres hombres jóvenes, con sus pobres ropas de faena, completamente cubiertas de cal o yeso. En realidad, ellos también estaban cubiertos de ese polvo blanco. Lo llevaban en las manos, en la cara, en el pelo. 

Imaginé, sin darme mucho margen de error, que eran albañiles que encalaban muros de una construcción muy cercana, tal vez preparaban las paredes para pintarlas. Llevaban, entre los tres, dos latas grandes de sardinas en salsa de tomate, dos kilos de tortillas, una lata de chiles y tres litros de coca-cola.

En un cálculo no muy riguroso, supuse que todo su cargamento era más barato que el vino que yo llevaba. Ya había pasado la hora de la comida, estábamos cerca de la sobretarde, así que supuse que apenas terminaban su jornada, o no habían comido durante el día, o esa sería su merienda. No lo sé, me hice preguntas, pero sobre todo una: ¿en qué lengua hablaban?

Eran morenos, de muy baja estatura, risueños, delgados, agradables. No sé por qué los imaginé oaxaqueños, aunque no puedo decir por qué ni de qué región. Pero podrían ser de otras muchas partes. Eran indios mexicanos y hablaban en una lengua de la que no tenía ni el menor indicio para reconocerla.

El Atlas Cultural de México señala que hacia el año 2010 se hablaban en el país cerca de sesenta lenguas (una de ellas, sólo tenía dos hablantes, que no se hablaban entre ellos*). Siempre hice mis estudios según los programas oficiales, en escuelas públicas y privadas, y jamás recibí, en veinte años de educación, ni una lección sobre esas lenguas originarias. Soy, como la mayoría de los mexicanos, incapaz de distinguirlas y reconocerlas.

La diversidad de lenguas y grupos humanos de México es muy grande; las diferencias entre mexicanos son abismales. Mientras en la caja seguía el problema con la tarjeta del cliente, que exigía su derecho o descuento o no sé qué; mientras crecía el lío, en el que ya participaba otro supervisor, un empleado de la oficina de servicios al consumidor, una clienta desesperada y un señor impaciente que exigían que les cobraran de una buena vez, y el guardia del supermercado que se acercaba entre curioso y amenazante; mientras, yo escuchaba. 

Era una lengua dulce, de oraciones que me parecían cortas y rápidas. Aquellos tres jóvenes conversaban y parecían aceptar con impecable estoicismo el contratiempo y la espera en la fila de la caja. Luego de algunos minutos, cometí una imprudencia. 

Me volví y con cuidada corrección les pregunté de dónde eran y qué lengua hablaban. De inmediato se hizo el silencio entre ellos. Cesó su conversación melodiosa y dulce. Se miraban entre ellos desconcertados. Estaban en una situación en verdad embarazosa. Se sintieron vulnerados. Espiados. Perseguidos. Yo era un intruso, un entrometido. Un extraño: una amenaza.

Yo era un transgresor de un código. No creo que se negaran a hacerlo, simplemente  no podían responder. No obtuve respuesta. Estaba claro que me habían entendido. Algunos hablantes de las llamadas lenguas originarias a veces son perfectamente bilingües, a veces tropiezan con el español. Pero un indio mexicano, lo he visto, lo he escuchado, deja de hablar en su lengua cuando lo escucha alguien ajeno, extraño a esa lengua y su cultura. 

Me volví y pensé que primero llegaría Godot, el de la pieza de Samuel Beckett, antes de que se arreglara el lío en la caja siete. Atrás de mí se hizo el silencio. Un silencio que se hizo incómodo, que me hizo ver que había cometido una falta. Pensé en disculparme, tuve la lucidez de callarme, supe antes de hablar que sería peor. 

Su silencio, su conversación rota, me decía algo. Me señalaba. Sabía que se avergonzaban de haber sido escuchados (aunque yo no comprendiera nada), tal vez se avergonzaban de su lengua. No hay comunicación posible con ellos, al menos no en la fila de un supermercado. 

Les pedí el paso, a ellos y a todos los clientes de la fila, y me fui a la caja dieciséis, lejos de aquella conversación rota con el fin de no importunarlos más. Encontré una fila muy larga, y tuve mucho tiempo para pensar en ellos. Lamenté la situación, sobre todo no saber en qué lengua hablaban.

