9 de noviembre de 2010

La muchacha y la flor

Empiezo este relato. Yo busco, elijo y ordeno las palabras. Las escribo aquí, con un lápiz en esta hoja blanca, mis límites son los márgenes de la página. Soy el autor, escribo lo que quiero, mi libertad es soberana. Si pido un jarro de agua sobre una mesa, ya tengo en mi escritura una mesa y un jarro de agua. Entonces decido que también aparezcan un vaso y una manzana. Ahora digo que al fondo de la habitación hay una ventana que da a un parque por la que entra una luz muy clara. En una habitación casi desnuda tengo una mesa de madera, rectangular, no muy grande, una hoja de papel en la que escribo con un lápiz, dos sillas, un jarro de agua, un vaso, una manzana, una vista a un parque desde una ventana con una luz diurna muy clara.

Escribo que sin anunciarse una muchacha abre la puerta, entra en la habitación, irrumpe en mi relato. Lleva una flor blanca en la mano y al tiempo que se sienta la posa en el centro de la mesa. Se sirve agua en el vaso, la bebe, muerde contenta la manzana. Se levanta y mira el parque frondoso desde la ventana. Conversa conmigo, mientras escribo estas palabras. Hablamos de ella, y también del agua fresca, de la luz muy clara, del parque y de su gusto por la manzana. Se sienta frente a mí y me cuenta su vida, sus secretos, que no quiero ni puedo divulgar aquí por no faltar a mi palabra. Poco a poco se bebió todo el jarro de agua. Conversamos toda la mañana.

De pronto, sin que yo lo escriba, la muchacha se levanta. Sin que yo lo decida, sin que yo lo quiera, sin decir hasta luego se va a ir de esta página. Sorprendido, no sé qué decirle para que no se vaya. La muchacha, con movimientos muy lentos, sale de la habitación, cierra la puerta y se marcha. Su partida me desconcierta, de pronto estoy triste, acongojado, en el límite de la página. Todo esto es muy extraño. En la mesa ha quedado una lily que no estaba en mi relato, una que no está hecha del polvo de los sueños ni de papel ni de palabras. La flor es de verdad, muy bella y muy blanca.