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31 de marzo de 2025

El Museo de las Relaciones Rotas

Hay museos imposibles, cuya existencia es un desafío a la imaginación. Hay bibliotecas que Borges no concibió. 

En este Cuaderno de Bitácora de lo Casi Inadvertido se da noticia del Museo Mundial de la Literatura, donde se guarda toda la literatura escrita, la que se escribirá y también la que nunca será escrita; y de la Biblioteca Brautigan, Biblioteca del Rotundo Fracaso, donde encuentran su sitio los libros que nunca fueron ni serán jamás publicados.*

Orhan Pamuk escribió El museo de la inocencia, una novela sobre los amores contrariados de Kemal, un joven rico obsesionado con Füsun, su prima lejana y pobre. Al parecer, quedó tan satisfecho y entusiasmado con su obra, de más de seiscientas obsesivas páginas, que creó el Museo de la Inocencia, donde guarda y exhibe muchísimos objetos como los mencionados en la novela. 

La función de ese museo es exhibir los objetos que son la representación simbólica y material de ese amor. El museo es real, existe, está en Estambul. No sé de otro museo que haya surgido, casi literalmente, de las páginas de un libro.

Pero ahora, lejos de libros y bibliotecas, se impone la no menos increíble historia de El Museo de las Relaciones Rotas, cuya creación, imposible negarlo, conlleva una pena de origen y su tristeza aumenta con cada caso y objeto/testimonio depositado y exhibido en sus vitrinas.

La razón de ser del Museo se puede resumir así: salvaguardar objetos que representan o encierran la memoria de parejas deshechas, separadas. El Museo recibe los pecios, por así decirlo, los restos del naufragio de las relaciones amorosas malogradas. Es un museo del desamor.

Dicen las crónicas que en un magnífico edificio, en el centro histórico de Zagreb, en Croacia, se encuentra el Museo de las Relaciones Rotas, que surgió de una ruptura. Cuando Olinka Vistica y Drazen Grubisic terminaron su relación y se partieron sus bienes, riñeron otra vez (lluvia sobre mojado), ahora por un conejito de juguete. 

En sus días felices, cuando uno de los dos llegaba al hogar, el otro, el que aguardaba en casa, le daba cuerda al conejo, que brincaba para recibir al recién llegado. Cuando alguno de los dos salía de viaje, llevaba consigo el conejo en su equipaje y le enviaba a su pareja, que se había quedado en casa, fotos de su mascota de peluche en los sitios que visitaba. 

Está claro que ese conejo bien valía esa última batalla. Ninguno cedió, los dos querían conservarlo, pero eso no era posible, salvo que lo partieran en dos, cada uno se quedara con una oreja, lo cual hubiera sido una práctica muy desagradable, cruel, insatisfactoria y estúpida. Entonces alguno de ellos tuvo la idea de preservarlo en algún sitio. 

Ese es el origen del Museo, cuyo proyecto se ajustó, maduró y realizó con el paso de algunos años. La ex pareja, Olinka y Drazen, ahora dirigen su museo: a su manera, todavía tienen un vínculo, siguen unidos por su proyecto postconyugal, por así llamarlo. 

El Museo recibe objetos procedentes de todo el mundo, que envían enamorados y ex amantes y ex cónyuges con el corazón roto con un texto que cuenta la historia del objeto y, por lo tanto, de la ruptura de su amor. 

El Museo, inclusive, recibe objetos y textos anónimos porque se considera que así los donantes pueden contar sus historias y miserias con plena libertad, sin pena ni vergüenza, y sin ser sometidos a la burla y los juicios de terceros.

El Museo recibe anillos y piezas de gran valor, de joyería y arte, pero también, por supuesto, desde cintas para el pelo y toda clase de objetos de la vida diaria. Lo que se tenga a la mano que haya pertenecido a la persona amada. 

En el acervo se cuenta también con objetos singulares, como una rebanada (congelada) de pastel, una bicicleta y un paracaídas que no se abrió (lo envío una mujer cuyo amante murió en el accidente). El Museo tiene más de cuatro mil objetos, pero sólo exhibe setenta a la vez. 

Aunque la mayoría de las piezas representan el fin de la relación amorosa de pareja, el Museo no se limita a los restos materiales de un amor romántico, de pareja; cualquier objeto que simbolice una pérdida es recibido. 

Un soldado de las guerras de la ex Yugoslavia envió, por razones muy válidas y poderosas, que sólo puedo suponer, la prótesis de su pierna pérdida. Cada objeto es la representación material de una historia, siempre triste y dolorosa. Algunos objetos revelan dramas debidos a la guerra, a desastres naturales o humanos, a tragedias, a separaciones forzadas por la migración. 

Al parecer, la vida es una larga sucesión de ganancias y pérdidas (Elizabeth Bishop tiene un poema célebre sobre el arte de perder), y no hay nada sorprendente en depositar en un objeto la memoria, la ilusión, el cariño de lo que se ha perdido, sobre todo si se trata de un ser querido. 

No tendría que sorprendernos la existencia del Museo de las Relaciones Rotas en Zagreb, lo escandaloso es que no tengamos una réplica, una sucursal, una versión local del museo en cada ciudad del mundo. Un museo así debería ser un servicio necesario, una necesidad de inobjetable utilidad pública. No olvidemos que, cada uno a su manera, todos tenemos el corazón roto. 

El Museo es un espejo de la vida emocional (solemos decir sentimental) de los hombres y las mujeres que van por la calle sin gritar su pérdida, pero con frecuencia con el alma en vilo. El Museo es, entonces, un sitio para compartir con el mundo lo más hondo que se guarda en el pecho, un repositorio del dolor. Sí. El Museo es un refugio para salvaguardar un objeto del absoluto olvido, del naufragio universal del inexorable desamor. 

