19 de abril de 2008

El cepo

El gerente del banco me aseguró que ese dinero me pertenecía, dijo que los ahorradores a veces se sorprenden de lo que han guardado con esfuerzo y disciplina. Dos meses después esa cantidad se había multiplicado, había en mi cuenta de cheques una suma considerable por depósitos en efectivo que yo no hice.

El gerente no entendía o no quería entender, me felicitó por mis ahorros y me dio un apretón de manos. Me sugirió que pidiera unas vacaciones y me fuera al Caribe o a Hawái, el dinero era lo de menos. Seguí su consejo, pedí una semana en el despacho y gasté una parte de lo que bien sabía no era mío.

Esperé un mes para asumir las consecuencias, dispuesto a pagar, pero nadie me pidió cuentas. Cada vez que volvía al banco me saludaban con respeto, y estaban más contentos de tenerme por cliente. Me dieron una tarjeta dorada. El error se había convertido en una parte de la normalidad del sistema. Empecé a gastar. Las facturas no llegaban y el saldo aumentaba en mi cuenta. Gasté, dispuesto a llevar hasta el final ese sueño que no tardaría en convertirse en pesadilla.

Un día, un emisario vino a verme, me dijo que la Organización apreciaría que yo firmara ciertos documentos, que hiciera ciertas gestiones. Me hizo saber, sólo con sus palabras, lo que es el miedo: entendí que tenía que pagar. La Organización no me pedía el dinero sino mi colaboración, y el trato me pareció razonable. Me hicieron saber que estaban satisfechos conmigo, que había hecho un buen trabajo.

Anoche cerraron el cepo, me dijeron que la Organización apreciaría mi arrojo y compromiso sin reservas, y que el éxito de la misión me abriría nuevos horizontes. Me mostraron una foto, me dieron instrucciones precisas, señas, un plan de escape y un arma.

En unos minutos tendré que enfrentar mi destino. Nunca he usado un revólver (el que me han dado es nuevo, reluciente, pesado, a su manera un objeto fascinante no exento de belleza), y tendré que disparar a muerte, con pulso firme, sin odio, para salvar mi vida, a un hombre que no conozco.

(Del libro Lettera 32)