23 de julio de 2012

De la envidia y la historia de un ejemplar perdido


He sido testigo lejano y circunstancial del fin de una amistad por envidia entre dos escritores que aprecio y que entre ellos fueron muy cercanos en otros tiempos, en su primera juventud. Uno de ellos publicó hace unos años una novela notable. El otro recibió como una afrenta y una traición el hecho imperdonable de que su amigo haya escrito y publicado una buena novela. El envidioso, por supuesto, no tenía una, ni buena ni mala. Entonces no encontró mejor salida a su frustración que hablar mal, con injusticia y torpeza de la novela. Nada ganó con ello y perdió un amigo.

Un día, en su casa, el que no pudo tolerar el éxito de su amigo, me regaló su ejemplar dedicado de aquella novela. En realidad no fue un obsequio, sino otra vuelta de tuerca de su envidia. Rescaté el ejemplar y me lo llevé a mi casa. La dedicatoria más o menos decía: Para […] con un afecto ya desaparecido, en memoria de otros tiempos.

Me era un poco incómodo tener aquel libro. Lo puse en un estante junto al mío, que tiene una dedicatoria para mí y las huellas en sus páginas de mi entusiasta lectura. 

Pasaron los años y hace poco le presté aquel ejemplar a un compañero de oficina, un nuevo amigo, alguien que considera mis juicios y  recomendaciones literarias. No era el primer ejemplar que le daba en préstamo, pero sí el primero que no me devuelve.

Una mañana, en cuanto vio una oportunidad de hablar conmigo, descorazonado, me ha dicho que dejó la novela en un taxi y me ha dado una larga explicación y no entiende cómo pudo pasarle algo así, pues lo cuidaba con celo y estaba embebido en la lectura de ese libro que le estaba gustando mucho. Estaba en verdad apenado.

Le dije que no tenía importancia. Pero admito que la perdida fue un alivio. Había conservado durante años un ejemplar que no me correspondía, y su legítimo propietario, por puño y letra del autor, lo despreció. Entre más lo pienso más me gusta más la idea de que ese libro, viajando en un taxi, encuentre un sitio en el que no evoque ni despierte envidias ni resentimientos.

Para cerrar con el final feliz que suelen y deben tener todas las buenas comedias, sólo falta conseguirle un ejemplar a mi compañero de oficina, lo que no será tan sencillo pues el libro está agotado. Yo le hubiera regalado aquel libro de buena gana, satisfecho de que estuviera en manos de un lector que apreciaba, además, aquellas palabras y la firma del autor.

Ahora mi amigo no puede concluir la lectura de la novela, pero no quiero darle mi ejemplar, no suelo atesorar fetichistamente los libros, pero éste está subrayado, con comentarios a los márgenes y tiene unas palabras amables que un novelista de talento, con el que disfruto conversar de vez en cuando, escribió para mí. Buscaré otro ejemplar en las librerías de viejo y se regalaré con una dedicatoria que dé cuenta, sin envidias, de esta pequeña historia.