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* Véase en este blog el apunte: "Una lengua se muere y los dos viejos que no se hablan", del 8 de abril de 2011.

9 de septiembre de 2024

Reseñas de Matrimonio a la italiana

Busco información, datos, noticias, sobre Matrimonio a la italiana, de Vittorio de Sica, una joya deliciosa del cine italiano de los sesenta. No quiero nada en particular, pero me gustaría encontrar algún dato curioso, elementos para comprender, que me ofrezcan un contexto, un punto de apoyo para valorar mejor la película.

Busco en la Red, en el inevitable internet. Esto es lo que me ofrece Google en la primer intento, como si lanzara la red por primera vez al mar: 


«Durante la Segunda Guerra Mundial, en Nápoles, Filomena Marturano (Sophia Loren) no encuentra cómo ganarse la vida, así que trabaja en un prostíbulo, y ahí conoce a Domenico Soriano (Marcello Mastroianni), quien la lleva a vivir con él.»* (Wikipedia)

«Con dos de los más grandes exponentes del cine italiano en su reparto, Matrimonio a la italiana nos muestra las debilidades sexuales de sus personajes incluida una de las más bellas mujeres de la historia del cine Sophia Loren.»** (Prime video)

«Nápoles, Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Filomena Marturano, una bella joven que está sola en el mundo, trabaja en un prostíbulo, pues no encuentra otra manera de ganarse la vida. Allí es donde conoce a Domenico Soriano, más conocido como Don Mimi, un acomodado burgués que la retira de la profesión y la lleva a vivir a su casa. Basada en la obra teatral de Eduardo de Filippo.»*** (FilmIn)

«Estelarizada por Sophia Loren, el filme cuenta la historia de Filomena, una joven solitaria que para sobrevivir decidió trabajar como prostituta. Por su parte, Domenico Soriano es dueño de un bar en la ciudad, cuya posición social lo convirtió en un hombre respetado. No obstante, acostumbra asistir a burdeles y disfrutar de las mujeres sin ningún tipo de obligación. Durante un ataque militar, entre estallidos y escombros, ambos se conocen mientras tratan de protegerse. En ese momento, Dominico se interesa en la ingenuidad de la muchacha e inmediatamente la retira de su profesión y la lleva a vivir a su casa. Filomena esperanzada en quitarse el estigma que su trabajo le dejó, ansía que el protagonista decida casarse con ella para convertirla en una mujer respetable. Sin embargo, él solo está interesado en sus viajes y no quiere compromisos.»**** (Cinema 22)

«La película de Vittorio de Sica cuenta la historia de Filomena, una joven prostituta que en tiempos de guerra conoce a Don Mimi, un caradura hombre de negocios, que se siente atraído por ella. A lo largo de los años, el caprichoso destino los vuelve a reunir, y el acomodado Domenico la retira de la calle para colocarla en su casa con la única finalidad de cuidar de su madre.» *****

«Durante la Segunda Guerra Mundial, Filomena Marturano se ve obligada a trabajar en una casa de prostitución para ganarse la vida. Allí conoce a Doménico Soriano, quien le retira de la profesión. La relación acabará en boda.»****** (La Vanguardia)

«(Marcello Mastroianni) es un reputado hombre de negocios que mantiene una aventura amorosa con Filumena. La joven se convierte en su amante a lo largo de los años y, además, le ayuda en sus negocios. Al final, acaba teniendo un hijo de Domenico, quien desea conocerle. Para ello, Filumena le exigirá que antes contraiga matrimonio con ella.»******* ( DeCine21)

«Durante la Segunda Guerra Mundial, Filomena Marturano se ve obligada a trabajar en una casa de prostitución para ganarse la vida. Allí conoce a Doménico Soriano, quien le retira de la profesión. La relación acabará en boda.»******** (SincroGuíaTV)

«Filomena está determinada a casarse con el hombre con quien ha compartido los últimos 20 años de su vida y volverse una mujer respetable. Con una brillante estrategia que funciona a la perfección, consigue por fin el tan anhelado anillo de compromiso.»********* (Quality Films; Biblioteca UNPA )


Ninguna miente del todo, ninguna cuenta o revela la verdad del filme. Es imposible hacerse de una idea clara y precisa a partir de estas tristes reseñas. Pareciera, incluso, que no hablan de la misma película. Por lo visto, la recensión es un género literario poco cultivado, por lo tanto tiene un gran futuro. Compruebo, una vez más, que buscar en la Red es muy fácil, pero encontrar es muy difícil.


