1 de mayo de 2009

El recuerdo de Últimas tardes con Teresa

Al cabo de los años he observado que la belleza, como la felicidad, es frecuente. No pasa un día en que no estemos, un instante, en el paraíso, dice Borges en el prólogo de uno de sus últimos libros, y sus palabras, como un relámpago en la noche, iluminan de pronto el recuerdo de las horas dedicadas a la lectura, al placer impune de abandonarse en un libro, porque en ellos la belleza y la felicidad florecen intactas al contacto de las manos que los abren, que pasan las hojas con golosa avidez, de los ojos que buscan el tesoro prometido, la historia o el pensamiento que acabará por seducirnos para dar forma a un mundo que nada tiene en común con la habitación en que leemos o nuestra vida cotidiana.

Alguien que lee se adentra en un viaje sin retorno hacia sí mismo, inicia un vicio que puede significar su vida. Entregarse a la lectura de un libro, recostado en el sofá, con falsa indolencia, con mucho tiempo por delante, es una de las formas privadas del paraíso a la que tenemos acceso en este mundo, siempre y cuando creamos en el milagro y le permitamos a la imaginación el goce de la libertad. Borges decía también que era un lector hedónico, que buscaba emoción en los libros, y que sólo leía aquello que lo hacía feliz. Uno que ha gozado con los libros, sabe que es difícil señalar uno solo y atribuirle el falso privilegio de contener el paraíso, el recuerdo de haber sido feliz entre sus páginas. Ese libro es cada libro si para quien lo lee guarda el goce, el vislumbre de la belleza y la felicidad. La lectura feliz es como la infancia feliz de los adultos, un territorio mítico, un atributo de la vida.

Yo la he sentido muchas veces, pero lo he recordado ahora porque Marsé es Premio Cervantes y tomé del estante el volumen de Últimas tardes con Teresa, con ese fotograma tan sugestivo en la cubierta de esa chica rubia, al volante de su deportivo convertible. Hace muchos años, en una estación de tren de Andalucía, compré mi ejemplar por la cantidad justa de pesetas de que disponía para pagar mis comidas y mis gastos de un día. Subí al tren, y durante dos o tres días con sus noches, ya no sé, comiendo mal y durmiendo peor, en un vagón de segunda de la Renfe, con gallinas y gitanos, como sacado de un célebre cuento de Juan José Arreola, con el calor implacable del verano, leí enfebrecido, absorto, como si me jugara la vida, la historia del Pijoaparte y de Teresa Serrat, sus amores imposibles, sus diferencias de clase, de ser y de habitar esa Barcelona a la que entré devastado por la lectura y la emoción, a la que sólo pude ver desde la novela, desde la felicidad inasible que guardé para siempre entre las páginas del libro.

Abro el libro, lo hojeo, pico un poco con los ojos aquí y allá. El regusto de aquella lectura sigue intacto. El encantamiento no ha cesado. Pero no quiero desafiar a los dioses. No debo aspirar dos veces a la misma felicidad, a mirar dos veces el mismo amanecer, a escuchar dos veces por primera vez una sonata amada, a volver con la misma dicha a la lectura perfecta de esa novela, que aún siento viva, y cuyo recuerdo no ha cesado de alumbrarme.