18 de diciembre de 2015

El comienzo

Empezar a escribir un libro es empuñar la pluma y acercarse al papel y escribir la primera palabra. Escribir es seguir de inmediato con la segunda palabra y luego la tercera y la cuarta, llegar a la primera coma, dibujar la quinta palabra, la séptima, quizá poner el primer punto y seguido de una oración corta. Punto. Qué bien se ve la oración en el cuaderno.

Escribir un libro es volver a recorrer esa primera oración, y tomar el impulso que viene no sólo de ella y del brazo y del puño y de la pluma, sino de muy atrás, de la voluntad de escribir ese libro deseado, de fijar lo que la imaginación y la memoria conversan; empezar la segunda oración con brío. La tercera oración se instala necesaria en el papel, y la cuarta exige su sitio, la quinta se impone y la sexta se abre paso por derecho propio.

La imagen inicial o la primera escena ha cambiado un poco. Fija en el papel ya no es como la había pensado. Algo la ha sucedido, ya es literatura. Tal vez es mejor, se bifurca en ramas y variantes, en otras cosas paralelas que no había considerado. El propio libro que acabo de empezar me habla de sí mismo.

Algo se erige en la página y la pluma. Debo ser prudente, o acabaré por escribir lo que jamás habría imaginado, podría ser el primer sorprendido de esa escritura que no soy yo y sin embargo en ella me reconozco. ¿Qué podrá revelarme? ¿Adónde se dirige el segundo párrafo?

Pareciera que el libro cobra vida. Su numen es mi guía y consejero. Una inteligencia ajena en un instante, como un relámpago, me revela lo que no había pensado, me advierte peligros, le da coherencia a la trama, me señala errores y aciertos, me enseña lo que no sabía.

Como un sortilegio entre la pluma y el papel surgen las palabras afinadas, las que mejor se acompañan para decir lo necesario. El libro mismo aprueba la escritura que lo conforma, y cuando algo no está bien se revela y no puedo seguir, se rompe el encanto. Debo buscar la solución, comprendo que siempre viene de él y sus palabras.

Una a una las palabras y oraciones se unen y engarzan. Se acomodan, encuentran su sitio. Ya está la primera página, con sus oraciones redondas y la prosa en marcha. Avanzo con cautela, atento a los guiños, las señales, los signos. Escribo como en estado de gracia, he comenzado un libro que hace tiempo imaginaba. Tengo el impulso, veo con asombro cómo se fijan limpias las palabras. Algo ha sucedido este día. Ya las primeras páginas de un libro.