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* https://es.wikipedia.org/wiki/Matrimonio_a_la_italiana_(pel%C3%ADcula_de_1964)

** https://www.primevideo.com/detail/Matrimonio-a-la-italiana/0NUBQI2WZ7IJ797QDDDITDBKCO

*** https://www.filmin.es/pelicula/matrimonio-a-la-italiana

**** https://cinema22.canal22.org.mx/sinopsis.php?id=403&barra=Autor 

***** https://www.rubensolerferrer.com/matrimonio-allitaliana-matrimonio-a-la-italiana-vittorio-de-sica-1964/

****** https://www.lavanguardia.com/peliculas-series/peliculas/matrimonio-a-la-italiana-49687

******* https://decine21.com/peliculas/matrimonio-a-la-italiana-4282

******** https://sincroguia-tv.expansion.com/peliculas/matrimonio-a-la-italiana--47v-SPA

********* https://biblioteca.unpa.edu.mx/cgi-bin/koha/opac-detail.pl?biblionumber=4557&shelfbrowse_itemnumber=1860


8 de septiembre de 2024

La violación de Gisèle Pelicot

El caso de Gisèle Pelicot, cuyo juicio comienza en estos días de septiembre, en Aviñón, Francia, va a generar miles de páginas, artículos, ensayos, tesis, asombrosos libros de investigación (ojalá alguno de ellos lo escriba, por su impecable calidad y enorme talento, y esa fusión entre reportaje y novela, gran literatura, de Emmanuel Carrère), y no descarto que en unos años tengamos documentales y películas.

La violación de una mujer por al menos setenta y dos hombres, invitados e inducidos por el marido de ella, es una historia asquerosa, siniestra y repugnante. Un crimen que merece la mayor condena y el peso de la ley.  

No es fácil dar por ciertos los hechos, la manera en que ha sucedido esta violación masiva. Y no pretendo reducir su gravedad, ni proteger a Dominique Pelicot, ese es el nombre del primer criminal, sino que la verosimilitud, nuestra capacidad de creer, sin atenuar las aberraciones que suceden, tiene un límite; luego, viene la imaginación, la fantasía, la exageración, la distorsión. Todo lo que cabría en una novela.

Algunas historias no caben en una novela, si el novelista aspira a la verosimilitud; es decir, a que los lectores crean que esos hechos narrados sucedieron. Vargas Llosa lo ha contado, en La fiesta del Chivo, tuvo que dejar fuera parte de las carnicerías, crímenes y crueldades sin nombre del Chivo, Rafael Leónidas Trujillo, dictador de la República Dominicana para que algunos lectores y críticos no descartaran la novela por fantasiosa e increíble.

Hay sucesos que los lectores leen con escepticismo y levantan las cejas antes de aceptar como hechos históricos lo que cuentan novelas y ensayos históricos. Sucede que van más allá de lo que es prudente creer y aceptar como verdadero. 

Dominique Pelicot, de 71 años, ofrecía a su mujer, con la que estuvo casado por cincuenta años, a través de redes sociales y chats de foros, en un pueblo del sur de Francia. Parecía un buen marido, buen padre y buen abuelo. 

¿Cómo creer, suspender la incredulidad, para decirlo con Coleridge, que Dominique drogaba a Gisèle con medicamentos como benzodiazepinas, que ella entraba a un sueño como un coma, y entonces era violada por alguno de esa legión de hombres que contaban con el consentimiento y estímulo del marido? 

¿Cómo creer que durante años fuera posible repetir este procedimiento sin que fuera descubierto? ¿Cómo creer que ella no notara al despertar? ¿Cómo creer que Gisèle no se hubiera contagiado o infectado de alguna enfermedad de transmisión sexual, que no tuviera molestias, irritaciones o moretones que despertaran sus sospechas?