Pero no todo se puede enviar al Museo, existen límites, por supuesto. Luego de dividir en dos y repartirse el patrimonio, la pareja debe llegar a acuerdos sensatos y cada uno de los náufragos deberá encontrar qué pieza es digna de ser preservada en el Museo. Si es posible conservar en una vitrina un conejo saltarín de juguete, no es posible hacerlo con las mascotas. Recuerdo ahora que Jesse & Joy, estrellas del pop, cantan una canción que se llama: «¿Con quién se queda el perro?» Por supuesto, es uno de sus grandes éxitos. 

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*Véase en este blog el apunte «El Ministerio Mundial de la Literatura y la Biblioteca del Rotundo Fracaso», del 23 de abril de 2010.

Sobre la biblioteca de los libros siempre inéditos y jamás publicados, véase en este blog el apunte «La increíble Biblioteca Brautigan», del 21 de diciembre de 2017.

24 de diciembre de 2018

Objetos de papá

Encuentro, después de tantos años, como en una exhumación, una caja repleta de objetos de papá. No la he abierto en mucho tiempo, y casi diría que la había olvidado, pero no es así o no del todo: sabía que estaba ahí, que sigue ahí después de casi veinte años.

De pronto, en una condensación del tiempo y los recuerdos, vuelven relojes viejos, descompuestos o inservibles; mancuernillas; encendedores caros, una cigarrera de oro, un sello de goma con su firma; un rastrillo de afeitar de metal de un modelo que desapareció del mercado hace decenios; unas frágiles gafas de leer en un estuche de piel muy gastado, algunas monedas conmemorativas; una pipa mordida, muy usada; pequeños ceniceros con la imagen de sitios célebres, la basílica de San Pedro o las cataratas del Niágara. Un par de plumas de Hawái con una bailarina que sube y baja en el cuerpo de la pluma al girarla de arriba abajo, y souvenirs que compran los turistas.

Lo más interesante es una notable colección de cerca de cien cajitas de cerillos de hoteles y restaurantes de varias partes del mundo. Muchas no tienen gracias ni mérito, salvo el estímulo a la imaginación por las distancias en la geografía y el tiempo que ha pasado. Las piezas japonesas son la corona de la colección: pequeñas obras maestras del origami, objetos admirables del refinamiento japonés en el arte de hacer miniaturas de papel con grabados y dibujos muy hermosos. Objetos notables, dignos de guardarse y exhibirse, que no son en modo alguno una caja ordinario de cerillos, útil y desechable.

No hice un inventario ni llegué al fondo de la caja, no es necesario. Esos objetos han estado guardados casi veinte años y ahí seguirán, en un rincón, hasta el día en que vuelva a tropezar con ellos y se agiten de nuevo como si emergieran de aguas profundas los recuerdos. ¿Qué puedo hacer con esos objetos, salvo guardarlos en su caja y conservarlos en su rincón?

Los libros que me interesaban se incorporaron a mis estanterías hace años, y en dos cajones guardó un par de álbumes con fotografías, una carpeta con papeles, otras con notas de periódicos sobre el 10 de junio de 1971. En mis paredes pueden verse algunos de sus cuadros que pareciera que ganan dignidad y calidad conforme pasan los años.

No tengo conflicto con todos esos objetos, que me acompañan en silencio, si no los toco, si no me acerco a ellos. Aunque sé que tarde o temprano tendré que hacer algo con esas dos o tres decenas e casetes que no acaban de encontrar un lugar en la casa, tal vez porque me digo que aún puedo escucharlos, pero no lo hago (conservo, claro, un aparato reproductor, una grabadora de él de los años setenta).

Me dicen que tendría que ponerlos en una bolsa y llevarlos a un museo, a un depósito de objetos de tecnología obsoleta o simplemente depositarlos sin violencia en un basurero. Me dicen que no lo hago por apego, y percibo una conotación negativa. No sé si es respeto, nostalgia, una herencia o posesión inútil, manía o algo en verdad mórbido, no lo sé. Puede ser apego, pero es cierto que me digo, y tal vez me engaño, que un día me sentaré a escucharlos.


Los objetos tienen cualidades extrañas, como una vida secreta. Basta mirarlos y examinarlos, tocarlos, para que nos remitan a personas, situaciones y momentos que no sabíamos que volverían de la memoria a recordarnos palabras, situaciones que dimos irremediablemente por perdidas. A veces los atesoramos aunque no tengan ningún valor, y perder un cabo de lápiz que nos ha acompañado durante un largo tiempo en la escritura, puede ser tan descorazonador como perder un anillo o un reloj de oro.

Los objetos nos dan satisfacciones más plenas de lo que solemos pensar o admitir, y su pérdida puede sumirnos en el desasosiego, tal vez por ello, más que por su utilidad o su valor, existen las oficinas de objetos perdidos, que deberían instalarse en todas partes, aunque para que funcionen hace falta en la sociedad una rectitud cívica de la que con frecuencia carecemos, lo que implica otra pérdida.

En los objetos yacen ocultos mensajes secretos, beneficios secretos más allá de su utilidad. William Carlos Williams decía que «no hay ideas sino en las cosas», y podría añadirse que en los objetos, inertes, fríos, duros, también se guardan emociones y recuerdos.

Elizabeth Bishop escribió «Un arte», un poema célebre con toda justicia que habla del arte de perder objetos, casas, cosas, el ser amado: «El arte de perder se domina fácilmente; tantas cosas parecen decididas a extraviarse que su pérdida no es ningún desastre.»

Vamos por la vida acumulando objetos, y también vamos perdiéndolos uno a uno. Tal vez perder objetos sea también un arte. Algo tendré que hacer con aquellos viejos casetes.