¿Cómo conseguía Dominique que Gisèle tomara las pastillas? ¿Cómo es posible que los tres hijos del matrimonio no se dieran cuenta? 

Drogar a mujeres para que hombres yazgan con ellas o duerman a su lado es una historia no ejemplar que ya imaginaron y escribieron Yasunari Kawabata en La casa de las bellas durmientes, y Gabriel García Márquez en Memoria de mis putas tristes.

No descarto que el proyecto de una novela sobre un hombre mayor ofrece a su mujer no joven para prostituirla mientras ella está sedada, inconsciente, y acuden uno tras otro hombres de diversa condición; ese proyecto podría recibir objeciones severas y considerables, por inverosímil, que podrían mandar esa sinopsis a la papelera de los libros que nunca se escribieron ni se escribirán. Pero esto no es un proyecto de novela, sino una historia policiaca cuyo juicio apenas comienza. 

Algunos de los clientes, esos hombres que Dominique llevaba a su cama más por morbo y malsano placer que por dinero, han dicho que pensaban que la mujer fingía dormir, lo cual hacía más excitante la visita pues era una fantasía irresistible, una experiencia que no eran fácil rechazar. 

Gisèle, con un gesto admirable y poco común, aparece en el juicio con el rostro descubierto y la cara en alto, y ha decidido seguir usando el apellido de su marido, que también es el de sus hijos. Su mensaje es claro: que sean otros los que se avergüencen, entre otras razones porque ella no tiene de qué avergonzarse: «La honte doit changer de camp» (La vergüenza debe cambiar de bando).  Algunos de sus violadores, que podrán ser condenados a veinte años de prisión, ya no saben cómo esconderse. 

No es inverosímil imaginar que no hay novelista que haya imaginado esta historia. Se antoja, en verdad, imposible. 

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Adenda de diciembre de 2024. El juicio contra Dominque Pelicot y la panda de violadores ha concluido. El marido ha sido condenado a 20 años de prisión, y los otros a diversas penas de años también en prisión. El caso conmocionó a Francia, y su repercusión es mundial. 

3 de septiembre de 2024

Atrapados en el espacio

Dos astronautas estadounidenses, Butch Wilmore y Suni Williams, están en la Estación Espacial Internacional desde junio y no pueden volver a la Tierra. Su misión debía durar una semana, pero se prolongará hasta febrero del 2025, cuando otra nave vaya por ellos. Será un viajecito de nueve meses. Eso es lo que podemos llamar sin duda alguna un gran contratiempo. 

Algo no está bien con un software y parece que hay una fuga en las tuberías relacionadas con la propulsión. Pero las razones por las que no van por ellos no sólo son técnicas. Claro, enviar un cohete no es pedir un taxi a domicilio, pero hay declaraciones políticas ambiguas, burocracia espacial, rivalidades entre empresas privadas contratistas de la Nasa, seguramente la negociación de un anexo al contrato y mucho dinero de por medio.

No sé en qué consiste su dieta de esos astronautas, pero sea la que sea no debe ser muy variada ni apetitosa; no sé si la comida sea abundante, pero les falta agua: beberán su propia orina filtrada y purificada una y otra y otra vez. Y no puedo imaginarme los precarios cuidados que podríamos llamar de higiene personal. ¿Tendrán en su nave suficiente papel higiénico y una vasta dotación de pañales? 

Supongo que tendrán mucho tiempo para conversar, para conocerse, para jugar cartas o ajedrez. De esa convivencia intensa ininterrumpida durante meses podría surgir el amor, un enamoramiento súbito y loco, a salvo del demonio de los celos, al menos mientras sigan allá arriba.

Pero también podrían caerse mal, empezar a fastidiarse, detestarse y odiarse al punto de los arrebatos pasionales dominados por la vesania. No sé si ya se ha registrado para la historia el primer coito espacial, pero estoy seguro de que no se ha cometido ningún homicidio, o feminicidio. 

Butch Wilmore y Suni Williams tendrán tiempo para reflexionar y pensar qué harán en la Tierra, si vuelven con bien, el resto de sus vidas. Por lo pronto, seguro, cada uno se perderá una boda y un funeral, un bautizo o un bar mitzvah, el cumpleaños de la hija o la nieta, la convalecencia de la madre, el aniversario de bodas (al menos ella está casada), el Thanksgiving Day, la Navidad y el Año Nuevo. No sé si les será posible votar para la elección presidencial de noviembre. Sin duda, estar en la Estación Espacial varados (término que no le gusta a la Nasa) es un gran contratiempo.

Su espera, mientras son rescatados, en sus condiciones, fuera del tiempo, hace ver la de Penélope como un ligero retraso. La señora de Ítaca, aunque cercada por años por sus molestos pretendientes, al menos estaba en su casa: podía comer una buena ensalada, respirar aire fresco, pasear por el jardín, tomar el sol y disfrutar del mar. 

Dino Buzzati, en El desierto de los tártaros, novela admirable que Borges elogió sin reservas, imaginó la vida del oficial Giovanni Drogo, que partió con su nuevo uniforme de teniente una mañana a una fortaleza en la frontera. Debía permanecer allá poco tiempo; su vuelta es una postergación indefinida. 

Juan José Arreola en «El guardagujas» narra la pesadilla o el sueño o la crónica puntual de un tren que no llega a la estación donde lo espera un viajero, o que no se sabe cuándo pasará o que tal vez nunca llegará a ninguna parte porque no existe o de ninguna ha salido. 

Y Luis Buñuel nos muestra en El ángel exterminador, una de sus obras maestras, a los asistentes a una cena que no pueden, literalmente no pueden, sin obstáculo visible o conocido, abandonar el salón. Pero ese par de astronautas cuentan con que algún día una nave vaya por ellos y puedan regresar a la Tierra, digamos a casa. 

Bien visto, digan lo que digan los entusiastas y los desquiciados, estar atrapado en una suerte de refugio espacial, como en una celda de castigo, en una versión de alta tecnología del Purgatorio es una forma de prisión, y un ajuste de cuentas cósmico que se distancia de lo que solemos llamar una buena vida. 

Exploradores a toda prueba, curiosos sin remedio, no paramos hasta conocer el último rincón, la última punta de la Tierra; navegar por todos los mares y explorar todas las fuentes de los ríos; sentar nuestra real humanidad en toda la Tierra. Ahora vamos en el espacio. 

Me pregunto si la alegría, el sentido de la vida, la felicidad no se encuentra en casa. En edificar eso que llamamos un hogar. Después de todo, entiendo, aquellos dos que después de haber viajado y permanecido más de lo prudente en el espacio, no quieren otra cosa que volver a la Tierra. 

Todos nos hemos contrariado por la avería del coche, porque no conseguimos un taxi y perdimos un autobús, un tren o un avión, y casi siempre se trata de un pequeño contratiempo que se resuelve pronto, en unas horas, al otro día; pero a estos viajeros, que ya llevan tres, les faltan cinco meses en su cacharro espacial. Ya veremos cómo les va hasta su planeado regreso en febrero.

Ay. Ante el infortunio de Wilmore y Williams, recuerdo a Pascal, que escribió en sus Pensamientos: «he comprendido que toda la desdicha de los hombres se debe a una sola cosa, la de no saber permanecer en reposo en una habitación.»

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Epílogo. Hoy, 18 de marzo de 2025, Wilmore y Williams han vuelto a la Tierra desde la Estación Espacial Internacional. Una nave fue por ellos y dejó a otros astronautas en la Estación. Llegaron allá el 6 de junio de 2024 para una corta estancia de ocho días y se han pasado allí nueve meses y medio. Su vida allá, en aquel cacharro espacial, supongo que dará material para una serie corta de televisión, con el contrapunto de la increíble serie de sucesos técnicos, burocráticos, políticos y empresariales que han aderezado su postergado regreso, que supongo ha rotos todos los récords de demora espacial. Ellos podrían haber pensado, en su espera, que era más probable que a la Estación Espacial llegara Godot que una nave a rescatarlos. Hoy ha sido el día. Final feliz. Siempre y cuando, claro, estén contentos de volver a la Tierra.